martes, 11 de agosto de 2026

Desde mi burbuja

    La vida es un viaje que hacemos a través del tiempo encerrados en una burbuja. Cuando digo “burbuja” me refiero tanto a una nave metafórica como a nuestra individualidad y al hecho de que, te pongas como te pongas, en el fondo todos estamos solos.
    Escribe un experto que las universidades tienen que reciclarse, que la enseñanza presencial está en retroceso y las aulas se vacían. De estas vehementes palabras se deriva la posibilidad inquietante de que, sencillamente, las universidades desaparezcan; lo que, después de todo, es el destino final que aguarda a toda institución humana.
    Los tiempos están cambiando, The Times They Are a-Changin’ —cómo me gusta ese a-changin’—, cantaba Bob Dylan en 1963. Y era cierto; pero, ¿cuándo han dejado de cambiar? Según avanzamos —o quizá, explicado más gráficamente, según aguantamos la furia del tiempo que nos da de frente, nos rodea y se pierde a nuestra espalda—, según pasan los años, vemos… Pausa.
    Tengo que pasarme al singular; del nosotros al yo, con toda humildad. Tengo que hablar desde mi burbuja, desde esta individualidad mía que me viene aislando desde que nací. Según han pasado los años, he podido ver como ha cambiado el mundo; los hitos tecnológicos, los modelos familiares, las costumbres... tantas cosas; y he deducido que siempre ha sido así y así será en el futuro, —ese futuro que yo no viviré— hasta que se extinga la especie.
    También me han convencido de que no se puede medir una época con los parámetros desarrollados (tal vez en una universidad) para otra . Esto veo desde mi burbuja; es decir, lo he entrevisto a través del cristal tirando a opaco que la recubre; porque así es, tirando a opaca, la burbuja que me ha tocado.

sábado, 8 de agosto de 2026

Baja una marchita

    El cuerpo humano es una máquina maravillosa pero con fecha de caducidad. Han hecho falta cientos de miles de años (o millones) para ir afilando las prestaciones del modelo actual —el homo sapiens— que ha arrasado en el mercado. Por supuesto que muchos ejemplares arrastran alguna tara que acorta su vida útil (aunque toda vida es útil y lo que dure es anecdótico). Lo curioso es que tantos y tantos seres humanos vivan hasta edad avanzada a pesar de no cuidarse, de tener sobrepeso o padecer alguna enfermedad crónica, o beber o fumar como cosacos o carreteros. Ves por la calle la gente que nos rodea y te preguntas cómo es posible. Y es posible, la gente vive y solo el paso de los años puede con ella.
    Es un caso de libro de obsolescencia programada. Queramos o no, nos quedamos obsoletos; los huesos se tornan quebradizos, los sentidos pierden agudeza, los órganos ralentizan su funcionamiento, los músculos se debilitan, perdemos neuronas y el funcionamiento del cerebro se resiente. Para más inri, y en un alarde de humor cósmico, nos crecen las orejas y la nariz, y nos salen pelos en lugares insospechados. “Baja una marchita” le decía un personaje en una serie a otro que se había venido arriba. Me he quedado con la frase, bajar una marchita, es lo que nos toca hacer según cumplimos décadas de vida. No queda otra; sonreír, aceptarlo y bajar una marchita.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Párkinson

