Haugerud, cómo se pronunciará. Es un apellido noruego. No he estado nunca en Noruega, aunque hay un barrio en Bilbao que lo llamaban así, Noruega, por los marinos de los barcos que hacían escala. Lo más cerca que he estado es Dinamarca, ya lo he contado alguna vez.
No sé noruego, supongo que no es una sorpresa para nadie. Conozco una sola palabra, que podría venirme bien en caso de emergencia, digo si voy a Noruega y las cosas se complican y tengo que pedirlos, nunca se sabe; la palabra es, me da un poco de vergüenza decirla, calzoncillos. En noruego sería “escondinabo”. Creo que en sueco se dice igual. Es broma.
Dag Johan Haugerud, se diga como se diga, es director de cine y escritor en noruego. Ningún libro suyo se ha traducido ni al inglés ni, mucho menos, al español. Lástima. Como director de cine, sin embargo, ha pegado un pelotazo con tres películas (la trilogía de Oslo) hechas en 2024 (ya no sé si se dice rodadas, filmadas, grabadas o qué) tituladas Sex, Love y Dreams.
Pelotazo relativo, claro; con “Sueños” ganó el Oso de oro del festival de Berlín del año pasado. Las he visto, me han gustado, las recomiendo. Muy luminosas, cosa que siempre me hace pensar que eso será en verano, vete a Oslo en invierno. Y muy literarias, por algo es también escritor; sobre todo esa última.
Alejadas de las producciones americanas candidatas a los Óscar. Las que he visto este año, de estas, me han parecido sobre todo, y casi solo, espectáculo; coloridos cómics hechos película, con sus efectos especiales. Las de Haugerud son lo contrario; personas que conversan sobre la vida, que expresan sus sentimientos, que dicen cosas que te conciernen.
Duroderroer
...with no particular place to go.
viernes, 27 de febrero de 2026
martes, 24 de febrero de 2026
Bocado exquisito
En el universo observable, según cálculos, puede haber ciento cincuental mil millones de galaxias, y en cada una de ellas miles de millones de estrellas (y planetas). Esta es la primera prueba que presento para defender mi tesis, tesis que atañe al conocimiento del mundo que puede tener una persona. Es cierto que hay gente muy culta, que sabe mucho de muchas cosas; un Borges, por ejemplo. Tienen mi admiración, siendo mi caso un ejemplo de lo contrario, de ignorancia generalizada.
Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.
Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.
sábado, 21 de febrero de 2026
Indiscernibles
Escribía uno el otro día (leer el periódico es, o era, la oración matutina del hombre pragmático, Hegel) sobre unas ruinas en la cima de un monte. Sería un castro o una torre romana, pensé, pero luego apuntaba que no se sabía pero que, probablemente, eran los restos de una fortificación de las guerras carlistas. Hace siglo y medio —anteayer— y ya se ha olvidado.
Según la Biblia Caín mató a Abel y ese fue el primer homicidio. La opinión más extendida es que esos dos son figuras simbólicas, se podría decir que en el tema “homicidios” fue antes la ficción que la realidad.
En la noche de los tiempos se contaban historias a la luz de la hoguera y esas historias ya eran ficción, porque la realidad es tan delicada que apenas te das la vuelta desaparece para dejar su lugar a la leyenda, que es lo que se imprime (como decían en “El hombre que mató a Liberty Valance”).
La ficción lo contamina todo. La ficción copia a la realidad porque el ser humano es incapaz de crear nada que no exista con antelación. La realidad copia a la ficción porque todo ha sido ya contado antes. Ficción y realidad se retroalimentan. Una novela disecciona un asesinato y un lector se inspira en ella para intentar el crimen perfecto. Ambas, con el tiempo, se vuelven indiscernibles.
Veía una serie reciente y me decía a mí mismo, está exagerado, esa crueldad, esa violencia. Al cabo de dos días, lo mismo que en la serie, en Madrid, pasa, en Francia, en la realidad. A veces, ficción y realidad son dos sibilantes serpientes enroscadas.
Según la Biblia Caín mató a Abel y ese fue el primer homicidio. La opinión más extendida es que esos dos son figuras simbólicas, se podría decir que en el tema “homicidios” fue antes la ficción que la realidad.
En la noche de los tiempos se contaban historias a la luz de la hoguera y esas historias ya eran ficción, porque la realidad es tan delicada que apenas te das la vuelta desaparece para dejar su lugar a la leyenda, que es lo que se imprime (como decían en “El hombre que mató a Liberty Valance”).
