Está hablando por teléfono mientras arrastra la pierna enyesada. Es un hombre joven, menudo, delgado, con mechas rubias. Desentendido de todo lo que le rodea (el área de urgencias del hospital), se dirige a su interlocutor como “Tato”. Que estoy en el hospital, Tato. Lo dice bastante tranquilo, casi de buen humor. Le cuenta a Tato que estaba trabajando con la furgoneta y a una de estas le cayó algo (no se entiende qué) encima de la pierna y le ha cortado los tendones; le van a operar a las dos. Dice los tendones, en plural, a saber.
Transcurre la mañana y parece que la operación se retrasa. Se está alterando, ¿es que solo hay un quirófano en todo el hospital? Ahora le dicen que le operarán por la tarde, a no ser que haya un caso más urgente y entonces lo retrasarían hasta mañana. Un médico intenta tranquilizarlo con buenas razones.
A media tarde, cojeando con una muleta, dice que se va, que pide la baja voluntaria. Una enfermera le contesta que bien, que espere un rato a que le traigan el informe. El joven repite en voz alta sus argumentos y reitera que se va, que se conoce y le entra la locura y mejor si se va; no puede ser que solo haya un quirófano, que le han dicho a las dos y luego por la tarde y que igual mañana. Que se conoce y va a acabar haciendo algo que le perjudique; que se va.
Lleva un rato esperando y el informe prometido no llega. A una de estas, suelta: el informe, que se lo metan por el culo, y si me quedo cojo pues me quedo cojo. Ahora bien, agrega desafiante, él se queda con las caras, tiene esa cualidad, me voy, porque me conozco, pero me quedo con las caras, dice mientras señala con el dedo en semicírculo a los presentes.
Duroderroer
...with no particular place to go.
domingo, 2 de agosto de 2026
jueves, 30 de julio de 2026
Malos tiempos para hombrecillos cabezones
Recuerdo como si fuera ayer (ja) la cola en el cine donde daban “Tiburón” (Jaws). No la vi en su momento, no me atraía la idea de un pez depredador que partía por la mitad a algún sorprendido bañista; pero desde luego guardo respeto y admiración para con Steven Spielberg, el director.
Desde entonces he visto, si no todas, la mayoría de sus películas; casi siempre pensadas para el gran público. Me han gustado, en general; son como trajes de factura impecable confeccionados por un buen sastre, aunque no te convenza del todo el dibujo de la corbata.
Así he seguido su carrera a lo largo de los años y ahora, cuando está cerca de cumplir los ochenta, acabo de ver su última obra, Disclosure Day (el día de la revelación). Confirmo que, aunque hay un goteo de elementos que no acaban de cuadrar, no ha perdido el pulso dirigiendo y la película mantiene la tensión de un buen thriller, con su misterio y sus persecuciones un tanto exageradas (lo digo en especial por la escena del cruce de trenes).
Pero —spoiler—, no me ha gustado el final. Me ha dejado preocupado ese chaparrón de presuntas imágenes desveladas (reveladas) que confirmarían —suponiendo que se pueda confirmar algo en la ficción— como auténticas todas las falacias de avistamientos de naves extraterrestres y encuentros con hombrecillos cabezones.
Spielberg ha estado siempre obsesionado con el tema, ha vuelto una y otra vez sobre él en sus películas, y a la gente le gusta, yo incluido; sentimos esa atracción de lo desconocido (they came from outer space, “vinieron del espacio exterior”, en la frase de los cincuenta), pero precisamente en estos tiempo de las conspiraciones me parece hasta peligroso ese final.
Supongo que me falta información y no ha sido la intención de Spielberg alimentar las paranoias de esos tipos que, desafiando el sentido común y aupados por millones de congéneres, están ahí arriba, al mando, tomando (demenciales ) decisiones sobre nuestro futuro para consternación de la otra mitad de la humanidad, los que estamos medio cuerdos.
Desde entonces he visto, si no todas, la mayoría de sus películas; casi siempre pensadas para el gran público. Me han gustado, en general; son como trajes de factura impecable confeccionados por un buen sastre, aunque no te convenza del todo el dibujo de la corbata.