    La vida es en sí una enfermedad mortal, aún no la ha superado nadie; luego están esos otros males que lo empeoran todo. Uno de ellos, del que no sé casi nada, es el Párkinson. Solo tenía la idea de que al enfermo le tiemblan las manos. En poco tiempo, he sabido de tres casos.
    En la casa de verano, D., la vecina, nos regalaba de vez en cuando cosas de la huerta; tomates, acelgas, algún pimiento. Si no estábamos en casa nos dejaba una bolsa colgando de la verja. Se lo agradecíamos sonrientes y luego tirábamos las acelgas con disimulo. Hace un par años nos dijo que tenía Párkinson (el marido ya arrastraba sus propios achaques). Aún no se le aprecian síntomas evidentes, aunque vienen menos a la casa, el terreno que cultivan se ha reducido y —no sé si tiene que ver— siempre están, los dos, muy protegidos contra el sol (y ya no nos regalan ninguna hortaliza).
    Hace unos meses vi la serie documental sobre Scorsese. Es, resumiendo, un interesante repaso de sus películas y su biografía. En el último de los cuatro capítulos me conmovieron unas imágenes en la cocina de su casa con su mujer —su tercer matrimonio—, que sufre de Párkinson avanzado. Aparece desvalida casi por completo, se te cae el alma a los pies.
    Ahora, acabo de leer las memorias parciales de B., escritor y periodista. Digo parciales porque se ciñen a su vida pública y además dejan al margen cualquier pasaje espinoso, todo son parabienes. Resulta increíble, en todo caso, el número de sus amigos, muchos de ellos figuras de la literatura, y la frenética actividad que ha desarrollado a lo largo de su carrera. Tras un par de insinuaciones, en el último capítulo confiesa, sin especificar, que padece una “enfermedad neurológica incurable”. Más tarde ha confirmado que se trata de Párkinson. Ojalá se encuentre pronto una cura.

domingo, 2 de agosto de 2026

Me voy

    Está hablando por teléfono mientras arrastra la pierna enyesada. Es un hombre joven, menudo, delgado, con mechas rubias. Desentendido de todo lo que le rodea (el área de urgencias del hospital), se dirige a su interlocutor como “Tato”. Que estoy en el hospital, Tato. Lo dice bastante tranquilo, casi de buen humor. Le cuenta a Tato que estaba trabajando con la furgoneta y a una de estas le cayó algo (no se entiende qué) encima de la pierna y le ha cortado los tendones; le van a operar a las dos. Dice los tendones, en plural, a saber.
    Transcurre la mañana y parece que la operación se retrasa. Se está alterando, ¿es que solo hay un quirófano en todo el hospital? Ahora le dicen que le operarán por la tarde, a no ser que haya un caso más urgente y entonces lo retrasarían hasta mañana. Un médico intenta tranquilizarlo con buenas razones.
    A media tarde, cojeando con una muleta, dice que se va, que pide la baja voluntaria. Una enfermera le contesta que bien, que espere un rato a que le traigan el informe. El joven repite en voz alta sus argumentos y reitera que se va, que se conoce y le entra la locura y mejor si se va; no puede ser que solo haya un quirófano, que le han dicho a las dos y luego por la tarde y que igual mañana. Que se conoce y va a acabar haciendo algo que le perjudique; que se va.
    Lleva un rato esperando y el informe prometido no llega. A una de estas, suelta: el informe, que se lo metan por el culo, y si me quedo cojo pues me quedo cojo. Ahora bien, agrega desafiante, él se queda con las caras, tiene esa cualidad, me voy, porque me conozco, pero me quedo con las caras, dice mientras señala con el dedo en semicírculo a los presentes.

jueves, 30 de julio de 2026

Malos tiempos para hombrecillos cabezones

    Recuerdo como si fuera ayer (ja) la cola en el cine donde daban “Tiburón” (Jaws). No la vi en su momento, no me atraía la idea de un pez depredador que partía por la mitad a algún sorprendido bañista; pero desde luego guardo respeto y admiración para con Steven Spielberg, el director.
    Desde entonces he visto, si no todas, la mayoría de sus películas; casi siempre pensadas para el gran público. Me han gustado, en general; son como trajes de factura impecable confeccionados por un buen sastre, aunque no te convenza del todo el dibujo de la corbata.
    Así he seguido su carrera a lo largo de los años y ahora, cuando está cerca de cumplir los ochenta, acabo de ver su última obra, Disclosure Day (el día de la revelación). Confirmo que, aunque hay un goteo de elementos que no acaban de cuadrar, no ha perdido el pulso dirigiendo y la película mantiene la tensión de un buen thriller, con su misterio y sus persecuciones un tanto exageradas (lo digo en especial por la escena del cruce de trenes).
    Pero —spoiler—, no me ha gustado el final. Me ha dejado preocupado ese chaparrón de presuntas imágenes desveladas (reveladas) que confirmarían —suponiendo que se pueda confirmar algo en la ficción— como auténticas todas las falacias de avistamientos de naves extraterrestres y encuentros con hombrecillos cabezones.
    Spielberg ha estado siempre obsesionado con el tema, ha vuelto una y otra vez sobre él en sus películas, y a la gente le gusta, yo incluido; sentimos esa atracción de lo desconocido (they came from outer space, “vinieron del espacio exterior”, en la frase de los cincuenta), pero precisamente en estos tiempo de las conspiraciones me parece hasta peligroso ese final.
    Supongo que me falta información y no ha sido la intención de Spielberg alimentar las paranoias de esos tipos que, desafiando el sentido común y aupados por millones de congéneres, están ahí arriba, al mando, tomando (demenciales ) decisiones sobre nuestro futuro para consternación de la otra mitad de la humanidad, los que estamos medio cuerdos.