La ficción lo contamina todo. La ficción copia a la realidad porque el ser humano es incapaz de crear nada que no exista con antelación. La realidad copia a la ficción porque todo ha sido ya contado antes. Ficción y realidad se retroalimentan. Una novela disecciona un asesinato y un lector se inspira en ella para intentar el crimen perfecto. Ambas, con el tiempo, se vuelven indiscernibles.
Veía una serie reciente y me decía a mí mismo, está exagerado, esa crueldad, esa violencia. Al cabo de dos días, lo mismo que en la serie, en Madrid, pasa, en Francia, en la realidad. A veces, ficción y realidad son dos sibilantes serpientes enroscadas.
miércoles, 18 de febrero de 2026
No dejes de mirar
Hay un sitio al que tengo pensado seguir yendo de vacaciones: los libros de Julian Barnes. Me gusta sentir la brisa de sus palabras. Ha sido una sorpresa la publicación de Departure(s) cuando no hacía un año del anterior, Changing My Mind. Pero lo he mirado bien y lo que había en este último eran cinco ensayos difundidos por la BBC en 2016.
La traducción de Departure sería “Salida”, evocando un aeropuerto o una estación, pero el título que han elegido para la edición en español ha sido “Despedidas”. Barnes acaba de cumplir ochenta años y el libro es, en efecto, una despedida; y lo más parecido a una confesión que se puede pedir. Cada vida tiene su comienzo y su final, y hay una sencilla explicación: It’s just the universe doing its stuff (es solo el universo haciendo su trabajo).
El anuncio de que será su último libro me ha entristecido. Aunque también cuenta algo que si yo fuera perro me habría puesto las orejas de punta: lleva cincuenta años escribiendo un diario. No sería extraño que le pase como a Kafka con su amigo Brod y esos diarios acaben publicados.
En las últimas páginas me dice (a mí y al resto de sus lectores) que nos imagina a los dos sentados en un café viendo pasar a la gente, charlando despreocupados sobre lo que vemos. Y nos hace una última sugerencia: “...espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego lo he hecho. Tu presencia me ha encantado; es más, no sería nada sin ti. Así que voy a apoyar un momento la mano en tu antebrazo –no, no dejes de mirar– y después me esfumaré. No, no dejes de mirar”.
La traducción de Departure sería “Salida”, evocando un aeropuerto o una estación, pero el título que han elegido para la edición en español ha sido “Despedidas”. Barnes acaba de cumplir ochenta años y el libro es, en efecto, una despedida; y lo más parecido a una confesión que se puede pedir. Cada vida tiene su comienzo y su final, y hay una sencilla explicación: It’s just the universe doing its stuff (es solo el universo haciendo su trabajo).
El anuncio de que será su último libro me ha entristecido. Aunque también cuenta algo que si yo fuera perro me habría puesto las orejas de punta: lleva cincuenta años escribiendo un diario. No sería extraño que le pase como a Kafka con su amigo Brod y esos diarios acaben publicados.
En las últimas páginas me dice (a mí y al resto de sus lectores) que nos imagina a los dos sentados en un café viendo pasar a la gente, charlando despreocupados sobre lo que vemos. Y nos hace una última sugerencia: “...espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego lo he hecho. Tu presencia me ha encantado; es más, no sería nada sin ti. Así que voy a apoyar un momento la mano en tu antebrazo –no, no dejes de mirar– y después me esfumaré. No, no dejes de mirar”.
domingo, 15 de febrero de 2026
Conocerte mejor
Hablando de adverbios acabados en mente, este es el comienzo de la última novela de Chimamanda Ngozi Adichie: “Siempre he deseado ser conocida, conocida verdaderamente, por otro ser humano”. Esta traducción tiene dos problemas. Además del peso exagerado de “verdaderamente” está la forma pasiva inglesa, veo más natural e incluso más exacto decir: “Siempre he deseado que otro ser humano me conozca de verdad”.
Pero lo que quería comentar es lo buena que me parece la idea para comenzar una historia. Las primeras frases, y las últimas, son importantes, actúan de gancho. Una primera frase debe también resumir un poco todo el libro y en este caso es así; la protagonista se pasa la novela buscando esa persona que la conozca “de verdad”. El sexo es un elemento importante, puede que imprescindible.