Así he seguido su carrera a lo largo de los años y ahora, cuando está cerca de cumplir los ochenta, acabo de ver su última obra, Disclosure Day (el día de la revelación). Confirmo que, aunque hay un goteo de elementos que no acaban de cuadrar, no ha perdido el pulso dirigiendo y la película mantiene la tensión de un buen thriller, con su misterio y sus persecuciones un tanto exageradas (lo digo en especial por la escena del cruce de trenes).
Pero —spoiler—, no me ha gustado el final. Me ha dejado preocupado ese chaparrón de presuntas imágenes desveladas (reveladas) que confirmarían —suponiendo que se pueda confirmar algo en la ficción— como auténticas todas las falacias de avistamientos de naves extraterrestres y encuentros con hombrecillos cabezones.
Spielberg ha estado siempre obsesionado con el tema, ha vuelto una y otra vez sobre él en sus películas, y a la gente le gusta, yo incluido; sentimos esa atracción de lo desconocido (they came from outer space, “vinieron del espacio exterior”, en la frase de los cincuenta), pero precisamente en estos tiempo de las conspiraciones me parece hasta peligroso ese final.
Supongo que me falta información y no ha sido la intención de Spielberg alimentar las paranoias de esos tipos que, desafiando el sentido común y aupados por millones de congéneres, están ahí arriba, al mando, tomando (demenciales ) decisiones sobre nuestro futuro para consternación de la otra mitad de la humanidad, los que estamos medio cuerdos.
lunes, 27 de julio de 2026
El humo ciega tus ojos
Anuncian un endurecimiento de las leyes anti-tabaco y coincide que veo —y oigo— una grabación (filmación) de los Beatles de 1965, parte de la película Help, interpretando en un estudio de grabación la canción “You’re gonna lose that girl” (“Vas a perder a esa chica”). Es uno de esos temas animados de los primeros Beatles que no se editaron en single y por tanto no alcanzaron como tal las listas de éxito. No sé si es por eso que me gustan más.
Lo que sorprende es que al principio de la canción se ve a Ringo con un cigarro en la mano fumando tan tranquilo. Pronto se lo coloca entre los labios y con un pequeño redoble comienza a marcar el ritmo con la batería. Ya no suelta el cigarrillo hasta el final. La anécdota es conocida, aunque en su momento algo así no resultara tan chocante como ahora.
Las imágenes tienen su mérito artístico; contraluces y siluetas, los micrófonos de estudio en primer plano, los rostros en la penumbra de un ambiente de semioscuridad azulada y a ratos infiltrada del humo procedente del mencionado y culpable Ringo (culpable, insisto, desde la perspectiva actual).
También me ha llamado la atención el estilo capilar de los cuatro, en el apogeo de su característico corte de pelo. Las melenas cortas, con buen volumen, recién lavadas y peinadas, con algunas puntas que escapan electrizadas aquí y allá; los flequillos tijereteados en el último momento para que luzcan descuidadamente cuidados.
Ringo, que es el único que no canta, sostiene su cigarro en los labios y en algún momento sonríe, enseñando unos dientes precarios, sin dejar de fumar en medio del hipnótico aguacero de guitarras y voces, resoplando y expeliendo humo por las fosas nasales como una auténtica locomotora de la Union Pacific.
Lo que sorprende es que al principio de la canción se ve a Ringo con un cigarro en la mano fumando tan tranquilo. Pronto se lo coloca entre los labios y con un pequeño redoble comienza a marcar el ritmo con la batería. Ya no suelta el cigarrillo hasta el final. La anécdota es conocida, aunque en su momento algo así no resultara tan chocante como ahora.
Las imágenes tienen su mérito artístico; contraluces y siluetas, los micrófonos de estudio en primer plano, los rostros en la penumbra de un ambiente de semioscuridad azulada y a ratos infiltrada del humo procedente del mencionado y culpable Ringo (culpable, insisto, desde la perspectiva actual).
