A propósito de Unamuno, me entero ahora de que leía en doce idiomas; empezando por el griego y el latín, mas todos los peninsulares, los grandes idiomas vecinos y de propina el danés, que aprendió para leer a Kierkegaard (le disculparemos por no leer en ruso). Era un fiera y cada vez nos es más lejano; si no fuera de Bilbao ni nos acordaríamos de él, me temo. He leído pocos libros suyos, dos, no sé si tres. Me da para dos anécdotas.
En “Recuerdos de niñez y mocedad” cuenta que un día, sobre 1870, tenía seis años, se coló en la sala de su casa, un lugar prohibido para los niños, y se encontró a su padre hablando en francés con un monsieur Legorgeu (ignoro la pronunciación correcta). Al niño Unamuno le asombró ver que dos personas se podían comunicar en un idioma desconocido (entonces) para él. Un siglo más tarde, 1972, conocí en la escuela de ingenieros, e hice amistad, con E. Legorgeu (un saludo desde aquí). Según la página web del Instituto Nacional de Estadística, en España hay ocho personas apellidadas así. Estuve varias veces en la casa de mi amigo y recuerdo el comentario de su padre sobre alguna novela del momento: mucha farfolla, decía. Según mis cálculos el bisabuelo de E. bien pudo ser el francés que impresionó a Unamuno. El mundo sigue siendo un pañuelo.
Segunda historia. En el prólogo de su nivola (él llamaba así a sus novelas) “San Manuel Bueno, mártir” Unamuno recuerda una anécdota en la que “un abate francés” aseguraba que el infierno existe, por supuesto; la Iglesia así lo dice (o lo decía) y no hay que ponerlo en duda. Ahora lo que pasa es que está vacío. El infierno existe pero está vacío, bien pensado (muchos años después el Papa Francisco dijo en una entrevista que confiaba en que así fuera). La duda que nos queda es si el limbo, el purgatorio y el mismo paraíso también lo estarán.
Duroderroer
...with no particular place to go.
miércoles, 11 de marzo de 2026
domingo, 8 de marzo de 2026
La fugacidad del pasado
Las casualidades nunca vienen solas, o igual es que no existen, solo son un trampantojo de la estadística. Sea como sea, lo que suele pasar es que cuando vas por la calle y ves a alguien con el que hacía años que no coincidías no es extraño que al día siguiente te lo vuelvas a encontrar.
Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.
Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.
jueves, 5 de marzo de 2026
Las palabras
Si me preguntaran qué tal me llevo con las palabras tendría que contestar como aquel inglés sobre los franceses: no sé, no las conozco todas. Nadie conoce todas las palabras y con las que me han tocado me llevo bien, o eso creo.
Hay bastantes que se me resisten, suele ser entre las llamadas cultas, miro su significado y se me vuelve a olvidar. Por ejemplo, esta que me he encontrado hoy mismo, “retruécano”. La miro una vez más: figura retórica que consiste en invertir los términos. Ah, sí, como este por ejemplo: Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable.
No tengo una palabra favorita, me gustan todas, aunque alguna que otra se me atraganta, como “frustrar”, siendo como es tan necesaria. Otra que me da problemas y a la que sin embargo tengo un cariño que viene de mi niñez, es “pedestre”. En unas fiestas del barrio, se organizó una gran carrera pedestre para los chavales. Me llevé una sorpresa cuando en la línea de salida vi que aquellos chavales eramos nosotros. Pedestre, ¿no cuesta pronunciarla? Aunque me parece que está en desuso.
Oración por las palabras.
Que no me falten las palabras.
Que recuerde las antiguas y vaya aprendiendo alguna nueva.
Que me vengan como por arte de magia y no se queden en la punta de la lengua.
Que las sepa pronunciar para dar cariño.
Que las sepa utilizar para dar forma a mis pensamientos.
Que las reconozca al escucharlas.
Que recuerde los nombres y no sólo las caras.
Que sepa callarme las palabras hirientes.
Que pueda llamar por su nombre a la muerte cuando venga a buscarme.
Que las palabras siempre me acompañen, amén.
