Me puse a ver la película de 1947 Gentleman’s Agreement (acuerdo de caballeros), que en España se tituló “La barrera invisible” (¿por qué?). Me puse a ver la película y en seguida me di cuenta de que ya la había visto. La he vuelto a ver y me ha vuelto a gustar; por la hechura en sí y por la sutileza del guion, entre otras cosas (Gregory Peck una de ellas).
La novela original fue un best seller y la película ganó el Oscar. Todo esto pasó hace casi ochenta años y me lo había perdido hasta hace poco; hasta que vi la película por primera vez y la olvidé, y hasta ahora que la he vuelto a ver. No es una película de la que se acuerde mucha gente, me parece.
El tema es el antisemitismo en Estados Unidos. Lo había, a pesar de que hacía bien poco que las democracias occidentales habían derrotado a los nazis. La autora de aquella novela, Laura Zametkin, era judía y el guionista, Moss Hart, también.
Hay un dato, que ronda lo paranormal, en relación a los judíos y los Premios Nobel. Siendo el 0,2 por ciento de la población mundial, personas de esa procedencia han ganado un 22 por ciento de esos premios. En literatura el porcentaje se queda en un 12 por ciento (incluido el último, el húngaro de apellido impronunciable que, por desgracia, no conoce el punto y aparte).
La sutileza a la que me refería es la utilizada para explicar las diferencias de sentimientos entre una víctima y un testigo que cree estar completamente en contra de ese odio injustificado pero en la práctica apenas hace nada para erradicarlo. Sí, exactamente lo mismo que en ese caso en el que estás pensando.
Y para que quede claro reproduzco el sencillo diálogo entre el niño, Tommy, y su padre, Gregory Peck en la película, sobre el tema. Pregunta el inocente chaval sobre la causa de esa inquina en contra de los judíos:
—Why? Are they bad? (¿Por qué? ¿Son malos?).
—Some are, sure. Some aren't. It's like everybody else.(Algunos sí, claro. Otros no. Como pasa con todos).
Coincido; entre los judíos, como entre los cristianos o entre los musulmanes, hay de todo. También pasa entre los ricos y entre los pobres, e incluso entre los miembros de las distintas nacionalidades (que no son eternas, por cierto).
Duroderroer
...with no particular place to go.
sábado, 27 de junio de 2026
miércoles, 24 de junio de 2026
Exceso de velocidad
La lista de ansiedades es infinita. La última de la que he tenido noticia es la denominada FOMO, las iniciales de Fear of Missing Out, el miedo de perderse algo. Es la preocupación porque, sin saberlo tú, otros se estén divirtiendo o teniendo experiencias o ganando dinero fácil (ilusos). Un síntoma es el uso compulsivo del móvil.
Primo hermano es el miedo de (que existan) mejores opciones, FOBO. Fear of better Options, temor de no estar haciendo lo más indicado. Estar atento a todo es imposible, y no darse cuenta una forma de autoengaño. Para contrarrestar también existe la saludable JOMO, Joy of Missing Out. la satisfacción de vivir al margen (de las redes sociales).
Justo ayer, J., músico y poeta, avisaba de lo nada fiables que son esas redes, e internet en general, a la hora de evaluar el trabajo artístico (un tema musical, por ejemplo). Todo es fake y manipulación. Intereses turbios inflan audiencias y número de likes e ignoran obras mejores. No hay que hacer caso.
En otros aspectos de la vida también pasa, con algunas excepciones —espacio publicitario— como la de este blog de la línea clara que quiere ser un lugar sombreado de descanso, en medio de tanta contaminación, con su manantial de agua fresca y la hierba verde recién cortada —fin del anuncio.
Pensando en estos tiempos frenéticos, imagino la vida en cualquier pueblo de hace un par de siglos (no hace tanto): las noticias de la capital llegaban con retraso y desvaídas; las noticias del extranjero no llegaban. Para hablar con un semejante había que tenerlo delante. Allí cada uno se enfrentaba con la naturaleza y consigo mismo. No les quedaba tiempo para angustiarse.
