domingo, 25 de octubre de 2026

Diario de otra semana (y2)

    Sábado 17.
    Una vez ya escribí un diario como este. Fue al comienzo de la pandemia y el triste objetivo era el mismo, durar una semana. Hacerlo más largo hubiera sido problemático, estresante, innecesario. Coincidió que acababa de leer La peste de Albert Camus (camí, he apostado por esta pronunciación) y, como era previsible, lo titulé Diario de la peste.

    Domingo 18.
    El suicidio, la epidemia silenciosa. El tema es muy incómodo y además tabú. Pero la gente se suicida. Entre los escritores, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Sylvia Plath, David Foster Wallace. Siempre he pensado que ando corto de sensibilidad y una feliz compensación es mi incapacidad para el suicidio.
    Por otra parte, banalizando, perdón, suicidarse no es necesario, solo se adelanta en el tiempo algo que llegará igual. Una frase de humor negro que me hizo gracia: la madre le dice al hijo, ¡pero hijo mío, te vas a suicidar con esa ropa!

    Lunes 19.
    Burla, burlando, ya he llegado al sexto día.
    He bajado el poema Oda marítima de Pessoa. Intenso como el mar. Supongo que es de lectura obligatoria en todas las escuelas de Náutica.
    Pessoa también se suicidó, aunque de forma indirecta (en diferido). Se valió de un método muy popular, el de beber hasta morir. Demasiadas personalidades en su interior, demasiada sensibilidad, demasiado alcohol; una combinación de factores que le llevaron a la muerte a los 47 años.
    Pessoa hablaba inglés a la perfección y francés casi. Las últimas palabras que escribió, en el hospital, la víspera de su muerte, fueron estas: I know not what tomorrow will bring (No sé lo que traerá el mañana).

    Martes 20.
    Última entrada de este diario, que muere aquí como moriremos todos. Nadie ha contado su muerte todavía, por cierto.
    Hoy he leído esta frase como epígrafe en un libro: Mientras viva, uno es inmortal. Adivinad quién lo dijo. Pista: llevo toda la semana masticando la última clase del taller. Lo dijo, en una entrevista, el que faltaba, Philip Roth.

jueves, 22 de octubre de 2026

Diario de otra semana (1)

    Miércoles 14.
    Escribir un poco cada día, sin pretensiones, es un lujo al alcance de cualquiera. También es dar señales de uno mismo, aunque haya que leerlas entre líneas. Hay muchas clases de diarios, en general los dividiría en anodinos y divertidos. A efectos literarios, los anodinos no sirven para nada.
    Si en el mundo hay dos tipos de personas, extrovertidas e introvertidas, tengo la sospecha de que los diarios los escriben las últimas.

    Jueves 15.
    Para ponerse a escribir no hace falta esperar a tener algo que expresar; si fuera así, mi obra completa sería una página en blanco.
    Decía Arantxa Urretabizkaia, escritora, que con el paso del tiempo se tiende a centrarlo todo en los primeros veinte años de la vida y que ella se niega, que ella quiere vivir en la fecha que diga el calendario.
    Estando de acuerdo, una de las cosas que, inevitablemente, se hacen con la edad es recordar. Recuerdo en el colegio, en las clases de lengua y literatura, los remoquetes que les ponían a algunos escritores.
    Remoquete por apodo; la palabra me ha venido de golpe desde la noche de los tiempos. Un día os pasará a vosotros, si no os pasa ya.
    Apodos, decía, como el impío don Pío, por Pío Baroja; don Benito el garbancero, por Benito Pérez Galdós o el de las barbas de chivo, por Valle-Inclán. Puede que estos autores no fueran del gusto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

    Viernes 16.
    La vaca literaria, parezco a veces por lo que rumio.
    A propósito de Tom Ripley, el personaje cínico y amoral de Patricia Highsmith, la primera adaptación al cine es de 1960, con Alain Delon (le dolía la cara de ser tan guapo). Hace no tanto, 2024, se ha hecho una miniserie, Ripley, en blanco y negro que me atrevo a recomendar. Son muy buenas la fotografía, a base de claroscuros, y la ambientación de edificios, calles e interiores, pura Italia de los años 50.

lunes, 19 de octubre de 2026

Música urbana

    Esta mañana he pisado una tapa de alcantarilla que no estaba bien asentada. Es un suceso trivial al que no se le presta mayor atención. Cuántas veces estas tapas no ajustan bien y al pisarlas producen algún tipo de sonido. Algo que varía desde un mínimo golpeteo apagado hasta el amplificado y escandaloso klan-klon, en dos tiempos; klan al pisar la tapa y klon al levantar el pie y volver esta a su posición original.
    En estos casos, suele darse la respuesta refleja de encoger ligeramente los hombros, por el pequeño susto, y echar una mirada de reojo para ver si alguien más se ha sobresaltado con el ruido. Si es así, hay que decidir en una fracción de segundo si procede hacer algo, un gesto de disculpa, de complicidad o de queja al ayuntamiento.
    En general el resultante sonoro es más comedido; unas veces más próximo al simple sonido inarticulado —zamp, dump—, otras a sonidos más eufónicos que recuerdan algún instrumento de percusión, como el de los platillos en días de lluvia —chas—, o los de la batería —tum, bum, pum—.
    Sin embargo, esta vez, y no me había pasado nunca, el sonido que ha producido esta humilde tapa de alcantarilla ha sido dan. Un dan totalmente musical, de campana bien afinada, a medio camino entre el ligero din y el expeditivo don. Un sorprendente dan que me ha hecho sonreír y ha reverberado durante unas décimas de segundo, manteniéndose en el aire como la nota pura de un diapasón.

viernes, 16 de octubre de 2026

Cine y literatura (y 2)

    Sin embargo, lo otro, lo específico del cine, nos lo dan en código base, diríamos. Esto es un elefante, se le dice al niño en un libro infantil o al adulto que ve “¡Hatari!” (peligro en suajili y película de 1962). Y eso está bien, así no hace falta describirlo: animal grande, cuatro patas poderosas, trompa prensil, orejas como hojas de lechuga gigantes, colmillos, ojillos legañosos, cola corta puntiaguda, corpachón; un elefante, vaya.
    Si no tengo las palabras, ¿qué me queda? Me queda mucho, me queda, según los expertos, un impacto psicológico y emocional directo que no siempre necesita (ni busca) ser traducido a palabras para ser "entendido". Las comillas no son mías. Lo que queda son sensaciones que a menudo no sé interpretar o que traduzco con torpeza: hombre blanco hablar lengua de serpiente.
    El cine es capaz de sugerir ideas o conceptos profundos, de acuerdo. Si no lo entiendo, pues no lo entiendo; pero cuando sí, es porque las palabras vienen en mi ayuda y me cuento a mí mismo lo que veo y oigo, traduzco el hipotético mensaje visual y sonoro a mi lengua materna. Me digo: es la luz tamizada de la tarde, son los ojos huidizos de quien oculta algo; veo la belleza interior que se refleja en un rostro, distingo una mirada de amor incondicional. Cuando esto es así, a igualdad de contenido, la película suele ser más divertida que la novela, lo reconozco; pero, en mi experiencia, para que esto suceda al cine es mejor ir leído.

