sábado, 21 de febrero de 2026

Indiscernibles

    Escribía uno el otro día (leer el periódico es, o era, la oración matutina del hombre pragmático, Hegel) sobre unas ruinas en la cima de un monte. Sería un castro o una torre romana, pensé, pero luego apuntaba que no se sabía pero que, probablemente, eran los restos de una fortificación de las guerras carlistas. Hace siglo y medio —anteayer— y ya se ha olvidado.
    Según la Biblia Caín mató a Abel y ese fue el primer homicidio. La opinión más extendida es que esos dos son figuras simbólicas, se podría decir que en el tema “homicidios” fue antes la ficción que la realidad.
    En la noche de los tiempos se contaban historias a la luz de la hoguera y esas historias ya eran ficción, porque la realidad es tan delicada que apenas te das la vuelta desaparece para dejar su lugar a la leyenda, que es lo que se imprime (como decían en “El hombre que mató a Liberty Valance”).
    La ficción lo contamina todo. La ficción copia a la realidad porque el ser humano es incapaz de crear nada que no exista con antelación. La realidad copia a la ficción porque todo ha sido ya contado antes. Ficción y realidad se retroalimentan. Una novela disecciona un asesinato y un lector se inspira en ella para intentar el crimen perfecto. Ambas, con el tiempo, se vuelven indiscernibles.
    Veía una serie reciente y me decía a mí mismo, está exagerado, esa crueldad, esa violencia. Al cabo de dos días, lo mismo que en la serie, en Madrid, pasa, en Francia, en la realidad. A veces, ficción y realidad son dos sibilantes serpientes enroscadas.

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