La tentación de dar consejos. La voluntad de morderse la lengua. El término medio es una delgada línea roja, hay que ser funámbulo para caminar sobre ella; alcánzame esa pértiga. La aspereza de la vida. Las salidas de emergencia. A este estilo entrecortado lo llamaría escritura telegráfica, es como si me cobraran por palabra.
La primera regla de los seres vivos es adaptarse al entorno. Cada uno lo hace a su manera, pero tampoco hay tantas. El día que nada cambie será porque el tiempo se habrá detenido, cosa que hasta ahora no ha pasado. A partir de cierta edad, y cuanto más temprana mejor, hay que interiorizar la idea y asumir que ayer fue otro día.
Ante cada nueva circunstancia hay que poner a cero el contador, no darle más vueltas a lo que pudo ser —fuera lamentaciones— y concentrarse en lo que es. Hay que ser estoico, o simularlo, que es lo más parecido. Hay que hacerlo todo “con alegría y humildad”, como decía, medio en broma, un conocido que lo había aprendido en la catequesis; y lo gordo es que tenía razón.
Se te cae un vaso y estalla en mil pedazos… pues hay que recogerlos. El vaso ha dejado de existir, no te quejes ni busques excusas y deja que tu gps recalcule la ruta. Piensa que la próxima vez tienes que agarrarlo mejor, asumiendo que te descuidarás y se te volverá a caer.
Así con todo, con esa molestia en la rodilla, con el cambio climático, con la estupidez humana (la tuya y la mía incluidas). Lo bueno de la vida es vivir, lo malo todo lo demás. Lo importante, ahora y siempre, es estar cómodos, rehacerse y seguir adelante. Hay que adaptarse al paso del tiempo y, cuando llega el momento, a la muerte de los seres queridos. De la tuya no te preocupes; ya verás, ni te vas a enterar.
Duroderroer
...with no particular place to go.
martes, 19 de mayo de 2026
sábado, 16 de mayo de 2026
Algunos hombres buenos
“Esterno notte” (Exterior noche) es una buena serie italiana de seis capítulos que he visto un poco por casualidad. Trata del secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas en 1978. La política siempre ha sido convulsa en Italia,y no han faltado los episodios violentos, pero este de Moro es uno de los más dolorosos.
Como se refleja en la serie, dirigida por Marco Bellocchio, Aldo Moro era un hombre sencillo, católico sincero, tolerante, que nunca levantaba la voz. Cuando lo asesinaron acababa de negociar, como presidente de la Democracia Cristiana, un acuerdo con el Partido Comunista.
La víspera de su secuestro le vemos en un aula universitaria intentando dialogar con los que quieren boicotear su clase. Más tarde llega, ya de noche, a su casa, un piso de clase media sin lujo alguno. Su mujer está ya acostada y él mismo se prepara la cena, un par de huevos fritos que se come con pan.
Días después, por razones incomprensibles, miembros de las Brigadas Rojas lo matan a tiros y lo abandonan en el maletero de un Reanult en una calle de Roma. El señalado como ejecutor principal, por cierto, aún vive; tiene 80 años y está en libertad condicional. Es de suponer que se acordará cada día del ser humano al que arrebató el futuro.
Por desgracia, hechos como este se repiten periódicamente en uno u otro lugar del mundo. Hombres y mujeres buenos, con sus defectos y sus virtudes, que son abatidos a tiros por una causa que, si era justa, queda deslegitimada al instante. Viendo la serie me han venido a la cabeza los nombres de otros tres hombres buenos asesinados porque sí: Olof Palme, Fernando Buesa y Ernest Lluch. Pero ha habido tantos… Y también ha habido, y hay, quien justifica estas muertes y las hace aún más tristes. A mí me duelen.
Como se refleja en la serie, dirigida por Marco Bellocchio, Aldo Moro era un hombre sencillo, católico sincero, tolerante, que nunca levantaba la voz. Cuando lo asesinaron acababa de negociar, como presidente de la Democracia Cristiana, un acuerdo con el Partido Comunista.
La víspera de su secuestro le vemos en un aula universitaria intentando dialogar con los que quieren boicotear su clase. Más tarde llega, ya de noche, a su casa, un piso de clase media sin lujo alguno. Su mujer está ya acostada y él mismo se prepara la cena, un par de huevos fritos que se come con pan.
Días después, por razones incomprensibles, miembros de las Brigadas Rojas lo matan a tiros y lo abandonan en el maletero de un Reanult en una calle de Roma. El señalado como ejecutor principal, por cierto, aún vive; tiene 80 años y está en libertad condicional. Es de suponer que se acordará cada día del ser humano al que arrebató el futuro.