martes, 13 de octubre de 2026

Cine y literatura (1)

    El cine es, por edad, el hermano pequeño de la literatura. Su vocación es la misma: contar historias. Los cimientos también son los mismos: el lenguaje, las palabras; en una película, el guion. La aportación novedosa del cine son —es obvio— las imágenes y el sonido.
    A partir de esa combinación de voces con imágenes y sonido se genera otra forma de comunicarse comparable al caso de las canciones (música más letra) y que podríamos situar en un punto intermedio entre la literatura (solo palabras) y la pintura o la música clásica (solo sensaciones).
    Comprendo que hay gente, con más habilidades que las mías, que entiende por completo ese idioma cinematográfico; pero en mi caso, cuando veo una escena compleja, para captarlo todo, para entenderlo de verdad, me hace falta literatura, me hacen falta palabras.
    Los diálogos de la película ya están codificados en una lengua hablada, no necesito estrujarme el cerebro para entenderlos. Además, al pasar de la asepsia del papel al sentimiento de la palabra hablada ganan sin duda en emoción más de lo que puedan perder en ortografía (al César lo que es del César).

sábado, 10 de octubre de 2026

Aviones

    Lo mejor que le puede pasar a un recuerdo es que lo escriban. Por suerte, salvo memorias excepcionales, casi todo lo que nos sucede lo acabamos olvidando. Solo pasan el filtro los hechos que nos impresionan, nos interpelan o nos enseñan algo.
    Esos recuerdos que perduran se convierten en carne de nuestra carne y están vivos, y como están vivos cambian. No nos podemos fiar de ellos, por los cambios y también porque ya en origen no eran sino apreciaciones subjetivas. Con el tiempo experimentan una especie de ambarización y van adquiriendo una textura similar a la de los sueños.
    Este es uno de esos recuerdos, una mínima historia que no creo haber contado a nadie, hasta ahora, pero que he guardado como algo significativo. Tendría siete u ocho años. Detrás de nuestra casa había un cine y los chavales del barrio jugábamos por los descampados inspirados en las películas. Un día, nos metimos en un terreno en cuesta con hierba algo crecida y donde había plantadas unas hileras de árboles. De inmediato surgió la idea, aquellos árboles eran aviones de combate, solo había que subirse. No sin trabajo, conseguí encaramarme a uno de ellos. La altura sobre el suelo sería de apenas metro y medio, pero mirando cuesta abajo bien podía estar en la cabina de un avión, pilotando o apuntando con la ametralladora.
    Absorto en el juego, no me di cuenta de que las voces infantiles se habían ido apagando. Levanté la cabeza y mis compañeros ya no estaban. Al darme la vuelta y mirar cuesta arriba me encontré cara cara con un hombre desconocido que me miraba con expresión serena. Nada me dijo, se limitó a tenderme la mano para ayudarme a bajar del árbol. Ya en el suelo volví a mirar de abajo a arriba su rostro impasible y me fui alejando en silencio.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Lisa

    Hacía tiempo que no sabía nada de Lisa. Y sigo sin saber, pero hoy alguien me ha hablado de ella. Hará unos veinte años que no tenía noticias suyas. Es curioso, en ese tiempo, no sé por qué, me he acordado más del resto de la familia siendo ella la más memorable. No digo la única porque Marge, la madre, era una santa, aguantando a Homer, su marido, de buen corazón pero un impresentable de marca mayor, y al hijo, Bart, un inconsciente camino de seguir la estela del padre.
    Caigo ahora en la cuenta de esa diferencia notable entre personajes masculinos, cómicos y lamentables, y femeninos, abnegados y trabajadores. Estoy simplificando, se entiende. Marge era miembro de una generación de mujeres sacrificadas por la familia, sin liberar, no sé si prefeminista. Lisa era la promesa, la lista de la familia, la intelectual concienciada con su punto neurasténico. Esperaba grandes cosas de Lisa. Que fuera la primera mujer presidente de los Estados Unidos, que nos redimiera a todos.
    “Los Simpson” se sigue emitiendo y los personajes no han envejecido ni un ápice, pero en mi cabeza, después de esos veinte años sin verles, sí que lo han hecho. Homer es muy posible que esté jubilado, a la fuerza seguramente, para evitar un desastre nuclear. Eso si sigue vivo, con su atroz dieta de donuts y perritos calientes. Marge lo seguirá cuidando y habrá emprendido una nueva vida retomando los estudios e implicándose en causas pacifistas y ecologistas. Bart será un fracasado más o menos divertido que vaga de empleo en empleo, probablemente divorciado y buscando novia por los bares.
    Lisa no, Lisa se habrá doctorado en una buena universidad. Estará casada con alguien que comparta las tareas de la casa. Puede que tenga uno o dos hijos y los esté criando con amor y el grado de firmeza necesario. Será una activa participante en causas sociales y en la vida política. Todo ello conseguido con esfuerzo, la ayuda de su psicoanalista y la práctica del saxofón a ratos perdidos.