La frase es tan concisa que pide una ampliación, nos pone a pensar y origina una reacción en cadena ¿Y yo?, ¿quiero que alguien me conozca del todo?, ¿es conveniente, en realidad?, ¿no habría que empezar por conocerse uno mismo? Igual lo que sucede es que quieres que te conozcan para tener un espejo en el que mirarte.
Algunas conclusiones provisionales: una, ante cualquier declaración siempre hay que considerar como quedaría vuelta del revés; dos, ese conocimiento no tiene sentido si no es mutuo; tres, casi siempre es preferible la actividad, conocer, a la pasividad, que te conozcan.
Me pregunto entonces por mi propio interés y hasta qué punto he conseguido conocer a las personas importantes en mi vida. Hasta un punto insuficiente, me temo, y, además, tampoco tengo claro en qué consiste conocer a otro ser humano; si conocer equivale a entender, si para entender hay que perdonar y si perdonar es una condición necesaria para querer. Y no digo nada de amar por si eso de amar fuera solo una forma de lenguaje poético.
Pero lo que quería comentar es lo buena que me parece la idea para comenzar una historia. Las primeras frases, y las últimas, son importantes, actúan de gancho. Una primera frase debe también resumir un poco todo el libro y en este caso es así; la protagonista se pasa la novela buscando esa persona que la conozca “de verdad”. El sexo es un elemento importante, puede que imprescindible.
La frase es tan concisa que pide una ampliación, nos pone a pensar y origina una reacción en cadena ¿Y yo?, ¿quiero que alguien me conozca del todo?, ¿es conveniente, en realidad?, ¿no habría que empezar por conocerse uno mismo? Igual lo que sucede es que quieres que te conozcan para tener un espejo en el que mirarte.
Algunas conclusiones provisionales: una, ante cualquier declaración siempre hay que considerar como quedaría vuelta del revés; dos, ese conocimiento no tiene sentido si no es mutuo; tres, casi siempre es preferible la actividad, conocer, a la pasividad, que te conozcan.
Me pregunto entonces por mi propio interés y hasta qué punto he conseguido conocer a las personas importantes en mi vida. Hasta un punto insuficiente, me temo, y, además, tampoco tengo claro en qué consiste conocer a otro ser humano; si conocer equivale a entender, si para entender hay que perdonar y si perdonar es una condición necesaria para querer. Y no digo nada de amar por si eso de amar fuera solo una forma de lenguaje poético.
jueves, 12 de febrero de 2026
La euforia del hombre
La llamada “guerra de sexos” era un género cinematográfico basado en los roles del hombre y la mujer, que eran opuestos en casi todo. Aunque el tema es eterno, los papeles ya no están tan definidos, por fortuna, y, de hecho, ni las mismos categorías, masculina y femenina son tan exclusivas. Lo digo por una frase que he escuchado y que encajaría en cualquiera de aquellas películas; por ejemplo, en “El hombre tranquilo” de John Ford.
Puedo imaginar una escena en la taberna en la que, a cuenta del interés del protagonista por la pelirroja Maureen O’Hara, el típico secundario achispado se quita con la mano derecha la pipa de la boca al tiempo que coge el brazo de John Wayne con la izquierda e inclinándose hacia él le dice, muy serio: “La mujer pronto le quita la euforia al hombre”.
Esta sentencia, literal, la he oído hace poco atribuida a un tercero que solía decirla. La mujer pronto le quita la euforia al hombre. Me gustan, y sobre todo me divierten, por un lado, la sintaxis dislocada; por otro, el uso de la palabra “euforia” y la especie de superioridad que se otorga a esa mujer, de otra época, que sabe ver las cosas como son y baja de la nube al iluso.
Al hilo de esto me he acordado de dos pequeñas anécdotas. Una de mi abuela que decía que después de casarse, cuando se enfadaba, se iba a la cama sin cenar, pero luego espabiló y no volvió a acostarse en ayunas. La otra un incidente en un bar viendo un partido del Athletic. Llegó una mujer y se sentó al lado de su marido que ya llevaba unos tragos. En seguida le empezó a decir en voz baja, pero no tanto, y tono despectivo: ¡borracho!, estás borracho… , el hombre agachaba la cabeza, avergonzado, y ella seguía, marcando mucho las erres, ¡borracho!, más que borracho...
Puedo imaginar una escena en la taberna en la que, a cuenta del interés del protagonista por la pelirroja Maureen O’Hara, el típico secundario achispado se quita con la mano derecha la pipa de la boca al tiempo que coge el brazo de John Wayne con la izquierda e inclinándose hacia él le dice, muy serio: “La mujer pronto le quita la euforia al hombre”.
