domingo, 31 de mayo de 2026

Critico, luego existo

    Me he ido dando cuenta de que viendo los informativos, y basándome en el desconocimiento —ya me vale—, no hago otra cosa que sacarles faltas. De dos tipos, principalmente.
    Por un lado, la locución; parece que no hay periodista que consiga dar las noticias pronunciando todas las sílabas. En cualquier momento se comerá alguna, o le saldrá una “e” donde iba una “a”.
    Punto y aparte es la pronunciación de nombres extranjeros, cada cual lo hará a su manera. Siempre me acuerdo del caso de Johan Cruyff el gran futbolista ya fallecido (cambió el tabaco por los Chupa Chups pero ya era tarde). Cuando le llegó la fama todo el mundo pronunciaba su apellido tal cual, “cruif”. Pasados algunos años un listo, no descarto que con buena intención, descubrió que la pronunciación original en neerlandés es “croif” (o algo así). La iniciativa tuvo éxito y con “croif” se quedó. Hasta que pasados los años, como aguas que vuelven al cauce, el mundo de habla hispana ha retornado al “cruif” del principio.
    Hay otro caso que me mantiene en vilo. Atañe al primer ministro israelí, el infausto Netanyahu. La gran mayoría de presentadores y corresponsales pronuncian la h como j “Netanyaju”; vale, estupendo; pero hete aquí que justo el corresponsal en Oriente Medio, el más próximo al personaje, pronuncia “Netanyau”, dejando la h muda. Los diálogos entre el periodista del estudio y el arrojado corresponsal resultan surrealistas. Uno dice que “Netanyaju” tal y cual y el otro contesta que en efecto “Netanyau” esto y lo otro. Un toma y daca sordo e incruento que dura y dura.
    Por otro lado, también me quejo —soy insoportable— del contenido; qué es lo que el director de informativos, el consejo de redacción, el jefe supremo o quien sea ha considerado que es noticia...

jueves, 28 de mayo de 2026

Los comodines

    “Nuestro Señor Jesucristo nació en un pesebre, donde menos se espera salta la liebre”. Como esa liebre de la rima, cuando menos lo esperaba, en una novela de Arturo Pérez-Reverte (La isla de la mujer dormida) me he encontrado con esta reflexión: La vida en sí no es una realidad objetiva, sino más bien un espacio parecido a una casa vacía. Nosotros introducimos la realidad en ella… Y hay cuatro medios para llenar ese vacío, o soportarlo: la religión, el patriotismo, el sexo y la ironía.
    Que somos nosotros los que hacemos posible la realidad, es un hecho; como escribió Julio Cortázar: un puente es un hombre cruzando un puente. Sin alguien que lo cruce, un puente no tiene sentido. Luego están esas cuatro formas que hay, según el personaje de la novela, de encarar la tarea de vivir. Nos lo pone fácil, llegas a la encrucijada del destino y tienes cuatro opciones, como en un concurso de la tele.
    Las cosas no suelen ser tan sencillas. Le dice una mujer a un hombre: se puede estar a favor y en contra de algo al mismo tiempo, se llama pensamiento complejo; no lo entenderías. Pero como resumen del tema propuesto (como chuleta para el examen) está muy bien. En mi caso me he identificado al instante: mi medio para llenar el vacío de la existencia es, o sería, la ironía; por descarte.
    El sexo como centro de mi existencia, no lo veo, o no doy el tipo. La religión o el patriotismo son dos males de muchos con un gran inconveniente, el de tener que estar de acuerdo con cosas con las que no estás de acuerdo. Solo me queda la ironía. Sin superioridades morales, sin sarcasmos, quitándole hierro a todo; solo la buena, vieja, divertida ironía. Como propósito, digo.