domingo, 4 de octubre de 2026

Libro de aforismos

    ¿Cuántos aforismos hacen falta para editar un libro? La pregunta es errónea, o coja, lo importante no es el número sino la calidad. Vale, de acuerdo, pero por tener el dato. Benjamín Prado, que ha publicado varios, apunta que para el primero esperó a juntar quinientos (en realidad se los juntó un colaborador espigando sus otros libros). Quinientos son muchos, muchísimos. Otras fuentes, más tolerantes, rebajan la cifra hasta un mínimo de cien. Cien aforismos, eso se puede intentar. Otra cosa es que a alguien le interese publicarlos. No importa, nadie te puede quitar la diversión.
    Claro que si esos cien son breves, no darán para un libro, si acaso para un folleto, panfleto u opúsculo. En un caso extremo para una hoja volandera (qué bonito, hoja volandera).
    El aforismo, si es bueno, cuanto más corto mejor. Un ejemplo sería el “pienso, luego existo” de Descartes. En general son más largos. Nadie les ha puesto un límite en cuanto a número de palabras, que yo sepa. Contaré, como leyenda apócrifa, que Immanuel Kant quiso escribir un aforismo matizando el de Descartes, se lió (se le fue la mano) y acabó publicando la “Crítica de la razón pura”, un libro de más de ochocientas páginas. A esta obra nadie le ha querido reconocer la categoría de aforismo (si bien largo). Es broma.
    Sin llegar a poner un tope a la longitud del aforismo, a efectos de valorar su publicación convendría clasificarlos al menos en dos categorías, cortos o largos. Dicho de otra forma, puros o explicativos. Y de una tercera, drásticos y contingentes (defiendo esta última formula por su valor lírico más que por su precisión semántica).
    No quiero terminar este texto sin incluir un aforismo sobre la vanidad que catalogaría en el grupo de los cortos, puros o drásticos. No sé si es bueno o malo, lo que sí le veo es el atractivo de ser caritativo con la condición humana. Helo aquí: Lo más parecido a no ser vanidoso es serlo sin que se note.

jueves, 1 de octubre de 2026

Aforismos

    El otro día, a cuenta de lo que decía Annie Dillard de que hay que escribir sin guardarse nada, vi en su discurso un aire de anarquía literaria incompatible con la ley y el orden y se me ocurrió esta frase: Una vida ordenada es veneno para la literatura. En ese momento me pareció una buena idea y la apunté en mi lista de aforismos. Antes utilizaba una libreta, ahora los escribo en el móvil, en un borrador del correo electrónico; es el signo de los tiempos.
    Volviendo sobre ello, la verdad es que ese proyecto de aforismo, una vida ordenada es veneno para la literatura, no me acaba de convencer. Me pregunto para qué sería buena esa vida ordenada. Y me respondo que para la ansiedad. Sé que me disperso pero, casualmente, tengo un aforismo sobre la ansiedad: La ansiedad es para nosotros como la radiación cósmica de fondo para el universo, siempre está ahí. Cualquier paliativo que se nos ocurra viene bien para esta perenne zozobra y la tranquilidad es uno de ellos. Acicalado, el aforismo queda así: Una vida ordenada es el mejor antídoto contra la ansiedad crónica.
    Dándole más vueltas, propongo otro más lírico, aunque en el fondo signifique prácticamente lo mismo: En temporada de huracanes, la rutina es un puerto seguro. De propina, nos sale un aforismo/calderilla: Rutina es el segundo nombre de la vida ordenada.
    Pero volvamos de nuevo al principio —esto parece el mito del eterno retorno—, lo pienso y una vida ordenada no solo no es veneno para la literatura sino que incluso puede ser conveniente. ¿No fue Pessoa un oficinista que apenas salió de Lisboa? ¿No es también cierto que el mundo puede concentrarse en una manzana de casas?

lunes, 28 de septiembre de 2026

El obispo (y 2)

    No ha sido fácil, en general. Ha cometido sus pecados, confía que veniales. Ha pesado, sobre todo, la sombra de la sexualidad. Ha tenido sus tentaciones; recién salido del seminario una chica, en confesión, se declaró enamorada de él. Su fe se tambaleó, vio que al fin y al cabo era un ser humano como cualquier otro. No sabe muy bien cómo, perseveró; en la duda, se apoyó en sus dos referencias.
    Ahora es obispo y no acaba de asimilarlo. ¿Por qué él? Puede que, simplemente, se deba al hecho de que cada vez hay menos curas. Pasó vergüenza cuando le vistieron con aquella mitra y aquel báculo en la ceremonia en Roma. Se sintió en el siglo dieciocho.
    La angustia que siempre le ha rondado, es ahora mayor. No sabe si sabrá estar a la altura de las nuevas responsabilidades. Un cura, y más un obispo, tiene que saber templar gaitas, decían en el seminario. Se pregunta qué le dirían ellos; su maestro, desde la sabiduría, y su madre, desde el corazón.
    Es curioso que ambos coincidieran en un consejo, la humildad. Se lo decía su madre con un beso en cada despedida. Su profesor añadía: La humildad es lo que hará perdonables los errores que puedas cometer. Hoy, a punto de comenzar su jornada, se ajusta el alzacuello frente al espejo y se atusa el cabello, disimulando en lo posible una incipiente calvicie. Respira hondo, esboza una sonrisa y se pregunta: ¿Habrá alguien que me siga encontrando guapo?

viernes, 25 de septiembre de 2026

El obispo (1)

    Tiene dos personas en mente, su madre y su tutor —y confesor— del seminario. Ambos han muerto, no hace demasiado pero antes de su nombramiento. Se le ha quedado dentro una pregunta que le hubiese gustado hacerles a los dos: Ahora soy obispo, ¿qué te parece?
    Para la madre hubiera sido la felicidad en la tierra, y eso que cuando dijo que quería ser cura su hermano mayor estaba ya en el seminario y le pidió que se lo pensará, que un hijo sacerdote era suficiente. Pero luego, aparte de que el hermano lo dejó, fue su preferido; el más bueno y el más guapo, le decía.
    Para su maestro, verle de obispo hubiese sido una pequeña sorpresa. Una de sus frases, de las muchas que guarda con toda su devoción, era esta: Los curas somos como los ratones, los hay de biblioteca y los hay de campo. Yo soy un ratón de biblioteca; tú, uno de campo.
    Así lo ha sentido él mismo, un sacerdote que se dedica a cuidar de su rebaño; sin más aspiraciones. Ha ido de parroquia en parroquia empeñado en no defraudar a su madre ni a su maestro ni a sí mismo. Cuidándose con frugalidad, haciéndose la cama, huyendo de la vanidad, desplazándose en bicicleta.
    Ha sido fiel, también, a otra de las máximas del profesor: El buen cristiano, siguiendo el ejemplo de su creador, tiene seis partes de hormiga y una de cigarra. Por eso, en parte, aprendió cuatro acordes con la guitarra y los ha practicado en la catequesis y en cuanta celebración se ha presentado.

