martes, 3 de febrero de 2026

La velocidad del tiempo

    Me he pasado la vida con la sensación, tan común, de que el tiempo va cada vez más rápido. En pocas cosas estaremos todos tan de acuerdo como en que una hora era mucho más larga en la infancia. Aquí tengo que hacer una observación: en la infancia no tenía reloj, no medía el tiempo; otros lo medían por mí: mi madre llamándonos a comer, el timbre que señalaba el fin del recreo. El concepto “una hora” no era algo en lo que me pusiera a pensar.
    Esta aparente aceleración del tiempo puede ser fruto, en parte, de nuestro miedo a la muerte: la vemos acercase y nos parece que el tiempo vuela. También puede que sea la mente humana la que va más lenta, con la edad. Pero tiene que haber algo más, cómo, si no, es posible que ya haya pasado medio invierno, que la primavera esté a la vuelta de la esquina; explícamelo, si hace nada todavía era verano.
    Esto es algo más que una sensación, no me extrañaría que fuera también un hecho científico y que el universo no solo se expanda cada vez más rápido sino que la velocidad del tiempo también aumente. Alguien alegará que el reloj atómico que tienen en Ginebra (lo digo a bulto) sigue midiendo el paso del tiempo a la misma exacta velocidad de siempre. Pues no, igual que las estrellas se alejan cada vez más rápido, puede que también las partículas subatómicas se agiten más deprisa, y el segundo que mida ese, o cualquier otro, reloj atómico sea cada vez más breve. Para mí que el tiempo acelera y hay un premio Nobel esperando al científico que lo demuestre.

sábado, 31 de enero de 2026

Bañarse dos veces en el mismo libro

    Aunque leamos para dentro, sin abrir la boca, en la imaginación oímos a alguien declamando, interpretando el texto. Esa voz a veces es la tuya (solipsistas como somos) y otras la de la mismísima persona que ha escrito el libro (y a quien en realidad no has escuchado nunca).
    El lenguaje se desarrolló para pronunciarlo, no para escribirlo. La escritura que se aleja de la forma hablada tendrá sus cosas buenas, pero pierde en humanidad, en naturalidad; pierde emoción. Esa interpretación imaginada de un escrito varía en función del estado anímico y también varía con el tiempo. El tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez, dice un personaje de (un tal) Ray Cummings.
    Mañana leeré esto de nuevo y me parecerá distinto. Serán las mismas palabras pero las entenderé de otro modo. Y será por esas dos razones anunciadas, porque mi estado de ánimo será otro y porque yo mismo seré otro (factor tiempo). Por eso no deberíamos decir nunca, “ya he leído ese libro” (o visto tal película); más exacto sería aclarar: “lo leí hace años cuando era otra persona”.
    Un libro es como un gato de Schrödinger testarudo, nunca sabes si te gustará o no la próxima vez que lo leas. El libro será el mismo pero tú habrás cambiado, como cambia todo. En un ser humano el cambio físico, el envejecimiento, es evidente; el psíquico no se ve a primera vista pero es igual de real.
    Hay un corolario: si ya de por sí es dudoso que alguien pueda llegar a conocerse a sí mismo, esta es la confirmación de que de hecho es imposible. Para cuando empiezas a cogerte el pulso, a intuirte, ya no eres así. Sin darte ni cuenta, todo lo sutilmente que quieras, siempre estás cambiando. Eres tú, vale, sí; pero ya eres otro.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ese tipo de chica