lunes, 25 de mayo de 2026

Remedio infalible

    Esta es una historia real, y si no lo es al menos confío en que esté bien contada. B es un escritor de prestigio, renovador en su momento de la narrativa en castellano. Ya al final de su carrera, pasados los setenta, trabaja en sus memorias, y de vez en cuando publica algún artículo. Aparte, sufre de cierto malestar psicológico, una difusa ansiedad, tal vez depresión. Empezó a tratar su mal en la consulta de A., un destacado psicoanalista, profesor universitario de renombre, miembro de academias y asiduo a congresos internacionales.
    Tampoco hace falta ser un lince para diagnosticar las causas: el paso de los años, la pérdida de protagonismo en la escena literaria, la renqueante vida afectiva; lo normal y corriente. Tras meses de terapia sin fruto, un día A., el psicoanalista le dice: Mira, estos encuentros contigo me han enriquecido como profesional y como persona, me siento en deuda y quiero pagarla. Llevo tiempo dándole vueltas y sé cual es el remedio a tus males. No es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana y te pido paciencia. Mientras tanto seguiremos con estas sesiones que, lo digo sinceramente, nos vienen bien a los dos.
    Pasa el tiempo, B. sigue más o menos sus rutinas, escribiendo, preguntando de vez en cuando a A. por el remedio prometido. Este, sin entrar en detalles, le dice que está en ello, que con suerte todo se andará. Así hasta que un día B., que dormita en su biblioteca, recibe la llamada de A. Tienes que ver el noticiario de la noche, sería bueno que antes tomaras un sobre de esos que te receté. Nervioso B avisa a su mujer y se sientan los dos ante el televisor. Comienza el informativo y en el tercer, o igual es el cuarto, titular el presentador, con una sonrisa de oreja a oreja, lee en el teleprónter: “La gran noticia del día en el mundo de la cultura nos llega desde Escandinavia; ya conocemos el nombre del nuevo premio Nobel de literatura”.

viernes, 22 de mayo de 2026

Comprar el pan

    El pan es un gran invento que ha perdido brillo en esta época hedonista de la abundancia (que lo es, a pesar de todo). Hace no tanto, “partir el pan” era la fórmula por excelencia de la hospitalidad. Hoy en día, si se me ocurriera invitaros a todos a pan pensaríais que estoy loco.
    “Iba yo a comprar el pan” era la frase con la que, hace ya más de medio siglo, comenzaba sus crónicas Francisco Umbral. Me he acordado de esto pensando en lo poco que hace falta para ponerse a escribir. Como idea colateral, añado la sospecha de que mi testimonio sobre tiempos pasados es cada vez más valioso y no debo de estar lejos de entrar en algún programa de testigos protegidos.
    Cualquier escrito incluye fondo y forma, y ambos son importantes; pero la forma un poco más. Centrarse en la sustancia, los hechos o los datos, sirve para escribir el manual de una lavadora o los estatutos de una sociedad deportiva, pero no para una obra literaria. Por el contrario, salir a comprar el pan y contarlo puede convertirse en una lectura subyugante.
    Iba yo a comprar el pan y en el portal me he cruzado con Luis, el vecino del tercero, que volvía del paseo matutino con su perro Tobi. Tobi es un prodigio de vida perruna, tiene más de veinte años. Luis lo compró, siendo un cachorro, a una familia romaní que pasaba de gira con su espectáculo de la cabra, la escalera y la trompeta.
    Es curioso que el hijo mayor, inductor de aquella compra cuando era niño, sea ahora calderero soldador; una profesión tan cercana a los quincalleros nómadas que recorrían antes los pueblos vendiendo y reparando pucheros. Tobi es un perro pacífico que nunca ladra; si coincidimos en el ascensor me dirige una mirada serena y desinteresada digna de la mejor tradición estoica.

martes, 19 de mayo de 2026

Wishful thinking

    La tentación de dar consejos. La voluntad de morderse la lengua. El término medio es una delgada línea roja, hay que ser funámbulo para caminar sobre ella; alcánzame esa pértiga. La aspereza de la vida. Las salidas de emergencia. A este estilo entrecortado lo llamaría escritura telegráfica, es como si me cobraran por palabra.
    La primera regla de los seres vivos es adaptarse al entorno. Cada uno lo hace a su manera, pero tampoco hay tantas. El día que nada cambie será porque el tiempo se habrá detenido, cosa que hasta ahora no ha pasado. A partir de cierta edad, y cuanto más temprana mejor, hay que interiorizar la idea y asumir que ayer fue otro día.
    Ante cada nueva circunstancia hay que poner a cero el contador, no darle más vueltas a lo que pudo ser —fuera lamentaciones— y concentrarse en lo que es. Hay que ser estoico, o simularlo, que es lo más parecido. Hay que hacerlo todo “con alegría y humildad”, como decía, medio en broma, un conocido que lo había aprendido en la catequesis; y lo gordo es que tenía razón.
    Se te cae un vaso y estalla en mil pedazos… pues hay que recogerlos. El vaso ha dejado de existir, no te quejes ni busques excusas y deja que tu gps recalcule la ruta. Piensa que la próxima vez tienes que agarrarlo mejor, asumiendo que te descuidarás y se te volverá a caer.
    Así con todo, con esa molestia en la rodilla, con el cambio climático, con la estupidez humana (la tuya y la mía incluidas). Lo bueno de la vida es vivir, lo malo todo lo demás. Lo importante, ahora y siempre, es estar cómodos, rehacerse y seguir adelante. Hay que adaptarse al paso del tiempo y, cuando llega el momento, a la muerte de los seres queridos. De la tuya no te preocupes; ya verás, ni te vas a enterar.

