Dentro de poco, cuestión de días, está previsto que la luna se suelte el pelo, se ponga delante del sol y lo tape a la vista de algunos terrícolas, entre los que nos podríamos encontrar (en función del interés de cada uno). Sean los que fueren, los testigos serán una minoría; como pasa con cualquier acontecimiento, incluida la final del mundial de fútbol; siempre hay más gente que está a otras cosas.
Un eclipse solar como el anunciado sucede cada año y medio, lo que es raro es que se repita en el mismo sitio. Claro que para eclipse con oscuridad (casi) total es mucho mejor el que tiene lugar cada día (por eso no le damos importancia) y se conoce con los nombres de puesta del sol, ocaso, atardecer o crepúsculo; a su lado estos otros quedan como amagos de aficionado.
El eclipse de sol es un recurso clásico de las novelas de aventuras para que el protagonista salve la vida en una situación comprometida. Así sucede en “Las minas del rey Salomón” (H. Rider Haggard) o en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (Mark Twain). Lo verdaderamente increíble, pero cierto, es que en 1504 Cristobal Colón, estando en una isla a merced de los indígenas cabreados, saliera del paso con su predicción de un eclipse, que tomó del almanaque astronómico de Johann Muller, alias Regiomontano. Aunque en esa ocasión fuese un eclipse lunar, cuando es la tierra la que se interpone entre el sol y la luna.
Este eclipse solar de ahora no se podrá ver desde mi casa porque, aunque se encuentre en la zona cero, el edificio de enfrente lo impedirá. Lo que haré, salvo imprevisto, es asomarme al balcón para ver como se oscurece la tarde, que no será poco.
viernes, 24 de julio de 2026
martes, 21 de julio de 2026
Las luces y las sombras (1)
Dos aforismos sobre la ficción surgidos del teclado del ordenador de Valeria Luiselli. Primero: La ficción es un recuerdo del futuro. Segundo: La ficción es el lugar en donde se encuentran la memoria y la imaginación. Dale unas vueltas. Y un tercero mío: La vida es una mezcla personalizada de realidad y ficción. Este principio se aplica también a nuestra percepción de los eclipses de sol.
Alguna leyenda, o más de una, de distintas culturas, cuenta que la luna y el sol rondaban por los cielos, uno de día y la otra de noche, sin llegar nunca a encontrarse; hasta que se encontraron, claro. Hablo de memoria y me refiero a culturas antiguas, porque las modernas no generan leyendas, me parece; a no ser que consideremos las llamadas urbanas que no tienen nada que ver.
Una cosa que importa en este caso es el género. He consultado a la señora AI y me dice que para latinos y griegos el sol era masculino y la luna femenino, mientras que para los egipcios y los celtas era al revés, el sol femenino y la luna masculino. Por otra parte, en inglés es habitual llamar “señor” tanto al sol como a la luna. Por ejemplo, en la energética Trouble in Paradise, de los Crests, 1960, el gran Johnny Maestro (nacido Mastrangelo) canta esta línea: Mr Moon, Mr Sun, tell her she’s the only one.A lo que iba, lo de que el sol y la luna no coincidían por sus distintos biorritmos —diurno o nocturno— era un bulo (fake news) y cualquier humano de aquella o cualquier época se daría cuenta con solo mirar para arriba de vez en cuando (pero igual entonces no tenían tiempo). Al amanecer es habitual ver la luna en distintos rincones del cielo, mientras el sol es totalmente predecible, un astro de costumbres que siempre aparece por el mismo lado y desaparece por el opuesto coincidiendo, curiosamente, con el caer de la tarde; qué aburrido, por dios. La luna es más espontánea y yo desde luego no he observado un patrón fijo en sus desplazamientos, aunque la lógica de las rotaciones y las traslaciones me dice que lo tiene que haber (tampoco es que me haya fijado mucho).
sábado, 18 de julio de 2026
Fraternidad
Caigo en que el otro día escribí de la igualdad y no hace mucho de la libertad (con minúscula, nada trascendente) y se me ocurre que para juntar a las tres protagonistas del lema de la República Francesa me falta la fraternidad.
Claro que no tengo mucho que decir sobre la fraternidad, aparte de que la idea está bien, en teoría: todos los hombres deberíamos tratarnos como hermanos y las mujeres como hermanas y los hombres y las mujeres como hermanos y hermanas (lo primero que se te viene a la cabeza es “consanguinidad”).
En teoría, decía, porque en la práctica veo difícil evitar que haya gente que te caiga mejor y otra que te caiga peor, y no debe de ser fácil tratar como a un hermano a uno de los segundos; mi instinto natural es evitarlos y si no hay más remedio contemporizar (debería priorizar la presunción de inocencia, pero veo pocas o nulas posibilidades de que llegue a hacerlo algún día).
Por otra parte, el lema, nacido durante la Revolución Francesa, es bonito, pero qué mal lo llevaron a la práctica: durante los dos años del llamado Reinado del Terror hubo unos 40.000 ejecutados o asesinados (la guillotina fue un invento muy práctico).
Mirando ahora, leo que hubo una orden de pintar en las fachadas de las casas de París esta proclama: La República una e indivisible - Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte. El exabrupto del final lo explica todo; me recuerda una broma —igual no le ves la gracia— que suelo hacer de vez en cuando: Yo a los violentos es que los molía a palos.
Claro que no tengo mucho que decir sobre la fraternidad, aparte de que la idea está bien, en teoría: todos los hombres deberíamos tratarnos como hermanos y las mujeres como hermanas y los hombres y las mujeres como hermanos y hermanas (lo primero que se te viene a la cabeza es “consanguinidad”).
En teoría, decía, porque en la práctica veo difícil evitar que haya gente que te caiga mejor y otra que te caiga peor, y no debe de ser fácil tratar como a un hermano a uno de los segundos; mi instinto natural es evitarlos y si no hay más remedio contemporizar (debería priorizar la presunción de inocencia, pero veo pocas o nulas posibilidades de que llegue a hacerlo algún día).
Por otra parte, el lema, nacido durante la Revolución Francesa, es bonito, pero qué mal lo llevaron a la práctica: durante los dos años del llamado Reinado del Terror hubo unos 40.000 ejecutados o asesinados (la guillotina fue un invento muy práctico).
Mirando ahora, leo que hubo una orden de pintar en las fachadas de las casas de París esta proclama: La República una e indivisible - Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte. El exabrupto del final lo explica todo; me recuerda una broma —igual no le ves la gracia— que suelo hacer de vez en cuando: Yo a los violentos es que los molía a palos.
miércoles, 15 de julio de 2026
Igualdad
Todos los seres humanos somos iguales. No estoy diciendo que tengamos los mismos derechos —que no los tenemos—, ni que deberíamos tenerlos —que sí que deberíamos—, lo que digo es que todos los seres humanos somos iguales.
Somos iguales como las unidades de un modelo de coche que salen de la cadena de producción, idénticas unas a otras y solo distinguibles por el número de identificación del motor. Los humanos somos semejantes en lo físico —mismos órganos, mismos huesos, mismos sistemas digestivo, sanguíneo, respiratorio; mismo todo— pero sobre todo en lo psíquico —mismos sentimientos, mismos pensamientos, mismos miedos, mismas ansiedades, mismos sueños, mismas ínfulas—.
Lo que, en apariencia, nos distingue, como en los automóviles la calidad del tapizado o las llantas de aleación, son los detalles secundarios: el género, el color de la piel, la altura, el peso, los rasgos faciales. El resto de presuntas diferencias son circunstanciales y es por la suma de esas circunstancias por la que nos comportamos de una u otra manera.
Somos capaces de lo mejor y de lo peor, de ser santos o asesinos; solo hace falta que nos pongan en la situación adecuada. Esta verdad es difícil de llevar, lo entiendo. Lo habitual es creerse diferente, especial, único; y de alguna forma lo somos, por esos detalles y esas circunstancias; y, sobre todo, porque, aún idénticos, siempre seremos otro, siempre estaremos enjaulados en nuestra individualidad.
Hay ocho mil millones de individuos en el planeta, todos iguales (no solo los chinos), solo distinguibles, como los coches, por su número de identificación del motor, por su ADN. Si reuniéramos a los habitantes de la Tierra en una gran llanura, asignando un metro cuadrado a cada uno, ocuparían un espacio de 80 x 100 kilómetros. Imagina verlos desde lo alto y piensa que uno de esos individuos eres tú, y otro yo, perdidos ambos en el anonimato de la especie de la que, sin embargo —y esta es la clave—, cada uno de nosotros tiene el privilegio y el honor de ser embajador plenipotenciario.
Somos iguales como las unidades de un modelo de coche que salen de la cadena de producción, idénticas unas a otras y solo distinguibles por el número de identificación del motor. Los humanos somos semejantes en lo físico —mismos órganos, mismos huesos, mismos sistemas digestivo, sanguíneo, respiratorio; mismo todo— pero sobre todo en lo psíquico —mismos sentimientos, mismos pensamientos, mismos miedos, mismas ansiedades, mismos sueños, mismas ínfulas—.
Lo que, en apariencia, nos distingue, como en los automóviles la calidad del tapizado o las llantas de aleación, son los detalles secundarios: el género, el color de la piel, la altura, el peso, los rasgos faciales. El resto de presuntas diferencias son circunstanciales y es por la suma de esas circunstancias por la que nos comportamos de una u otra manera.
Somos capaces de lo mejor y de lo peor, de ser santos o asesinos; solo hace falta que nos pongan en la situación adecuada. Esta verdad es difícil de llevar, lo entiendo. Lo habitual es creerse diferente, especial, único; y de alguna forma lo somos, por esos detalles y esas circunstancias; y, sobre todo, porque, aún idénticos, siempre seremos otro, siempre estaremos enjaulados en nuestra individualidad.
Hay ocho mil millones de individuos en el planeta, todos iguales (no solo los chinos), solo distinguibles, como los coches, por su número de identificación del motor, por su ADN. Si reuniéramos a los habitantes de la Tierra en una gran llanura, asignando un metro cuadrado a cada uno, ocuparían un espacio de 80 x 100 kilómetros. Imagina verlos desde lo alto y piensa que uno de esos individuos eres tú, y otro yo, perdidos ambos en el anonimato de la especie de la que, sin embargo —y esta es la clave—, cada uno de nosotros tiene el privilegio y el honor de ser embajador plenipotenciario.
domingo, 12 de julio de 2026
La adrenalina
Por los datos que han dado, esta mujer debe de andar por los noventa y dos años, cumplidos o a punto de hacerlo. Está sentada, sonriente, delante de un ventanal en una humilde pero luminosa sala de estar. La noticia es que ha sobrevivido al trágico terremoto de hace unos días. Su edificio no sufrió grandes daños, pero el susto, ¡qué susto!
Para su edad, su aspecto general es estupendo, un rostro sin grandes arrugas y, sobre todo, una fluida expresión verbal llena de vitalidad. Cuenta su experiencia: estaba con otra mujer, menciona el nombre y se deduce que es la persona que la acompaña a diario, y al sentir los primeros temblores, lo dice con una chispa de diversión, ella, que lleva un tiempo postrada en su silla, incapaz de andar, ¡se levantó, bajó las escaleras y se sentó en un banco frente a la casa!
Luego sin dejar de sonreír dice que ahora lo peor es la soledad, todo el mundo está muy ocupado y ella se encuentra sola; sola y atrapada en su silla. Me ha impresionado, la he admirado y compartido su sentir. También he envidiado su lucidez mental y su sonrisa.
En cuanto a lo de bajar las escaleras, lo he entendido. Me pasó algo del estilo, a otro nivel, hace no mucho. Recibí un fuerte golpe en el muslo izquierdo y tumbado en la cama no podía levantar la pierna. El médico me dice, levanta la pierna derecha, y la levanto, sin problemas, claro. A continuación, añade, levanta la otra pierna y voy y también la levanto; no mucho, diez centímetros, pero la levanto. La presencia del médico fue suficiente para forzar la pierna, desafiando al posible dolor, que no sentí. Cuando se fue el doctor de nuevo era incapaz de levantarla.
Para su edad, su aspecto general es estupendo, un rostro sin grandes arrugas y, sobre todo, una fluida expresión verbal llena de vitalidad. Cuenta su experiencia: estaba con otra mujer, menciona el nombre y se deduce que es la persona que la acompaña a diario, y al sentir los primeros temblores, lo dice con una chispa de diversión, ella, que lleva un tiempo postrada en su silla, incapaz de andar, ¡se levantó, bajó las escaleras y se sentó en un banco frente a la casa!
Luego sin dejar de sonreír dice que ahora lo peor es la soledad, todo el mundo está muy ocupado y ella se encuentra sola; sola y atrapada en su silla. Me ha impresionado, la he admirado y compartido su sentir. También he envidiado su lucidez mental y su sonrisa.
En cuanto a lo de bajar las escaleras, lo he entendido. Me pasó algo del estilo, a otro nivel, hace no mucho. Recibí un fuerte golpe en el muslo izquierdo y tumbado en la cama no podía levantar la pierna. El médico me dice, levanta la pierna derecha, y la levanto, sin problemas, claro. A continuación, añade, levanta la otra pierna y voy y también la levanto; no mucho, diez centímetros, pero la levanto. La presencia del médico fue suficiente para forzar la pierna, desafiando al posible dolor, que no sentí. Cuando se fue el doctor de nuevo era incapaz de levantarla.
jueves, 9 de julio de 2026
La otra lengua (y 2)
Sociolingüística, al final lo he mirado; J. S. es un experto en sociolingüística (ciencia de la que, por mi parte, lo ignoro casi todo). Ha escrito el artículo en un castellano de nivel profesoral, a ratos enigmático. Me he quedado con una palabra: dirimir, ¿cómo se dice en euskera dirimir?, ni idea.
Me ha recordado lo que hace Jabier Muguruza en su novela “Café Mokka”: incluye dos textos escritos en español comentando que son difíciles o imposibles de traducir al euskera. Entiendo que a lo que apunta Muguruza es a que una lengua poderosa como el castellano, cultivada por miles de escritores durante siglos, ha llegado a un nivel de expresión altísimo en todos los ámbitos; administrativo, científico, literario, el que se te ocurra.
El euskera juega, inevitablemente, tres categorías más abajo, con toda la dignidad de los equipos modestos. J. S. es perfectamente capaz de escribir su artículo en el mejor euskera posible (lo que es mucho, muchísimo); pero, por razones que no he visto reflejadas en su artículo, lo ha escrito y publicado en castellano. Tiene todo el derecho, claro; habrá querido que llegue a más gente, a los desconocedores del euskera en particular.
Este hecho, tan común, de discurrir sobre el idioma vasco en castellano, me causa cierto desasosiego (también cuando, como ahora, lo hago yo mismo). Sean cuales sean los motivos, siempre es un desaire a la lengua de Axular (Cervantes, Axular, cada uno paradigma en su idioma). Me hubiera encantado que el dichoso artículo hubiese estado escrito en euskera, incluso me lo hubiera leído entero, por la novedad; aunque igual entonces no se lo hubiesen publicado en un medio de tanta difusión. Lo que es impepinable, y en esto creo que estamos todos de acuerdo (todos los que apreciamos la lengua vasca) es que los problemas del euskera solo tienen una solución: que la gente lo hable y lo escriba.
Me ha recordado lo que hace Jabier Muguruza en su novela “Café Mokka”: incluye dos textos escritos en español comentando que son difíciles o imposibles de traducir al euskera. Entiendo que a lo que apunta Muguruza es a que una lengua poderosa como el castellano, cultivada por miles de escritores durante siglos, ha llegado a un nivel de expresión altísimo en todos los ámbitos; administrativo, científico, literario, el que se te ocurra.
El euskera juega, inevitablemente, tres categorías más abajo, con toda la dignidad de los equipos modestos. J. S. es perfectamente capaz de escribir su artículo en el mejor euskera posible (lo que es mucho, muchísimo); pero, por razones que no he visto reflejadas en su artículo, lo ha escrito y publicado en castellano. Tiene todo el derecho, claro; habrá querido que llegue a más gente, a los desconocedores del euskera en particular.
Este hecho, tan común, de discurrir sobre el idioma vasco en castellano, me causa cierto desasosiego (también cuando, como ahora, lo hago yo mismo). Sean cuales sean los motivos, siempre es un desaire a la lengua de Axular (Cervantes, Axular, cada uno paradigma en su idioma). Me hubiera encantado que el dichoso artículo hubiese estado escrito en euskera, incluso me lo hubiera leído entero, por la novedad; aunque igual entonces no se lo hubiesen publicado en un medio de tanta difusión. Lo que es impepinable, y en esto creo que estamos todos de acuerdo (todos los que apreciamos la lengua vasca) es que los problemas del euskera solo tienen una solución: que la gente lo hable y lo escriba.
lunes, 6 de julio de 2026
La otra lengua (1)
¿De qué conozco yo a J. S.?; de nada, de vista, de los periódicos, de los campeonatos de bertsolaris de hace… ¿cuántos años? Treinta o cuarenta. Fue una figura puntera sin llegar a campeón, sin llegar a Egaña. Luego ha escrito varios, no sé cuantos, bastantes libros de ensayo. Tampoco sé sobre qué, uno de ellos tras un viaje o una estancia en América Latina relacionado con lo que vio por allí.