    Hace un par de años me enteré de la existencia del término manic pixie dream girl, acuñado hace unos veinte por un crítico de cine (Nathan Rabin) para referirse al personaje de la chica efervescente, alocada, independiente y divertida que enamora irremediablemente al protagonista masculino.“Duende chiflada de ensueño” sería un intento de traducción. Claro que hay que añadir que gran parte del encanto de ese personaje tipo está en realidad en la imaginación del antagonista masculino.
    Curiosamente la primera vez que oí la expresión fue en boca de una chica que encajaba ella misma en el modelo. El término es nuevo (relativamente) pero el concepto antiguo, qué otra cosa sino manic pixie dream girls eran Katharine Hepburn en “La fiera de mi niña” (1938) o Barbara Stanwyck en “Las tres noches de Eva” (1941).
    Fuera del cine las flappers de los años veinte también se pueden considerar un precedente. Con este conocimiento en mente me llevé una sorpresa al encontrar otro anterior, este literario y de finales del siglo XIX, que tal vez sea la primera aparición del estereotipo en la edad moderna. Me refiero a las jeunes filles en fleurs, las muchachas en flor de Marcel Proust en "En busca del tiempo perdido".
    En su fulgurante aparición, el protagonista, y narrador, las ve acercarse por el malecón de Balbec: son cinco o seis, dice, y llegan desenvueltas, con cierta mezcla de encanto, flexibilidad y elegancia física, como bailarinas de vals; una empuja una bicicleta, otras dos portan palos de golf... sin atreverme a mirarlas fijamente, veía asomar un óvalo blanco, unos ojos negros, unos ojos verdes la traslación continua de una belleza fluida, colectiva y móvil... carácter atrevido, frívolo y duro y sigue en tonos parecidos hasta el momento culminante de la escena, cuando al ver a un anciano sentado en una silla plegable la mas alta echó a correr sin titubear y, para júbilo y admiración de sus compañeras, saltó por encima rozando con los pies la gorra marinera del anciano espantado...

domingo, 25 de enero de 2026

Callejón sin salida

    La mentira abriga más que la verdad. En general, digo. La mentira protege, mientras que atenerse a la verdad estricta es como salir de casa en invierno sin abrigo. Por otra parte, bien pensado, en términos absolutos, la verdad no existe (y la realidad, justo, justo). Por lógica, lo contrario, la mentira absoluta, tampoco existiría. La de andar por casa nos hace la vida más fácil, pero cuidado: tan difícil es sostener en el tiempo una verdad (desnuda) como una mentira (desesperada).
    Por uno de esos mecanismos extraños de la memoria he recordado estos días una confidencia que me hizo un amigo hace muchos años. Este amigo estudió una carrera técnica pero no pudo sobrellevar el estrés de la competencia en la empresa privada y acabó dando clases en la enseñanza pública.
    Nunca sacó plaza, cada septiembre le mandaban a un centro distinto. Un año, ya cuarentón, soltero y sin novia, al comienzo de curso, comentando las circunstancias personales de cada uno, la mayoría de sus compañeros casados o con pareja, muchos con hijos; cuando le preguntaron respondió que sí, que estaba casado, con dos niños. ¿Por qué hizo esto?
    Fue un instante de pánico. Nadie le conocía, no podían saber que era un buen tipo, culto, sociable, con sentido del humor. Se le pasó por la cabeza que ser mayor que casi todos ellos y soltero le dejaría al margen, que le convertiría en el raro. Sin pensarlo dos veces, en décimas de segundo, no supo calibrar las repercusiones de ese pequeño adorno en su biografía.
    Según avanzaba el curso iba fabulando nuevos detalles para salir del paso: los partidos de los hijos, las vacaciones en familia. La madeja se embrollaba y en su huida hacia adelante se fue volviendo huraño y encerrándose en sí mismo. La sala de profesores se convirtió para él en la antesala del infierno.
    Y un día me lo contó. Lo hizo con sencillez, necesitaba desahogarse, reconociendo que había sido una estupidez. Pero una vez hecho, ¿cómo salir? Lo lógico hubiera sido decir, cuanto antes, que había sido una broma tonta; o la verdad, que se había ofuscado entre gente que no conocía. Pero ese momento de rectificar ya había pasado, ya no había salida; se había convertido en un farsante.