Hay bastantes que se me resisten, suele ser entre las llamadas cultas, miro su significado y se me vuelve a olvidar. Por ejemplo, esta que me he encontrado hoy mismo, “retruécano”. La miro una vez más: figura retórica que consiste en invertir los términos. Ah, sí, como este por ejemplo: Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable.
No tengo una palabra favorita, me gustan todas, aunque alguna que otra se me atraganta, como “frustrar”, siendo como es tan necesaria. Otra que me da problemas y a la que sin embargo tengo un cariño que viene de mi niñez, es “pedestre”. En unas fiestas del barrio, se organizó una gran carrera pedestre para los chavales. Me llevé una sorpresa cuando en la línea de salida vi que aquellos chavales eramos nosotros. Pedestre, ¿no cuesta pronunciarla? Aunque me parece que está en desuso.
Me gustan las palabras y me ha pasado alguna vez eso de que a alguien no le sale una y por ese mecanismo automático que tenemos se me ha ocurrido a mí. Hubo un amigo que me elogió por esto, alimentando mi vanidad. No sé si para compensar otro día me soltó que mi hermano era más noble que yo. Un bajón. Podía haber matizado que yo era noble pero mi hermano lo era aún más, pero no.
Pensando en las palabras doy un salto al pasado, al 11 de julio de 2007. Ese día escribí una “Oración por las palabras” que traigo aquí retocada para la ocasión:
Pensando en las palabras doy un salto al pasado, al 11 de julio de 2007. Ese día escribí una “Oración por las palabras” que traigo aquí retocada para la ocasión:
Oración por las palabras.
Que no me falten las palabras.
Que recuerde las antiguas y vaya aprendiendo alguna nueva.
Que me vengan como por arte de magia y no se queden en la punta de la lengua.
Que las sepa pronunciar para dar cariño.
Que las sepa utilizar para dar forma a mis pensamientos.
Que las reconozca al escucharlas.
Que recuerde los nombres y no sólo las caras.
Que sepa callarme las palabras hirientes.
Que pueda llamar por su nombre a la muerte cuando venga a buscarme.
Que las palabras siempre me acompañen, amén.
lunes, 2 de marzo de 2026
Del equilibrio químico
Me encontré con Luis y su mujer Elma (nombres ficticios). Él es experto en comunicación; profesor, publica artículos, da charlas, le entrevistan de vez en cuando. Físicamente es más bien feo, poca cosa, pero con las gafas, la barba y su saber estar ni importa ni se nota.
En lo personal se casó muy joven (error) y tuvieron dos hijos pero no se entendían y se separaron. En la treintena conoció a Elma, algo más joven y también separada, se enamoraron (así lo cuentan) y siguen juntos, con otro hijo en común. Siempre ponderado, atento con todos, expresando sus opiniones con mesura y respeto, contando anécdotas de sus viajes.
Esta vez fue diferente. No es que fuera una sorpresa, algunos detalles anteriores cobraban ahora sentido. Apenas me saludó, medio ido; fue Elma quien llevó la iniciativa. Resumiendo: estaba deprimido desde el confinamiento. Un día ella se lo encontró llorando en la cocina.
No es que falten motivos en la vida para llorar, pero aún así. Con Elma a su lado, una mujer con coraje, hijos cariñosos, éxito profesional... y deprimido, da qué pensar. Lo que tiene de azar, nuestra buena suerte inmerecida, los peligros de ser demasiado sensible, de estar expuesto a los haters (esa plaga moderna).
Desde entonces, cuenta Elma, su vida ha sido una montaña rusa. Aguanta a base de pastillas. En estos casos, siempre me acuerdo del litio; qué extraño que la falta de algo, de un elemento químico, pueda trastornar a una persona; claro que esto del litio lo he oído referido a la esquizofrenia. También va a un terapeuta; interpreto psiquiatra, no sé.
Curiosamente no ha dejado de trabajar. Él mismo lo aclara: me viene bien, dejo de pensar en mí; además casi todo lo hago online. ¿Qué le dices a alguien con depresión? “¡Anímate!” no vale, “tienes que reaccionar” menos. Quizá solo se pueda estar y decírselo: estoy aquí, para hablar si quieres, para acompañarte; porque me importas.