Lleva años en la Universidad ejerciendo la docencia y la investigación en temas sociales, sigo suponiendo. Vayan, por tanto, por delante mis disculpas a J. S. por escribir sin saber; de oídas, de leídas. Hace unos días ha publicado —le han publicado— un artículo en la prensa, en dos partes. El título “Sentarse sobre el euskera”, o algo así; hoy no voy a comprobar datos (viva la madre que me parió).
Ese largo artículo entra de lleno en la categoría de “artículos de buenas intenciones”. No se mencionan los conflictos específicos, ni aparece ningún nombre de persona, localidad o institución alguna. ¿Qué dice el artículo? No sé; no lo he leído entero, no he podido con él, mea culpa.
Pero por lo que he percibido entre líneas me ha parecido eso, que es un artículo de buenas intenciones que se podía haber resumido en una frase: En relación a los problemas que conciernen al idioma vasco, las partes afectadas deberían sentarse y buscar un acuerdo de forma civilizada. También es muy probable que en realidad no me haya enterado de nada.
No ha sido eso lo que me ha movido a hacer este comentario no solicitado, sino el hecho de que S. haya escrito su artículo en la lengua de Cervantes, cuando su lengua materna, su idioma cotidiano y de trabajo, hasta donde yo sé, es el euskera.
Lleva años en la Universidad ejerciendo la docencia y la investigación en temas sociales, sigo suponiendo. Vayan, por tanto, por delante mis disculpas a J. S. por escribir sin saber; de oídas, de leídas. Hace unos días ha publicado —le han publicado— un artículo en la prensa, en dos partes. El título “Sentarse sobre el euskera”, o algo así; hoy no voy a comprobar datos (viva la madre que me parió).
Ese largo artículo entra de lleno en la categoría de “artículos de buenas intenciones”. No se mencionan los conflictos específicos, ni aparece ningún nombre de persona, localidad o institución alguna. ¿Qué dice el artículo? No sé; no lo he leído entero, no he podido con él, mea culpa.
Pero por lo que he percibido entre líneas me ha parecido eso, que es un artículo de buenas intenciones que se podía haber resumido en una frase: En relación a los problemas que conciernen al idioma vasco, las partes afectadas deberían sentarse y buscar un acuerdo de forma civilizada. También es muy probable que en realidad no me haya enterado de nada.
No ha sido eso lo que me ha movido a hacer este comentario no solicitado, sino el hecho de que S. haya escrito su artículo en la lengua de Cervantes, cuando su lengua materna, su idioma cotidiano y de trabajo, hasta donde yo sé, es el euskera.
viernes, 3 de julio de 2026
Dos tipos de artículos
Esto que escribo son un poco como artículos de prensa, ¿no? Así me lo van pareciendo, “artículos” que no trascienden y que escribo para demostrarme a mí mismo que sigo vivo. Hay dos tipos —entre los que sí se publican— que tiendo a saltarme cuando los detecto.
Uno es el “artículo de un libro que me he leído”. No niego su legitimidad; pero pienso, vaya, no se le ocurría nada y va y nos cuenta las ideas de otro (aunque, en verdad os digo, todas las ideas son de otro). Entonces, si el libro inspirador del artículo me atrae, lo apunto para una futura hipotética lectura (que rara vez se concreta) y si no, paso página.
El otro tipo de artículo saltable es el “artículo de buenas intenciones”. Sea cual sea el tema, el autor, que por lo general es un profesor universitario, expresará su presunta solución al problema elevándose sobre los dimes y diretes de las disputas en el barro de la cotidianidad. Sin dar ninguna referencia directa ni nombre alguno de persona o entidad, soltará un rollo de generalidades un tanto crípticas en un lenguaje académico trufado de alusiones a la solidaridad, la cogobernanza, la justicia, la tolerancia, la convivencia o la igualdad.
Es, en resumen, un discurso tendente al paternalismo que una vez desbrozado viene a decir que con un poco de buena voluntad y sentido común el problema se podría solucionar de manera conveniente para todos. De estos artículos, que ni siquiera dan la pista de un posible libro apetecible, huyo como de la peste.
Uno es el “artículo de un libro que me he leído”. No niego su legitimidad; pero pienso, vaya, no se le ocurría nada y va y nos cuenta las ideas de otro (aunque, en verdad os digo, todas las ideas son de otro). Entonces, si el libro inspirador del artículo me atrae, lo apunto para una futura hipotética lectura (que rara vez se concreta) y si no, paso página.
El otro tipo de artículo saltable es el “artículo de buenas intenciones”. Sea cual sea el tema, el autor, que por lo general es un profesor universitario, expresará su presunta solución al problema elevándose sobre los dimes y diretes de las disputas en el barro de la cotidianidad. Sin dar ninguna referencia directa ni nombre alguno de persona o entidad, soltará un rollo de generalidades un tanto crípticas en un lenguaje académico trufado de alusiones a la solidaridad, la cogobernanza, la justicia, la tolerancia, la convivencia o la igualdad.
Es, en resumen, un discurso tendente al paternalismo que una vez desbrozado viene a decir que con un poco de buena voluntad y sentido común el problema se podría solucionar de manera conveniente para todos. De estos artículos, que ni siquiera dan la pista de un posible libro apetecible, huyo como de la peste.
martes, 30 de junio de 2026
Condicionados
Leo porque no sirvo para otra cosa. Esta es la razón última y determinante. Otras serían que leo para olvidarme de mí mismo o que leo para mejorarme a mí mismo, lo que constituye una bonita contradicción. La verdad es que esas tres razones y otras —que seguro que hay— coexisten pacíficamente.
Nadie escapa de esa paradoja, todo el que lee lo hace por huir del ominoso presente y, a la vez, por afán de aprender, aunque no lo sepa. Con la idea en la cabeza, me salen al paso alguna que otra expresión acuñada que ahonda en la herida. Qué bobada, herida, me he dejado llevar; digamos, mejor, que percute sobre la misma idea.
En psicología, por ejemplo, se habla de “indefensión aprendida”, es la indefensión que siente una persona basándose en experiencias previas. Le ha pasado otras veces, la cosa no ha ido bien y ha concluido que no hay defensa posible. La indefensión puede ser real o no; ese “aprendida” la pone en duda, la desarma.
En el ámbito artístico, especialmente en el jazz, es habitual la “improvisación dirigida”. Tres cuartos de lo mismo, ¿qué improvisación es esa si alguien la está dirigiendo? Es una media improvisación, de alguna manera. Además, quien improvisa siempre está condicionado por múltiples factores, desde su infancia y educación hasta la temperatura ambiente y los oyentes que tiene delante.
Un último ejemplo: “libertad condicional”. Es también una libertad a medias y nos da pábulo a extender la noción al concepto mismo de libertad. Nadie es libre por completo, toda libertad está condicionada; no solo esa típica libertad de las sentencias judiciales sino la del ciudadano que circula peripatético por la calle. Las razones son evidentes; son las mismas, o parecidas, a las que guían la improvisación de un saxofonista: todos llevamos a cuestas un bagaje vital que restringe nuestra libertad, ¿o no?
Nadie escapa de esa paradoja, todo el que lee lo hace por huir del ominoso presente y, a la vez, por afán de aprender, aunque no lo sepa. Con la idea en la cabeza, me salen al paso alguna que otra expresión acuñada que ahonda en la herida. Qué bobada, herida, me he dejado llevar; digamos, mejor, que percute sobre la misma idea.
En psicología, por ejemplo, se habla de “indefensión aprendida”, es la indefensión que siente una persona basándose en experiencias previas. Le ha pasado otras veces, la cosa no ha ido bien y ha concluido que no hay defensa posible. La indefensión puede ser real o no; ese “aprendida” la pone en duda, la desarma.
En el ámbito artístico, especialmente en el jazz, es habitual la “improvisación dirigida”. Tres cuartos de lo mismo, ¿qué improvisación es esa si alguien la está dirigiendo? Es una media improvisación, de alguna manera. Además, quien improvisa siempre está condicionado por múltiples factores, desde su infancia y educación hasta la temperatura ambiente y los oyentes que tiene delante.
Un último ejemplo: “libertad condicional”. Es también una libertad a medias y nos da pábulo a extender la noción al concepto mismo de libertad. Nadie es libre por completo, toda libertad está condicionada; no solo esa típica libertad de las sentencias judiciales sino la del ciudadano que circula peripatético por la calle. Las razones son evidentes; son las mismas, o parecidas, a las que guían la improvisación de un saxofonista: todos llevamos a cuestas un bagaje vital que restringe nuestra libertad, ¿o no?
sábado, 27 de junio de 2026
Old movie
Me puse a ver la película de 1947 Gentleman’s Agreement (acuerdo de caballeros), que en España se tituló “La barrera invisible” (¿por qué?). Me puse a ver la película y en seguida me di cuenta de que ya la había visto. La he vuelto a ver y me ha vuelto a gustar; por la hechura en sí y por la sutileza del guion, entre otras cosas (Gregory Peck una de ellas).
La novela original fue un best seller y la película ganó el Oscar. Todo esto pasó hace casi ochenta años y me lo había perdido hasta hace poco; hasta que vi la película por primera vez y la olvidé, y hasta ahora que la he vuelto a ver. No es una película de la que se acuerde mucha gente, me parece.
El tema es el antisemitismo en Estados Unidos. Lo había, a pesar de que hacía bien poco que las democracias occidentales habían derrotado a los nazis. La autora de aquella novela, Laura Zametkin, era judía y el guionista, Moss Hart, también.
Hay un dato, que ronda lo paranormal, en relación a los judíos y los Premios Nobel. Siendo el 0,2 por ciento de la población mundial, personas de esa procedencia han ganado un 22 por ciento de esos premios. En literatura el porcentaje se queda en un 12 por ciento (incluido el último, el húngaro de apellido impronunciable que, por desgracia, no conoce el punto y aparte).
La sutileza a la que me refería es la utilizada para explicar las diferencias de sentimientos entre una víctima y un testigo que cree estar completamente en contra de ese odio injustificado pero en la práctica apenas hace nada para erradicarlo. Sí, exactamente lo mismo que en ese caso en el que estás pensando.
Y para que quede claro reproduzco el sencillo diálogo entre el niño, Tommy, y su padre, Gregory Peck en la película, sobre el tema. Pregunta el inocente chaval sobre la causa de esa inquina en contra de los judíos:
—Why? Are they bad? (¿Por qué? ¿Son malos?).
—Some are, sure. Some aren't. It's like everybody else.(Algunos sí, claro. Otros no. Como pasa con todos).
Coincido; entre los judíos, como entre los cristianos o entre los musulmanes, hay de todo. También pasa entre los ricos y entre los pobres, e incluso entre los miembros de las distintas nacionalidades (que no son eternas, por cierto).
La novela original fue un best seller y la película ganó el Oscar. Todo esto pasó hace casi ochenta años y me lo había perdido hasta hace poco; hasta que vi la película por primera vez y la olvidé, y hasta ahora que la he vuelto a ver. No es una película de la que se acuerde mucha gente, me parece.
El tema es el antisemitismo en Estados Unidos. Lo había, a pesar de que hacía bien poco que las democracias occidentales habían derrotado a los nazis. La autora de aquella novela, Laura Zametkin, era judía y el guionista, Moss Hart, también.
Hay un dato, que ronda lo paranormal, en relación a los judíos y los Premios Nobel. Siendo el 0,2 por ciento de la población mundial, personas de esa procedencia han ganado un 22 por ciento de esos premios. En literatura el porcentaje se queda en un 12 por ciento (incluido el último, el húngaro de apellido impronunciable que, por desgracia, no conoce el punto y aparte).
La sutileza a la que me refería es la utilizada para explicar las diferencias de sentimientos entre una víctima y un testigo que cree estar completamente en contra de ese odio injustificado pero en la práctica apenas hace nada para erradicarlo. Sí, exactamente lo mismo que en ese caso en el que estás pensando.
Y para que quede claro reproduzco el sencillo diálogo entre el niño, Tommy, y su padre, Gregory Peck en la película, sobre el tema. Pregunta el inocente chaval sobre la causa de esa inquina en contra de los judíos:
—Why? Are they bad? (¿Por qué? ¿Son malos?).
—Some are, sure. Some aren't. It's like everybody else.(Algunos sí, claro. Otros no. Como pasa con todos).
Coincido; entre los judíos, como entre los cristianos o entre los musulmanes, hay de todo. También pasa entre los ricos y entre los pobres, e incluso entre los miembros de las distintas nacionalidades (que no son eternas, por cierto).
miércoles, 24 de junio de 2026
Exceso de velocidad
La lista de ansiedades es infinita. La última de la que he tenido noticia es la denominada FOMO, las iniciales de Fear of Missing Out, el miedo de perderse algo. Es la preocupación porque, sin saberlo tú, otros se estén divirtiendo o teniendo experiencias o ganando dinero fácil (ilusos). Un síntoma es el uso compulsivo del móvil.
Primo hermano es el miedo de (que existan) mejores opciones, FOBO. Fear of better Options, temor de no estar haciendo lo más indicado. Estar atento a todo es imposible, y no darse cuenta una forma de autoengaño. Para contrarrestar también existe la saludable JOMO, Joy of Missing Out. la satisfacción de vivir al margen (de las redes sociales).
Justo ayer, J., músico y poeta, avisaba de lo nada fiables que son esas redes, e internet en general, a la hora de evaluar el trabajo artístico (un tema musical, por ejemplo). Todo es fake y manipulación. Intereses turbios inflan audiencias y número de likes e ignoran obras mejores. No hay que hacer caso.
En otros aspectos de la vida también pasa, con algunas excepciones —espacio publicitario— como la de este blog de la línea clara que quiere ser un lugar sombreado de descanso, en medio de tanta contaminación, con su manantial de agua fresca y la hierba verde recién cortada —fin del anuncio.
Pensando en estos tiempos frenéticos, imagino la vida en cualquier pueblo de hace un par de siglos (no hace tanto): las noticias de la capital llegaban con retraso y desvaídas; las noticias del extranjero no llegaban. Para hablar con un semejante había que tenerlo delante. Allí cada uno se enfrentaba con la naturaleza y consigo mismo. No les quedaba tiempo para angustiarse.
Primo hermano es el miedo de (que existan) mejores opciones, FOBO. Fear of better Options, temor de no estar haciendo lo más indicado. Estar atento a todo es imposible, y no darse cuenta una forma de autoengaño. Para contrarrestar también existe la saludable JOMO, Joy of Missing Out. la satisfacción de vivir al margen (de las redes sociales).
Justo ayer, J., músico y poeta, avisaba de lo nada fiables que son esas redes, e internet en general, a la hora de evaluar el trabajo artístico (un tema musical, por ejemplo). Todo es fake y manipulación. Intereses turbios inflan audiencias y número de likes e ignoran obras mejores. No hay que hacer caso.
En otros aspectos de la vida también pasa, con algunas excepciones —espacio publicitario— como la de este blog de la línea clara que quiere ser un lugar sombreado de descanso, en medio de tanta contaminación, con su manantial de agua fresca y la hierba verde recién cortada —fin del anuncio.
Pensando en estos tiempos frenéticos, imagino la vida en cualquier pueblo de hace un par de siglos (no hace tanto): las noticias de la capital llegaban con retraso y desvaídas; las noticias del extranjero no llegaban. Para hablar con un semejante había que tenerlo delante. Allí cada uno se enfrentaba con la naturaleza y consigo mismo. No les quedaba tiempo para angustiarse.
domingo, 21 de junio de 2026
De alguna manera
Si uno solo hablara de lo que sabe, nadie diría nunca nada. Exagero —en general— pero acierto —en particular— porque a mí me pasa. Escribo de lo que creo que sé, sabiendo que en el fondo no sé. No soy el único. Pongamos Freud, por ejemplo. Freud se pasó la vida estudiando y escribiendo libros de lo suyo; los traumas, el inconsciente, la interpretación de los sueños; todo eso. Pero ha pasado el tiempo y ya no es tan infalible como se creía. Lo sigue siendo en algunos aspectos, pero no en otros. Freud también se equivocaba.
De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
“Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.