jueves, 22 de enero de 2026

La explicación

    Más de tres horas dura la película “Espartaco” (1960), tantas veces repuesta en la televisión, algunas de ellas en Semana Santa por ser “una de romanos” aunque no tenga nada que ver con Jesucristo. Ya no me acuerdo de si la he visto entera alguna vez, supongo que sí, pero lo que perdura en mi memoria son distintos fragmentos vistos a lo largo de los años. En algún momento aprendí que detrás de la superproducción de aventuras estaba el mensaje político de opresores y oprimidos.
    Hasta hoy, creía que la película de Stanley Kubrick estaba basada en la novela del escritor (más que novelista) Arthur Koestler del mismo título. Pues bien, estaba equivocado, vaya novedad. La novela de Koestler no se llamaba así, sino “Los gladiadores” (originalmente escrita en alemán, por cierto) y la película no se basaba en esa novela sino en otra titulada, esta sí, “Spartacus” (como se dice en inglés y también en latín) escrita por Howard Fast, un prolífico novelista estadounidense.
    Una coincidencia y una divergencia: Por una parte, ambos, Koestler y Fast, eran de ascendencia judía (al igual que Stanley Kubrick y Kirk Douglas, el actor protagonista) y por otra, Koestler escribió su novela, en 1939, desilusionado del comunismo mientras Fast tuvo que publicar la suya por su cuenta, en 1950, por su condición de comunista represaliado. Para liarlo un poco más, la adaptación para la pantalla, el guion, la hizo Dalton Trumbo (de origen suizo protestante, qué raro), también represaliado pero que, curiosamente, se alejó del enfoque de Fast por su rancio marxismo.
    Cosas del siglo pasado, que fue revuelto como pocos; o, mejor dicho, como todos, porque este de ahora, el siglo XXI, se las trae. Buscando explicaciones para la pertinaz estupidez humana he encontrado esta cita de Arthur Koestler (acabáramos): El cerebro humano consta de una pequeña parte, ética y racional (todavía muy pequeña) y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos. Harían falta millones de años para que la evolución moral acabara con la brutal trastienda. Esto lo explicaría todo...

lunes, 19 de enero de 2026

Pobres instituciones

    Las instituciones nos choznan. No lo digo yo, es una frase que he escuchado en un sueño; sueño o ensoñación, incluso puede que alucinación. Ha sido uno de esos momentos en que estás pensando, es decir dejando vagar la mente, te vas quedando medio dormido y “ves” y “oyes” cosas que se mezclan con lo que de verdad están captando tus sentidos. Si vuelves a estos, a estar despierto (todo lo despierto que eres capaz), te das cuenta de que estabas soñando.
    Si no vuelves en ti, y acabas durmiéndote del todo, estos medio sueños se hunden en la mente y se ahogan; se pierden, se olvidan; hasta tal punto que no sabrás nunca que los soñaste o los medio soñaste; o solo lo sabrás sin saberlo, porque estos sueños se quedan en algún rincón ignoto de las conexiones neuronales, donde permanecerán hasta que se apague la luz en el cerebro. Es lógico pensar que esa gran masa de sueños, que no afloran nunca a la conciencia, debe de tener alguna influencia en el ser de cada uno.
    En este caso, he vuelto de la duermevela con el sueño todavía flotando en mi mente y me lo he contado a mí mismo para no olvidarlo. Las instituciones nos choznan, ha dicho alguien que estaba a mi derecha pero no he llegado a ver. Choznar..., no existe el verbo; o no existía hasta ahora. Me ha dado la impresión de que lo ha dicho solo para desahogarse; como quien constata algo que es evidente, sabiendo que no tiene remedio, resignado. Las instituciones (¿qué instituciones?) nos choznan. Sonaba a protesta; choznar por jorobar, molestar, complicar la vida.

viernes, 16 de enero de 2026

Éric Rohmer

    Lo digo en negativo: la astrología no es una ciencia, que más dará donde esté Marte en el momento del parto; ahora, como entretenimiento no tiene precio. La astrología asegura horas de diversión, incluso para sus no-adeptos. Aún a sabiendas de que no tiene ningún sentido, y siempre que no se pasen de egocéntricos, soy un admirador secreto de los nacidos bajo el signo de Leo. O más concretamente de aquellos, y más aquellas, que han tenido apariciones estelares en mi vida.
    En eso he pensado viendo la película de Éric Rohmer Le Signe du Lion (El signo de Leo). Se rodó en 1959 pero no fue estrenada hasta 1962. Transcurre en París. Me gusta ver esas imágenes, en blanco y negro, de hace ya 66 años: casas, bulevares, cafés, las riberas del Sena. Me llama la atención que, a pesar de todo, la habitación de una pensión parisina no era muy distinta de la de cualquier otro sitio; todo parece viejo, deslucido, más bien pobre.
    Éric Rohmer fue una de las figuras intelectuales de la Nouvelle Vague y un director peculiar, con una trayectoria al margen de las modas. Contaba sus historias a base de diálogos que querían explicar la vida sin aspavientos. De sus películas se decía que en ellas se veía crecer la hierba; queriendo decir que eran muy lentas y aburridas. No estar de acuerdo me hacía —y me hace— sentir bien.