Por desgracia, hechos como este se repiten periódicamente en uno u otro lugar del mundo. Hombres y mujeres buenos, con sus defectos y sus virtudes, que son abatidos a tiros por una causa que, si era justa, queda deslegitimada al instante. Viendo la serie me han venido a la cabeza los nombres de otros tres hombres buenos asesinados porque sí: Olof Palme, Fernando Buesa y Ernest Lluch. Pero ha habido tantos… Y también ha habido, y hay, quien justifica estas muertes y las hace aún más tristes. A mí me duelen.
miércoles, 13 de mayo de 2026
Una imagen y 280 palabras
Según el dicho, una imagen vale más que mil palabras. Este es un pequeño experimento que tal vez nos aclare algo al respecto. Es primavera y esta es la vista que tengo, a través del ventanal, desde el rincón de la cafetería donde leo el periódico de vez en cuando. No es nada fuera de lo común, pero, en su sencillez, me ha reconfortado la mezcla de paisaje urbano y naturaleza, el verde y el azul intensos.
En primer plano, dos coches aparcados. A uno le he tachado la matrícula, por si las moscas. La calle es de dirección única y en ella paran, sobre todo, camiones y furgonetas de reparto. Al otro lado, lo que antes era una vía férrea está ahora invadida por una vegetación exuberante. Arriba, el cielo azul, con algunas nubes deshilachadas.
Entre medias un skyline de bolsillo formado por las fachadas ciegas de las casas. Si te fijas, se ven las ventanas de un patio interior y un solitario mástil con un par de antenas y una parábola. Arriba del todo, un poco hacia la derecha, la sorpresa de un OVNI, un objeto volador no identificado (o como se llaman ahora un FANI). No, no lo es. Es el reflejo de una de las lámparas de techo de la cafetería.
Serán la diez y la luz de la mañana incide desde la izquierda (estamos mirando al sur). En una hora, como mucho, el sol pegará en el ventanal (mío y nuestro a estas alturas) y el patrón —no había utilizado nunca la palabra en este sentido, pero suena bien— tendrá que bajar el toldo. Para entonces, lo más seguro es que ya me haya ido.
domingo, 10 de mayo de 2026
Jon Trollope
Jon Trollope baja del autobús y camina indeciso buscando con la mirada la entrada de Consultas Externas. Ve el letrero de lejos y se acerca con parsimonia. A unos metros de la puerta, hay una caseta —que le parece minúscula— de venta de lotería. No es jugador habitual, solo compra participaciones en Navidad; para compartir. Es lo que se ha hecho desde siempre en su familia.
Se ha quedado mirando el puesto, sorprendido. Qué paradoja, piensa, un vendedor de lotería a la entrada de un hospital. Todo es cuestión de suerte, parece sugerir; la lotería y la salud. Debe de haber un equilibrio cósmico, una regla estadística que impida que todo vaya bien o que todo vaya mal. Le puede ir mejor o peor en la consulta médica y para compensar le irá peor o mejor en la lotería; si compra un billete, claro. Y lo compra, como talismán.
No puede evitar frotarlo y besarlo, como un acto reflejo que repite lo que ha visto en alguna que otra película antigua de pícaros. Jon Trollope lleva un tiempo sintiéndose mal, o no del todo bien, y hoy tiene hora con el especialista. Recorre los pasillos hasta la consulta y antes de sentarse en la sala de espera pasa el boleto del bolsillo del pantalón al bolsillo interior de la chaqueta, para que no se arrugue.
Repasa con más atención el razonamiento que le ha llevado a comprarlo. En seguida se da cuenta de que se ha equivocado. Nada que objetar a que las molestias que siente acaben en nada y el número no salga premiado; pero, si apostamos a todo o nada, en el caso de que la dolencia resulte mortal y le toque el gordo de la lotería, ¿en qué saldría ganando? En nada. Puestos a elucubrar, y pese a todo, se le dibuja una sonrisa imaginando su cuerpo inerte en la funeraria, vestido con esta misma chaqueta, con el billete de lotería premiado perfectamente planchado junto al pecho.
Se ha quedado mirando el puesto, sorprendido. Qué paradoja, piensa, un vendedor de lotería a la entrada de un hospital. Todo es cuestión de suerte, parece sugerir; la lotería y la salud. Debe de haber un equilibrio cósmico, una regla estadística que impida que todo vaya bien o que todo vaya mal. Le puede ir mejor o peor en la consulta médica y para compensar le irá peor o mejor en la lotería; si compra un billete, claro. Y lo compra, como talismán.