De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
“Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.
jueves, 18 de junio de 2026
Umbral de fatiga (2)
No tenía ni idea de que la compañía que lidera el ranking mundial —sí, he escrito mundial—de gestión de aeropuertos es Aena. Y Aena (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) es una empresa pública española. En más de un país no están poniendo el interés suficiente, o es que en realidad ese ranking no importa demasiado.
Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.
Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.
lunes, 15 de junio de 2026
Umbral de fatiga (1)
Hay palabras que se repiten a cada rato en cualquier texto. Son las más comunes, las cotidianas; palabras de andar por casa, como las zapatillas. Ejemplos: calle, lluvia, cara, azul, bicicleta, bolígrafo, comer, reír, dormir, etcétera. Son miles, son los ladrillos del idioma, las hormiguitas de la prosa. Con estas palabras se da la gran paradoja de que siendo imprescindibles, pasan desapercibidas.
Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.
Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.
viernes, 12 de junio de 2026
Historia de Peru
Hola, me llamo Peru y soy un personaje. Sobre el papel, un personaje y una persona son la misma cosa; en este caso soy también la voz narradora. Si para una boda se contrata un fotógrafo, también habría que hacerlo para un funeral. Y recuperar la antigua tradición de comer y beber; hacer bueno el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Porque en la vida hay alegrías y hay penas y ambas van juntas a todas partes, bodas y funerales incluidos.
La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.
La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.
martes, 9 de junio de 2026
Niño prodigio
Han llegado pronto y el comedor está casi vacío. Son cinco, una pareja mayor —los abuelos—, otra joven —los padres— y un bebé dormido en su silla de paseo. La reserva se hizo a última hora y les acomodan cerca de la entrada, en una gran mesa redonda apta para ocho en la que los cuatro (más una trona a la espera) quedan un tanto alejados entre sí.
El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.
El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.
sábado, 6 de junio de 2026
Accidentes
Leer puede matar; está el caso del que encaramado en una escalera para alcanzar el estante superior de su librería se puso de puntillas y acabó cayendo de cabeza, eso sí con el libro bien sujeto en la mano. No transcendió ni título ni autor.
Cuidado con las escaleras, las de mano, las portátiles quiero decir. Bueno, con todas porque una caída por las escaleras nunca es desdeñable. Siempre es buen momento para prevenir en lo posible los accidentes domésticos.
Porque los accidentes suceden, como dicen en inglés, o más exactamente accidents will happen, los accidentes sucederán. Lo raro, lo imposible, es que no haya accidentes.
La higuera, por ejemplo, la higuera es traicionera. Sus ramas pueden parecer robustas y fiables pero si te subes a una higuera, a coger higos se supone, cuidado; esas ramas resultan ser quebradizas, te puedes partir una pierna, o algo peor.
Los tejados, máximo peligro. Pocas veces me he subido a un tejado y menos que lo pienso hacer en el futuro. Además tengo vértigo, creo; o solo miedo a las alturas, no sé.
La bañera, ¿por qué las hacen con esa ligera curva? Tampoco hace falta que la haya; el jabón, el desgaste, lo que sea que las vuelve resbaladizas. Y un resbalón en la bañera, y hasta en la ducha, te pilla en circunstancias de especial indefensión, porque estás desnudo y sin gafas, y te puedes golpear con la grifería, con el borde de la bañera, con la pared.
Los accidentes pasan y, extrapolando, también hay accidentes, o giros inesperados del guion, en las relaciones. En 1963, sobrada de voz, presencia y salero, Patsy Ann Noble grabó esta “Accidents Will Happen”; producida por Norrie Paramor, uno de los magos del pop inglés.
Cuidado con las escaleras, las de mano, las portátiles quiero decir. Bueno, con todas porque una caída por las escaleras nunca es desdeñable. Siempre es buen momento para prevenir en lo posible los accidentes domésticos.
Porque los accidentes suceden, como dicen en inglés, o más exactamente accidents will happen, los accidentes sucederán. Lo raro, lo imposible, es que no haya accidentes.
La higuera, por ejemplo, la higuera es traicionera. Sus ramas pueden parecer robustas y fiables pero si te subes a una higuera, a coger higos se supone, cuidado; esas ramas resultan ser quebradizas, te puedes partir una pierna, o algo peor.
Los tejados, máximo peligro. Pocas veces me he subido a un tejado y menos que lo pienso hacer en el futuro. Además tengo vértigo, creo; o solo miedo a las alturas, no sé.
La bañera, ¿por qué las hacen con esa ligera curva? Tampoco hace falta que la haya; el jabón, el desgaste, lo que sea que las vuelve resbaladizas. Y un resbalón en la bañera, y hasta en la ducha, te pilla en circunstancias de especial indefensión, porque estás desnudo y sin gafas, y te puedes golpear con la grifería, con el borde de la bañera, con la pared.
Los accidentes pasan y, extrapolando, también hay accidentes, o giros inesperados del guion, en las relaciones. En 1963, sobrada de voz, presencia y salero, Patsy Ann Noble grabó esta “Accidents Will Happen”; producida por Norrie Paramor, uno de los magos del pop inglés.
miércoles, 3 de junio de 2026
Olas de calor y otros fenómenos atmosféricos
Ya hemos pasado la primera ola de calor del año; en mayo, qué flores ni qué leches. Un factor agravante es verlo en las noticias. Bastante dura es la vida para encima leer sobre ello, le dijo una cuñada a Doris Lessing. Bastante calor se pasa para encima verlo en la tele, digo yo.
Una ola de calor, unas lluvias persistentes con desbordamiento de algún río, ciclogénesis explosivas ; vamos, cualquier fenómeno atmosférico que se salga de lo cotidiano es suficiente para que las vueltas de tuerca a la “noticia” ocupen la mayor parte del informativo, digamos un ochenta por ciento (y no es más por los deportes, que es la única sección que se salva de la debacle).
Ese día, no pasa nada más en el mundo, no hay guerras, ni inflación, ni polémica judicial, ni pateras. Tras los titulares en los que se destaca la truculencia del fenómeno vendrá la explicación de algún meteorólogo o asimilado. A continuación las declaraciones de un responsable de los servicios de emergencia para dar paso a las conexiones con los reporteros desplazados a distintos puntos del territorio que dan cuenta de la situación exacta del fenómeno en cada rincón del mapa (para mí que hay una tendencia a inflar el dato con la intención solapada de aumentar la audiencia).
No faltan tampoco las declaraciones de un buen número de ciudadanos. Las respuestas no tienen desperdicio (o sea, son todo desperdicio). Ejemplos reales de esta última —por poco tiempo— ola de calor: Hace un calor que te mueres, no recuerdo algo así en mis noventa años de vida, hay que ventilar bien de noche y luego encerrarse en casa, aquí en la playa con la brisita no se está tan mal...
Una ola de calor, unas lluvias persistentes con desbordamiento de algún río, ciclogénesis explosivas ; vamos, cualquier fenómeno atmosférico que se salga de lo cotidiano es suficiente para que las vueltas de tuerca a la “noticia” ocupen la mayor parte del informativo, digamos un ochenta por ciento (y no es más por los deportes, que es la única sección que se salva de la debacle).
Ese día, no pasa nada más en el mundo, no hay guerras, ni inflación, ni polémica judicial, ni pateras. Tras los titulares en los que se destaca la truculencia del fenómeno vendrá la explicación de algún meteorólogo o asimilado. A continuación las declaraciones de un responsable de los servicios de emergencia para dar paso a las conexiones con los reporteros desplazados a distintos puntos del territorio que dan cuenta de la situación exacta del fenómeno en cada rincón del mapa (para mí que hay una tendencia a inflar el dato con la intención solapada de aumentar la audiencia).
No faltan tampoco las declaraciones de un buen número de ciudadanos. Las respuestas no tienen desperdicio (o sea, son todo desperdicio). Ejemplos reales de esta última —por poco tiempo— ola de calor: Hace un calor que te mueres, no recuerdo algo así en mis noventa años de vida, hay que ventilar bien de noche y luego encerrarse en casa, aquí en la playa con la brisita no se está tan mal...
domingo, 31 de mayo de 2026
Critico, luego existo
Me he ido dando cuenta de que viendo los informativos, y basándome en el desconocimiento —ya me vale—, no hago otra cosa que sacarles faltas. De dos tipos, principalmente.
Por un lado, la locución; parece que no hay periodista que consiga dar las noticias pronunciando todas las sílabas. En cualquier momento se comerá alguna, o le saldrá una “e” donde iba una “a”.
Punto y aparte es la pronunciación de nombres extranjeros, cada cual lo hará a su manera. Siempre me acuerdo del caso de Johan Cruyff el gran futbolista ya fallecido (cambió el tabaco por los Chupa Chups pero ya era tarde). Cuando le llegó la fama todo el mundo pronunciaba su apellido tal cual, “cruif”. Pasados algunos años un listo, no descarto que con buena intención, descubrió que la pronunciación original en neerlandés es “croif” (o algo así). La iniciativa tuvo éxito y con “croif” se quedó. Hasta que pasados los años, como aguas que vuelven al cauce, el mundo de habla hispana ha retornado al “cruif” del principio.
Hay otro caso que me mantiene en vilo. Atañe al primer ministro israelí, el infausto Netanyahu. La gran mayoría de presentadores y corresponsales pronuncian la h como j “Netanyaju”; vale, estupendo; pero hete aquí que justo el corresponsal en Oriente Medio, el más próximo al personaje, pronuncia “Netanyau”, dejando la h muda. Los diálogos entre el periodista del estudio y el arrojado corresponsal resultan surrealistas. Uno dice que “Netanyaju” tal y cual y el otro contesta que en efecto “Netanyau” esto y lo otro. Un toma y daca sordo e incruento que dura y dura.
Por otro lado, también me quejo —soy insoportable— del contenido; qué es lo que el director de informativos, el consejo de redacción, el jefe supremo o quien sea ha considerado que es noticia...
Por un lado, la locución; parece que no hay periodista que consiga dar las noticias pronunciando todas las sílabas. En cualquier momento se comerá alguna, o le saldrá una “e” donde iba una “a”.
Punto y aparte es la pronunciación de nombres extranjeros, cada cual lo hará a su manera. Siempre me acuerdo del caso de Johan Cruyff el gran futbolista ya fallecido (cambió el tabaco por los Chupa Chups pero ya era tarde). Cuando le llegó la fama todo el mundo pronunciaba su apellido tal cual, “cruif”. Pasados algunos años un listo, no descarto que con buena intención, descubrió que la pronunciación original en neerlandés es “croif” (o algo así). La iniciativa tuvo éxito y con “croif” se quedó. Hasta que pasados los años, como aguas que vuelven al cauce, el mundo de habla hispana ha retornado al “cruif” del principio.
Hay otro caso que me mantiene en vilo. Atañe al primer ministro israelí, el infausto Netanyahu. La gran mayoría de presentadores y corresponsales pronuncian la h como j “Netanyaju”; vale, estupendo; pero hete aquí que justo el corresponsal en Oriente Medio, el más próximo al personaje, pronuncia “Netanyau”, dejando la h muda. Los diálogos entre el periodista del estudio y el arrojado corresponsal resultan surrealistas. Uno dice que “Netanyaju” tal y cual y el otro contesta que en efecto “Netanyau” esto y lo otro. Un toma y daca sordo e incruento que dura y dura.
Por otro lado, también me quejo —soy insoportable— del contenido; qué es lo que el director de informativos, el consejo de redacción, el jefe supremo o quien sea ha considerado que es noticia...
jueves, 28 de mayo de 2026
Los comodines
“Nuestro Señor Jesucristo nació en un pesebre, donde menos se espera salta la liebre”. Como esa liebre de la rima, cuando menos lo esperaba, en una novela de Arturo Pérez-Reverte (La isla de la mujer dormida) me he encontrado con esta reflexión: La vida en sí no es una realidad objetiva, sino más bien un espacio parecido a una casa vacía. Nosotros introducimos la realidad en ella… Y hay cuatro medios para llenar ese vacío, o soportarlo: la religión, el patriotismo, el sexo y la ironía.
Que somos nosotros los que hacemos posible la realidad, es un hecho; como escribió Julio Cortázar: un puente es un hombre cruzando un puente. Sin alguien que lo cruce, un puente no tiene sentido. Luego están esas cuatro formas que hay, según el personaje de la novela, de encarar la tarea de vivir. Nos lo pone fácil, llegas a la encrucijada del destino y tienes cuatro opciones, como en un concurso de la tele.
Las cosas no suelen ser tan sencillas. Le dice una mujer a un hombre: se puede estar a favor y en contra de algo al mismo tiempo, se llama pensamiento complejo; no lo entenderías. Pero como resumen del tema propuesto (como chuleta para el examen) está muy bien. En mi caso me he identificado al instante: mi medio para llenar el vacío de la existencia es, o sería, la ironía; por descarte.
El sexo como centro de mi existencia, no lo veo, o no doy el tipo. La religión o el patriotismo son dos males de muchos con un gran inconveniente, el de tener que estar de acuerdo con cosas con las que no estás de acuerdo. Solo me queda la ironía. Sin superioridades morales, sin sarcasmos, quitándole hierro a todo; solo la buena, vieja, divertida ironía. Como propósito, digo.
Que somos nosotros los que hacemos posible la realidad, es un hecho; como escribió Julio Cortázar: un puente es un hombre cruzando un puente. Sin alguien que lo cruce, un puente no tiene sentido. Luego están esas cuatro formas que hay, según el personaje de la novela, de encarar la tarea de vivir. Nos lo pone fácil, llegas a la encrucijada del destino y tienes cuatro opciones, como en un concurso de la tele.
Las cosas no suelen ser tan sencillas. Le dice una mujer a un hombre: se puede estar a favor y en contra de algo al mismo tiempo, se llama pensamiento complejo; no lo entenderías. Pero como resumen del tema propuesto (como chuleta para el examen) está muy bien. En mi caso me he identificado al instante: mi medio para llenar el vacío de la existencia es, o sería, la ironía; por descarte.
El sexo como centro de mi existencia, no lo veo, o no doy el tipo. La religión o el patriotismo son dos males de muchos con un gran inconveniente, el de tener que estar de acuerdo con cosas con las que no estás de acuerdo. Solo me queda la ironía. Sin superioridades morales, sin sarcasmos, quitándole hierro a todo; solo la buena, vieja, divertida ironía. Como propósito, digo.
lunes, 25 de mayo de 2026
Remedio infalible
Esta es una historia real, y si no lo es al menos confío en que esté bien contada. B es un escritor de prestigio, renovador en su momento de la narrativa en castellano. Ya al final de su carrera, pasados los setenta, trabaja en sus memorias, y de vez en cuando publica algún artículo. Aparte, sufre de cierto malestar psicológico, una difusa ansiedad, tal vez depresión. Empezó a tratar su mal en la consulta de A., un destacado psicoanalista, profesor universitario de renombre, miembro de academias y asiduo a congresos internacionales.
Tampoco hace falta ser un lince para diagnosticar las causas: el paso de los años, la pérdida de protagonismo en la escena literaria, la renqueante vida afectiva; lo normal y corriente. Tras meses de terapia sin fruto, un día A., el psicoanalista le dice: Mira, estos encuentros contigo me han enriquecido como profesional y como persona, me siento en deuda y quiero pagarla. Llevo tiempo dándole vueltas y sé cual es el remedio a tus males. No es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana y te pido paciencia. Mientras tanto seguiremos con estas sesiones que, lo digo sinceramente, nos vienen bien a los dos.
Pasa el tiempo, B. sigue más o menos sus rutinas, escribiendo, preguntando de vez en cuando a A. por el remedio prometido. Este, sin entrar en detalles, le dice que está en ello, que con suerte todo se andará. Así hasta que un día B., que dormita en su biblioteca, recibe la llamada de A. Tienes que ver el noticiario de la noche, sería bueno que antes tomaras un sobre de esos que te receté. Nervioso B avisa a su mujer y se sientan los dos ante el televisor. Comienza el informativo y en el tercer, o igual es el cuarto, titular el presentador, con una sonrisa de oreja a oreja, lee en el teleprónter: “La gran noticia del día en el mundo de la cultura nos llega desde Escandinavia; ya conocemos el nombre del nuevo premio Nobel de literatura”.
Tampoco hace falta ser un lince para diagnosticar las causas: el paso de los años, la pérdida de protagonismo en la escena literaria, la renqueante vida afectiva; lo normal y corriente. Tras meses de terapia sin fruto, un día A., el psicoanalista le dice: Mira, estos encuentros contigo me han enriquecido como profesional y como persona, me siento en deuda y quiero pagarla. Llevo tiempo dándole vueltas y sé cual es el remedio a tus males. No es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana y te pido paciencia. Mientras tanto seguiremos con estas sesiones que, lo digo sinceramente, nos vienen bien a los dos.