Primo hermano es el miedo de (que existan) mejores opciones, FOBO. Fear of better Options, temor de no estar haciendo lo más indicado. Estar atento a todo es imposible, y no darse cuenta una forma de autoengaño. Para contrarrestar también existe la saludable JOMO, Joy of Missing Out. la satisfacción de vivir al margen (de las redes sociales).
Justo ayer, J., músico y poeta, avisaba de lo nada fiables que son esas redes, e internet en general, a la hora de evaluar el trabajo artístico (un tema musical, por ejemplo). Todo es fake y manipulación. Intereses turbios inflan audiencias y número de likes e ignoran obras mejores. No hay que hacer caso.
En otros aspectos de la vida también pasa, con algunas excepciones —espacio publicitario— como la de este blog de la línea clara que quiere ser un lugar sombreado de descanso, en medio de tanta contaminación, con su manantial de agua fresca y la hierba verde recién cortada —fin del anuncio.
Pensando en estos tiempos frenéticos, imagino la vida en cualquier pueblo de hace un par de siglos (no hace tanto): las noticias de la capital llegaban con retraso y desvaídas; las noticias del extranjero no llegaban. Para hablar con un semejante había que tenerlo delante. Allí cada uno se enfrentaba con la naturaleza y consigo mismo. No les quedaba tiempo para angustiarse.
domingo, 21 de junio de 2026
De alguna manera
Si uno solo hablara de lo que sabe, nadie diría nunca nada. Exagero —en general— pero acierto —en particular— porque a mí me pasa. Escribo de lo que creo que sé, sabiendo que en el fondo no sé. No soy el único. Pongamos Freud, por ejemplo. Freud se pasó la vida estudiando y escribiendo libros de lo suyo; los traumas, el inconsciente, la interpretación de los sueños; todo eso. Pero ha pasado el tiempo y ya no es tan infalible como se creía. Lo sigue siendo en algunos aspectos, pero no en otros. Freud también se equivocaba.
De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
“Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.
De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
“Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.
jueves, 18 de junio de 2026
Umbral de fatiga (2)
No tenía ni idea de que la compañía que lidera el ranking mundial —sí, he escrito mundial—de gestión de aeropuertos es Aena. Y Aena (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) es una empresa pública española. En más de un país no están poniendo el interés suficiente, o es que en realidad ese ranking no importa demasiado.
Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.
Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.
lunes, 15 de junio de 2026
Umbral de fatiga (1)
Hay palabras que se repiten a cada rato en cualquier texto. Son las más comunes, las cotidianas; palabras de andar por casa, como las zapatillas. Ejemplos: calle, lluvia, cara, azul, bicicleta, bolígrafo, comer, reír, dormir, etcétera. Son miles, son los ladrillos del idioma, las hormiguitas de la prosa. Con estas palabras se da la gran paradoja de que siendo imprescindibles, pasan desapercibidas.
Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.
Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.
viernes, 12 de junio de 2026
Historia de Peru
Hola, me llamo Peru y soy un personaje. Sobre el papel, un personaje y una persona son la misma cosa; en este caso soy también la voz narradora. Si para una boda se contrata un fotógrafo, también habría que hacerlo para un funeral. Y recuperar la antigua tradición de comer y beber; hacer bueno el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Porque en la vida hay alegrías y hay penas y ambas van juntas a todas partes, bodas y funerales incluidos.
La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.
La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.
martes, 9 de junio de 2026
Niño prodigio
Han llegado pronto y el comedor está casi vacío. Son cinco, una pareja mayor —los abuelos—, otra joven —los padres— y un bebé dormido en su silla de paseo. La reserva se hizo a última hora y les acomodan cerca de la entrada, en una gran mesa redonda apta para ocho en la que los cuatro (más una trona a la espera) quedan un tanto alejados entre sí.
El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.
El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.
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