viernes, 6 de febrero de 2026

Llorar

    Llorar en público no está bien visto, no sé por qué. Habrá alguna cultura en la que sí, porque llorar no tiene nada de malo. Es, sobre todo, un desahogo. “La necesidad crea la función y la función crea el órgano”, propugnaba Lamarck; se puede deducir que llorar es una necesidad.
    Tiene sus mecanismos. A menudo, es una inofensiva forma de autocompasión; en ocasiones, un lamentable intento de manipulación. Recuerdo con rubor una vez, que me hice el incomprendido con mi madre; me estaba dando vergüenza de mí mismo, consciente de que no estaba siendo justo.
    No creo haber vuelto a hacerlo. Lo de medio fingir, digo; llorar sí que he llorado, pero de pura emoción, no siempre acertando. Quiero decir que las grandes desgracias del mundo no me hacen llorar. Las lamento, estoico, y no sé si hago bien, mal o regular. Somos imperfectos, para llorar y para cualquier cosa. Por ejemplo, no se entiende del todo por qué existe el amor incondicional. Tal vez nos queramos por necesidad, por egoísmo indirecto; queremos para que nos quieran.
    Para llorar no es mala idea hacerlo sin testigos. ¿Quién no ha llorado alguna vez por la noche, antes de dormirse? Pero creces, maduras (un poco) y la vida te da motivos más que suficientes (para llorar), de eso no hay duda. Hay que aprender a hacerlo con naturalidad. Luego está la emoción que te traiciona y, en ciertas ocasiones, se apodera de ti por sorpresa, y está bien que sea así.
    Está una chica, en el autobús, llorando, educada y comedidamente, con la mirada perdida en el paisaje y la amiga le pregunta: “¿Por qué lloras?” Tras inspirar por la nariz, se gira la otra y contesta: “Lloro para sentirme viva”.

No hay comentarios: