viernes, 4 de septiembre de 2026

Saber o no saber

    Pensaba estos días en insistir en que no sé nada (hablo de mí, por prudencia). No lo digo por decir, ni por quedar bien, ni con la boca pequeña; lo digo porque cada vez estoy más convencido. Una de las razones es la idea de que la mente es impredecible y las conexiones neuronales precarias. La mayor parte de la información que llega o pasa desapercibida o pronto se olvida. Mi conocimiento consiste en vagas impresiones e ideas mal comprendidas que se difuminan con el tiempo hasta desaparecer.
    Estaba dando vueltas a esto cuando leo un artículo que critica a Javier Bardem por haber dicho en una entrevista que “cuando nos hacemos mayores creemos que lo sabemos todo pero no sabemos nada”. A cuenta de este inofensivo comentario, el articulista dice, entre otras cosas, que no le gusta la forma de envejecer de los que dan lecciones existenciales. También aprovecha, y esto me ha parecido feo, para meterse con su madre. Le cae mal la familia, parece.
    Todo el mundo tiene su parte de razón, desde luego, pero me ha sorprendido el artículo. La frase en sí no es ninguna novedad y estoy más o menos de acuerdo con ella. Le diría al articulista que en esta cuestión no es aplicable lo de que la virtud está en el medio. Si bien es cierto que hay gente que sabe más y otra que sabe menos, en términos absolutos las diferencias son infinitesimales. 
    Dicen que si el Big Bang hubiera sido hace veinticuatro horas, el homo sapiens habría aparecido hace un segundo. De forma análoga, toda nuestra sabiduría cabe en ese segundo y el resto del día es lo que ignoramos. Con permiso de Sócrates, matizaría su famosa máxima, No sé si sé algo o no sé nada, pero tengo mis sospechas.

martes, 1 de septiembre de 2026

Fulcro

    Fulcro (en el diccionario), punto de apoyo de la palanca.
    A los vagos como yo nos encantaría que fuera posible meter toda la sabiduría del mundo en una frase. La idea es absurda pero lo cierto es que se puede distraer al entendimiento a base de máximas brillantes. Es lo mismo, de alguna manera, que engañar al estómago con bocaditos y renunciar a los grandes platos. O —inciso— a los humildes, que son en realidad los que más me gustan: alubias con un poco de chorizo, unas anchoas albardadas, el arroz con leche.
    El caso es que, en cuestiones de sabiduría, es mucho más fácil alimentarse de píldoras que leerse la Ética de Spinoza. En esa línea de eludir el esfuerzo, traigo aquí dos aforismos extraídos de los cuentos de Isaac Bashevis Singer.
    Primero: Toda grandeza tiene también su parte de locura. Lo piensas y tiene que ser cierto. Por ejemplo, para un investigador el simple rigor científico ligado a la disciplina académica y una vida ordenada no puede dar como resultado un descubrimiento fascinante, sino más bien algo útil pero predecible. Para bordear el genio en cualquier campo hace falta algo más, un ingrediente secreto, cierta excentricidad, un espíritu soñador, capacidad de sorprender; algo equivalente a conocer por su nombre a todos los soldados del batallón.
    Segundo: Cualquier interés puede convertirse en pasión, incluso servir a Dios. Sí, estoy de acuerdo, sin entrar en otras consideraciones la pasión por algo te resuelve la vida (no te deja tiempo para aburrirte) y cada uno la encuentra en donde puede; coleccionando cajas de cerillas, diseñando puentes o, en casos extremos, sirviendo a Dios. En fin —me estoy animando—, parafraseando a Arquímedes: dame una frase y moveré la literatura.

sábado, 29 de agosto de 2026

Mañana será otro día

    Siempre es ahora y nunca es tarde. Vivimos en el momento justo, no nos queda más remedio; acudimos puntuales a la cita de cada instante, por efímero que sea; y así es todos los días de nuestra vida, desde el primero hasta el último. Se me ocurre un buen título para un libro: “Mi último día en la Tierra”; aunque sería difícil de escribir, por la premura de tiempo.
    Tiempos recios llamó Vargas Llosa, en una novela, a los años 50 del siglo pasado en Guatemala. A qué dudarlo, pero cuándo han sido los tiempos suaves en ninguna parte. Estos de ahora no creo que sean diferentes. Tanta casualidad sería que el presente fuera el peor momento de la historia como que fuese el mejor.
    Este “ahora” en el que estamos incluidos será pronto un tiempo más, como otro cualquiera, y yacerá, etiquetado y archivado, en los libros de historia sin que, seguramente, nadie le dé mayor importancia (se recordará más como “otro día en la oficina” que como un “momento estelar de la humanidad”).
    Toda esta palabrería que me gasto es para decir algo que ya he dicho antes y que ya se ha dicho antes: nuestra anunciada debacle de cada día no es para tanto, esto no es el fin del mundo y las cosas no están peor que nunca. Cuando sales de Guatemala a veces vas a Guatepeor y otras a Guatemejor. Ni deberíamos abandonar toda esperanza ni nos estamos adentrando en el infierno de Dante; aunque la temperatura sí que está subiendo, eso hay que reconocerlo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Lo que he aprendido del yidis

    El yidis nació en el siglo X en la cuenca del Rin. Judíos procedentes de Italia y Francia adoptaron los dialectos alto alemanes de la zona y los fusionaron con el hebreo, el arameo y los restos romances que traían consigo. Dos siglos más tarde, comenzó la emigración judía hacia el este y las aportaciones eslavas dieron lugar al yidis oriental, que es, más o menos, el vigente en la actualidad.
    El yidis fue durante siglos la humilde lengua franca de los judíos de Europa central. Se consideraba un dialecto, no lo es. Dijo un lingüista, por cierto, que el dialecto que se hace con un ejército se convierte en idioma. A lo más que ha llegado el yidis es a ser declarado lengua minoritaria en Israel y unos pocos países más (Suecia uno de ellos, sorpresa).
    A principio del siglo XX, el yidis llegó a tener doce millones de hablantes y una notable pujanza cultural. La emigración hizo que en el censo de 1920 en Estados Unidos se contasen dos millones de personas que tenían el yidis como lengua materna. Por aquella época, en Nueva York, se llegaron a vender medio millón de ejemplares diarios de periódicos en ese idioma. Luego hubo un rápido proceso de asimilación. En Europa, tras la barbarie nazi, que mató a seis millones de judíos de los cuales cinco hablaban yidis, la presencia de la lengua pasó a ser residual.
    Se ha dado una paradoja. En los comienzos del sionismo, los nacionalistas judíos optaron por el hebreo en detrimento del yidis. Esta lengua quedó, de alguna manera, para los laicos. Hoy en día, por el contrario, lo hablan más de medio millón de judíos ultra-ortodoxos, repartidos entre Estados Unidos e Israel. Cada vez son más porque tienen muchos hijos. Queda, por otra parte, otro buen número de yidistas seculares, unos cincuenta mil, empeñados en la preservación, el estudio y el uso vivo del idioma.

domingo, 23 de agosto de 2026

Yidis, tres apuntes

    Nadie mencionó el yidis en toda mi “etapa formativa” (esta expresión me suena un poco ridícula pero hay que reconocer que es útil). Supe de su existencia bastantes años más tarde, de modo tangencial y enigmático. Al parecer el yidis era una lengua que hablaban los judíos. Desde entonces he sentido interés por ese idioma; más sobre sus circunstancias que sobre el lenguaje en sí, que desconozco por completo (además, se escribe en caracteres hebreos). Ahí van los tres apuntes:
    Este idioma semidesconocido tuvo una influencia notable en la obra de Franz Kafka. El escritor conoció el teatro en yidis en Praga, a principios del siglo XX, y quedó fascinado. Estudió su gramática, hizo una gran amistad con el actor principal, fue un habitual en las representaciones y se enamoró de forma platónica de una actriz.
    A mediados del siglo pasado The Barry Sisters (dos rutilantes hermanas de apellido original Bagelman) se hicieron un hueco en la escena jazz y swing de Estados Unidos interpretando canciones en yidis, entre ellas Bei Mir Bistu Shein (adaptación fonética del yidis בײַ מיר ביסטו שעהן, en español "Para mí eres hermosa") compuesta para una comedia musical en ese idioma en los años treinta. La versión en inglés fue el primer éxito de las Andrew Sisters y el tema devino en un clásico de la música swing.
    En 1978 el Premio Nobel de literatura fue otorgado a Isaac Bashevis Singer, un prolífico escritor en yidis nacido en Polonia y emigrado a Estados Unidos huyendo del nazismo. Yentl der yeshive bokher es una de sus historias; cuenta las peripecias de una chica que se viste de hombre para poder estudiar en la yeshivá, la escuela judía tradicional. Basándose en ese cuento, en 1983, Barbra Streisand, ella misma con raíces familiares de esa cultura, dirigió y protagonizó la película musical Yentl.

jueves, 20 de agosto de 2026

Una buena pregunta

    La vida es un misterio sin aclarar. A falta de respuestas, lo más indicado sigue siendo que nos hagamos las mejores preguntas posibles. La pena, me voy dando cuenta, es que tampoco sé cuáles son exactamente esas preguntas.
    Una evidente puede ser, ¿qué estoy haciendo aquí? Nadie lo sabe, pero el solo hecho de formularla es positivo. Es ir a lo práctico, poner los pies en el suelo, reconocer nuestra precaria condición mortal y la necesidad de hacer algo con nuestra vida aparte de transitar por ella con el piloto automático.
    En esta búsqueda de algo a lo que agarrarnos el punto de partida innegociable es la humildad, ser conscientes de nuestra pequeñez, nuestra prescindibilidad; la de cada uno y la de toda la especie en su conjunto. En cada momento de la historia nos hemos creído el no va más en cuanto a ciencia y conocimiento. Luego el tiempo, inexorable, ha dictaminado que no, que aún quedaba —y queda— mucho por aprender, que todavía estamos en pañales.
    Otra pregunta que se me ocurre, a sabiendas de que es más retórica que otra cosa es, ¿merece la pena vivir? Sí, no, a veces, mañana te digo...; un juez diría que la pregunta es irrelevante, no hay respuesta que aporte algo a la cuestión de fondo. El caso es que vivimos y no hay alternativa, no existen los seres no-concebidos. La vida es una lotería que nos ha tocado sin tener ningún boleto.
    No nos ha sido concedida la inteligencia necesaria para entender todo esto, pero lo que sí está en nuestra mano, ya que estamos aquí, en la Tierra, es hacer lo posible para mantener el tipo, para preservar la dignidad. Esta sí podría ser una pregunta a nuestro alcance, ¿qué hay que hacer para llevar una vida digna?

lunes, 17 de agosto de 2026

El cuarto pilar

    El estado habitual de mi pensamiento —que solo es mío en sentido figurado— es un simpático caos bienintencionado; por eso mismo agradezco recibir de vez en cuando alguna aportación que lo ilumine siquiera sea por un corto periodo de tiempo.
    Algo de esto es lo que me ha pasado hoy al encender la radio en el desayuno y escuchar, en un programa de divulgación científica, que hay cuatro factores esenciales que determinan nuestro estado de salud: el sueño —el de dormir, el sueño reparador que se dice—, la alimentación, el ejercicio físico y los lazos con otros seres humanos.
    Como se ve, son tres elementos físicos y bastante evidentes —aunque a menudo no nos esforcemos lo suficiente en su cuidado— y uno psíquico, el de las relaciones con los demás. Los demás, que son —convéncete—, lo único que hay en el mundo. Es el factor humano —como la novela de Graham Greene—, el de querer y que nos quieran; el que advierte que nadie es solo, que somos autónomos pero no independientes (esto lo ha dicho también la experta de la radio).
    De forma complementaria, como suele suceder, he conocido también esta mañana una anécdota que me sirve para ilustrar ese cuarto pilar del bienestar humano. Es lo que le preguntó una vez, mimoso, Gabriel García Márquez a su agente, Carmen Balcells: “¿Tú me quieres?”; y lo que le contestó esta: “¿Cómo no te voy a querer si eres el 37 por ciento de mi facturación?”. Era broma y era cariño; y quien dice cariño dice amor, que es lo que necesita el mundo y lo que necesitas tú.