Pasa el tiempo, B. sigue más o menos sus rutinas, escribiendo, preguntando de vez en cuando a A. por el remedio prometido. Este, sin entrar en detalles, le dice que está en ello, que con suerte todo se andará. Así hasta que un día B., que dormita en su biblioteca, recibe la llamada de A. Tienes que ver el noticiario de la noche, sería bueno que antes tomaras un sobre de esos que te receté. Nervioso B avisa a su mujer y se sientan los dos ante el televisor. Comienza el informativo y en el tercer, o igual es el cuarto, titular el presentador, con una sonrisa de oreja a oreja, lee en el teleprónter: “La gran noticia del día en el mundo de la cultura nos llega desde Escandinavia; ya conocemos el nombre del nuevo premio Nobel de literatura”.
viernes, 22 de mayo de 2026
Comprar el pan
El pan es un gran invento que ha perdido brillo en esta época hedonista de la abundancia (que lo es, a pesar de todo). Hace no tanto, “partir el pan” era la fórmula por excelencia de la hospitalidad. Hoy en día, si se me ocurriera invitaros a todos a pan pensaríais que estoy loco.
“Iba yo a comprar el pan” era la frase con la que, hace ya más de medio siglo, comenzaba sus crónicas Francisco Umbral. Me he acordado de esto pensando en lo poco que hace falta para ponerse a escribir. Como idea colateral, añado la sospecha de que mi testimonio sobre tiempos pasados es cada vez más valioso y no debo de estar lejos de entrar en algún programa de testigos protegidos.
Cualquier escrito incluye fondo y forma, y ambos son importantes; pero la forma un poco más. Centrarse en la sustancia, los hechos o los datos, sirve para escribir el manual de una lavadora o los estatutos de una sociedad deportiva, pero no para una obra literaria. Por el contrario, salir a comprar el pan y contarlo puede convertirse en una lectura subyugante.
Iba yo a comprar el pan y en el portal me he cruzado con Luis, el vecino del tercero, que volvía del paseo matutino con su perro Tobi. Tobi es un prodigio de vida perruna, tiene más de veinte años. Luis lo compró, siendo un cachorro, a una familia romaní que pasaba de gira con su espectáculo de la cabra, la escalera y la trompeta.
Es curioso que el hijo mayor, inductor de aquella compra cuando era niño, sea ahora calderero soldador; una profesión tan cercana a los quincalleros nómadas que recorrían antes los pueblos vendiendo y reparando pucheros. Tobi es un perro pacífico que nunca ladra; si coincidimos en el ascensor me dirige una mirada serena y desinteresada digna de la mejor tradición estoica.
“Iba yo a comprar el pan” era la frase con la que, hace ya más de medio siglo, comenzaba sus crónicas Francisco Umbral. Me he acordado de esto pensando en lo poco que hace falta para ponerse a escribir. Como idea colateral, añado la sospecha de que mi testimonio sobre tiempos pasados es cada vez más valioso y no debo de estar lejos de entrar en algún programa de testigos protegidos.
Cualquier escrito incluye fondo y forma, y ambos son importantes; pero la forma un poco más. Centrarse en la sustancia, los hechos o los datos, sirve para escribir el manual de una lavadora o los estatutos de una sociedad deportiva, pero no para una obra literaria. Por el contrario, salir a comprar el pan y contarlo puede convertirse en una lectura subyugante.
Iba yo a comprar el pan y en el portal me he cruzado con Luis, el vecino del tercero, que volvía del paseo matutino con su perro Tobi. Tobi es un prodigio de vida perruna, tiene más de veinte años. Luis lo compró, siendo un cachorro, a una familia romaní que pasaba de gira con su espectáculo de la cabra, la escalera y la trompeta.
Es curioso que el hijo mayor, inductor de aquella compra cuando era niño, sea ahora calderero soldador; una profesión tan cercana a los quincalleros nómadas que recorrían antes los pueblos vendiendo y reparando pucheros. Tobi es un perro pacífico que nunca ladra; si coincidimos en el ascensor me dirige una mirada serena y desinteresada digna de la mejor tradición estoica.
martes, 19 de mayo de 2026
Wishful thinking
La tentación de dar consejos. La voluntad de morderse la lengua. El término medio es una delgada línea roja, hay que ser funámbulo para caminar sobre ella; alcánzame esa pértiga. La aspereza de la vida. Las salidas de emergencia. A este estilo entrecortado lo llamaría escritura telegráfica, es como si me cobraran por palabra.
La primera regla de los seres vivos es adaptarse al entorno. Cada uno lo hace a su manera, pero tampoco hay tantas. El día que nada cambie será porque el tiempo se habrá detenido, cosa que hasta ahora no ha pasado. A partir de cierta edad, y cuanto más temprana mejor, hay que interiorizar la idea y asumir que ayer fue otro día.
Ante cada nueva circunstancia hay que poner a cero el contador, no darle más vueltas a lo que pudo ser —fuera lamentaciones— y concentrarse en lo que es. Hay que ser estoico, o simularlo, que es lo más parecido. Hay que hacerlo todo “con alegría y humildad”, como decía, medio en broma, un conocido que lo había aprendido en la catequesis; y lo gordo es que tenía razón.
Se te cae un vaso y estalla en mil pedazos… pues hay que recogerlos. El vaso ha dejado de existir, no te quejes ni busques excusas y deja que tu gps recalcule la ruta. Piensa que la próxima vez tienes que agarrarlo mejor, asumiendo que te descuidarás y se te volverá a caer.
Así con todo, con esa molestia en la rodilla, con el cambio climático, con la estupidez humana (la tuya y la mía incluidas). Lo bueno de la vida es vivir, lo malo todo lo demás. Lo importante, ahora y siempre, es estar cómodos, rehacerse y seguir adelante. Hay que adaptarse al paso del tiempo y, cuando llega el momento, a la muerte de los seres queridos. De la tuya no te preocupes; ya verás, ni te vas a enterar.
La primera regla de los seres vivos es adaptarse al entorno. Cada uno lo hace a su manera, pero tampoco hay tantas. El día que nada cambie será porque el tiempo se habrá detenido, cosa que hasta ahora no ha pasado. A partir de cierta edad, y cuanto más temprana mejor, hay que interiorizar la idea y asumir que ayer fue otro día.
Ante cada nueva circunstancia hay que poner a cero el contador, no darle más vueltas a lo que pudo ser —fuera lamentaciones— y concentrarse en lo que es. Hay que ser estoico, o simularlo, que es lo más parecido. Hay que hacerlo todo “con alegría y humildad”, como decía, medio en broma, un conocido que lo había aprendido en la catequesis; y lo gordo es que tenía razón.
Se te cae un vaso y estalla en mil pedazos… pues hay que recogerlos. El vaso ha dejado de existir, no te quejes ni busques excusas y deja que tu gps recalcule la ruta. Piensa que la próxima vez tienes que agarrarlo mejor, asumiendo que te descuidarás y se te volverá a caer.
Así con todo, con esa molestia en la rodilla, con el cambio climático, con la estupidez humana (la tuya y la mía incluidas). Lo bueno de la vida es vivir, lo malo todo lo demás. Lo importante, ahora y siempre, es estar cómodos, rehacerse y seguir adelante. Hay que adaptarse al paso del tiempo y, cuando llega el momento, a la muerte de los seres queridos. De la tuya no te preocupes; ya verás, ni te vas a enterar.
sábado, 16 de mayo de 2026
Algunos hombres buenos
“Esterno notte” (Exterior noche) es una buena serie italiana de seis capítulos que he visto un poco por casualidad. Trata del secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas en 1978. La política siempre ha sido convulsa en Italia,y no han faltado los episodios violentos, pero este de Moro es uno de los más dolorosos.
Como se refleja en la serie, dirigida por Marco Bellocchio, Aldo Moro era un hombre sencillo, católico sincero, tolerante, que nunca levantaba la voz. Cuando lo asesinaron acababa de negociar, como presidente de la Democracia Cristiana, un acuerdo con el Partido Comunista.
La víspera de su secuestro le vemos en un aula universitaria intentando dialogar con los que quieren boicotear su clase. Más tarde llega, ya de noche, a su casa, un piso de clase media sin lujo alguno. Su mujer está ya acostada y él mismo se prepara la cena, un par de huevos fritos que se come con pan.
Días después, por razones incomprensibles, miembros de las Brigadas Rojas lo matan a tiros y lo abandonan en el maletero de un Reanult en una calle de Roma. El señalado como ejecutor principal, por cierto, aún vive; tiene 80 años y está en libertad condicional. Es de suponer que se acordará cada día del ser humano al que arrebató el futuro.
Por desgracia, hechos como este se repiten periódicamente en uno u otro lugar del mundo. Hombres y mujeres buenos, con sus defectos y sus virtudes, que son abatidos a tiros por una causa que, si era justa, queda deslegitimada al instante. Viendo la serie me han venido a la cabeza los nombres de otros tres hombres buenos asesinados porque sí: Olof Palme, Fernando Buesa y Ernest Lluch. Pero ha habido tantos… Y también ha habido, y hay, quien justifica estas muertes y las hace aún más tristes. A mí me duelen.
Como se refleja en la serie, dirigida por Marco Bellocchio, Aldo Moro era un hombre sencillo, católico sincero, tolerante, que nunca levantaba la voz. Cuando lo asesinaron acababa de negociar, como presidente de la Democracia Cristiana, un acuerdo con el Partido Comunista.
La víspera de su secuestro le vemos en un aula universitaria intentando dialogar con los que quieren boicotear su clase. Más tarde llega, ya de noche, a su casa, un piso de clase media sin lujo alguno. Su mujer está ya acostada y él mismo se prepara la cena, un par de huevos fritos que se come con pan.
Días después, por razones incomprensibles, miembros de las Brigadas Rojas lo matan a tiros y lo abandonan en el maletero de un Reanult en una calle de Roma. El señalado como ejecutor principal, por cierto, aún vive; tiene 80 años y está en libertad condicional. Es de suponer que se acordará cada día del ser humano al que arrebató el futuro.
Por desgracia, hechos como este se repiten periódicamente en uno u otro lugar del mundo. Hombres y mujeres buenos, con sus defectos y sus virtudes, que son abatidos a tiros por una causa que, si era justa, queda deslegitimada al instante. Viendo la serie me han venido a la cabeza los nombres de otros tres hombres buenos asesinados porque sí: Olof Palme, Fernando Buesa y Ernest Lluch. Pero ha habido tantos… Y también ha habido, y hay, quien justifica estas muertes y las hace aún más tristes. A mí me duelen.
miércoles, 13 de mayo de 2026
Una imagen y 280 palabras
Según el dicho, una imagen vale más que mil palabras. Este es un pequeño experimento que tal vez nos aclare algo al respecto. Es primavera y esta es la vista que tengo, a través del ventanal, desde el rincón de la cafetería donde leo el periódico de vez en cuando. No es nada fuera de lo común, pero, en su sencillez, me ha reconfortado la mezcla de paisaje urbano y naturaleza, el verde y el azul intensos.
En primer plano, dos coches aparcados. A uno le he tachado la matrícula, por si las moscas. La calle es de dirección única y en ella paran, sobre todo, camiones y furgonetas de reparto. Al otro lado, lo que antes era una vía férrea está ahora invadida por una vegetación exuberante. Arriba, el cielo azul, con algunas nubes deshilachadas.
Entre medias un skyline de bolsillo formado por las fachadas ciegas de las casas. Si te fijas, se ven las ventanas de un patio interior y un solitario mástil con un par de antenas y una parábola. Arriba del todo, un poco hacia la derecha, la sorpresa de un OVNI, un objeto volador no identificado (o como se llaman ahora un FANI). No, no lo es. Es el reflejo de una de las lámparas de techo de la cafetería.
Serán la diez y la luz de la mañana incide desde la izquierda (estamos mirando al sur). En una hora, como mucho, el sol pegará en el ventanal (mío y nuestro a estas alturas) y el patrón —no había utilizado nunca la palabra en este sentido, pero suena bien— tendrá que bajar el toldo. Para entonces, lo más seguro es que ya me haya ido.
domingo, 10 de mayo de 2026
Jon Trollope
Jon Trollope baja del autobús y camina indeciso buscando con la mirada la entrada de Consultas Externas. Ve el letrero de lejos y se acerca con parsimonia. A unos metros de la puerta, hay una caseta —que le parece minúscula— de venta de lotería. No es jugador habitual, solo compra participaciones en Navidad; para compartir. Es lo que se ha hecho desde siempre en su familia.
Se ha quedado mirando el puesto, sorprendido. Qué paradoja, piensa, un vendedor de lotería a la entrada de un hospital. Todo es cuestión de suerte, parece sugerir; la lotería y la salud. Debe de haber un equilibrio cósmico, una regla estadística que impida que todo vaya bien o que todo vaya mal. Le puede ir mejor o peor en la consulta médica y para compensar le irá peor o mejor en la lotería; si compra un billete, claro. Y lo compra, como talismán.
No puede evitar frotarlo y besarlo, como un acto reflejo que repite lo que ha visto en alguna que otra película antigua de pícaros. Jon Trollope lleva un tiempo sintiéndose mal, o no del todo bien, y hoy tiene hora con el especialista. Recorre los pasillos hasta la consulta y antes de sentarse en la sala de espera pasa el boleto del bolsillo del pantalón al bolsillo interior de la chaqueta, para que no se arrugue.
Repasa con más atención el razonamiento que le ha llevado a comprarlo. En seguida se da cuenta de que se ha equivocado. Nada que objetar a que las molestias que siente acaben en nada y el número no salga premiado; pero, si apostamos a todo o nada, en el caso de que la dolencia resulte mortal y le toque el gordo de la lotería, ¿en qué saldría ganando? En nada. Puestos a elucubrar, y pese a todo, se le dibuja una sonrisa imaginando su cuerpo inerte en la funeraria, vestido con esta misma chaqueta, con el billete de lotería premiado perfectamente planchado junto al pecho.
Se ha quedado mirando el puesto, sorprendido. Qué paradoja, piensa, un vendedor de lotería a la entrada de un hospital. Todo es cuestión de suerte, parece sugerir; la lotería y la salud. Debe de haber un equilibrio cósmico, una regla estadística que impida que todo vaya bien o que todo vaya mal. Le puede ir mejor o peor en la consulta médica y para compensar le irá peor o mejor en la lotería; si compra un billete, claro. Y lo compra, como talismán.
No puede evitar frotarlo y besarlo, como un acto reflejo que repite lo que ha visto en alguna que otra película antigua de pícaros. Jon Trollope lleva un tiempo sintiéndose mal, o no del todo bien, y hoy tiene hora con el especialista. Recorre los pasillos hasta la consulta y antes de sentarse en la sala de espera pasa el boleto del bolsillo del pantalón al bolsillo interior de la chaqueta, para que no se arrugue.
Repasa con más atención el razonamiento que le ha llevado a comprarlo. En seguida se da cuenta de que se ha equivocado. Nada que objetar a que las molestias que siente acaben en nada y el número no salga premiado; pero, si apostamos a todo o nada, en el caso de que la dolencia resulte mortal y le toque el gordo de la lotería, ¿en qué saldría ganando? En nada. Puestos a elucubrar, y pese a todo, se le dibuja una sonrisa imaginando su cuerpo inerte en la funeraria, vestido con esta misma chaqueta, con el billete de lotería premiado perfectamente planchado junto al pecho.
jueves, 7 de mayo de 2026
Miedo a lo desconocido
El miedo siempre está con nosotros, como seres mortales que somos. Tenemos miedo a la muerte y, mientras llega esta, también a la vida. ¿El miedo nace o se hace? Serán las dos cosas; por un lado, la aprensión por lo desconocido y por otro, las inseguridades de los adultos que son contagiosas.
De pequeño me daban miedo la oscuridad y los cementerios (aparte de todo lo demás). Si lo pienso bien, me siguen dando, pero menos. Que un muerto se me aparezca sería, en el fondo, una buena noticia. Sería la prueba de que hay algo más allá, que no creo (qué le voy a hacer y que más quisiera yo).
Algunos, entre los que quizá me encuentre, tienen miedo a todo lo que se salga de su pequeño mundo, a todo lo que les haga cambiar el paso. Luego casi siempre resulta que esos temores eran infundados.
Pensando en esto del miedo, acabo de caer en la cuenta de que cuando aquello que temíamos se hace realidad —como suele suceder por simple estadística— lo habitual es que en ese mismo momento dejemos de tener miedo, porque ya no es algo desconocido, porque ya lo vemos y lo experimentamos y el sentimiento que nos genere será otro: alivio, dolor, pena, resignación, indiferencia, coraje... nómbralo tú mismo.