sábado, 16 de mayo de 2026

Algunos hombres buenos

    Esterno notte” (Exterior noche) es una buena serie italiana de seis capítulos que he visto un poco por casualidad. Trata del secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas en 1978. La política siempre ha sido convulsa en Italia,y no han faltado los episodios violentos, pero este de Moro es uno de los más dolorosos.
    Como se refleja en la serie, dirigida por Marco Bellocchio, Aldo Moro era un hombre sencillo, católico sincero, tolerante, que nunca levantaba la voz. Cuando lo asesinaron acababa de negociar, como presidente de la Democracia Cristiana, un acuerdo con el Partido Comunista.
    La víspera de su secuestro le vemos en un aula universitaria intentando dialogar con los que quieren boicotear su clase. Más tarde llega, ya de noche, a su casa, un piso de clase media sin lujo alguno. Su mujer está ya acostada y él mismo se prepara la cena, un par de huevos fritos que se come con pan.
    Días después, por razones incomprensibles, miembros de las Brigadas Rojas lo matan a tiros y lo abandonan en el maletero de un Reanult en una calle de Roma. El señalado como ejecutor principal, por cierto, aún vive; tiene 80 años y está en libertad condicional. Es de suponer que se acordará cada día del ser humano al que arrebató el futuro.
    Por desgracia, hechos como este se repiten periódicamente en uno u otro lugar del mundo. Hombres y mujeres buenos, con sus defectos y sus virtudes, que son abatidos a tiros por una causa que, si era justa, queda deslegitimada al instante. Viendo la serie me han venido a la cabeza los nombres de otros tres hombres buenos asesinados porque sí: Olof Palme, Fernando Buesa y Ernest Lluch. Pero ha habido tantos… Y también ha habido, y hay, quien justifica estas muertes y las hace aún más tristes. A mí me duelen.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Una imagen y 280 palabras


    Según el dicho, una imagen vale más que mil palabras. Este es un pequeño experimento que tal vez nos aclare algo al respecto. Es primavera y esta es la vista que tengo, a través del ventanal, desde el rincón de la cafetería donde leo el periódico de vez en cuando. No es nada fuera de lo común, pero, en su sencillez, me ha reconfortado la mezcla de paisaje urbano y naturaleza, el verde y el azul intensos.
    En primer plano, dos coches aparcados. A uno le he tachado la matrícula, por si las moscas. La calle es de dirección única y en ella paran, sobre todo, camiones y furgonetas de reparto. Al otro lado, lo que antes era una vía férrea está ahora invadida por una vegetación exuberante. Arriba, el cielo azul, con algunas nubes deshilachadas.
    Entre medias un skyline de bolsillo formado por las fachadas ciegas de las casas. Si te fijas, se ven las ventanas de un patio interior y un solitario mástil con un par de antenas y una parábola. Arriba del todo, un poco hacia la derecha, la sorpresa de un OVNI, un objeto volador no identificado (o como se llaman ahora un FANI). No, no lo es. Es el reflejo de una de las lámparas de techo de la cafetería.
    Serán la diez y la luz de la mañana incide desde la izquierda (estamos mirando al sur). En una hora, como mucho, el sol pegará en el ventanal (mío y nuestro a estas alturas) y el patrón —no había utilizado nunca la palabra en este sentido, pero suena bien— tendrá que bajar el toldo. Para entonces, lo más seguro es que ya me haya ido.