domingo, 21 de junio de 2026

De alguna manera

    Si uno solo hablara de lo que sabe, nadie diría nunca nada. Exagero —en general— pero acierto —en particular— porque a mí me pasa. Escribo de lo que creo que sé, sabiendo que en el fondo no sé. No soy el único. Pongamos Freud, por ejemplo. Freud se pasó la vida estudiando y escribiendo libros de lo suyo; los traumas, el inconsciente, la interpretación de los sueños; todo eso. Pero ha pasado el tiempo y ya no es tan infalible como se creía. Lo sigue siendo en algunos aspectos, pero no en otros. Freud también se equivocaba.
    De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
    En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
    La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
    “Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
    De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.

jueves, 18 de junio de 2026

Umbral de fatiga (2)

    No tenía ni idea de que la compañía que lidera el ranking mundial —sí, he escrito mundial—de gestión de aeropuertos es Aena. Y Aena (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) es una empresa pública española. En más de un país no están poniendo el interés suficiente, o es que en realidad ese ranking no importa demasiado.
    Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
    En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
    En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
    En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.

lunes, 15 de junio de 2026

Umbral de fatiga (1)

    Hay palabras que se repiten a cada rato en cualquier texto. Son las más comunes, las cotidianas; palabras de andar por casa, como las zapatillas. Ejemplos: calle, lluvia, cara, azul, bicicleta, bolígrafo, comer, reír, dormir, etcétera. Son miles, son los ladrillos del idioma, las hormiguitas de la prosa. Con estas palabras se da la gran paradoja de que siendo imprescindibles, pasan desapercibidas.
    Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
    Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
    En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.

viernes, 12 de junio de 2026

Historia de Peru

    Hola, me llamo Peru y soy un personaje. Sobre el papel, un personaje y una persona son la misma cosa; en este caso soy también la voz narradora. Si para una boda se contrata un fotógrafo, también habría que hacerlo para un funeral. Y recuperar la antigua tradición de comer y beber; hacer bueno el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Porque en la vida hay alegrías y hay penas y ambas van juntas a todas partes, bodas y funerales incluidos.
    La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
    Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
    Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
    Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.

martes, 9 de junio de 2026

Niño prodigio

    Han llegado pronto y el comedor está casi vacío. Son cinco, una pareja mayor —los abuelos—, otra joven —los padres— y un bebé dormido en su silla de paseo. La reserva se hizo a última hora y les acomodan cerca de la entrada, en una gran mesa redonda apta para ocho en la que los cuatro (más una trona a la espera) quedan un tanto alejados entre sí.
    El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
    De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
    A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
    El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
    La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.

sábado, 6 de junio de 2026

Accidentes

    Leer puede matar; está el caso del que encaramado en una escalera para alcanzar el estante superior de su librería se puso de puntillas y acabó cayendo de cabeza, eso sí con el libro bien sujeto en la mano. No transcendió ni título ni autor.
    Cuidado con las escaleras, las de mano, las portátiles quiero decir. Bueno, con todas porque una caída por las escaleras nunca es desdeñable. Siempre es buen momento para prevenir en lo posible los accidentes domésticos.
    Porque los accidentes suceden, como dicen en inglés, o más exactamente accidents will happen, los accidentes sucederán. Lo raro, lo imposible, es que no haya accidentes.
    La higuera, por ejemplo, la higuera es traicionera. Sus ramas pueden parecer robustas y fiables pero si te subes a una higuera, a coger higos se supone, cuidado; esas ramas resultan ser quebradizas, te puedes partir una pierna, o algo peor.
    Los tejados, máximo peligro. Pocas veces me he subido a un tejado y menos que lo pienso hacer en el futuro. Además tengo vértigo, creo; o solo miedo a las alturas, no sé.
    La bañera, ¿por qué las hacen con esa ligera curva? Tampoco hace falta que la haya; el jabón, el desgaste, lo que sea que las vuelve resbaladizas. Y un resbalón en la bañera, y hasta en la ducha, te pilla en circunstancias de especial indefensión, porque estás desnudo y sin gafas, y te puedes golpear con la grifería, con el borde de la bañera, con la pared.
    Los accidentes pasan y, extrapolando, también hay accidentes, o giros inesperados del guion, en las relaciones. En 1963, sobrada de voz, presencia y salero, Patsy Ann Noble grabó esta  “Accidents Will Happen”; producida por Norrie Paramor, uno de los magos del pop inglés.

miércoles, 3 de junio de 2026

Olas de calor y otros fenómenos atmosféricos

    Ya hemos pasado la primera ola de calor del año; en mayo, qué flores ni qué leches. Un factor agravante es verlo en las noticias. Bastante dura es la vida para encima leer sobre ello, le dijo una cuñada a Doris Lessing. Bastante calor se pasa para encima verlo en la tele, digo yo.
    Una ola de calor, unas lluvias persistentes con desbordamiento de algún río, ciclogénesis explosivas ; vamos, cualquier fenómeno atmosférico que se salga de lo cotidiano es suficiente para que las vueltas de tuerca a la “noticia” ocupen la mayor parte del informativo, digamos un ochenta por ciento (y no es más por los deportes, que es la única sección que se salva de la debacle).
    Ese día, no pasa nada más en el mundo, no hay guerras, ni inflación, ni polémica judicial, ni pateras. Tras los titulares en los que se destaca la truculencia del fenómeno vendrá la explicación de algún meteorólogo o asimilado. A continuación las declaraciones de un responsable de los servicios de emergencia para dar paso a las conexiones con los reporteros desplazados a distintos puntos del territorio que dan cuenta de la situación exacta del fenómeno en cada rincón del mapa (para mí que hay una tendencia a inflar el dato con la intención solapada de aumentar la audiencia).
    No faltan tampoco las declaraciones de un buen número de ciudadanos. Las respuestas no tienen desperdicio (o sea, son todo desperdicio). Ejemplos reales de esta última —por poco tiempo— ola de calor: Hace un calor que te mueres, no recuerdo algo así en mis noventa años de vida, hay que ventilar bien de noche y luego encerrarse en casa, aquí en la playa con la brisita no se está tan mal...