Y una sospecha complementaria: cuando entiendo algo, lo más seguro, —y me hace gracia— es que en realidad no lo entienda; que solo sea una explicación que me fabrico a mi medida. Y es que todo lo referente al miedo, por ejemplo, está rumiado, razonado, filosofado y regurgitado mil veces antes y esto que escribo no es más que un poco de literatura para pasar el rato.
De pequeño me daban miedo la oscuridad y los cementerios (aparte de todo lo demás). Si lo pienso bien, me siguen dando, pero menos. Que un muerto se me aparezca sería, en el fondo, una buena noticia. Sería la prueba de que hay algo más allá, que no creo (qué le voy a hacer y que más quisiera yo).
Algunos, entre los que quizá me encuentre, tienen miedo a todo lo que se salga de su pequeño mundo, a todo lo que les haga cambiar el paso. Luego casi siempre resulta que esos temores eran infundados.
Pensando en esto del miedo, acabo de caer en la cuenta de que cuando aquello que temíamos se hace realidad —como suele suceder por simple estadística— lo habitual es que en ese mismo momento dejemos de tener miedo, porque ya no es algo desconocido, porque ya lo vemos y lo experimentamos y el sentimiento que nos genere será otro: alivio, dolor, pena, resignación, indiferencia, coraje... nómbralo tú mismo.
Y una sospecha complementaria: cuando entiendo algo, lo más seguro, —y me hace gracia— es que en realidad no lo entienda; que solo sea una explicación que me fabrico a mi medida. Y es que todo lo referente al miedo, por ejemplo, está rumiado, razonado, filosofado y regurgitado mil veces antes y esto que escribo no es más que un poco de literatura para pasar el rato.
lunes, 4 de mayo de 2026
Borges y los vascos (y 3)
Más anotaciones del libro "Borges" de Adolfo Bioy Casares.
1960. Comparando las letras francesas, inglesas y alemanas, dice Borges: Es claro que la gente no da importancia a los méritos intelectuales, sólo cuentan los morales: por eso tienen prestigio los vascos. Esto no deja de ser un elogio en toda regla: los méritos morales de los vascos, casi nada.
1966. Borges cuenta una anécdota de un uruguayo visitado por franceses: Fue aquél un momento incómodo para las señoritas de la casa y para el señor, que en épocas pretéritas había sido degollador en las tropas de Oribe… Los más temibles degolladores de Oribe eran vascos. Los vascos de Oribe: uno oía eso y echaba a temblar. Inquietante anécdota sobre una reprobable ferocidad.
1969. DI GIOVANNI: «¿A quiénes quieren o admiran en la Argentina?». BORGES: «A nadie». BIOY: «Yo creo que a los vascos». Borges se ríe y dice que, increíblemente, así es. Bioy ya había expresado antes, en este libro, la idea de que los argentinos, y posiblemente también los chilenos, admiran a los vascos. Borges, aunque reconoce que es así, no acaba de encontrar un motivo.
Y la última alusión, de 1970: sobre el conflicto entre los separatistas vascos y Franco, comenta: «Que los dos se jodan». Contundente.
1960. Comparando las letras francesas, inglesas y alemanas, dice Borges: Es claro que la gente no da importancia a los méritos intelectuales, sólo cuentan los morales: por eso tienen prestigio los vascos. Esto no deja de ser un elogio en toda regla: los méritos morales de los vascos, casi nada.
1966. Borges cuenta una anécdota de un uruguayo visitado por franceses: Fue aquél un momento incómodo para las señoritas de la casa y para el señor, que en épocas pretéritas había sido degollador en las tropas de Oribe… Los más temibles degolladores de Oribe eran vascos. Los vascos de Oribe: uno oía eso y echaba a temblar. Inquietante anécdota sobre una reprobable ferocidad.
1969. DI GIOVANNI: «¿A quiénes quieren o admiran en la Argentina?». BORGES: «A nadie». BIOY: «Yo creo que a los vascos». Borges se ríe y dice que, increíblemente, así es. Bioy ya había expresado antes, en este libro, la idea de que los argentinos, y posiblemente también los chilenos, admiran a los vascos. Borges, aunque reconoce que es así, no acaba de encontrar un motivo.
Y la última alusión, de 1970: sobre el conflicto entre los separatistas vascos y Franco, comenta: «Que los dos se jodan». Contundente.
viernes, 1 de mayo de 2026
Borges y los vascos (2)
Del libro “Borges” de Adolfo Bioy Casares:
1957. Martes, 18 de junio. Come en casa Borges. Hablando del idioma vasco, comenta: «Qué raro ese idioma, tan antiguo y con tan pocas palabras. Para decir “árbol” dicen “arbola”». Parece evidente que lo decía por el “Gernikako arbola” de Iparraguirre. Sin embargo, ya en el “Gero” de Axular, siglo XVII, aparecía la palabra zuhaitz para decir “árbol”.
1957. De un tal Erro (seguramente Carlos Alberto Erro) dice: Cuando le conviene también es patriota vasco. Todos tenemos algo de sangre vasca, pero no somos tan profesionalmente vascos como Erro. Es curioso ese “todos”. La frase suena a cierto orgullo, sin pasarse, de tener esa procedencia.
1960. BIOY: «¿Qué dieron los vascos a la civilización?». BORGES: «Baroja, Unamuno, algún mal pintor, algunos políticos, como Zumalacárregui. Qué raro que Góngora y Argote sea andaluz, que esos dos nombres no sean vascos. Qué lindo suena Pío Baroja: suave el primero, duro el segundo». Añade que él es de ascendencia portuguesa, inglesa y vasca. Algo dieron los vascos a la civilización después de todo. Y por cierto, esos dos apellidos, Góngora y Argote, sí que son de origen vasco.
1957. Martes, 18 de junio. Come en casa Borges. Hablando del idioma vasco, comenta: «Qué raro ese idioma, tan antiguo y con tan pocas palabras. Para decir “árbol” dicen “arbola”». Parece evidente que lo decía por el “Gernikako arbola” de Iparraguirre. Sin embargo, ya en el “Gero” de Axular, siglo XVII, aparecía la palabra zuhaitz para decir “árbol”.
1957. De un tal Erro (seguramente Carlos Alberto Erro) dice: Cuando le conviene también es patriota vasco. Todos tenemos algo de sangre vasca, pero no somos tan profesionalmente vascos como Erro. Es curioso ese “todos”. La frase suena a cierto orgullo, sin pasarse, de tener esa procedencia.
1960. BIOY: «¿Qué dieron los vascos a la civilización?». BORGES: «Baroja, Unamuno, algún mal pintor, algunos políticos, como Zumalacárregui. Qué raro que Góngora y Argote sea andaluz, que esos dos nombres no sean vascos. Qué lindo suena Pío Baroja: suave el primero, duro el segundo». Añade que él es de ascendencia portuguesa, inglesa y vasca. Algo dieron los vascos a la civilización después de todo. Y por cierto, esos dos apellidos, Góngora y Argote, sí que son de origen vasco.
martes, 28 de abril de 2026
Borges y los vascos (1)
Leyendo la crítica de una novela del argentino Martín Caparrós me salta a la vista esta frase: “el golpe del 30, cuando Uriburu derrocó a Yrigoyen”. No tenía ni idea de quienes eran estos dos, pero en cualquier caso ambos descendían de vascos.
En Argentina, según Google, el 10 por ciento de la población tiene ascendencia vasca. También la tenía, lo mencionó él mismo varias veces, Jorge Luis Borges. Sin embargo, a lo largo de su vida echó pestes de los vascos. Pero no siempre, no hay que descartar que lo hiciera de cara a la galería, como parte del personaje que todos tenemos para relacionarnos con el mundo.
Ese año de 1930 Borges, que estaba a punto de eclosionar como genio de la literatura, conoció a un escritor de solo 17 años con el que más tarde forjaría una gran amistad. Se llamaba, seguramente ya lo has adivinado, Adolfo Bioy Casares. Juntos publicaron muchos textos y, además, a partir de 1947, y hasta la muerte de Borges en 1986, Bioy llevó un diario en el que reflejaba lo que se decía en sus encuentros.
En Argentina, según Google, el 10 por ciento de la población tiene ascendencia vasca. También la tenía, lo mencionó él mismo varias veces, Jorge Luis Borges. Sin embargo, a lo largo de su vida echó pestes de los vascos. Pero no siempre, no hay que descartar que lo hiciera de cara a la galería, como parte del personaje que todos tenemos para relacionarnos con el mundo.
Ese año de 1930 Borges, que estaba a punto de eclosionar como genio de la literatura, conoció a un escritor de solo 17 años con el que más tarde forjaría una gran amistad. Se llamaba, seguramente ya lo has adivinado, Adolfo Bioy Casares. Juntos publicaron muchos textos y, además, a partir de 1947, y hasta la muerte de Borges en 1986, Bioy llevó un diario en el que reflejaba lo que se decía en sus encuentros.
De ahí salió el libro titulado “Borges”. Tiene su gracia que una y otra vez inicie las anotaciones con la frase “Come en casa Borges”. En sus muchas páginas se menciona varias veces a los vascos. Estos comentarios, hechos por Borges en su vida privada, pueden dar una idea más auténtica de lo que pensaba de los vascos, aunque está claro que tampoco era un tema que le obsesionase.
sábado, 25 de abril de 2026
Waterloo
Otra canción de viejo aficionado a la música pop: My, my / at Waterloo / Napoleon did surrender; me aprendí este comienzo. La letra, según he ido sabiendo, se refiere en realidad a una relación amorosa, al fracaso o al triunfo, porque no sé si se trata de una cosa o de la otra; no sé si se está rindiendo al amor o es el amor el que está fracasando; en fin, la típica canción de amor o desamor, que parecido da.
El acierto de esa letra es meter por medio la batalla de Waterloo y a Napoleón. La reminiscencia del encuentro entre miles de soldados que pugnaron por matar a los de enfrente hace más atractiva la canción debido a esa interpretación errónea de la guerra que nos hemos metido en la cabeza desde que Caín mató a Abel.
Waterloo, donde la vieja guardia no se rindió, o eso dice la leyenda, pero Napoleón salió derrotado. Un brillo romántico incomprensible puestos a pensarlo. Pero no nos ponemos y lo que se nos pone un poco es la piel de gallina con el comienzo de la canción y el restallar de las voces y la base rítmica que nos recuerdan a los cañones en Waterloo, donde Napoleón (napolion) se tuvo que rendir (did surrender), qué emoción.
Claro que todo esto de la letra es importante pero accesorio si lo comparamos con la fuerza de la música, la belleza de las voces y de las chicas; incluso de los chicos, supongo. Mi mejor canción de todos los tiempos de Eurovisión es Waterloo del grupo Abba. Pero bueno, no soy fiable, no soy fan del festival, no puedo con su presunto glamur ni escucho las canciones, puede que solo sea nostalgia.
El acierto de esa letra es meter por medio la batalla de Waterloo y a Napoleón. La reminiscencia del encuentro entre miles de soldados que pugnaron por matar a los de enfrente hace más atractiva la canción debido a esa interpretación errónea de la guerra que nos hemos metido en la cabeza desde que Caín mató a Abel.
Waterloo, donde la vieja guardia no se rindió, o eso dice la leyenda, pero Napoleón salió derrotado. Un brillo romántico incomprensible puestos a pensarlo. Pero no nos ponemos y lo que se nos pone un poco es la piel de gallina con el comienzo de la canción y el restallar de las voces y la base rítmica que nos recuerdan a los cañones en Waterloo, donde Napoleón (napolion) se tuvo que rendir (did surrender), qué emoción.
Claro que todo esto de la letra es importante pero accesorio si lo comparamos con la fuerza de la música, la belleza de las voces y de las chicas; incluso de los chicos, supongo. Mi mejor canción de todos los tiempos de Eurovisión es Waterloo del grupo Abba. Pero bueno, no soy fiable, no soy fan del festival, no puedo con su presunto glamur ni escucho las canciones, puede que solo sea nostalgia.
miércoles, 22 de abril de 2026
Querer y ser querido
Lo que mejor se le da al ser humano, en general, —y con diferencia— es ser querido. Mucho mejor que querer, me parece. Igual lo digo influido por el caso más cercano que conozco —el mío— y la gente es más generosa de lo que parece. Podía haber escrito, amar y ser amados, pero soy reacio a la palabra amor, me suena a ficción, a sucesos lejanos, a encuentros en la tercera fase que solo conozco por las películas.
Prefiero la no-ficción, la realidad de querer y ser querido. Lo que no sé es cuál es en la no-ficción la palabra correspondiente al “amor” de la ficción. Apego, afecto, estima; la que más me gusta, sin acabar de convencerme del todo, es cariño. El cariño, o el apego o el afecto, es la argamasa que cohesiona las pequeñas comunidades humanas. Falta por descubrir qué es lo que necesitaríamos para que las distintas sociedades, culturas, como queramos llamarlas, se encariñen entre sí y se acaben las guerras.
Por motivos misteriosos, o evidentes —según lo mires— los lazos más fuertes entre humanos son los familiares. Cuando toca odiarse también. En todo caso siempre se trata de corrientes alternas, de doble dirección; querer y ser querido (odiar y ser odiado).
Lo llevamos en el ADN, el afecto mutuo, la necesidad de los demás. Para que te quieran tienes que querer —se supone— y más de uno ha dicho que, en esta vida, haber amado es suficiente para morir tranquilo, satisfecho de haber cumplido. Es curioso que la frase que sepa decir en más idiomas sea “te quiero”: te quiero, I love you, je t’aime, t’estimo, ti amo, maite zaitut. Seis, no está mal; y sí, de acuerdo, seguramente debería haber escrito “te amo”, será una manía.
Prefiero la no-ficción, la realidad de querer y ser querido. Lo que no sé es cuál es en la no-ficción la palabra correspondiente al “amor” de la ficción. Apego, afecto, estima; la que más me gusta, sin acabar de convencerme del todo, es cariño. El cariño, o el apego o el afecto, es la argamasa que cohesiona las pequeñas comunidades humanas. Falta por descubrir qué es lo que necesitaríamos para que las distintas sociedades, culturas, como queramos llamarlas, se encariñen entre sí y se acaben las guerras.
Por motivos misteriosos, o evidentes —según lo mires— los lazos más fuertes entre humanos son los familiares. Cuando toca odiarse también. En todo caso siempre se trata de corrientes alternas, de doble dirección; querer y ser querido (odiar y ser odiado).
Lo llevamos en el ADN, el afecto mutuo, la necesidad de los demás. Para que te quieran tienes que querer —se supone— y más de uno ha dicho que, en esta vida, haber amado es suficiente para morir tranquilo, satisfecho de haber cumplido. Es curioso que la frase que sepa decir en más idiomas sea “te quiero”: te quiero, I love you, je t’aime, t’estimo, ti amo, maite zaitut. Seis, no está mal; y sí, de acuerdo, seguramente debería haber escrito “te amo”, será una manía.
domingo, 19 de abril de 2026
Calada
Oído en una película: “Una relación auténtica es aquella en la que puedes ser también infeliz”. Tiene sentido, no se puede ser feliz todo el tiempo y cuando toca infelicidad que por lo menos no te abandone el desodorante, digo la persona que se queda a tu lado cuando se apagan los focos.
En la misma película, está fumando el hombre en la cama y la mujer le dice: give me a drag. Explicaciones, se trata de la pareja protagonista, la que aspira a ser infelices juntos, o aspirará, porque esto pasa antes. Segunda explicación, give me a drag le dice, después de hacer lo que hicieran en la cama, porque estoy viendo la película en inglés y subtitulada en inglés (si no, no me entero bien).
El traductor simultáneo en mi cerebro me apunta: “dame una calada”. ¿Hacía cuanto tiempo que no aparecía la palabra “calada” en mi vida? Años, lustros, décadas tal vez. En parte por la caída en desgracia del tabaco y porque no tengo trato cercano con gente fumadora. Tenía un amigo, no fumador, que se casó con una fumadora que ahora está viuda.... Me limito a los hechos.
Dar una “calada” es aspirar el humo de un cigarro o puro. Del verbo calar, pero no recuerdo haber oído nunca “calar un cigarrillo”. Se me ocurren otras tres acepciones, calar por darse cuenta de algo, “le calé a la primera”, calar por empapar, “llegué calado hasta los huesos” o calar por encasquetar, “se caló la gorra”, o el sombrero.
Conclusión, esta es mi lengua materna, el castellano (o español); ejemplo y demostración con calar, calado, calarse, calada. En cambio, de la palabra inglesa drag no estoy seguro de nada. Creo que significa “arrastrar”, “tirar de”, incluido este tirar del cigarrillo, “dame una tirada”, give me a drag. Podrá significar más cosas, seguro. Y luego, sí, claro, conozco el término drag queen, que viene (esto lo he mirado) de arrastrar por el suelo de un escenario un traje glamuroso.