No puede evitar frotarlo y besarlo, como un acto reflejo que repite lo que ha visto en alguna que otra película antigua de pícaros. Jon Trollope lleva un tiempo sintiéndose mal, o no del todo bien, y hoy tiene hora con el especialista. Recorre los pasillos hasta la consulta y antes de sentarse en la sala de espera pasa el boleto del bolsillo del pantalón al bolsillo interior de la chaqueta, para que no se arrugue.
Repasa con más atención el razonamiento que le ha llevado a comprarlo. En seguida se da cuenta de que se ha equivocado. Nada que objetar a que las molestias que siente acaben en nada y el número no salga premiado; pero, si apostamos a todo o nada, en el caso de que la dolencia resulte mortal y le toque el gordo de la lotería, ¿en qué saldría ganando? En nada. Puestos a elucubrar, y pese a todo, se le dibuja una sonrisa imaginando su cuerpo inerte en la funeraria, vestido con esta misma chaqueta, con el billete de lotería premiado perfectamente planchado junto al pecho.
jueves, 7 de mayo de 2026
Miedo a lo desconocido
El miedo siempre está con nosotros, como seres mortales que somos. Tenemos miedo a la muerte y, mientras llega esta, también a la vida. ¿El miedo nace o se hace? Serán las dos cosas; por un lado, la aprensión por lo desconocido y por otro, las inseguridades de los adultos que son contagiosas.
De pequeño me daban miedo la oscuridad y los cementerios (aparte de todo lo demás). Si lo pienso bien, me siguen dando, pero menos. Que un muerto se me aparezca sería, en el fondo, una buena noticia. Sería la prueba de que hay algo más allá, que no creo (qué le voy a hacer y que más quisiera yo).
Algunos, entre los que quizá me encuentre, tienen miedo a todo lo que se salga de su pequeño mundo, a todo lo que les haga cambiar el paso. Luego casi siempre resulta que esos temores eran infundados.
Pensando en esto del miedo, acabo de caer en la cuenta de que cuando aquello que temíamos se hace realidad —como suele suceder por simple estadística— lo habitual es que en ese mismo momento dejemos de tener miedo, porque ya no es algo desconocido, porque ya lo vemos y lo experimentamos y el sentimiento que nos genere será otro: alivio, dolor, pena, resignación, indiferencia, coraje... nómbralo tú mismo.
Y una sospecha complementaria: cuando entiendo algo, lo más seguro, —y me hace gracia— es que en realidad no lo entienda; que solo sea una explicación que me fabrico a mi medida. Y es que todo lo referente al miedo, por ejemplo, está rumiado, razonado, filosofado y regurgitado mil veces antes y esto que escribo no es más que un poco de literatura para pasar el rato.
De pequeño me daban miedo la oscuridad y los cementerios (aparte de todo lo demás). Si lo pienso bien, me siguen dando, pero menos. Que un muerto se me aparezca sería, en el fondo, una buena noticia. Sería la prueba de que hay algo más allá, que no creo (qué le voy a hacer y que más quisiera yo).
Algunos, entre los que quizá me encuentre, tienen miedo a todo lo que se salga de su pequeño mundo, a todo lo que les haga cambiar el paso. Luego casi siempre resulta que esos temores eran infundados.
Pensando en esto del miedo, acabo de caer en la cuenta de que cuando aquello que temíamos se hace realidad —como suele suceder por simple estadística— lo habitual es que en ese mismo momento dejemos de tener miedo, porque ya no es algo desconocido, porque ya lo vemos y lo experimentamos y el sentimiento que nos genere será otro: alivio, dolor, pena, resignación, indiferencia, coraje... nómbralo tú mismo.
Y una sospecha complementaria: cuando entiendo algo, lo más seguro, —y me hace gracia— es que en realidad no lo entienda; que solo sea una explicación que me fabrico a mi medida. Y es que todo lo referente al miedo, por ejemplo, está rumiado, razonado, filosofado y regurgitado mil veces antes y esto que escribo no es más que un poco de literatura para pasar el rato.
lunes, 4 de mayo de 2026
Borges y los vascos (y 3)
Más anotaciones del libro "Borges" de Adolfo Bioy Casares.
1960. Comparando las letras francesas, inglesas y alemanas, dice Borges: Es claro que la gente no da importancia a los méritos intelectuales, sólo cuentan los morales: por eso tienen prestigio los vascos. Esto no deja de ser un elogio en toda regla: los méritos morales de los vascos, casi nada.
1966. Borges cuenta una anécdota de un uruguayo visitado por franceses: Fue aquél un momento incómodo para las señoritas de la casa y para el señor, que en épocas pretéritas había sido degollador en las tropas de Oribe… Los más temibles degolladores de Oribe eran vascos. Los vascos de Oribe: uno oía eso y echaba a temblar. Inquietante anécdota sobre una reprobable ferocidad.