En lo personal se casó muy joven (error) y tuvieron dos hijos pero no se entendían y se separaron. En la treintena conoció a Elma, algo más joven y también separada, se enamoraron (así lo cuentan) y siguen juntos, con otro hijo en común. Siempre ponderado, atento con todos, expresando sus opiniones con mesura y respeto, contando anécdotas de sus viajes.
Esta vez fue diferente. No es que fuera una sorpresa, algunos detalles anteriores cobraban ahora sentido. Apenas me saludó, medio ido; fue Elma quien llevó la iniciativa. Resumiendo: estaba deprimido desde el confinamiento. Un día ella se lo encontró llorando en la cocina.
No es que falten motivos en la vida para llorar, pero aún así. Con Elma a su lado, una mujer con coraje, hijos cariñosos, éxito profesional... y deprimido, da qué pensar. Lo que tiene de azar, nuestra buena suerte inmerecida, los peligros de ser demasiado sensible, de estar expuesto a los haters (esa plaga moderna).
Desde entonces, cuenta Elma, su vida ha sido una montaña rusa. Aguanta a base de pastillas. En estos casos, siempre me acuerdo del litio; qué extraño que la falta de algo, de un elemento químico, pueda trastornar a una persona; claro que esto del litio lo he oído referido a la esquizofrenia. También va a un terapeuta; interpreto psiquiatra, no sé.
Curiosamente no ha dejado de trabajar. Él mismo lo aclara: me viene bien, dejo de pensar en mí; además casi todo lo hago online. ¿Qué le dices a alguien con depresión? “¡Anímate!” no vale, “tienes que reaccionar” menos. Quizá solo se pueda estar y decírselo: estoy aquí, para hablar si quieres, para acompañarte; porque me importas.
viernes, 27 de febrero de 2026
Haugerud
Haugerud, cómo se pronunciará. Es un apellido noruego. No he estado nunca en Noruega, aunque hay un barrio en Bilbao que lo llamaban así, Noruega, por los marinos de los barcos que hacían escala. Lo más cerca que he estado es Dinamarca, ya lo he contado alguna vez.
No sé noruego, supongo que no es una sorpresa para nadie. Conozco una sola palabra, que podría venirme bien en caso de emergencia, digo si voy a Noruega y las cosas se complican y tengo que pedirlos, nunca se sabe; la palabra es, me da un poco de vergüenza decirla, calzoncillos. En noruego sería “escondinabo”. Creo que en sueco se dice igual. Es broma.
Dag Johan Haugerud, se diga como se diga, es director de cine y escritor en noruego. Ningún libro suyo se ha traducido ni al inglés ni, mucho menos, al español. Lástima. Como director de cine, sin embargo, ha pegado un pelotazo con tres películas (la trilogía de Oslo) hechas en 2024 (ya no sé si se dice rodadas, filmadas, grabadas o qué) tituladas Sex, Love y Dreams.
Pelotazo relativo, claro; con “Sueños” ganó el Oso de oro del festival de Berlín del año pasado. Las he visto, me han gustado, las recomiendo. Muy luminosas, cosa que siempre me hace pensar que eso será en verano, vete a Oslo en invierno. Y muy literarias, por algo es también escritor; sobre todo esa última.
Alejadas de las producciones americanas candidatas a los Óscar. Las que he visto este año, de estas, me han parecido sobre todo, y casi solo, espectáculo; coloridos cómics hechos película, con sus efectos especiales. Las de Haugerud son lo contrario; personas que conversan sobre la vida, que expresan sus sentimientos, que dicen cosas que te conciernen.
No sé noruego, supongo que no es una sorpresa para nadie. Conozco una sola palabra, que podría venirme bien en caso de emergencia, digo si voy a Noruega y las cosas se complican y tengo que pedirlos, nunca se sabe; la palabra es, me da un poco de vergüenza decirla, calzoncillos. En noruego sería “escondinabo”. Creo que en sueco se dice igual. Es broma.
Dag Johan Haugerud, se diga como se diga, es director de cine y escritor en noruego. Ningún libro suyo se ha traducido ni al inglés ni, mucho menos, al español. Lástima. Como director de cine, sin embargo, ha pegado un pelotazo con tres películas (la trilogía de Oslo) hechas en 2024 (ya no sé si se dice rodadas, filmadas, grabadas o qué) tituladas Sex, Love y Dreams.