En la misma película, está fumando el hombre en la cama y la mujer le dice: give me a drag. Explicaciones, se trata de la pareja protagonista, la que aspira a ser infelices juntos, o aspirará, porque esto pasa antes. Segunda explicación, give me a drag le dice, después de hacer lo que hicieran en la cama, porque estoy viendo la película en inglés y subtitulada en inglés (si no, no me entero bien).
El traductor simultáneo en mi cerebro me apunta: “dame una calada”. ¿Hacía cuanto tiempo que no aparecía la palabra “calada” en mi vida? Años, lustros, décadas tal vez. En parte por la caída en desgracia del tabaco y porque no tengo trato cercano con gente fumadora. Tenía un amigo, no fumador, que se casó con una fumadora que ahora está viuda.... Me limito a los hechos.
Dar una “calada” es aspirar el humo de un cigarro o puro. Del verbo calar, pero no recuerdo haber oído nunca “calar un cigarrillo”. Se me ocurren otras tres acepciones, calar por darse cuenta de algo, “le calé a la primera”, calar por empapar, “llegué calado hasta los huesos” o calar por encasquetar, “se caló la gorra”, o el sombrero.
Conclusión, esta es mi lengua materna, el castellano (o español); ejemplo y demostración con calar, calado, calarse, calada. En cambio, de la palabra inglesa drag no estoy seguro de nada. Creo que significa “arrastrar”, “tirar de”, incluido este tirar del cigarrillo, “dame una tirada”, give me a drag. Podrá significar más cosas, seguro. Y luego, sí, claro, conozco el término drag queen, que viene (esto lo he mirado) de arrastrar por el suelo de un escenario un traje glamuroso.
jueves, 16 de abril de 2026
Incidente en OK Corral
La buena literatura también es filosofía para dummies. En la película danesa “Ordet”, “La palabra”, de 1955 —el año en que nací— Johanes, el hijo mediano, se cree Jesucristo desde que enloquece estudiando a Kierkegaard. La filosofía pura y dura no es para cualquiera, cuidado con ella. Otra cosa es si la rebajamos con ficción.
Fue Coleridge, el poeta inglés, el que habló de la suspensión de la incredulidad. Es el mecanismo psicológico que nos sirve para disfrutar de una novela a sabiendas de que lo narrado es falso o inverosímil. ¿Cómo leer, si no, “Alicia en el País de las Maravillas”? Ahora que han nombrado presidente al Sombrerero Loco y no hay forma de distinguir ficción y no-ficción, lo conveniente es suspender la incredulidad siempre.
Un taller de escritura es como un refugio para animales heridos. Un sitio adonde llevar a una garza con un ala rota. Digo garza porque vi una el otro día en el río, rodeada de patos, con aire de estar preguntándose, ¿qué hago aquí? La garza podría escribir con una de sus propias plumas y un letraherido recurrir al taller como terapia o como bombona de oxígeno para respirar en la credibilidad viciada de nuestra época.
En su último libro, Emmanuel Carrère recuerda una cita de Françoise Sagan, escritora que por cierto publicó su primera novela, “Buenos días, tristeza”, a los dieciocho años. Dice, la cita, que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que para la primera hay injusticias y es inevitable, y para la segunda hay injusticias y es insoportable.
Entre esas injusticias está la discriminación inmemorial de la mujer y la insoportabilidad que se deriva es la que hace que, de vez en cuando, alguna valiente coja su AK-47 dialéctico y dispare contra todo ente masculino que se ponga a tiro; inocentes, o casi inocentes, incluidos.
Fue Coleridge, el poeta inglés, el que habló de la suspensión de la incredulidad. Es el mecanismo psicológico que nos sirve para disfrutar de una novela a sabiendas de que lo narrado es falso o inverosímil. ¿Cómo leer, si no, “Alicia en el País de las Maravillas”? Ahora que han nombrado presidente al Sombrerero Loco y no hay forma de distinguir ficción y no-ficción, lo conveniente es suspender la incredulidad siempre.
Un taller de escritura es como un refugio para animales heridos. Un sitio adonde llevar a una garza con un ala rota. Digo garza porque vi una el otro día en el río, rodeada de patos, con aire de estar preguntándose, ¿qué hago aquí? La garza podría escribir con una de sus propias plumas y un letraherido recurrir al taller como terapia o como bombona de oxígeno para respirar en la credibilidad viciada de nuestra época.
En su último libro, Emmanuel Carrère recuerda una cita de Françoise Sagan, escritora que por cierto publicó su primera novela, “Buenos días, tristeza”, a los dieciocho años. Dice, la cita, que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que para la primera hay injusticias y es inevitable, y para la segunda hay injusticias y es insoportable.
Entre esas injusticias está la discriminación inmemorial de la mujer y la insoportabilidad que se deriva es la que hace que, de vez en cuando, alguna valiente coja su AK-47 dialéctico y dispare contra todo ente masculino que se ponga a tiro; inocentes, o casi inocentes, incluidos.
lunes, 13 de abril de 2026
Dedicatorias (y 2)
En 2008, por desgracia, murió Pat. Julian Barnes le dedicó, también, sus siguientes seis libros, entre 2011 y 2016; pero con un cambio, el “To Pat” se convirtió en “For Pat”. Lo que va de la vida a la muerte, según parece.
Curioso fue también el caso de la novela, de 2018, The Only Love con la dedicatoria “To Hermione”. Se refiere a Hermione Lee, amiga y colaboradora de muchos años. Pero hay otro detalle a tener en cuenta, esta novela está inspirada en la historia de amor con una mujer mayor que vivió el propio Barnes en su juventud, aquella Laurien Wade.
Ese mismo año de 2018 comenzó su relación con Rachel Cugnoni, aunque se conocían de mucho antes. Más curiosidades Pat le llevaba 6 años a Julian y Julian le lleva 18 a Rachel, así es la vida. Las dos siguiente obras, 2018 y 2022, van para Rachel, “To Rachel”. Y llegamos a Departure(s) el libro de despedida de Barnes, cumplidos los 80. Esta última dedicatoria es la que me ha empujado a “investigar” todo esto; dice, enigmáticamente, “Racheleli”.
Al primer golpe de vista me pareció, cosa que parece imposible, que estaba escrita en euskera, “a Rachel”, su actual esposa, ya que se casaron en secreto el año pasado (aunque en el libro cuando escribe “esposa” se refiere siempre a Pat, la primera). Pero, en todo caso, en euskera ese “A Rachel” sería Racheli no Racheleli. No he conseguido averiguar el sentido de esta palabra, que puede ser un acrónimo. Parece que el propio Barnes no ha dicho nada específico al respecto; ni se lo han debido de preguntar, de momento.
Curioso fue también el caso de la novela, de 2018, The Only Love con la dedicatoria “To Hermione”. Se refiere a Hermione Lee, amiga y colaboradora de muchos años. Pero hay otro detalle a tener en cuenta, esta novela está inspirada en la historia de amor con una mujer mayor que vivió el propio Barnes en su juventud, aquella Laurien Wade.
Ese mismo año de 2018 comenzó su relación con Rachel Cugnoni, aunque se conocían de mucho antes. Más curiosidades Pat le llevaba 6 años a Julian y Julian le lleva 18 a Rachel, así es la vida. Las dos siguiente obras, 2018 y 2022, van para Rachel, “To Rachel”. Y llegamos a Departure(s) el libro de despedida de Barnes, cumplidos los 80. Esta última dedicatoria es la que me ha empujado a “investigar” todo esto; dice, enigmáticamente, “Racheleli”.
Al primer golpe de vista me pareció, cosa que parece imposible, que estaba escrita en euskera, “a Rachel”, su actual esposa, ya que se casaron en secreto el año pasado (aunque en el libro cuando escribe “esposa” se refiere siempre a Pat, la primera). Pero, en todo caso, en euskera ese “A Rachel” sería Racheli no Racheleli. No he conseguido averiguar el sentido de esta palabra, que puede ser un acrónimo. Parece que el propio Barnes no ha dicho nada específico al respecto; ni se lo han debido de preguntar, de momento.
viernes, 10 de abril de 2026
Dedicatorias (1)
Si no me equivoco, el escritor inglés Julian Barnes conoció a Pat Kavanagh en 1978, en un encuentro literario en la agencia en la que ella trabajaba. El día siguiente le mandó una nota para quedar y un año más tarde se casaron. Sin embargo, su primera novela, Metroland, publicada en 1980, está dedicada a Laurien Wade, una mujer mucho mayor que él con la que había tenido una relación amorosa años atrás.
Barnes ha publicado 27 libros con su nombre y otros 4 con el pseudónimo de Dan Kavanagh (precisamente). La primera de estas cuatro novelas policiacas se la dedicó ya a su esposa y agente literaria, “to Pat Kavanagh”, las otras a tres matrimonios amigos, entre ellos el del escritor Martin Amis, con el que más tarde se enfadaría.
Los siguientes 15 libros, publicados a lo largo de 26 años, se los dedicó casi todos a su mujer, con un escueto “To Pat”, menos The Pedant in the Kitchen que luce la curiosa dedicatoria “For She Whom”, o sea, for she whom the pedant cooks (para la que cocina el perfeccionista), que era Pat, como es lógico. Caso especial es el de Staring at the sun, que del inicial “to Pat” pasó, a la muerte de su editora americana, a “To the memory of Frances Lindley 1911 – 1987”.
Hay otras tres excepciones: el libro recopilatorio de artículos periodísticos Letters from London, dedicado al novelista Jay McInerney y su mujer; la novela The Porcupine (parábola sobre el paso del comunismo a la democracia), a su traductora búlgara, “To Dimitrina”, y el libro de ensayos sobre Francia Something to declare, que dedicó a sus padres, ya fallecidos, que habían sido profesores de francés.
Barnes ha publicado 27 libros con su nombre y otros 4 con el pseudónimo de Dan Kavanagh (precisamente). La primera de estas cuatro novelas policiacas se la dedicó ya a su esposa y agente literaria, “to Pat Kavanagh”, las otras a tres matrimonios amigos, entre ellos el del escritor Martin Amis, con el que más tarde se enfadaría.
Los siguientes 15 libros, publicados a lo largo de 26 años, se los dedicó casi todos a su mujer, con un escueto “To Pat”, menos The Pedant in the Kitchen que luce la curiosa dedicatoria “For She Whom”, o sea, for she whom the pedant cooks (para la que cocina el perfeccionista), que era Pat, como es lógico. Caso especial es el de Staring at the sun, que del inicial “to Pat” pasó, a la muerte de su editora americana, a “To the memory of Frances Lindley 1911 – 1987”.
Hay otras tres excepciones: el libro recopilatorio de artículos periodísticos Letters from London, dedicado al novelista Jay McInerney y su mujer; la novela The Porcupine (parábola sobre el paso del comunismo a la democracia), a su traductora búlgara, “To Dimitrina”, y el libro de ensayos sobre Francia Something to declare, que dedicó a sus padres, ya fallecidos, que habían sido profesores de francés.
martes, 7 de abril de 2026
Para la más bonita
He pasado por las huertas que alquila el ayuntamiento a los vecinos para que puedan dedicarse a cultivar sus propias verduras y, de paso, a sí mismos, en el sentido de crecer como personas. Cuidar una huerta es una de las mejores cosas que se puedan hacer como ocio, e incluso como negocio, aunque en este segundo caso tiene la desventaja de que no suele dar para vivir. Lo digo a nivel teórico porque nunca me he dedicado a ello.
En toda mi vida, las huertas solo las he mirado desde fuera; por varias razones: no se ha dado el caso, mi falta de pericia para las tareas manuales, el hecho conocido de que las semillas hay que plantarlas en la cota cero, agachándose, y también, lo confieso, por vagancia o pereza.
Solo había una persona deambulando entre los surcos, por la hora y porque no debe de ser época de muchas labores. Pero al otro lado de la carretera en un trozo de pared, entre una casa y una puerta metálica, he visto encajada, en dos renglones, esta pintada: Pa la más bonita de la huerta / mutxos muxus y ke no se akabe. Así, en este estilo desenfadado y coloquial. Muxu, para quien no lo sepa, es “beso” en euskera, o más exactamente una forma cariñosa de decirlo, algo así como “besito”.
La pintada me ha gustado, me ha parecido un soplo de aire fresco en este tiempo del teléfono móvil que todo lo contamina. He imaginado a la chica, la más bonita, plantando, regando, abonando, podando y recogiendo; y al chico que le escribe una declaración de amor con besos y ese deseo melancólico de que no se acabe, porque en su fuero interno es consciente de que tarde o temprano se acabará.
En toda mi vida, las huertas solo las he mirado desde fuera; por varias razones: no se ha dado el caso, mi falta de pericia para las tareas manuales, el hecho conocido de que las semillas hay que plantarlas en la cota cero, agachándose, y también, lo confieso, por vagancia o pereza.
Solo había una persona deambulando entre los surcos, por la hora y porque no debe de ser época de muchas labores. Pero al otro lado de la carretera en un trozo de pared, entre una casa y una puerta metálica, he visto encajada, en dos renglones, esta pintada: Pa la más bonita de la huerta / mutxos muxus y ke no se akabe. Así, en este estilo desenfadado y coloquial. Muxu, para quien no lo sepa, es “beso” en euskera, o más exactamente una forma cariñosa de decirlo, algo así como “besito”.
La pintada me ha gustado, me ha parecido un soplo de aire fresco en este tiempo del teléfono móvil que todo lo contamina. He imaginado a la chica, la más bonita, plantando, regando, abonando, podando y recogiendo; y al chico que le escribe una declaración de amor con besos y ese deseo melancólico de que no se acabe, porque en su fuero interno es consciente de que tarde o temprano se acabará.
sábado, 4 de abril de 2026
Conticinio
El conticinio es la hora de la noche en la que todo está en silencio. Un silencio que siempre es el mismo, y es eterno, como la oscuridad. Silencio y oscuridad es lo que hubo en el principio, antes del verbo, y lo que puede que quede al final, cuando todo el pescado esté vendido.
Esta palabra, conticinio, que ya conocía —lo juro—, y que me ha vuelto a salir al paso, tiene su misterio. Me suena a almuerzo, a sinónimo de colación pero no tiene nada que ver. Tal como aparenta, viene del latín. Por cierto que Julio César prohibió que los carros circularan de día por las callejuelas de Roma, por los atascos. Todo el movimiento de mercancías tuvo que hacerse de noche; estorbando, sobre todo, el descanso de los sufridos habitantes de la Subura, el populoso barrio de los romanos más pobres; y cargándose el conticinio, Julio, no sé si fuiste consciente.
Difícil la supervivencia del conticinio, esa calma de la noche que solo tiene gracia en verano, cuando no hace frío. Sensu stricto, casi todo rompe el conticinio, más en nuestras sociedades urbanas. Pero la idea tranquiliza, la paz del mundo que duerme.
Es mi deseo que un grillo, el rumor del agua, el aleteo de las hojas en la brisa o los latidos del corazón no deshagan el hechizo del conticinio. Decidido; no exageremos con el silencio, el silencio absoluto da miedo. El silencio relativo es más acogedor, este conticinio matizado se podría recetar para la ansiedad de fondo de la vida; mejor que la valeriana. Estoy masticando en exceso la palabra, pero el sabor no se va; conticinio, la gracia callada de la noche.
Esta palabra, conticinio, que ya conocía —lo juro—, y que me ha vuelto a salir al paso, tiene su misterio. Me suena a almuerzo, a sinónimo de colación pero no tiene nada que ver. Tal como aparenta, viene del latín. Por cierto que Julio César prohibió que los carros circularan de día por las callejuelas de Roma, por los atascos. Todo el movimiento de mercancías tuvo que hacerse de noche; estorbando, sobre todo, el descanso de los sufridos habitantes de la Subura, el populoso barrio de los romanos más pobres; y cargándose el conticinio, Julio, no sé si fuiste consciente.
Difícil la supervivencia del conticinio, esa calma de la noche que solo tiene gracia en verano, cuando no hace frío. Sensu stricto, casi todo rompe el conticinio, más en nuestras sociedades urbanas. Pero la idea tranquiliza, la paz del mundo que duerme.
Es mi deseo que un grillo, el rumor del agua, el aleteo de las hojas en la brisa o los latidos del corazón no deshagan el hechizo del conticinio. Decidido; no exageremos con el silencio, el silencio absoluto da miedo. El silencio relativo es más acogedor, este conticinio matizado se podría recetar para la ansiedad de fondo de la vida; mejor que la valeriana. Estoy masticando en exceso la palabra, pero el sabor no se va; conticinio, la gracia callada de la noche.
miércoles, 1 de abril de 2026
Otredad
Rimbaud escribió: yo es otro. Años después Virginia Woolf hizo esta aguda observación: “Yo” es solo un término práctico para alguien que no tiene existencia real. Más tarde, Sartre afirmó que el infierno son los otros y Bergamín contestó que el infierno soy yo si no están los demás. Así se inventó el tenis.