lunes, 27 de julio de 2026

El humo ciega tus ojos

    Anuncian un endurecimiento de las leyes anti-tabaco y coincide que veo —y oigo— una grabación (filmación) de los Beatles de 1965, parte de la película Help, interpretando en un estudio de grabación la canción “You’re gonna lose that girl” (“Vas a perder a esa chica”). Es uno de esos temas animados de los primeros Beatles que no se editaron en single y por tanto no alcanzaron como tal las listas de éxito. No sé si es por eso que me gustan más.
    Lo que sorprende es que al principio de la canción se ve a Ringo con un cigarro en la mano fumando tan tranquilo. Pronto se lo coloca entre los labios y con un pequeño redoble comienza a marcar el ritmo con la batería. Ya no suelta el cigarrillo hasta el final. La anécdota es conocida, aunque en su momento algo así no resultara tan chocante como ahora.
    Las imágenes tienen su mérito artístico; contraluces y siluetas, los micrófonos de estudio en primer plano, los rostros en la penumbra de un ambiente de semioscuridad azulada y a ratos infiltrada del humo procedente del mencionado y culpable Ringo (culpable, insisto, desde la perspectiva actual).
    También me ha llamado la atención el estilo capilar de los cuatro, en el apogeo de su característico corte de pelo. Las melenas cortas, con buen volumen, recién lavadas y peinadas, con algunas puntas que escapan electrizadas aquí y allá; los flequillos tijereteados en el último momento para que luzcan descuidadamente cuidados.
    Ringo, que es el único que no canta, sostiene su cigarro en los labios y en algún momento sonríe, enseñando unos dientes precarios, sin dejar de fumar en medio del hipnótico aguacero de guitarras y voces, resoplando y expeliendo humo por las fosas nasales como una auténtica locomotora de la Union Pacific.

viernes, 24 de julio de 2026

Las luces y las sombras (y2)

    Dentro de poco, cuestión de días, está previsto que la luna se suelte el pelo, se ponga delante del sol y lo tape a la vista de algunos terrícolas, entre los que nos podríamos encontrar (en función del interés de cada uno). Sean los que fueren, los testigos serán una minoría; como pasa con cualquier acontecimiento, incluida la final del mundial de fútbol; siempre hay más gente que está a otras cosas.
    Un eclipse solar como el anunciado sucede cada año y medio, lo que es raro es que se repita en el mismo sitio. Claro que para eclipse con oscuridad (casi) total es mucho mejor el que tiene lugar cada día (por eso no le damos importancia) y se conoce con los nombres de puesta del sol, ocaso, atardecer o crepúsculo; a su lado estos otros quedan como amagos de aficionado.
    El eclipse de sol es un recurso clásico de las novelas de aventuras para que el protagonista salve la vida en una situación comprometida. Así sucede en “Las minas del rey Salomón” (H. Rider Haggard) o en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (Mark Twain). Lo verdaderamente increíble, pero cierto, es que en 1504 Cristobal Colón, estando en una isla a merced de los indígenas cabreados, saliera del paso con su predicción de un eclipse, que tomó del almanaque astronómico de Johann Muller, alias Regiomontano. Aunque en esa ocasión fuese un eclipse lunar, cuando es la tierra la que se interpone entre el sol y la luna.
    Este eclipse solar de ahora no se podrá ver desde mi casa porque, aunque se encuentre en la zona cero, el edificio de enfrente lo impedirá. Lo que haré, salvo imprevisto, es asomarme al balcón para ver como se oscurece la tarde, que no será poco.