Pelotazo relativo, claro; con “Sueños” ganó el Oso de oro del festival de Berlín del año pasado. Las he visto, me han gustado, las recomiendo. Muy luminosas, cosa que siempre me hace pensar que eso será en verano, vete a Oslo en invierno. Y muy literarias, por algo es también escritor; sobre todo esa última.
Alejadas de las producciones americanas candidatas a los Óscar. Las que he visto este año, de estas, me han parecido sobre todo, y casi solo, espectáculo; coloridos cómics hechos película, con sus efectos especiales. Las de Haugerud son lo contrario; personas que conversan sobre la vida, que expresan sus sentimientos, que dicen cosas que te conciernen.
martes, 24 de febrero de 2026
Bocado exquisito
En el universo observable, según cálculos, puede haber ciento cincuental mil millones de galaxias, y en cada una de ellas miles de millones de estrellas (y planetas). Esta es la primera prueba que presento para defender mi tesis, tesis que atañe al conocimiento del mundo que puede tener una persona. Es cierto que hay gente muy culta, que sabe mucho de muchas cosas; un Borges, por ejemplo. Tienen mi admiración, siendo mi caso un ejemplo de lo contrario, de ignorancia generalizada.
Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.
Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.
sábado, 21 de febrero de 2026
Indiscernibles
Escribía uno el otro día (leer el periódico es, o era, la oración matutina del hombre pragmático, Hegel) sobre unas ruinas en la cima de un monte. Sería un castro o una torre romana, pensé, pero luego apuntaba que no se sabía pero que, probablemente, eran los restos de una fortificación de las guerras carlistas. Hace siglo y medio —anteayer— y ya se ha olvidado.
Según la Biblia Caín mató a Abel y ese fue el primer homicidio. La opinión más extendida es que esos dos son figuras simbólicas, se podría decir que en el tema “homicidios” fue antes la ficción que la realidad.
En la noche de los tiempos se contaban historias a la luz de la hoguera y esas historias ya eran ficción, porque la realidad es tan delicada que apenas te das la vuelta desaparece para dejar su lugar a la leyenda, que es lo que se imprime (como decían en “El hombre que mató a Liberty Valance”).
La ficción lo contamina todo. La ficción copia a la realidad porque el ser humano es incapaz de crear nada que no exista con antelación. La realidad copia a la ficción porque todo ha sido ya contado antes. Ficción y realidad se retroalimentan. Una novela disecciona un asesinato y un lector se inspira en ella para intentar el crimen perfecto. Ambas, con el tiempo, se vuelven indiscernibles.
Veía una serie reciente y me decía a mí mismo, está exagerado, esa crueldad, esa violencia. Al cabo de dos días, lo mismo que en la serie, en Madrid, pasa, en Francia, en la realidad. A veces, ficción y realidad son dos sibilantes serpientes enroscadas.
Según la Biblia Caín mató a Abel y ese fue el primer homicidio. La opinión más extendida es que esos dos son figuras simbólicas, se podría decir que en el tema “homicidios” fue antes la ficción que la realidad.
En la noche de los tiempos se contaban historias a la luz de la hoguera y esas historias ya eran ficción, porque la realidad es tan delicada que apenas te das la vuelta desaparece para dejar su lugar a la leyenda, que es lo que se imprime (como decían en “El hombre que mató a Liberty Valance”).
La ficción lo contamina todo. La ficción copia a la realidad porque el ser humano es incapaz de crear nada que no exista con antelación. La realidad copia a la ficción porque todo ha sido ya contado antes. Ficción y realidad se retroalimentan. Una novela disecciona un asesinato y un lector se inspira en ella para intentar el crimen perfecto. Ambas, con el tiempo, se vuelven indiscernibles.
Veía una serie reciente y me decía a mí mismo, está exagerado, esa crueldad, esa violencia. Al cabo de dos días, lo mismo que en la serie, en Madrid, pasa, en Francia, en la realidad. A veces, ficción y realidad son dos sibilantes serpientes enroscadas.
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