Esta sentencia, literal, la he oído hace poco atribuida a un tercero que solía decirla. La mujer pronto le quita la euforia al hombre. Me gustan, y sobre todo me divierten, por un lado, la sintaxis dislocada; por otro, el uso de la palabra “euforia” y la especie de superioridad que se otorga a esa mujer, de otra época, que sabe ver las cosas como son y baja de la nube al iluso.
Al hilo de esto me he acordado de dos pequeñas anécdotas. Una de mi abuela que decía que después de casarse, cuando se enfadaba, se iba a la cama sin cenar, pero luego espabiló y no volvió a acostarse en ayunas. La otra un incidente en un bar viendo un partido del Athletic. Llegó una mujer y se sentó al lado de su marido que ya llevaba unos tragos. En seguida le empezó a decir en voz baja, pero no tanto, y tono despectivo: ¡borracho!, estás borracho… , el hombre agachaba la cabeza, avergonzado, y ella seguía, marcando mucho las erres, ¡borracho!, más que borracho...
lunes, 9 de febrero de 2026
Corrientes
A mediados del siglo pasado mi padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela. Se lo oí comentar varias veces, no conozco los detalles. Eran los duros años de la posguerra y América seguía siendo la tierra prometida. Pero ha pasado el tiempo, los vientos soplan distinto, y son otras las corrientes migratorias.
Hace poco hemos cambiado una habitación. Nos costó deshacernos de los muebles viejos, nadie los quería y al final hubo que pagar para que se los llevaran. Vino un hombre delgado, de mediana edad, con una camioneta vieja y su caja de herramientas para desmontarlos. Algunas partes no cabían en el ascensor y las bajó a pulso por las escaleras, desde un quinto piso. Me contó un poco su vida; marroquí, casado con dos hijos, quince años aquí.
Una vez vaciada la habitación, había que repintarla. El encargado, peruano, nos propuso venir un domingo. Le acompañaba su mujer, que hizo de ayudante. Empapelaron todo para no manchar, dieron la primera mano, fueron a picar algo y al cabo de hora y media volvieron para dar la segunda. El color que elegimos fue el llamado blanco roto (ni idea de que existía).
Elegimos un armario blanco y quedamos en que lo traerían el jueves. El miércoles llamaron, que estaban por la zona y que si nos venía bien adelantarlo. Al rato, ya estaban llamando al timbre de abajo. Eran dos, no sé precisar su nacionalidad de origen, uno era de rasgos achinados. Se veía que habían montado muchos armarios como aquel. Verlos trabajar, bien compenetrados, fue todo un espectáculo.
La cama la tuve que montar yo, me costó lo mío fijar el cabecero a la pared. El resultado final nos ha dejado contentos. Hemos bautizado el nuevo cuarto como “la habitación blanca” y, la verdad, ahora es mucho más luminosa.
Hace poco hemos cambiado una habitación. Nos costó deshacernos de los muebles viejos, nadie los quería y al final hubo que pagar para que se los llevaran. Vino un hombre delgado, de mediana edad, con una camioneta vieja y su caja de herramientas para desmontarlos. Algunas partes no cabían en el ascensor y las bajó a pulso por las escaleras, desde un quinto piso. Me contó un poco su vida; marroquí, casado con dos hijos, quince años aquí.
Una vez vaciada la habitación, había que repintarla. El encargado, peruano, nos propuso venir un domingo. Le acompañaba su mujer, que hizo de ayudante. Empapelaron todo para no manchar, dieron la primera mano, fueron a picar algo y al cabo de hora y media volvieron para dar la segunda. El color que elegimos fue el llamado blanco roto (ni idea de que existía).
Elegimos un armario blanco y quedamos en que lo traerían el jueves. El miércoles llamaron, que estaban por la zona y que si nos venía bien adelantarlo. Al rato, ya estaban llamando al timbre de abajo. Eran dos, no sé precisar su nacionalidad de origen, uno era de rasgos achinados. Se veía que habían montado muchos armarios como aquel. Verlos trabajar, bien compenetrados, fue todo un espectáculo.
La cama la tuve que montar yo, me costó lo mío fijar el cabecero a la pared. El resultado final nos ha dejado contentos. Hemos bautizado el nuevo cuarto como “la habitación blanca” y, la verdad, ahora es mucho más luminosa.
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