Por cierto que Virginia dijo aquello en su ensayo “Una habitación propia”. Hay que leer a Virginia Woolf, el problema es que escribió muchísimo, si es que eso es un problema. Pero hay que leerla y meditarla. O si no quieres no la leas, también puedes ver la película (alguna habrá).
Todo es relativo e inconexo. No soy yo; son el mundo, la vida, la literatura y el cine. Sartre y Bergamín, Rimbaud y Woolf, no es que les entienda, más bien lo que me imagino. La otredad del yo, la idea no es nueva, ninguna lo es. Parece que el budismo ya decía cosas parecidas. Cualquiera que se haya parado a pensar estará de acuerdo (nota para mí: pensar un poco más). Lo práctico es asegurar que esto lo estoy escribiendo yo y lo estás leyendo tú. Pero ese tú y ese yo son dos eufemismos que utilizamos para entendernos.
Ni tú ni yo tenemos existencia sostenida en el tiempo. No somos eternos y tampoco somos lo mismo a lo largo de nuestra vida. Cada yo, y cada tú, es volátil y ya no está y ya es otro. Yo soy otro y tú eres otro; otros distintos, únicos y caducos a la espera de la próxima primavera.
Por cierto que Virginia dijo aquello en su ensayo “Una habitación propia”. Hay que leer a Virginia Woolf, el problema es que escribió muchísimo, si es que eso es un problema. Pero hay que leerla y meditarla. O si no quieres no la leas, también puedes ver la película (alguna habrá).
Todo es relativo e inconexo. No soy yo; son el mundo, la vida, la literatura y el cine. Sartre y Bergamín, Rimbaud y Woolf, no es que les entienda, más bien lo que me imagino. La otredad del yo, la idea no es nueva, ninguna lo es. Parece que el budismo ya decía cosas parecidas. Cualquiera que se haya parado a pensar estará de acuerdo (nota para mí: pensar un poco más). Lo práctico es asegurar que esto lo estoy escribiendo yo y lo estás leyendo tú. Pero ese tú y ese yo son dos eufemismos que utilizamos para entendernos.
Ni tú ni yo tenemos existencia sostenida en el tiempo. No somos eternos y tampoco somos lo mismo a lo largo de nuestra vida. Cada yo, y cada tú, es volátil y ya no está y ya es otro. Yo soy otro y tú eres otro; otros distintos, únicos y caducos a la espera de la próxima primavera.
domingo, 29 de marzo de 2026
Dies irae
En 1943, durante la ocupación alemana de Dinamarca, Carl Theodor Dreyer estrenó una película titulada, en danés, Vedrens dag. Cuenta un episodio de caza de brujas fechado en 1623. El título alude al poema latino del siglo XIII Dies irae, día de ira, que trata del fin del mundo y el Juicio Final (que no decaiga). En inglés la película se llamó Day of Wrath. En español prefirieron el latín del poema original en lugar de la traducción (y por una vez acertaron).
Dreyer negó cualquier intención política en su obra, pero lo habitual ha sido que su retrato de la intolerancia religiosa se interprete como una denuncia encubierta del régimen nazi. Sin embargo, estos, los nazis no se dieron por aludidos, en principio. Por si acaso, Dreyer huyó a Suecia poco después del estreno.
La película, en su austeridad, pasa por ser una obra maestra del cine, aunque se le achaca su lentitud. Y sí, lo confirmo, es lenta, muy lenta. Aún así, a poco gusto que se tenga la película interesa: diálogos medidos, planos que son cuadros, cuidada fotografía de luces y sombras y el tic tac de un reloj que no se ve.
Casi toda la película transcurre en una habitación de la casa del anciano pastor luterano y tiene su mérito que con apenas mobiliario a la vista se les colara un llamativo desliz. Después de asegurar en la introducción que la acción transcurre, como decía antes, en el año 1623, al fondo de la escena aparece reiteradamente un arcón con una inscripción bien visible que dice ANNO 1639.
Dreyer negó cualquier intención política en su obra, pero lo habitual ha sido que su retrato de la intolerancia religiosa se interprete como una denuncia encubierta del régimen nazi. Sin embargo, estos, los nazis no se dieron por aludidos, en principio. Por si acaso, Dreyer huyó a Suecia poco después del estreno.
La película, en su austeridad, pasa por ser una obra maestra del cine, aunque se le achaca su lentitud. Y sí, lo confirmo, es lenta, muy lenta. Aún así, a poco gusto que se tenga la película interesa: diálogos medidos, planos que son cuadros, cuidada fotografía de luces y sombras y el tic tac de un reloj que no se ve.
Casi toda la película transcurre en una habitación de la casa del anciano pastor luterano y tiene su mérito que con apenas mobiliario a la vista se les colara un llamativo desliz. Después de asegurar en la introducción que la acción transcurre, como decía antes, en el año 1623, al fondo de la escena aparece reiteradamente un arcón con una inscripción bien visible que dice ANNO 1639.
jueves, 26 de marzo de 2026
Sí, pero no
Hay tristezas secretas en las bodas y secretas alegrías en los funerales, escribió Ramón Eder (nótese esa acertada inversión del orden; tristezas secretas, secretas alegrías). Obviamente, le contesto, a Ramón, con descaro pero sin ánimo de ofender; quien dice en la salud y en la enfermedad, dice en la tristeza y en la alegría.
El otro día estuve pensando en eso mismo. No en bodas y funerales sino en la idea que asoma por detrás. Esta sería mi formulación: El más inteligente de los seres humanos puede ser también el más tonto y, a su vez, el más tonto resultar un genio. Para según qué cosas, habría que añadir, pero no lo hago para que la frase no pierda contundencia.
La idea no es mía; ideas, lo que se dice ideas, no he tenido nunca ninguna. Durante mucho tiempo he considerado que sí, que las tenía de vez en cuando; pero ya lo he descartado por completo. Lo que hago, como casi todo el mundo, es ver, escuchar, absorber lo que se pueda y luego escurrirlo en forma de ideas.
Ya lo dijo Kant, y traigo la cita de pura casualidad: no existe duda alguna sobre el hecho de que todo nuestro conocimiento proceda de la experiencia. Otro filósofo, Emilio Lledó, que por cierto vive aún, con noventa y ocho años, y que conozco de un documental que vi hace unos años, expresaba esa misma idea de esta forma: Dentro de todo sí hay un pequeño no, dentro de todo no hay un pequeño sí.
Volviendo a la frase de las bodas y funerales, reconozco que es un bonito ejemplo práctico. Bien podrían haber escrito un cuento a partir de ella Alice Munro, Jorge Luis Borges o el mismísimo Anton Chéjov. Incluso yo podría intentarlo, pero el caso es que ya se me ha acabado el espacio.
El otro día estuve pensando en eso mismo. No en bodas y funerales sino en la idea que asoma por detrás. Esta sería mi formulación: El más inteligente de los seres humanos puede ser también el más tonto y, a su vez, el más tonto resultar un genio. Para según qué cosas, habría que añadir, pero no lo hago para que la frase no pierda contundencia.
La idea no es mía; ideas, lo que se dice ideas, no he tenido nunca ninguna. Durante mucho tiempo he considerado que sí, que las tenía de vez en cuando; pero ya lo he descartado por completo. Lo que hago, como casi todo el mundo, es ver, escuchar, absorber lo que se pueda y luego escurrirlo en forma de ideas.
Ya lo dijo Kant, y traigo la cita de pura casualidad: no existe duda alguna sobre el hecho de que todo nuestro conocimiento proceda de la experiencia. Otro filósofo, Emilio Lledó, que por cierto vive aún, con noventa y ocho años, y que conozco de un documental que vi hace unos años, expresaba esa misma idea de esta forma: Dentro de todo sí hay un pequeño no, dentro de todo no hay un pequeño sí.
Volviendo a la frase de las bodas y funerales, reconozco que es un bonito ejemplo práctico. Bien podrían haber escrito un cuento a partir de ella Alice Munro, Jorge Luis Borges o el mismísimo Anton Chéjov. Incluso yo podría intentarlo, pero el caso es que ya se me ha acabado el espacio.
lunes, 23 de marzo de 2026
Rachel
“Estoy con los buenos”, la agente Rachel (Reichel) Rodríguez tiene la idea metida en la cabeza mientras baja del coche, desenfunda la pistola y avanza agachada hacia la caseta de la gasolinera. Ha sido la primera en llegar tras el aviso de asalto armado. La sirena policial aúlla, está diciendo “dispárame” o “ríndete” o “huye”, qué es lo que entenderá el desarrapado que todavía está dentro, encañonando y gritando al empleado tumbado boca abajo.
La agente Rodríguez tiene cuarenta y cinco años y ha pedido el traslado a tareas administrativas. “Estoy con los buenos” se repite a sí misma y dice en voz alta “Policía, suelte el arma y salga con las manos en alto”. El chico saca el brazo armado por la puerta y dispara.
El fogonazo —es de noche— desata una tormenta cognitiva en el cerebro de Rachel. “Si ahora veo pasar toda mi vida es que me estoy muriendo”. Pero no, y le viene la idea loca de que la bala seguirá su trayectoria, dará la vuelta a la Tierra y acabará impactando en su pecho; qué estupidez, es imposible, las Montañas Rocosas, a unas cien millas, pararán la bala.
“Estoy con los buenos”, piensa, parapetada tras el surtidor. No estuvo muy brillante el que les puso el nombre a las montañas. Su padre —Pedro Rodríguez, nacido en El Paso— también fue policía; llegó a constable (cónstabol) del condado. “Constabulador, m’hijita”, decía él riendo.
La agente Rachel se ha sentado en el suelo, a cubierto, y le surge la duda de si se ha tomado hoy la pastilla blanca y rosa de las vitaminas. Exclama en alto: “Tira el arma, estás rodeado” y luego añade en voz baja: “Estoy con los buenos; pero, what the fuck (guat de foc), ¿dónde están ahora?”.
La agente Rodríguez tiene cuarenta y cinco años y ha pedido el traslado a tareas administrativas. “Estoy con los buenos” se repite a sí misma y dice en voz alta “Policía, suelte el arma y salga con las manos en alto”. El chico saca el brazo armado por la puerta y dispara.
El fogonazo —es de noche— desata una tormenta cognitiva en el cerebro de Rachel. “Si ahora veo pasar toda mi vida es que me estoy muriendo”. Pero no, y le viene la idea loca de que la bala seguirá su trayectoria, dará la vuelta a la Tierra y acabará impactando en su pecho; qué estupidez, es imposible, las Montañas Rocosas, a unas cien millas, pararán la bala.
“Estoy con los buenos”, piensa, parapetada tras el surtidor. No estuvo muy brillante el que les puso el nombre a las montañas. Su padre —Pedro Rodríguez, nacido en El Paso— también fue policía; llegó a constable (cónstabol) del condado. “Constabulador, m’hijita”, decía él riendo.
La agente Rachel se ha sentado en el suelo, a cubierto, y le surge la duda de si se ha tomado hoy la pastilla blanca y rosa de las vitaminas. Exclama en alto: “Tira el arma, estás rodeado” y luego añade en voz baja: “Estoy con los buenos; pero, what the fuck (guat de foc), ¿dónde están ahora?”.
viernes, 20 de marzo de 2026
Diez instantáneas sobre la escritura
Esto no es un decálogo, solo son algunas impresiones sobre qué es escribir. Una vez reveladas me he dado cuenta de que la mayoría son también aplicables a la lectura. Leer y escribir son las dos caras de la misma moneda, no existen la una sin la otra y a menudo son lo mismo.
Primera instantánea; escribir es vestir tu ignorancia con palabras.
Segunda; escribir afila la mente, aclara los pensamientos y ayuda a fijarlos en la memoria.
Tercera; escribir es explicar el mundo, ceder al deseo de entenderlo todo; la vida, el ser, el tiempo, el amor, el sexo y la muerte; es una tarea imposible pero siempre queda algo.
Cuarta; escribir es poner en palabras lo que has visto y aprendido de los demás.
Quinta instantánea; escribir es hablar con conocidos, con desconocidos, con fantasmas y con la pared; porque esos son tus interlocutores, la gente cercana, otros que no te conocen, el recuerdo de los que te faltan y, a veces, nadie en absoluto.
Sexta; escribir es repetirse, decir lo mismo o algo parecido; porque nadie es infinito
Séptima; escribir es zambullirse en el mar de las palabras, con sus mareas, su sintaxis, sus corrientes; es negociar las olas e improvisar una canción.
Octava; escribir es vivir dos veces, gozar de una segunda oportunidad para enmendar viejos errores y cometer algunos nuevos.
Novena; escribir es despertar a ese otro yo que se esconde en nuestro interior y que de otra forma quedaría inédito.
Décima y última instantánea; escribir es dejar huella, lanzar una sonda al futuro con un mensaje que dice: aquí estoy, aquí estuve, no me olvidéis.
Quinta instantánea; escribir es hablar con conocidos, con desconocidos, con fantasmas y con la pared; porque esos son tus interlocutores, la gente cercana, otros que no te conocen, el recuerdo de los que te faltan y, a veces, nadie en absoluto.
Sexta; escribir es repetirse, decir lo mismo o algo parecido; porque nadie es infinito
Séptima; escribir es zambullirse en el mar de las palabras, con sus mareas, su sintaxis, sus corrientes; es negociar las olas e improvisar una canción.
Octava; escribir es vivir dos veces, gozar de una segunda oportunidad para enmendar viejos errores y cometer algunos nuevos.
Novena; escribir es despertar a ese otro yo que se esconde en nuestro interior y que de otra forma quedaría inédito.
Décima y última instantánea; escribir es dejar huella, lanzar una sonda al futuro con un mensaje que dice: aquí estoy, aquí estuve, no me olvidéis.
martes, 17 de marzo de 2026
Tirando a bizarro
En cuanto al dogma de la Inmaculada Concepción es curioso que pasados dos mil años, gracias a la ciencia, cualquier mujer pueda ser virgen y madre. Educados en la religión católica, tendemos a dar por buenos algunos aspectos de ella que, bien pensado, no son ni medio normales. Así, la terrible imaginería del infierno, los mártires y, en particular, el Cristo crucificado: un hombre torturado, clavado en unos maderos, y prácticamente desnudo, por cierto.
Ligado al tema de la pureza hay una gran paradoja en la religión católica, es el hecho de que se recurra al lenguaje del amor carnal para expresar el amor espiritual. Así las monjas que toman a Cristo por esposo y que a veces se autodenominan Esclavas del Sagrado Corazón o Esclavas del Amor Misericordioso y, más crudamente, algunos textos de la Biblia, el Cantar de los Cantares, y de los místicos. Desde un punto de vista objetivo, todo es extraño, insólito, diríamos que bizarro. Santa Teresa de Jesús en su “Libro de la vida” describe su encuentro con un ángel en una visión en estos términos:
Veíale en las manos un dardo de oro largo. Éste me parecía meter por el corazón, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan ecesiva (sic) la suavidad, que no hay desear que se quite. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento. Por mucho menos mandó la Inquisición gente a la hoguera.
Ligado al tema de la pureza hay una gran paradoja en la religión católica, es el hecho de que se recurra al lenguaje del amor carnal para expresar el amor espiritual. Así las monjas que toman a Cristo por esposo y que a veces se autodenominan Esclavas del Sagrado Corazón o Esclavas del Amor Misericordioso y, más crudamente, algunos textos de la Biblia, el Cantar de los Cantares, y de los místicos. Desde un punto de vista objetivo, todo es extraño, insólito, diríamos que bizarro. Santa Teresa de Jesús en su “Libro de la vida” describe su encuentro con un ángel en una visión en estos términos:
Veíale en las manos un dardo de oro largo. Éste me parecía meter por el corazón, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan ecesiva (sic) la suavidad, que no hay desear que se quite. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento. Por mucho menos mandó la Inquisición gente a la hoguera.
sábado, 14 de marzo de 2026
La pureza
La pureza, qué locura. Lo puro, en general, tiene connotaciones positivas; un objeto de oro puro, el agua pura (y cristalina), los colores puros o, ya en el terreno moral, la pura bondad, los puros sentimientos. Pero por otra parte, por la mejor parte, lo natural y lo humano es lo impuro, la mezcla, el crisol de todo, de ideas, culturas, religiones.
Ahora, si estamos hablando de esa pureza en particular, de la pureza de María, de la pureza referida a la sexualidad, a la falta o, mejor dicho, la represión del deseo sexual, esa pureza es una locura. Sin entrar en las múltiples circunstancias y complicaciones que se pueden dar en torno al tema, en las que ni entro ni salgo ni entiendo, una cosa es segura: el sexo es inherente a la naturaleza humana, una negación absoluta del mismo está más cerca de lo aberrante que de lo sublime.