También me ha llamado la atención el estilo capilar de los cuatro, en el apogeo de su característico corte de pelo. Las melenas cortas, con buen volumen, recién lavadas y peinadas, con algunas puntas que escapan electrizadas aquí y allá; los flequillos tijereteados en el último momento para que luzcan descuidadamente cuidados.
Ringo, que es el único que no canta, sostiene su cigarro en los labios y en algún momento sonríe, enseñando unos dientes precarios, sin dejar de fumar en medio del hipnótico aguacero de guitarras y voces, resoplando y expeliendo humo por las fosas nasales como una auténtica locomotora de la Union Pacific.
viernes, 24 de julio de 2026
Las luces y las sombras (y2)
Dentro de poco, cuestión de días, está previsto que la luna se suelte el pelo, se ponga delante del sol y lo tape a la vista de algunos terrícolas, entre los que nos podríamos encontrar (en función del interés de cada uno). Sean los que fueren, los testigos serán una minoría; como pasa con cualquier acontecimiento, incluida la final del mundial de fútbol; siempre hay más gente que está a otras cosas.
Un eclipse solar como el anunciado sucede cada año y medio, lo que es raro es que se repita en el mismo sitio. Claro que para eclipse con oscuridad (casi) total es mucho mejor el que tiene lugar cada día (por eso no le damos importancia) y se conoce con los nombres de puesta del sol, ocaso, atardecer o crepúsculo; a su lado estos otros quedan como amagos de aficionado.
El eclipse de sol es un recurso clásico de las novelas de aventuras para que el protagonista salve la vida en una situación comprometida. Así sucede en “Las minas del rey Salomón” (H. Rider Haggard) o en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (Mark Twain). Lo verdaderamente increíble, pero cierto, es que en 1504 Cristobal Colón, estando en una isla a merced de los indígenas cabreados, saliera del paso con su predicción de un eclipse, que tomó del almanaque astronómico de Johann Muller, alias Regiomontano. Aunque en esa ocasión fuese un eclipse lunar, cuando es la tierra la que se interpone entre el sol y la luna.
Este eclipse solar de ahora no se podrá ver desde mi casa porque, aunque se encuentre en la zona cero, el edificio de enfrente lo impedirá. Lo que haré, salvo imprevisto, es asomarme al balcón para ver como se oscurece la tarde, que no será poco.
Un eclipse solar como el anunciado sucede cada año y medio, lo que es raro es que se repita en el mismo sitio. Claro que para eclipse con oscuridad (casi) total es mucho mejor el que tiene lugar cada día (por eso no le damos importancia) y se conoce con los nombres de puesta del sol, ocaso, atardecer o crepúsculo; a su lado estos otros quedan como amagos de aficionado.
El eclipse de sol es un recurso clásico de las novelas de aventuras para que el protagonista salve la vida en una situación comprometida. Así sucede en “Las minas del rey Salomón” (H. Rider Haggard) o en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (Mark Twain). Lo verdaderamente increíble, pero cierto, es que en 1504 Cristobal Colón, estando en una isla a merced de los indígenas cabreados, saliera del paso con su predicción de un eclipse, que tomó del almanaque astronómico de Johann Muller, alias Regiomontano. Aunque en esa ocasión fuese un eclipse lunar, cuando es la tierra la que se interpone entre el sol y la luna.
Este eclipse solar de ahora no se podrá ver desde mi casa porque, aunque se encuentre en la zona cero, el edificio de enfrente lo impedirá. Lo que haré, salvo imprevisto, es asomarme al balcón para ver como se oscurece la tarde, que no será poco.
martes, 21 de julio de 2026
Las luces y las sombras (1)
Dos aforismos sobre la ficción surgidos del teclado del ordenador de Valeria Luiselli. Primero: La ficción es un recuerdo del futuro. Segundo: La ficción es el lugar en donde se encuentran la memoria y la imaginación. Dale unas vueltas. Y un tercero mío: La vida es una mezcla personalizada de realidad y ficción. Este principio se aplica también a nuestra percepción de los eclipses de sol.
Alguna leyenda, o más de una, de distintas culturas, cuenta que la luna y el sol rondaban por los cielos, uno de día y la otra de noche, sin llegar nunca a encontrarse; hasta que se encontraron, claro. Hablo de memoria y me refiero a culturas antiguas, porque las modernas no generan leyendas, me parece; a no ser que consideremos las llamadas urbanas que no tienen nada que ver.