martes, 22 de septiembre de 2026

Todas las almas

    En el catolicismo convive una corriente nihilista que asegura que el cielo y el infierno existen, pero están vacíos. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe (cuando lo presidía Ratzinger, por cierto) desautorizó en su día semejante idea; porque, si no hay nadie en el cielo, ¿dónde está todo el mundo? En el limbo, decían aquellos, a la espera del Juicio Final.
    Profundizando en la idea, digo yo que, en previsión de cualquier eventualidad, aunque estén vacíos, alguien tendrá que encargarse de su limpieza y mantenimiento (sobre todo del infierno, si hubiera calderas). Todo esto me lo estoy inventando; menos lo de que el infierno esté vacío, que lo leí hace poco.
    Lo que quería decir es otra cosa: ¿Por qué solo pueden ir al cielo los humanos?, ¿quién ha dicho que los animales o las plantas no tengan alma? Si toda la vida en la tierra proviene de un único ancestro común unicelular, ¿a qué viene esa discriminación?
    Un protozoo (primer animal, en griego) dio el pistoletazo de salida a la evolución cuando, mitosis mediante, se dividió en dos. Aquella ameba, o lo que fuera, todavía debe de estar entre nosotros. No me extrañaría que acabara siendo también el último organismo vivo en el planeta y que poco antes de extinguirse tenga la sensación de que todo había sido un sueño.
    Mientras tanto, la vida es una, pero se manifiesta de múltiples formas: un manzano, una araña, un ciprínido, los elefantes, los rosales, los seres humanos. La creencia generalizada de que somos especiales y, según la doctrina católica, los únicos con un alma destinada a la eternidad, aparte de imaginativa, es una traición al ADN que compartimos con todas las variantes biológicas y una fatuidad por nuestra parte. Suponiendo que haya otra existencia después de esta, ¿por qué no iban a tenerla un perro, un gato o un sauce llorón?

sábado, 19 de septiembre de 2026

Inaudito

    Esta es una pequeña anécdota que esperaba paciente su excusa para aparecer en este blog. La he encontrado en el desenlace, de duda psicológica similar, de un cuento de Jabier Muguruza, músico y escritor en euskera. Es la historia de un músico, ya veterano, que se autoedita un disco y reparte algunas copias a colaboradores y amigos antes de darse cuenta de que la tercera pista del CD está defectuosa…
    En mi historia también hay un disco, pero de vinilo. El escenario es el colegio mayor en el que estuve en Madrid. Un curso, ya cerca de los exámenes, un compañero me pidió los apuntes de una asignatura. J. J., mi amigo, era un estudiante brillante, de los que cogen las ideas al vuelo, con un toque de excentricidad, amante del chocolate y del ping-pong. Aquella fue la única vez que me pidió apunte alguno, y se los dejé de buen grado.
    Llegó el examen y ambos aprobamos, él seguramente con mejor nota. Para mi sorpresa, como muestra de agradecimiento me regaló un disco de su grupo favorito, Genesis. Aunque el tipo de música no me atraía demasiado, el gesto despertó mi curiosidad. En el colegio mayor había una sala denominada “la fonoteca” con un tocadiscos a nuestra disposición. Alguna vez pedí la llave e hice uso de ella, pero no para oír aquel disco. Tampoco más adelante pasé de escuchar algún fragmento.
    Han pasado los años, mi afecto por J.J. sigue intacto y el disco lo sigo teniendo, metido en un mueble. Pero me ha quedado una espinita porque, al igual que los amigos del músico en el cuento de Muguruza, —¿por dejadez?, ¿por un fondo de egoísmo?— nunca he llegado a escucharlo entero.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Vuelta atrás

    Tomarse un café y leer el periódico en una terraza no deja de ser un “retorno al pasado” (bonita película de 1947). Mientras estaba en ello ha salido Jaione, la camarera, a ordenar las mesas y otra clienta le ha preguntado, ¿ya has dejado a la niña en la escuela? Jaione ha respondido, ¡no!, estoy aquí desde las cinco y media; ¿a que tengo buena cara para el madrugón? Cinco y media, ahora me explico lo de tanto pincho en la barra.
    ¿A qué viene esto? A reivindicar la vida tranquila, antigua y desinformada. Con sus pros y sus contras, pero a salvo de la tormenta tecnológica que amenaza con llevarnos por delante. El problema es que la tecnología va mucho más rápido que la biología. Hace cien años, para ir a América se cogía pasaje en un paquebote y se tardaba un mes. Esas cuatro semanas daban tiempo para adaptarse, de paso se evitaba el jet lag.
    A cuenta de la vertiginosa mejora en la generación de imágenes virtuales me he acordado de como, hace años, me sorprendió enterarme de que una grabación de audio no era admisible como prueba en un juicio (o solo lo era avalada por un perito). La cinta magnética, el soporte, era manipulable; se podía cortar y empalmar a voluntad.
    En los últimos tiempos la misma pega es achacable a las grabaciones de imagen. ¿No se hacen ya películas sin actores reales? Cuando parecía cercano el día en que todo quedase registrado en alta definición, la realidad es que cada vez es más difícil distinguir lo auténtico de lo falso. La situación nos fuerza a una vuelta al pasado que tiene algo de cómico, como una película muda proyectada marcha atrás. Lo que se vea en un video no demuestra nada. Sin renunciar a las ventajas del presente habrá que leer las noticias a la antigua afilando el sentido común.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Últimas veces

    Es muy raro ser original, lo habitual es repetir lo que otros han escrito antes (aunque no se haya leído). Después, en una segunda fase, uno se repite a sí mismo. Casi siempre, lo novedoso no es el tema sino el autor. Es, me parece, el caso de este escrito mío de hoy.
    Una vida siempre es completa (no digo plena). Lo que no son todas las vidas es iguales. Aunque haya muchas experiencias que no lleguemos a conocer, nadie vive media vida, dure lo que dure.
    Un buen número de acontecimientos, o simples anécdotas sin importancia, solo se dan una vez. Puede ser un viaje, un encuentro, una celebración —por el lado de los hitos que recordaremos como momentos claves— o cualquier nimiedad de la que no quedará el menor vestigio.
    Pero lo que quiero comentar concierne a esos otros sucesos que se repiten más o menos regularmente a lo largo de una vida. Estos hechos, cuya primera vez puede que recordemos o no, conllevan un misterio: el de que cuando menos te lo esperas, resulte que lo has vivido por última vez.
    Me gusta la idea de tenerlo en cuenta y ser consciente de la posibilidad de estar viviendo esas últimas veces que son parte del epílogo de la vida. Tener la sensación de que llevas el timón de la nave. La última vez que subes a un monte, que escuchas una canción, que ves a un amigo. La última vez que vas al cine, que tomas chocolate con churros. La última vez, en el plano más íntimo, que te acuerdas de un ser querido.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Sah