En teoría la finalidad del celibato, en los religiosos, es facilitar una mayor entrega a la vida espiritual, vale; y la abstinencia sexual libremente elegida es legítima y respetable, por supuesto, pero también es una forma de boicotear el futuro de la especie.
Luis Landero lo dice indirectamente en una entrevista. Le preguntan por un supuesto fin de la novela y lo desmiente con este argumento: ¿Qué ha hecho la gente desde la más remota antigüedad? Trabajar, comer, follar y contar. Esas serían las cuatro actividades básicas.; ni qué decir que nos referimos al trabajo en condiciones, la comida sana, el sexo responsable y la buena literatura.
Ahora, si estamos hablando de esa pureza en particular, de la pureza de María, de la pureza referida a la sexualidad, a la falta o, mejor dicho, la represión del deseo sexual, esa pureza es una locura. Sin entrar en las múltiples circunstancias y complicaciones que se pueden dar en torno al tema, en las que ni entro ni salgo ni entiendo, una cosa es segura: el sexo es inherente a la naturaleza humana, una negación absoluta del mismo está más cerca de lo aberrante que de lo sublime.
En teoría la finalidad del celibato, en los religiosos, es facilitar una mayor entrega a la vida espiritual, vale; y la abstinencia sexual libremente elegida es legítima y respetable, por supuesto, pero también es una forma de boicotear el futuro de la especie.
Luis Landero lo dice indirectamente en una entrevista. Le preguntan por un supuesto fin de la novela y lo desmiente con este argumento: ¿Qué ha hecho la gente desde la más remota antigüedad? Trabajar, comer, follar y contar. Esas serían las cuatro actividades básicas.; ni qué decir que nos referimos al trabajo en condiciones, la comida sana, el sexo responsable y la buena literatura.
miércoles, 11 de marzo de 2026
A propósito de Unamuno
A propósito de Unamuno, me entero ahora de que leía en doce idiomas; empezando por el griego y el latín, mas todos los peninsulares, los grandes idiomas vecinos y de propina el danés, que aprendió para leer a Kierkegaard (le disculparemos por no leer en ruso). Era un fiera y cada vez nos es más lejano; si no fuera de Bilbao ni nos acordaríamos de él, me temo. He leído pocos libros suyos, dos, no sé si tres. Me da para dos anécdotas.
En “Recuerdos de niñez y mocedad” cuenta que un día, sobre 1870, tenía seis años, se coló en la sala de su casa, un lugar prohibido para los niños, y se encontró a su padre hablando en francés con un monsieur Legorgeu (ignoro la pronunciación correcta). Al niño Unamuno le asombró ver que dos personas se podían comunicar en un idioma desconocido (entonces) para él. Un siglo más tarde, 1972, conocí en la escuela de ingenieros, e hice amistad, con E. Legorgeu (un saludo desde aquí). Según la página web del Instituto Nacional de Estadística, en España hay ocho personas apellidadas así. Estuve varias veces en la casa de mi amigo y recuerdo el comentario de su padre sobre alguna novela del momento: mucha farfolla, decía. Según mis cálculos el bisabuelo de E. bien pudo ser el francés que impresionó a Unamuno. El mundo sigue siendo un pañuelo.
Segunda historia. En el prólogo de su nivola (él llamaba así a sus novelas) “San Manuel Bueno, mártir” Unamuno recuerda una anécdota en la que “un abate francés” aseguraba que el infierno existe, por supuesto; la Iglesia así lo dice (o lo decía) y no hay que ponerlo en duda. Ahora lo que pasa es que está vacío. El infierno existe pero está vacío, bien pensado (muchos años después el Papa Francisco dijo en una entrevista que confiaba en que así fuera). La duda que nos queda es si el limbo, el purgatorio y el mismo paraíso también lo estarán.
En “Recuerdos de niñez y mocedad” cuenta que un día, sobre 1870, tenía seis años, se coló en la sala de su casa, un lugar prohibido para los niños, y se encontró a su padre hablando en francés con un monsieur Legorgeu (ignoro la pronunciación correcta). Al niño Unamuno le asombró ver que dos personas se podían comunicar en un idioma desconocido (entonces) para él. Un siglo más tarde, 1972, conocí en la escuela de ingenieros, e hice amistad, con E. Legorgeu (un saludo desde aquí). Según la página web del Instituto Nacional de Estadística, en España hay ocho personas apellidadas así. Estuve varias veces en la casa de mi amigo y recuerdo el comentario de su padre sobre alguna novela del momento: mucha farfolla, decía. Según mis cálculos el bisabuelo de E. bien pudo ser el francés que impresionó a Unamuno. El mundo sigue siendo un pañuelo.
Segunda historia. En el prólogo de su nivola (él llamaba así a sus novelas) “San Manuel Bueno, mártir” Unamuno recuerda una anécdota en la que “un abate francés” aseguraba que el infierno existe, por supuesto; la Iglesia así lo dice (o lo decía) y no hay que ponerlo en duda. Ahora lo que pasa es que está vacío. El infierno existe pero está vacío, bien pensado (muchos años después el Papa Francisco dijo en una entrevista que confiaba en que así fuera). La duda que nos queda es si el limbo, el purgatorio y el mismo paraíso también lo estarán.
domingo, 8 de marzo de 2026
La fugacidad del pasado
Las casualidades nunca vienen solas, o igual es que no existen, solo son un trampantojo de la estadística. Sea como sea, lo que suele pasar es que cuando vas por la calle y ves a alguien con el que hacía años que no coincidías no es extraño que al día siguiente te lo vuelvas a encontrar.
Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.
Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.
jueves, 5 de marzo de 2026
Las palabras
Si me preguntaran qué tal me llevo con las palabras tendría que contestar como aquel inglés sobre los franceses: no sé, no las conozco todas. Nadie conoce todas las palabras y con las que me han tocado me llevo bien, o eso creo.
Hay bastantes que se me resisten, suele ser entre las llamadas cultas, miro su significado y se me vuelve a olvidar. Por ejemplo, esta que me he encontrado hoy mismo, “retruécano”. La miro una vez más: figura retórica que consiste en invertir los términos. Ah, sí, como este por ejemplo: Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable.
No tengo una palabra favorita, me gustan todas, aunque alguna que otra se me atraganta, como “frustrar”, siendo como es tan necesaria. Otra que me da problemas y a la que sin embargo tengo un cariño que viene de mi niñez, es “pedestre”. En unas fiestas del barrio, se organizó una gran carrera pedestre para los chavales. Me llevé una sorpresa cuando en la línea de salida vi que aquellos chavales eramos nosotros. Pedestre, ¿no cuesta pronunciarla? Aunque me parece que está en desuso.
Oración por las palabras.
Que no me falten las palabras.
Que recuerde las antiguas y vaya aprendiendo alguna nueva.
Que me vengan como por arte de magia y no se queden en la punta de la lengua.
Que las sepa pronunciar para dar cariño.
Que las sepa utilizar para dar forma a mis pensamientos.
Que las reconozca al escucharlas.
Que recuerde los nombres y no sólo las caras.
Que sepa callarme las palabras hirientes.
Que pueda llamar por su nombre a la muerte cuando venga a buscarme.
Que las palabras siempre me acompañen, amén.
Hay bastantes que se me resisten, suele ser entre las llamadas cultas, miro su significado y se me vuelve a olvidar. Por ejemplo, esta que me he encontrado hoy mismo, “retruécano”. La miro una vez más: figura retórica que consiste en invertir los términos. Ah, sí, como este por ejemplo: Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable.
No tengo una palabra favorita, me gustan todas, aunque alguna que otra se me atraganta, como “frustrar”, siendo como es tan necesaria. Otra que me da problemas y a la que sin embargo tengo un cariño que viene de mi niñez, es “pedestre”. En unas fiestas del barrio, se organizó una gran carrera pedestre para los chavales. Me llevé una sorpresa cuando en la línea de salida vi que aquellos chavales eramos nosotros. Pedestre, ¿no cuesta pronunciarla? Aunque me parece que está en desuso.
Me gustan las palabras y me ha pasado alguna vez eso de que a alguien no le sale una y por ese mecanismo automático que tenemos se me ha ocurrido a mí. Hubo un amigo que me elogió por esto, alimentando mi vanidad. No sé si para compensar otro día me soltó que mi hermano era más noble que yo. Un bajón. Podía haber matizado que yo era noble pero mi hermano lo era aún más, pero no.
Pensando en las palabras doy un salto al pasado, al 11 de julio de 2007. Ese día escribí una “Oración por las palabras” que traigo aquí retocada para la ocasión:
Pensando en las palabras doy un salto al pasado, al 11 de julio de 2007. Ese día escribí una “Oración por las palabras” que traigo aquí retocada para la ocasión:
Oración por las palabras.
Que no me falten las palabras.
Que recuerde las antiguas y vaya aprendiendo alguna nueva.
Que me vengan como por arte de magia y no se queden en la punta de la lengua.
Que las sepa pronunciar para dar cariño.
Que las sepa utilizar para dar forma a mis pensamientos.
Que las reconozca al escucharlas.
Que recuerde los nombres y no sólo las caras.
Que sepa callarme las palabras hirientes.
Que pueda llamar por su nombre a la muerte cuando venga a buscarme.
Que las palabras siempre me acompañen, amén.
lunes, 2 de marzo de 2026
Del equilibrio químico
Me encontré con Luis y su mujer Elma (nombres ficticios). Él es experto en comunicación; profesor, publica artículos, da charlas, le entrevistan de vez en cuando. Físicamente es más bien feo, poca cosa, pero con las gafas, la barba y su saber estar ni importa ni se nota.
En lo personal se casó muy joven (error) y tuvieron dos hijos pero no se entendían y se separaron. En la treintena conoció a Elma, algo más joven y también separada, se enamoraron (así lo cuentan) y siguen juntos, con otro hijo en común. Siempre ponderado, atento con todos, expresando sus opiniones con mesura y respeto, contando anécdotas de sus viajes.
Esta vez fue diferente. No es que fuera una sorpresa, algunos detalles anteriores cobraban ahora sentido. Apenas me saludó, medio ido; fue Elma quien llevó la iniciativa. Resumiendo: estaba deprimido desde el confinamiento. Un día ella se lo encontró llorando en la cocina.
No es que falten motivos en la vida para llorar, pero aún así. Con Elma a su lado, una mujer con coraje, hijos cariñosos, éxito profesional... y deprimido, da qué pensar. Lo que tiene de azar, nuestra buena suerte inmerecida, los peligros de ser demasiado sensible, de estar expuesto a los haters (esa plaga moderna).
Desde entonces, cuenta Elma, su vida ha sido una montaña rusa. Aguanta a base de pastillas. En estos casos, siempre me acuerdo del litio; qué extraño que la falta de algo, de un elemento químico, pueda trastornar a una persona; claro que esto del litio lo he oído referido a la esquizofrenia. También va a un terapeuta; interpreto psiquiatra, no sé.
Curiosamente no ha dejado de trabajar. Él mismo lo aclara: me viene bien, dejo de pensar en mí; además casi todo lo hago online. ¿Qué le dices a alguien con depresión? “¡Anímate!” no vale, “tienes que reaccionar” menos. Quizá solo se pueda estar y decírselo: estoy aquí, para hablar si quieres, para acompañarte; porque me importas.
En lo personal se casó muy joven (error) y tuvieron dos hijos pero no se entendían y se separaron. En la treintena conoció a Elma, algo más joven y también separada, se enamoraron (así lo cuentan) y siguen juntos, con otro hijo en común. Siempre ponderado, atento con todos, expresando sus opiniones con mesura y respeto, contando anécdotas de sus viajes.
Esta vez fue diferente. No es que fuera una sorpresa, algunos detalles anteriores cobraban ahora sentido. Apenas me saludó, medio ido; fue Elma quien llevó la iniciativa. Resumiendo: estaba deprimido desde el confinamiento. Un día ella se lo encontró llorando en la cocina.
No es que falten motivos en la vida para llorar, pero aún así. Con Elma a su lado, una mujer con coraje, hijos cariñosos, éxito profesional... y deprimido, da qué pensar. Lo que tiene de azar, nuestra buena suerte inmerecida, los peligros de ser demasiado sensible, de estar expuesto a los haters (esa plaga moderna).
Desde entonces, cuenta Elma, su vida ha sido una montaña rusa. Aguanta a base de pastillas. En estos casos, siempre me acuerdo del litio; qué extraño que la falta de algo, de un elemento químico, pueda trastornar a una persona; claro que esto del litio lo he oído referido a la esquizofrenia. También va a un terapeuta; interpreto psiquiatra, no sé.
Curiosamente no ha dejado de trabajar. Él mismo lo aclara: me viene bien, dejo de pensar en mí; además casi todo lo hago online. ¿Qué le dices a alguien con depresión? “¡Anímate!” no vale, “tienes que reaccionar” menos. Quizá solo se pueda estar y decírselo: estoy aquí, para hablar si quieres, para acompañarte; porque me importas.
viernes, 27 de febrero de 2026
Haugerud
Haugerud, cómo se pronunciará. Es un apellido noruego. No he estado nunca en Noruega, aunque hay un barrio en Bilbao que lo llamaban así, Noruega, por los marinos de los barcos que hacían escala. Lo más cerca que he estado es Dinamarca, ya lo he contado alguna vez.
No sé noruego, supongo que no es una sorpresa para nadie. Conozco una sola palabra, que podría venirme bien en caso de emergencia, digo si voy a Noruega y las cosas se complican y tengo que pedirlos, nunca se sabe; la palabra es, me da un poco de vergüenza decirla, calzoncillos. En noruego sería “escondinabo”. Creo que en sueco se dice igual. Es broma.
Dag Johan Haugerud, se diga como se diga, es director de cine y escritor en noruego. Ningún libro suyo se ha traducido ni al inglés ni, mucho menos, al español. Lástima. Como director de cine, sin embargo, ha pegado un pelotazo con tres películas (la trilogía de Oslo) hechas en 2024 (ya no sé si se dice rodadas, filmadas, grabadas o qué) tituladas Sex, Love y Dreams.
Pelotazo relativo, claro; con “Sueños” ganó el Oso de oro del festival de Berlín del año pasado. Las he visto, me han gustado, las recomiendo. Muy luminosas, cosa que siempre me hace pensar que eso será en verano, vete a Oslo en invierno. Y muy literarias, por algo es también escritor; sobre todo esa última.
Alejadas de las producciones americanas candidatas a los Óscar. Las que he visto este año, de estas, me han parecido sobre todo, y casi solo, espectáculo; coloridos cómics hechos película, con sus efectos especiales. Las de Haugerud son lo contrario; personas que conversan sobre la vida, que expresan sus sentimientos, que dicen cosas que te conciernen.
No sé noruego, supongo que no es una sorpresa para nadie. Conozco una sola palabra, que podría venirme bien en caso de emergencia, digo si voy a Noruega y las cosas se complican y tengo que pedirlos, nunca se sabe; la palabra es, me da un poco de vergüenza decirla, calzoncillos. En noruego sería “escondinabo”. Creo que en sueco se dice igual. Es broma.
Dag Johan Haugerud, se diga como se diga, es director de cine y escritor en noruego. Ningún libro suyo se ha traducido ni al inglés ni, mucho menos, al español. Lástima. Como director de cine, sin embargo, ha pegado un pelotazo con tres películas (la trilogía de Oslo) hechas en 2024 (ya no sé si se dice rodadas, filmadas, grabadas o qué) tituladas Sex, Love y Dreams.
Pelotazo relativo, claro; con “Sueños” ganó el Oso de oro del festival de Berlín del año pasado. Las he visto, me han gustado, las recomiendo. Muy luminosas, cosa que siempre me hace pensar que eso será en verano, vete a Oslo en invierno. Y muy literarias, por algo es también escritor; sobre todo esa última.
Alejadas de las producciones americanas candidatas a los Óscar. Las que he visto este año, de estas, me han parecido sobre todo, y casi solo, espectáculo; coloridos cómics hechos película, con sus efectos especiales. Las de Haugerud son lo contrario; personas que conversan sobre la vida, que expresan sus sentimientos, que dicen cosas que te conciernen.
martes, 24 de febrero de 2026
Bocado exquisito
En el universo observable, según cálculos, puede haber ciento cincuental mil millones de galaxias, y en cada una de ellas miles de millones de estrellas (y planetas). Esta es la primera prueba que presento para defender mi tesis, tesis que atañe al conocimiento del mundo que puede tener una persona. Es cierto que hay gente muy culta, que sabe mucho de muchas cosas; un Borges, por ejemplo. Tienen mi admiración, siendo mi caso un ejemplo de lo contrario, de ignorancia generalizada.
Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.
Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.
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