A mediados del siglo pasado mi padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela. Se lo oí comentar varias veces, no conozco los detalles. Eran los duros años de la posguerra y América seguía siendo la tierra prometida. Pero ha pasado el tiempo, los vientos soplan distinto, y son otras las corrientes migratorias.
Hace poco hemos cambiado una habitación. Nos costó deshacernos de los muebles viejos, nadie los quería y al final hubo que pagar para que se los llevaran. Vino un hombre delgado, de mediana edad, con una camioneta vieja y su caja de herramientas para desmontarlos. Algunas partes no cabían en el ascensor y las bajó a pulso por las escaleras, desde un quinto piso. Me contó un poco su vida; marroquí, casado con dos hijos, quince años aquí.
Una vez vaciada la habitación, había que repintarla. El encargado, peruano, nos propuso venir un domingo. Le acompañaba su mujer, que hizo de ayudante. Empapelaron todo para no manchar, dieron la primera mano, fueron a picar algo y al cabo de hora y media volvieron para dar la segunda. El color que elegimos fue el llamado blanco roto (ni idea de que existía).
Elegimos un armario blanco y quedamos en que lo traerían el jueves. El miércoles llamaron, que estaban por la zona y que si nos venía bien adelantarlo. Al rato, ya estaban llamando al timbre de abajo. Eran dos, no sé precisar su nacionalidad de origen, uno era de rasgos achinados. Se veía que habían montado muchos armarios como aquel. Verlos trabajar, bien compenetrados, fue todo un espectáculo.
La cama la tuve que montar yo, me costó lo mío fijar el cabecero a la pared. El resultado final nos ha dejado contentos. Hemos bautizado el nuevo cuarto como “la habitación blanca” y, la verdad, ahora es mucho más luminosa.
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