    Monolingüe, se dice del que queda atrapado en su idioma natal. No es un insulto, sino una condición; aunque algunos digan que también es una carencia. Serlo no tiene nada de malo, pero tampoco de bueno. Si eres monolingüe no es culpa de nadie, o en todo caso, si se dan circunstancias oportunas, solo es culpa de uno. En la práctica, por cierto, una buena motivación para aprender una lengua es el hambre, como se ha demostrado históricamente.
    “El lengua”, le llamaban al traductor en tiempos de la aventura de América. Esta profesión, de traductor, peligra en el futuro que ya asoma de la traducción simultánea automática y artificial. El fenómeno es inquietante, entre otras cosas por el impulso que recibirá el monolingüismo; para qué esforzarse en aprender otro idioma si el smartphone va a ser tu “lengua” particular.
    En un reportaje en el periódico hablan del “sah” de Persia. Mi primera impresión es que se trata de un error. Aunque hace mucho que no hay “sah” en Persia, nunca había visto la palabra escrita así. Lo que siempre había conocido era “sha”, con su pronunciación específica, la ese sibilante. Pero resulta que el periodista lo ha escrito bien; “sah” es, según la RAE, la forma correcta de designar al “rey de Persia o del Irán”. La palabra entró en el diccionario hace unos treinta años, procede del inglés shah, y esta, a su vez, del persa šāh.
    Conclusión, las lenguas, y la ortografía están vivas, no paran quietas. Evolucionan sin descanso e interactúan entre sí. En ese ecosistema nació y se sigue desarrollando el pensamiento humano. Las combinaciones de todos los alfabetos y todos los signos de puntuación de la historia pasada, presente y por venir, no son infinitas pero desde luego sí suficientes para que sigamos elaborando ese pensamiento (hasta que la muerte nos separe).

lunes, 7 de septiembre de 2026

Librerías

    Una costumbre que tengo, un tanto narcisista, es contar los libros que he leído de los expuestos en el escaparate de una librería. Según el sitio, pueden ser ninguno o media docena. El origen de este pasatiempo fue la librería “Arturo”, cerrada hace muchos años. Era una librería seria, una tanto oscura, donde reinaba el silencio. Me daba apuro entrar y lo que hacía era repasar el escaparate. Lo bueno que tenía, para mi juego, era que los libros eran obras reconocidas, que iban rotando. Citaré algunos títulos: Opiniones de un payaso, Tiempo de silencio, Luz de agosto, La metamorfosis, Ficciones, Las inquietudes de Shanti Andía, Jane Eyre…
    Sigo visitando librerías pero con una sensación nueva. Es entrar, echar un vistazo y comprobar que siempre hay un buen número de libros que despiertan mi interés. Mis malditos escritores preferidos no paran de publicar, jamás podré ponerme al día. Estoy condenado a dejar pasar la riada de literatura y a conformarme con pescar algún que otro ejemplar perdido.
    Como mínima consolación para la especie —no para mí— todos los libros se acabarán integrando, de alguna manera, en el conocimiento general por medio de la inteligencia artificial. Esa rueda lleva ya un tiempo girando, en parte a través de grandes pedidos a librerías de segunda mano cuyo destino es alimentar dicha inteligencia. Los libros así adquiridos van a centros especializados, una especie de mataderos donde cortan los lomos, escanean las hojas y trituran los residuos. Es inquietante la crudeza del procedimiento, pero tiene su parte positiva: la salvación de sus almas. Los cuerpos de papel desaparecen pero las palabras siguen ahí, en alguna parte de la nube.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Saber o no saber

    Pensaba estos días en insistir en que no sé nada (hablo de mí, por prudencia). No lo digo por decir, ni por quedar bien, ni con la boca pequeña; lo digo porque cada vez estoy más convencido. Una de las razones es la idea de que la mente es impredecible y las conexiones neuronales precarias. La mayor parte de la información que llega o pasa desapercibida o pronto se olvida. Mi conocimiento consiste en vagas impresiones e ideas mal comprendidas que se difuminan con el tiempo hasta desaparecer.
    Estaba dando vueltas a esto cuando leo un artículo que critica a Javier Bardem por haber dicho en una entrevista que “cuando nos hacemos mayores creemos que lo sabemos todo pero no sabemos nada”. A cuenta de este inofensivo comentario, el articulista dice, entre otras cosas, que no le gusta la forma de envejecer de los que dan lecciones existenciales. También aprovecha, y esto me ha parecido feo, para meterse con su madre. Le cae mal la familia, parece.
    Todo el mundo tiene su parte de razón, desde luego, pero me ha sorprendido el artículo. La frase en sí no es ninguna novedad y estoy más o menos de acuerdo con ella. Le diría al articulista que en esta cuestión no es aplicable lo de que la virtud está en el medio. Si bien es cierto que hay gente que sabe más y otra que sabe menos, en términos absolutos las diferencias son infinitesimales. 
    Dicen que si el Big Bang hubiera sido hace veinticuatro horas, el homo sapiens habría aparecido hace un segundo. De forma análoga, toda nuestra sabiduría cabe en ese segundo y el resto del día es lo que ignoramos. Con permiso de Sócrates, matizaría su famosa máxima, No sé si sé algo o no sé nada, pero tengo mis sospechas.

martes, 1 de septiembre de 2026

Fulcro

    Fulcro (en el diccionario), punto de apoyo de la palanca.
    A los vagos como yo nos encantaría que fuera posible meter toda la sabiduría del mundo en una frase. La idea es absurda pero lo cierto es que se puede distraer al entendimiento a base de máximas brillantes. Es lo mismo, de alguna manera, que engañar al estómago con bocaditos y renunciar a los grandes platos. O —inciso— a los humildes, que son en realidad los que más me gustan: alubias con un poco de chorizo, unas anchoas albardadas, el arroz con leche.
    El caso es que, en cuestiones de sabiduría, es mucho más fácil alimentarse de píldoras que leerse la Ética de Spinoza. En esa línea de eludir el esfuerzo, traigo aquí dos aforismos extraídos de los cuentos de Isaac Bashevis Singer.
    Primero: Toda grandeza tiene también su parte de locura. Lo piensas y tiene que ser cierto. Por ejemplo, para un investigador el simple rigor científico ligado a la disciplina académica y una vida ordenada no puede dar como resultado un descubrimiento fascinante, sino más bien algo útil pero predecible. Para bordear el genio en cualquier campo hace falta algo más, un ingrediente secreto, cierta excentricidad, un espíritu soñador, capacidad de sorprender; algo equivalente a conocer por su nombre a todos los soldados del batallón.
    Segundo: Cualquier interés puede convertirse en pasión, incluso servir a Dios. Sí, estoy de acuerdo, sin entrar en otras consideraciones la pasión por algo te resuelve la vida (no te deja tiempo para aburrirte) y cada uno la encuentra en donde puede; coleccionando cajas de cerillas, diseñando puentes o, en casos extremos, sirviendo a Dios. En fin —me estoy animando—, parafraseando a Arquímedes: dame una frase y moveré la literatura.