Una cosa que importa en este caso es el género. He consultado a la señora AI y me dice que para latinos y griegos el sol era masculino y la luna femenino, mientras que para los egipcios y los celtas era al revés, el sol femenino y la luna masculino. Por otra parte, en inglés es habitual llamar “señor” tanto al sol como a la luna. Por ejemplo, en la energética Trouble in Paradise, de los Crests, 1960, el gran Johnny Maestro (nacido Mastrangelo) canta esta línea: Mr Moon, Mr Sun, tell her she’s the only one.A lo que iba, lo de que el sol y la luna no coincidían por sus distintos biorritmos —diurno o nocturno— era un bulo (fake news) y cualquier humano de aquella o cualquier época se daría cuenta con solo mirar para arriba de vez en cuando (pero igual entonces no tenían tiempo). Al amanecer es habitual ver la luna en distintos rincones del cielo, mientras el sol es totalmente predecible, un astro de costumbres que siempre aparece por el mismo lado y desaparece por el opuesto coincidiendo, curiosamente, con el caer de la tarde; qué aburrido, por dios. La luna es más espontánea y yo desde luego no he observado un patrón fijo en sus desplazamientos, aunque la lógica de las rotaciones y las traslaciones me dice que lo tiene que haber (tampoco es que me haya fijado mucho).
sábado, 18 de julio de 2026
Fraternidad
Caigo en que el otro día escribí de la igualdad y no hace mucho de la libertad (con minúscula, nada trascendente) y se me ocurre que para juntar a las tres protagonistas del lema de la República Francesa me falta la fraternidad.
Claro que no tengo mucho que decir sobre la fraternidad, aparte de que la idea está bien, en teoría: todos los hombres deberíamos tratarnos como hermanos y las mujeres como hermanas y los hombres y las mujeres como hermanos y hermanas (lo primero que se te viene a la cabeza es “consanguinidad”).
En teoría, decía, porque en la práctica veo difícil evitar que haya gente que te caiga mejor y otra que te caiga peor, y no debe de ser fácil tratar como a un hermano a uno de los segundos; mi instinto natural es evitarlos y si no hay más remedio contemporizar (debería priorizar la presunción de inocencia, pero veo pocas o nulas posibilidades de que llegue a hacerlo algún día).
Por otra parte, el lema, nacido durante la Revolución Francesa, es bonito, pero qué mal lo llevaron a la práctica: durante los dos años del llamado Reinado del Terror hubo unos 40.000 ejecutados o asesinados (la guillotina fue un invento muy práctico).
Mirando ahora, leo que hubo una orden de pintar en las fachadas de las casas de París esta proclama: La República una e indivisible - Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte. El exabrupto del final lo explica todo; me recuerda una broma —igual no le ves la gracia— que suelo hacer de vez en cuando: Yo a los violentos es que los molía a palos.
Claro que no tengo mucho que decir sobre la fraternidad, aparte de que la idea está bien, en teoría: todos los hombres deberíamos tratarnos como hermanos y las mujeres como hermanas y los hombres y las mujeres como hermanos y hermanas (lo primero que se te viene a la cabeza es “consanguinidad”).
En teoría, decía, porque en la práctica veo difícil evitar que haya gente que te caiga mejor y otra que te caiga peor, y no debe de ser fácil tratar como a un hermano a uno de los segundos; mi instinto natural es evitarlos y si no hay más remedio contemporizar (debería priorizar la presunción de inocencia, pero veo pocas o nulas posibilidades de que llegue a hacerlo algún día).
Por otra parte, el lema, nacido durante la Revolución Francesa, es bonito, pero qué mal lo llevaron a la práctica: durante los dos años del llamado Reinado del Terror hubo unos 40.000 ejecutados o asesinados (la guillotina fue un invento muy práctico).
