Hay tristezas secretas en las bodas y secretas alegrías en los funerales, escribió Ramón Eder (nótese esa acertada inversión del orden; tristezas secretas, secretas alegrías). Obviamente, le contesto, a Ramón, con descaro pero sin ánimo de ofender; quien dice en la salud y en la enfermedad, dice en la tristeza y en la alegría.
El otro día estuve pensando en eso mismo. No en bodas y funerales sino en la idea que asoma por detrás. Esta sería mi formulación: El más inteligente de los seres humanos puede ser también el más tonto y, a su vez, el más tonto resultar un genio. Para según qué cosas, habría que añadir, pero no lo hago para que la frase no pierda contundencia.
La idea no es mía; ideas, lo que se dice ideas, no he tenido nunca ninguna. Durante mucho tiempo he considerado que sí, que las tenía de vez en cuando; pero ya lo he descartado por completo. Lo que hago, como casi todo el mundo, es ver, escuchar, absorber lo que se pueda y luego escurrirlo en forma de ideas.
Ya lo dijo Kant, y traigo la cita de pura casualidad: no existe duda alguna sobre el hecho de que todo nuestro conocimiento proceda de la experiencia. Otro filósofo, Emilio Lledó, que por cierto vive aún, con noventa y ocho años, y que conozco de un documental que vi hace unos años, expresaba esa misma idea de esta forma: Dentro de todo sí hay un pequeño no, dentro de todo no hay un pequeño sí.
Volviendo a la frase de las bodas y funerales, reconozco que es un bonito ejemplo práctico. Bien podrían haber escrito un cuento a partir de ella Alice Munro, Jorge Luis Borges o el mismísimo Anton Chéjov. Incluso yo podría intentarlo, pero el caso es que ya se me ha acabado el espacio.
Duroderroer
...with no particular place to go.
jueves, 26 de marzo de 2026
lunes, 23 de marzo de 2026
Rachel
“Estoy con los buenos”, la agente Rachel (Reichel) Rodríguez tiene la idea metida en la cabeza mientras baja del coche, desenfunda la pistola y avanza agachada hacia la caseta de la gasolinera. Ha sido la primera en llegar tras el aviso de asalto armado. La sirena policial aúlla, está diciendo “dispárame” o “ríndete” o “huye”, qué es lo que entenderá el desarrapado que todavía está dentro, encañonando y gritando al empleado tumbado boca abajo.
La agente Rodríguez tiene cuarenta y cinco años y ha pedido el traslado a tareas administrativas. “Estoy con los buenos” se repite a sí misma y dice en voz alta “Policía, suelte el arma y salga con las manos en alto”. El chico saca el brazo armado por la puerta y dispara.
El fogonazo —es de noche— desata una tormenta cognitiva en el cerebro de Rachel. “Si ahora veo pasar toda mi vida es que me estoy muriendo”. Pero no, y le viene la idea loca de que la bala seguirá su trayectoria, dará la vuelta a la Tierra y acabará impactando en su pecho; qué estupidez, es imposible, las Montañas Rocosas, a unas cien millas, pararán la bala.
“Estoy con los buenos”, piensa, parapetada tras el surtidor. No estuvo muy brillante el que les puso el nombre a las montañas. Su padre —Pedro Rodríguez, nacido en El Paso— también fue policía; llegó a constable (cónstabol) del condado. “Constabulador, m’hijita”, decía él riendo.
La agente Rachel se ha sentado en el suelo, a cubierto, y le surge la duda de si se ha tomado hoy la pastilla blanca y rosa de las vitaminas. Exclama en alto: “Tira el arma, estás rodeado” y luego añade en voz baja: “Estoy con los buenos; pero, what the fuck (guat de foc), ¿dónde están ahora?”.
La agente Rodríguez tiene cuarenta y cinco años y ha pedido el traslado a tareas administrativas. “Estoy con los buenos” se repite a sí misma y dice en voz alta “Policía, suelte el arma y salga con las manos en alto”. El chico saca el brazo armado por la puerta y dispara.