sábado, 29 de agosto de 2026

Mañana será otro día

    Siempre es ahora y nunca es tarde. Vivimos en el momento justo, no nos queda más remedio; acudimos puntuales a la cita de cada instante, por efímero que sea; y así es todos los días de nuestra vida, desde el primero hasta el último. Se me ocurre un buen título para un libro: “Mi último día en la Tierra”; aunque sería difícil de escribir, por la premura de tiempo.
    Tiempos recios llamó Vargas Llosa, en una novela, a los años 50 del siglo pasado en Guatemala. A qué dudarlo, pero cuándo han sido los tiempos suaves en ninguna parte. Estos de ahora no creo que sean diferentes. Tanta casualidad sería que el presente fuera el peor momento de la historia como que fuese el mejor.
    Este “ahora” en el que estamos incluidos será pronto un tiempo más, como otro cualquiera, y yacerá, etiquetado y archivado, en los libros de historia sin que, seguramente, nadie le dé mayor importancia (se recordará más como “otro día en la oficina” que como un “momento estelar de la humanidad”).
    Toda esta palabrería que me gasto es para decir algo que ya he dicho antes y que ya se ha dicho antes: nuestra anunciada debacle de cada día no es para tanto, esto no es el fin del mundo y las cosas no están peor que nunca. Cuando sales de Guatemala a veces vas a Guatepeor y otras a Guatemejor. Ni deberíamos abandonar toda esperanza ni nos estamos adentrando en el infierno de Dante; aunque la temperatura sí que está subiendo, eso hay que reconocerlo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Lo que he aprendido del yidis

    El yidis nació en el siglo X en la cuenca del Rin. Judíos procedentes de Italia y Francia adoptaron los dialectos alto alemanes de la zona y los fusionaron con el hebreo, el arameo y los restos romances que traían consigo. Dos siglos más tarde, comenzó la emigración judía hacia el este y las aportaciones eslavas dieron lugar al yidis oriental, que es, más o menos, el vigente en la actualidad.
    El yidis fue durante siglos la humilde lengua franca de los judíos de Europa central. Se consideraba un dialecto, no lo es. Dijo un lingüista, por cierto, que el dialecto que se hace con un ejército se convierte en idioma. A lo más que ha llegado el yidis es a ser declarado lengua minoritaria en Israel y unos pocos países más (Suecia uno de ellos, sorpresa).
    A principio del siglo XX, el yidis llegó a tener doce millones de hablantes y una notable pujanza cultural. La emigración hizo que en el censo de 1920 en Estados Unidos se contasen dos millones de personas que tenían el yidis como lengua materna. Por aquella época, en Nueva York, se llegaron a vender medio millón de ejemplares diarios de periódicos en ese idioma. Luego hubo un rápido proceso de asimilación. En Europa, tras la barbarie nazi, que mató a seis millones de judíos de los cuales cinco hablaban yidis, la presencia de la lengua pasó a ser residual.
    Se ha dado una paradoja. En los comienzos del sionismo, los nacionalistas judíos optaron por el hebreo en detrimento del yidis. Esta lengua quedó, de alguna manera, para los laicos. Hoy en día, por el contrario, lo hablan más de medio millón de judíos ultra-ortodoxos, repartidos entre Estados Unidos e Israel. Cada vez son más porque tienen muchos hijos. Queda, por otra parte, otro buen número de yidistas seculares, unos cincuenta mil, empeñados en la preservación, el estudio y el uso vivo del idioma.

domingo, 23 de agosto de 2026

Yidis, tres apuntes

    Nadie mencionó el yidis en toda mi “etapa formativa” (esta expresión me suena un poco ridícula pero hay que reconocer que es útil). Supe de su existencia bastantes años más tarde, de modo tangencial y enigmático. Al parecer el yidis era una lengua que hablaban los judíos. Desde entonces he sentido interés por ese idioma; más sobre sus circunstancias que sobre el lenguaje en sí, que desconozco por completo (además, se escribe en caracteres hebreos). Ahí van los tres apuntes:
    Este idioma semidesconocido tuvo una influencia notable en la obra de Franz Kafka. El escritor conoció el teatro en yidis en Praga, a principios del siglo XX, y quedó fascinado. Estudió su gramática, hizo una gran amistad con el actor principal, fue un habitual en las representaciones y se enamoró de forma platónica de una actriz.
    A mediados del siglo pasado The Barry Sisters (dos rutilantes hermanas de apellido original Bagelman) se hicieron un hueco en la escena jazz y swing de Estados Unidos interpretando canciones en yidis, entre ellas Bei Mir Bistu Shein (adaptación fonética del yidis בײַ מיר ביסטו שעהן, en español "Para mí eres hermosa") compuesta para una comedia musical en ese idioma en los años treinta. La versión en inglés fue el primer éxito de las Andrew Sisters y el tema devino en un clásico de la música swing.
    En 1978 el Premio Nobel de literatura fue otorgado a Isaac Bashevis Singer, un prolífico escritor en yidis nacido en Polonia y emigrado a Estados Unidos huyendo del nazismo. Yentl der yeshive bokher es una de sus historias; cuenta las peripecias de una chica que se viste de hombre para poder estudiar en la yeshivá, la escuela judía tradicional. Basándose en ese cuento, en 1983, Barbra Streisand, ella misma con raíces familiares de esa cultura, dirigió y protagonizó la película musical Yentl.