Mirando ahora, leo que hubo una orden de pintar en las fachadas de las casas de París esta proclama: La República una e indivisible - Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte. El exabrupto del final lo explica todo; me recuerda una broma —igual no le ves la gracia— que suelo hacer de vez en cuando: Yo a los violentos es que los molía a palos.
miércoles, 15 de julio de 2026
Igualdad
Todos los seres humanos somos iguales. No estoy diciendo que tengamos los mismos derechos —que no los tenemos—, ni que deberíamos tenerlos —que sí que deberíamos—, lo que digo es que todos los seres humanos somos iguales.
Somos iguales como las unidades de un modelo de coche que salen de la cadena de producción, idénticas unas a otras y solo distinguibles por el número de identificación del motor. Los humanos somos semejantes en lo físico —mismos órganos, mismos huesos, mismos sistemas digestivo, sanguíneo, respiratorio; mismo todo— pero sobre todo en lo psíquico —mismos sentimientos, mismos pensamientos, mismos miedos, mismas ansiedades, mismos sueños, mismas ínfulas—.
Lo que, en apariencia, nos distingue, como en los automóviles la calidad del tapizado o las llantas de aleación, son los detalles secundarios: el género, el color de la piel, la altura, el peso, los rasgos faciales. El resto de presuntas diferencias son circunstanciales y es por la suma de esas circunstancias por la que nos comportamos de una u otra manera.
Somos capaces de lo mejor y de lo peor, de ser santos o asesinos; solo hace falta que nos pongan en la situación adecuada. Esta verdad es difícil de llevar, lo entiendo. Lo habitual es creerse diferente, especial, único; y de alguna forma lo somos, por esos detalles y esas circunstancias; y, sobre todo, porque, aún idénticos, siempre seremos otro, siempre estaremos enjaulados en nuestra individualidad.
Hay ocho mil millones de individuos en el planeta, todos iguales (no solo los chinos), solo distinguibles, como los coches, por su número de identificación del motor, por su ADN. Si reuniéramos a los habitantes de la Tierra en una gran llanura, asignando un metro cuadrado a cada uno, ocuparían un espacio de 80 x 100 kilómetros. Imagina verlos desde lo alto y piensa que uno de esos individuos eres tú, y otro yo, perdidos ambos en el anonimato de la especie de la que, sin embargo —y esta es la clave—, cada uno de nosotros tiene el privilegio y el honor de ser embajador plenipotenciario.
Somos iguales como las unidades de un modelo de coche que salen de la cadena de producción, idénticas unas a otras y solo distinguibles por el número de identificación del motor. Los humanos somos semejantes en lo físico —mismos órganos, mismos huesos, mismos sistemas digestivo, sanguíneo, respiratorio; mismo todo— pero sobre todo en lo psíquico —mismos sentimientos, mismos pensamientos, mismos miedos, mismas ansiedades, mismos sueños, mismas ínfulas—.
Lo que, en apariencia, nos distingue, como en los automóviles la calidad del tapizado o las llantas de aleación, son los detalles secundarios: el género, el color de la piel, la altura, el peso, los rasgos faciales. El resto de presuntas diferencias son circunstanciales y es por la suma de esas circunstancias por la que nos comportamos de una u otra manera.
Somos capaces de lo mejor y de lo peor, de ser santos o asesinos; solo hace falta que nos pongan en la situación adecuada. Esta verdad es difícil de llevar, lo entiendo. Lo habitual es creerse diferente, especial, único; y de alguna forma lo somos, por esos detalles y esas circunstancias; y, sobre todo, porque, aún idénticos, siempre seremos otro, siempre estaremos enjaulados en nuestra individualidad.
Hay ocho mil millones de individuos en el planeta, todos iguales (no solo los chinos), solo distinguibles, como los coches, por su número de identificación del motor, por su ADN. Si reuniéramos a los habitantes de la Tierra en una gran llanura, asignando un metro cuadrado a cada uno, ocuparían un espacio de 80 x 100 kilómetros. Imagina verlos desde lo alto y piensa que uno de esos individuos eres tú, y otro yo, perdidos ambos en el anonimato de la especie de la que, sin embargo —y esta es la clave—, cada uno de nosotros tiene el privilegio y el honor de ser embajador plenipotenciario.
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