El fogonazo —es de noche— desata una tormenta cognitiva en el cerebro de Rachel. “Si ahora veo pasar toda mi vida es que me estoy muriendo”. Pero no, y le viene la idea loca de que la bala seguirá su trayectoria, dará la vuelta a la Tierra y acabará impactando en su pecho; qué estupidez, es imposible, las Montañas Rocosas, a unas cien millas, pararán la bala.
“Estoy con los buenos”, piensa, parapetada tras el surtidor. No estuvo muy brillante el que les puso el nombre a las montañas. Su padre —Pedro Rodríguez, nacido en El Paso— también fue policía; llegó a constable (cónstabol) del condado. “Constabulador, m’hijita”, decía él riendo.
La agente Rachel se ha sentado en el suelo, a cubierto, y le surge la duda de si se ha tomado hoy la pastilla blanca y rosa de las vitaminas. Exclama en alto: “Tira el arma, estás rodeado” y luego añade en voz baja: “Estoy con los buenos; pero, what the fuck (guat de foc), ¿dónde están ahora?”.
viernes, 20 de marzo de 2026
Diez instantáneas sobre la escritura
Esto no es un decálogo, solo son algunas impresiones sobre qué es escribir. Una vez reveladas me he dado cuenta de que la mayoría son también aplicables a la lectura. Leer y escribir son las dos caras de la misma moneda, no existen la una sin la otra y a menudo son lo mismo.
Primera instantánea; escribir es vestir tu ignorancia con palabras.
Segunda; escribir afila la mente, aclara los pensamientos y ayuda a fijarlos en la memoria.
Tercera; escribir es explicar el mundo, ceder al deseo de entenderlo todo; la vida, el ser, el tiempo, el amor, el sexo y la muerte; es una tarea imposible pero siempre queda algo.
Cuarta; escribir es poner en palabras lo que has visto y aprendido de los demás.
Quinta instantánea; escribir es hablar con conocidos, con desconocidos, con fantasmas y con la pared; porque esos son tus interlocutores, la gente cercana, otros que no te conocen, el recuerdo de los que te faltan y, a veces, nadie en absoluto.
Sexta; escribir es repetirse, decir lo mismo o algo parecido; porque nadie es infinito
Séptima; escribir es zambullirse en el mar de las palabras, con sus mareas, su sintaxis, sus corrientes; es negociar las olas e improvisar una canción.
Octava; escribir es vivir dos veces, gozar de una segunda oportunidad para enmendar viejos errores y cometer algunos nuevos.
Novena; escribir es despertar a ese otro yo que se esconde en nuestro interior y que de otra forma quedaría inédito.
Décima y última instantánea; escribir es dejar huella, lanzar una sonda al futuro con un mensaje que dice: aquí estoy, aquí estuve, no me olvidéis.
Quinta instantánea; escribir es hablar con conocidos, con desconocidos, con fantasmas y con la pared; porque esos son tus interlocutores, la gente cercana, otros que no te conocen, el recuerdo de los que te faltan y, a veces, nadie en absoluto.
Sexta; escribir es repetirse, decir lo mismo o algo parecido; porque nadie es infinito
Séptima; escribir es zambullirse en el mar de las palabras, con sus mareas, su sintaxis, sus corrientes; es negociar las olas e improvisar una canción.
Octava; escribir es vivir dos veces, gozar de una segunda oportunidad para enmendar viejos errores y cometer algunos nuevos.
Novena; escribir es despertar a ese otro yo que se esconde en nuestro interior y que de otra forma quedaría inédito.
Décima y última instantánea; escribir es dejar huella, lanzar una sonda al futuro con un mensaje que dice: aquí estoy, aquí estuve, no me olvidéis.
martes, 17 de marzo de 2026
Tirando a bizarro
En cuanto al dogma de la Inmaculada Concepción es curioso que pasados dos mil años, gracias a la ciencia, cualquier mujer pueda ser virgen y madre. Educados en la religión católica, tendemos a dar por buenos algunos aspectos de ella que, bien pensado, no son ni medio normales. Así, la terrible imaginería del infierno, los mártires y, en particular, el Cristo crucificado: un hombre torturado, clavado en unos maderos, y prácticamente desnudo, por cierto.