jueves, 20 de agosto de 2026

Una buena pregunta

    La vida es un misterio sin aclarar. A falta de respuestas, lo más indicado sigue siendo que nos hagamos las mejores preguntas posibles. La pena, me voy dando cuenta, es que tampoco sé cuáles son exactamente esas preguntas.
    Una evidente puede ser, ¿qué estoy haciendo aquí? Nadie lo sabe, pero el solo hecho de formularla es positivo. Es ir a lo práctico, poner los pies en el suelo, reconocer nuestra precaria condición mortal y la necesidad de hacer algo con nuestra vida aparte de transitar por ella con el piloto automático.
    En esta búsqueda de algo a lo que agarrarnos el punto de partida innegociable es la humildad, ser conscientes de nuestra pequeñez, nuestra prescindibilidad; la de cada uno y la de toda la especie en su conjunto. En cada momento de la historia nos hemos creído el no va más en cuanto a ciencia y conocimiento. Luego el tiempo, inexorable, ha dictaminado que no, que aún quedaba —y queda— mucho por aprender, que todavía estamos en pañales.
    Otra pregunta que se me ocurre, a sabiendas de que es más retórica que otra cosa es, ¿merece la pena vivir? Sí, no, a veces, mañana te digo...; un juez diría que la pregunta es irrelevante, no hay respuesta que aporte algo a la cuestión de fondo. El caso es que vivimos y no hay alternativa, no existen los seres no-concebidos. La vida es una lotería que nos ha tocado sin tener ningún boleto.
    No nos ha sido concedida la inteligencia necesaria para entender todo esto, pero lo que sí está en nuestra mano, ya que estamos aquí, en la Tierra, es hacer lo posible para mantener el tipo, para preservar la dignidad. Esta sí podría ser una pregunta a nuestro alcance, ¿qué hay que hacer para llevar una vida digna?

lunes, 17 de agosto de 2026

El cuarto pilar

    El estado habitual de mi pensamiento —que solo es mío en sentido figurado— es un simpático caos bienintencionado; por eso mismo agradezco recibir de vez en cuando alguna aportación que lo ilumine siquiera sea por un corto periodo de tiempo.
    Algo de esto es lo que me ha pasado hoy al encender la radio en el desayuno y escuchar, en un programa de divulgación científica, que hay cuatro factores esenciales que determinan nuestro estado de salud: el sueño —el de dormir, el sueño reparador que se dice—, la alimentación, el ejercicio físico y los lazos con otros seres humanos.
    Como se ve, son tres elementos físicos y bastante evidentes —aunque a menudo no nos esforcemos lo suficiente en su cuidado— y uno psíquico, el de las relaciones con los demás. Los demás, que son —convéncete—, lo único que hay en el mundo. Es el factor humano —como la novela de Graham Greene—, el de querer y que nos quieran; el que advierte que nadie es solo, que somos autónomos pero no independientes (esto lo ha dicho también la experta de la radio).
    De forma complementaria, como suele suceder, he conocido también esta mañana una anécdota que me sirve para ilustrar ese cuarto pilar del bienestar humano. Es lo que le preguntó una vez, mimoso, Gabriel García Márquez a su agente, Carmen Balcells: “¿Tú me quieres?”; y lo que le contestó esta: “¿Cómo no te voy a querer si eres el 37 por ciento de mi facturación?”. Era broma y era cariño; y quien dice cariño dice amor, que es lo que necesita el mundo y lo que necesitas tú.

viernes, 14 de agosto de 2026

Rezar

    “Yo le rezo a San Antonio y no falla, siempre encuentro lo perdido”. Esto le oí decir a una mujer, y lo decía en serio. Más lógica veo en el refrán: Lo que no se comen los ratones, aparece en los rincones. En un cuento de Alice Munro, por dar una referencia de más nivel, uno de los personajes habla de un grupo de gente, autodenominado “Círculo de oración” —que es también el título del cuento—, que reza por los intereses que les van surgiendo. Concluye asegurando que ese truco de aunar esfuerzos funciona.
    Rezar es reconocer, indirectamente, nuestra condición de seres desvalidos. Pedir algo a cuenta del fútbol, la lotería o cualquier otra banalidad a Dios, la Virgen o cualquier Santo o antepasado no me ha entrado nunca en la cabeza. Por cierto, no veo la lógica que distingue entre la Virgen o el Cristo de tal o cual lugar. No por ello dejo de creer en los milagros, ¿qué otra cosa es, si no, la vida?; y, ojo, también la muerte, que va en el mismo paquete.
    Por otra parte, hay una razón sencilla que explica por qué un hipotético Dios, la naturaleza o el azar no se prodigan en milagros cotidianos: no pueden contravenir las leyes naturales que ellos mismos (Dios, naturaleza o azar) han dictado. No tendría sentido crear el juego del mundo y luego saltarse las normas (o jugamos todos o se rompe la baraja).
    De este modo había pasado los años resignado a lo que me tocara hasta que de pronto —cuando me ha tocado— he sentido el impulso de pedir a alguien, quien sea, real o imaginado, mortal o inmortal, carnal o espiritual, que me eche una mano, que me evite dificultades, que haga que los años sean leves conmigo y con los que me importan. Me resisto, por supuesto; la razón me dice que no, que es absurdo rezar a un ser invisible, que no hay nadie a quien recurrir, pero la herencia sentimental que he recibido —supongo— me empuja a ceder y a elevar una oración laica por mi y por mis compañeros.

martes, 11 de agosto de 2026

Desde mi burbuja

    La vida es un viaje que hacemos a través del tiempo encerrados en una burbuja. Cuando digo “burbuja” me refiero tanto a una nave metafórica como a nuestra individualidad y al hecho de que, te pongas como te pongas, en el fondo todos estamos solos.
    Escribe un experto que las universidades tienen que reciclarse, que la enseñanza presencial está en retroceso y las aulas se vacían. De estas vehementes palabras se deriva la posibilidad inquietante de que, sencillamente, las universidades desaparezcan; lo que, después de todo, es el destino final que aguarda a toda institución humana.
    Los tiempos están cambiando, The Times They Are a-Changin’ —cómo me gusta ese a-changin’—, cantaba Bob Dylan en 1963. Y era cierto; pero, ¿cuándo han dejado de cambiar? Según avanzamos —o quizá, explicado más gráficamente, según aguantamos la furia del tiempo que nos da de frente, nos rodea y se pierde a nuestra espalda—, según pasan los años, vemos… Pausa.
    Tengo que pasarme al singular; del nosotros al yo, con toda humildad. Tengo que hablar desde mi burbuja, desde esta individualidad mía que me viene aislando desde que nací. Según han pasado los años, he podido ver como ha cambiado el mundo; los hitos tecnológicos, los modelos familiares, las costumbres... tantas cosas; y he deducido que siempre ha sido así y así será en el futuro, —ese futuro que yo no viviré— hasta que se extinga la especie.
    También me han convencido de que no se puede medir una época con los parámetros desarrollados (tal vez en una universidad) para otra . Esto veo desde mi burbuja; es decir, lo he entrevisto a través del cristal tirando a opaco que la recubre; porque así es, tirando a opaca, la burbuja que me ha tocado.