1969. DI GIOVANNI: «¿A quiénes quieren o admiran en la Argentina?». BORGES: «A nadie». BIOY: «Yo creo que a los vascos». Borges se ríe y dice que, increíblemente, así es. Bioy ya había expresado antes, en este libro, la idea de que los argentinos, y posiblemente también los chilenos, admiran a los vascos. Borges, aunque reconoce que es así, no acaba de encontrar un motivo.
Y la última alusión, de 1970: sobre el conflicto entre los separatistas vascos y Franco, comenta: «Que los dos se jodan». Contundente.
1960. Comparando las letras francesas, inglesas y alemanas, dice Borges: Es claro que la gente no da importancia a los méritos intelectuales, sólo cuentan los morales: por eso tienen prestigio los vascos. Esto no deja de ser un elogio en toda regla: los méritos morales de los vascos, casi nada.
1966. Borges cuenta una anécdota de un uruguayo visitado por franceses: Fue aquél un momento incómodo para las señoritas de la casa y para el señor, que en épocas pretéritas había sido degollador en las tropas de Oribe… Los más temibles degolladores de Oribe eran vascos. Los vascos de Oribe: uno oía eso y echaba a temblar. Inquietante anécdota sobre una reprobable ferocidad.
1969. DI GIOVANNI: «¿A quiénes quieren o admiran en la Argentina?». BORGES: «A nadie». BIOY: «Yo creo que a los vascos». Borges se ríe y dice que, increíblemente, así es. Bioy ya había expresado antes, en este libro, la idea de que los argentinos, y posiblemente también los chilenos, admiran a los vascos. Borges, aunque reconoce que es así, no acaba de encontrar un motivo.
Y la última alusión, de 1970: sobre el conflicto entre los separatistas vascos y Franco, comenta: «Que los dos se jodan». Contundente.
viernes, 1 de mayo de 2026
Borges y los vascos (2)
Del libro “Borges” de Adolfo Bioy Casares:
1957. Martes, 18 de junio. Come en casa Borges. Hablando del idioma vasco, comenta: «Qué raro ese idioma, tan antiguo y con tan pocas palabras. Para decir “árbol” dicen “arbola”». Parece evidente que lo decía por el “Gernikako arbola” de Iparraguirre. Sin embargo, ya en el “Gero” de Axular, siglo XVII, aparecía la palabra zuhaitz para decir “árbol”.
1957. De un tal Erro (seguramente Carlos Alberto Erro) dice: Cuando le conviene también es patriota vasco. Todos tenemos algo de sangre vasca, pero no somos tan profesionalmente vascos como Erro. Es curioso ese “todos”. La frase suena a cierto orgullo, sin pasarse, de tener esa procedencia.
1960. BIOY: «¿Qué dieron los vascos a la civilización?». BORGES: «Baroja, Unamuno, algún mal pintor, algunos políticos, como Zumalacárregui. Qué raro que Góngora y Argote sea andaluz, que esos dos nombres no sean vascos. Qué lindo suena Pío Baroja: suave el primero, duro el segundo». Añade que él es de ascendencia portuguesa, inglesa y vasca. Algo dieron los vascos a la civilización después de todo. Y por cierto, esos dos apellidos, Góngora y Argote, sí que son de origen vasco.
1957. Martes, 18 de junio. Come en casa Borges. Hablando del idioma vasco, comenta: «Qué raro ese idioma, tan antiguo y con tan pocas palabras. Para decir “árbol” dicen “arbola”». Parece evidente que lo decía por el “Gernikako arbola” de Iparraguirre. Sin embargo, ya en el “Gero” de Axular, siglo XVII, aparecía la palabra zuhaitz para decir “árbol”.
1957. De un tal Erro (seguramente Carlos Alberto Erro) dice: Cuando le conviene también es patriota vasco. Todos tenemos algo de sangre vasca, pero no somos tan profesionalmente vascos como Erro. Es curioso ese “todos”. La frase suena a cierto orgullo, sin pasarse, de tener esa procedencia.
1960. BIOY: «¿Qué dieron los vascos a la civilización?». BORGES: «Baroja, Unamuno, algún mal pintor, algunos políticos, como Zumalacárregui. Qué raro que Góngora y Argote sea andaluz, que esos dos nombres no sean vascos. Qué lindo suena Pío Baroja: suave el primero, duro el segundo». Añade que él es de ascendencia portuguesa, inglesa y vasca. Algo dieron los vascos a la civilización después de todo. Y por cierto, esos dos apellidos, Góngora y Argote, sí que son de origen vasco.
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