Ligado al tema de la pureza hay una gran paradoja en la religión católica, es el hecho de que se recurra al lenguaje del amor carnal para expresar el amor espiritual. Así las monjas que toman a Cristo por esposo y que a veces se autodenominan Esclavas del Sagrado Corazón o Esclavas del Amor Misericordioso y, más crudamente, algunos textos de la Biblia, el Cantar de los Cantares, y de los místicos. Desde un punto de vista objetivo, todo es extraño, insólito, diríamos que bizarro. Santa Teresa de Jesús en su “Libro de la vida” describe su encuentro con un ángel en una visión en estos términos:
Veíale en las manos un dardo de oro largo. Éste me parecía meter por el corazón, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan ecesiva (sic) la suavidad, que no hay desear que se quite. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento. Por mucho menos mandó la Inquisición gente a la hoguera.
Ligado al tema de la pureza hay una gran paradoja en la religión católica, es el hecho de que se recurra al lenguaje del amor carnal para expresar el amor espiritual. Así las monjas que toman a Cristo por esposo y que a veces se autodenominan Esclavas del Sagrado Corazón o Esclavas del Amor Misericordioso y, más crudamente, algunos textos de la Biblia, el Cantar de los Cantares, y de los místicos. Desde un punto de vista objetivo, todo es extraño, insólito, diríamos que bizarro. Santa Teresa de Jesús en su “Libro de la vida” describe su encuentro con un ángel en una visión en estos términos:
Veíale en las manos un dardo de oro largo. Éste me parecía meter por el corazón, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan ecesiva (sic) la suavidad, que no hay desear que se quite. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento. Por mucho menos mandó la Inquisición gente a la hoguera.
sábado, 14 de marzo de 2026
La pureza
La pureza, qué locura. Lo puro, en general, tiene connotaciones positivas; un objeto de oro puro, el agua pura (y cristalina), los colores puros o, ya en el terreno moral, la pura bondad, los puros sentimientos. Pero por otra parte, por la mejor parte, lo natural y lo humano es lo impuro, la mezcla, el crisol de todo, de ideas, culturas, religiones.
Ahora, si estamos hablando de esa pureza en particular, de la pureza de María, de la pureza referida a la sexualidad, a la falta o, mejor dicho, la represión del deseo sexual, esa pureza es una locura. Sin entrar en las múltiples circunstancias y complicaciones que se pueden dar en torno al tema, en las que ni entro ni salgo ni entiendo, una cosa es segura: el sexo es inherente a la naturaleza humana, una negación absoluta del mismo está más cerca de lo aberrante que de lo sublime.
En teoría la finalidad del celibato, en los religiosos, es facilitar una mayor entrega a la vida espiritual, vale; y la abstinencia sexual libremente elegida es legítima y respetable, por supuesto, pero también es una forma de boicotear el futuro de la especie.
Luis Landero lo dice indirectamente en una entrevista. Le preguntan por un supuesto fin de la novela y lo desmiente con este argumento: ¿Qué ha hecho la gente desde la más remota antigüedad? Trabajar, comer, follar y contar. Esas serían las cuatro actividades básicas.; ni qué decir que nos referimos al trabajo en condiciones, la comida sana, el sexo responsable y la buena literatura.
Ahora, si estamos hablando de esa pureza en particular, de la pureza de María, de la pureza referida a la sexualidad, a la falta o, mejor dicho, la represión del deseo sexual, esa pureza es una locura. Sin entrar en las múltiples circunstancias y complicaciones que se pueden dar en torno al tema, en las que ni entro ni salgo ni entiendo, una cosa es segura: el sexo es inherente a la naturaleza humana, una negación absoluta del mismo está más cerca de lo aberrante que de lo sublime.
En teoría la finalidad del celibato, en los religiosos, es facilitar una mayor entrega a la vida espiritual, vale; y la abstinencia sexual libremente elegida es legítima y respetable, por supuesto, pero también es una forma de boicotear el futuro de la especie.
Luis Landero lo dice indirectamente en una entrevista. Le preguntan por un supuesto fin de la novela y lo desmiente con este argumento: ¿Qué ha hecho la gente desde la más remota antigüedad? Trabajar, comer, follar y contar. Esas serían las cuatro actividades básicas.; ni qué decir que nos referimos al trabajo en condiciones, la comida sana, el sexo responsable y la buena literatura.
miércoles, 11 de marzo de 2026
A propósito de Unamuno
A propósito de Unamuno, me entero ahora de que leía en doce idiomas; empezando por el griego y el latín, mas todos los peninsulares, los grandes idiomas vecinos y de propina el danés, que aprendió para leer a Kierkegaard (le disculparemos por no leer en ruso). Era un fiera y cada vez nos es más lejano; si no fuera de Bilbao ni nos acordaríamos de él, me temo. He leído pocos libros suyos, dos, no sé si tres. Me da para dos anécdotas.
En “Recuerdos de niñez y mocedad” cuenta que un día, sobre 1870, tenía seis años, se coló en la sala de su casa, un lugar prohibido para los niños, y se encontró a su padre hablando en francés con un monsieur Legorgeu (ignoro la pronunciación correcta). Al niño Unamuno le asombró ver que dos personas se podían comunicar en un idioma desconocido (entonces) para él. Un siglo más tarde, 1972, conocí en la escuela de ingenieros, e hice amistad, con E. Legorgeu (un saludo desde aquí). Según la página web del Instituto Nacional de Estadística, en España hay ocho personas apellidadas así. Estuve varias veces en la casa de mi amigo y recuerdo el comentario de su padre sobre alguna novela del momento: mucha farfolla, decía. Según mis cálculos el bisabuelo de E. bien pudo ser el francés que impresionó a Unamuno. El mundo sigue siendo un pañuelo.
Segunda historia. En el prólogo de su nivola (él llamaba así a sus novelas) “San Manuel Bueno, mártir” Unamuno recuerda una anécdota en la que “un abate francés” aseguraba que el infierno existe, por supuesto; la Iglesia así lo dice (o lo decía) y no hay que ponerlo en duda. Ahora lo que pasa es que está vacío. El infierno existe pero está vacío, bien pensado (muchos años después el Papa Francisco dijo en una entrevista que confiaba en que así fuera). La duda que nos queda es si el limbo, el purgatorio y el mismo paraíso también lo estarán.
En “Recuerdos de niñez y mocedad” cuenta que un día, sobre 1870, tenía seis años, se coló en la sala de su casa, un lugar prohibido para los niños, y se encontró a su padre hablando en francés con un monsieur Legorgeu (ignoro la pronunciación correcta). Al niño Unamuno le asombró ver que dos personas se podían comunicar en un idioma desconocido (entonces) para él. Un siglo más tarde, 1972, conocí en la escuela de ingenieros, e hice amistad, con E. Legorgeu (un saludo desde aquí). Según la página web del Instituto Nacional de Estadística, en España hay ocho personas apellidadas así. Estuve varias veces en la casa de mi amigo y recuerdo el comentario de su padre sobre alguna novela del momento: mucha farfolla, decía. Según mis cálculos el bisabuelo de E. bien pudo ser el francés que impresionó a Unamuno. El mundo sigue siendo un pañuelo.
Segunda historia. En el prólogo de su nivola (él llamaba así a sus novelas) “San Manuel Bueno, mártir” Unamuno recuerda una anécdota en la que “un abate francés” aseguraba que el infierno existe, por supuesto; la Iglesia así lo dice (o lo decía) y no hay que ponerlo en duda. Ahora lo que pasa es que está vacío. El infierno existe pero está vacío, bien pensado (muchos años después el Papa Francisco dijo en una entrevista que confiaba en que así fuera). La duda que nos queda es si el limbo, el purgatorio y el mismo paraíso también lo estarán.
domingo, 8 de marzo de 2026
La fugacidad del pasado
Las casualidades nunca vienen solas, o igual es que no existen, solo son un trampantojo de la estadística. Sea como sea, lo que suele pasar es que cuando vas por la calle y ves a alguien con el que hacía años que no coincidías no es extraño que al día siguiente te lo vuelvas a encontrar.
Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.
Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.
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