sábado, 8 de agosto de 2026

Baja una marchita

    El cuerpo humano es una máquina maravillosa pero con fecha de caducidad. Han hecho falta cientos de miles de años (o millones) para ir afilando las prestaciones del modelo actual —el homo sapiens— que ha arrasado en el mercado. Por supuesto que muchos ejemplares arrastran alguna tara que acorta su vida útil (aunque toda vida es útil y lo que dure es anecdótico). Lo curioso es que tantos y tantos seres humanos vivan hasta edad avanzada a pesar de no cuidarse, de tener sobrepeso o padecer alguna enfermedad crónica, o beber o fumar como cosacos o carreteros. Ves por la calle la gente que nos rodea y te preguntas cómo es posible. Y es posible, la gente vive y solo el paso de los años puede con ella.
    Es un caso de libro de obsolescencia programada. Queramos o no, nos quedamos obsoletos; los huesos se tornan quebradizos, los sentidos pierden agudeza, los órganos ralentizan su funcionamiento, los músculos se debilitan, perdemos neuronas y el funcionamiento del cerebro se resiente. Para más inri, y en un alarde de humor cósmico, nos crecen las orejas y la nariz, y nos salen pelos en lugares insospechados. “Baja una marchita” le decía un personaje en una serie a otro que se había venido arriba. Me he quedado con la frase, bajar una marchita, es lo que nos toca hacer según cumplimos décadas de vida. No queda otra; sonreír, aceptarlo y bajar una marchita.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Párkinson

    La vida es en sí una enfermedad mortal, aún no la ha superado nadie; luego están esos otros males que lo empeoran todo. Uno de ellos, del que no sé casi nada, es el Párkinson. Solo tenía la idea de que al enfermo le tiemblan las manos. En poco tiempo, he sabido de tres casos.
    En la casa de verano, D., la vecina, nos regalaba de vez en cuando cosas de la huerta; tomates, acelgas, algún pimiento. Si no estábamos en casa nos dejaba una bolsa colgando de la verja. Se lo agradecíamos sonrientes y luego tirábamos las acelgas con disimulo. Hace un par años nos dijo que tenía Párkinson (el marido ya arrastraba sus propios achaques). Aún no se le aprecian síntomas evidentes, aunque vienen menos a la casa, el terreno que cultivan se ha reducido y —no sé si tiene que ver— siempre están, los dos, muy protegidos contra el sol (y ya no nos regalan ninguna hortaliza).
    Hace unos meses vi la serie documental sobre Scorsese. Es, resumiendo, un interesante repaso de sus películas y su biografía. En el último de los cuatro capítulos me conmovieron unas imágenes en la cocina de su casa con su mujer —su tercer matrimonio—, que sufre de Párkinson avanzado. Aparece desvalida casi por completo, se te cae el alma a los pies.
    Ahora, acabo de leer las memorias parciales de B., escritor y periodista. Digo parciales porque se ciñen a su vida pública y además dejan al margen cualquier pasaje espinoso, todo son parabienes. Resulta increíble, en todo caso, el número de sus amigos, muchos de ellos figuras de la literatura, y la frenética actividad que ha desarrollado a lo largo de su carrera. Tras un par de insinuaciones, en el último capítulo confiesa, sin especificar, que padece una “enfermedad neurológica incurable”. Más tarde ha confirmado que se trata de Párkinson. Ojalá se encuentre pronto una cura.

domingo, 2 de agosto de 2026

Me voy

    Está hablando por teléfono mientras arrastra la pierna enyesada. Es un hombre joven, menudo, delgado, con mechas rubias. Desentendido de todo lo que le rodea (el área de urgencias del hospital), se dirige a su interlocutor como “Tato”. Que estoy en el hospital, Tato. Lo dice bastante tranquilo, casi de buen humor. Le cuenta a Tato que estaba trabajando con la furgoneta y a una de estas le cayó algo (no se entiende qué) encima de la pierna y le ha cortado los tendones; le van a operar a las dos. Dice los tendones, en plural, a saber.
    Transcurre la mañana y parece que la operación se retrasa. Se está alterando, ¿es que solo hay un quirófano en todo el hospital? Ahora le dicen que le operarán por la tarde, a no ser que haya un caso más urgente y entonces lo retrasarían hasta mañana. Un médico intenta tranquilizarlo con buenas razones.
    A media tarde, cojeando con una muleta, dice que se va, que pide la baja voluntaria. Una enfermera le contesta que bien, que espere un rato a que le traigan el informe. El joven repite en voz alta sus argumentos y reitera que se va, que se conoce y le entra la locura y mejor si se va; no puede ser que solo haya un quirófano, que le han dicho a las dos y luego por la tarde y que igual mañana. Que se conoce y va a acabar haciendo algo que le perjudique; que se va.
    Lleva un rato esperando y el informe prometido no llega. A una de estas, suelta: el informe, que se lo metan por el culo, y si me quedo cojo pues me quedo cojo. Ahora bien, agrega desafiante, él se queda con las caras, tiene esa cualidad, me voy, porque me conozco, pero me quedo con las caras, dice mientras señala con el dedo en semicírculo a los presentes.

jueves, 30 de julio de 2026

Malos tiempos para hombrecillos cabezones

    Recuerdo como si fuera ayer (ja) la cola en el cine donde daban “Tiburón” (Jaws). No la vi en su momento, no me atraía la idea de un pez depredador que partía por la mitad a algún sorprendido bañista; pero desde luego guardo respeto y admiración para con Steven Spielberg, el director.
    Desde entonces he visto, si no todas, la mayoría de sus películas; casi siempre pensadas para el gran público. Me han gustado, en general; son como trajes de factura impecable confeccionados por un buen sastre, aunque no te convenza del todo el dibujo de la corbata.
    Así he seguido su carrera a lo largo de los años y ahora, cuando está cerca de cumplir los ochenta, acabo de ver su última obra, Disclosure Day (el día de la revelación). Confirmo que, aunque hay un goteo de elementos que no acaban de cuadrar, no ha perdido el pulso dirigiendo y la película mantiene la tensión de un buen thriller, con su misterio y sus persecuciones un tanto exageradas (lo digo en especial por la escena del cruce de trenes).
    Pero —spoiler—, no me ha gustado el final. Me ha dejado preocupado ese chaparrón de presuntas imágenes desveladas (reveladas) que confirmarían —suponiendo que se pueda confirmar algo en la ficción— como auténticas todas las falacias de avistamientos de naves extraterrestres y encuentros con hombrecillos cabezones.
    Spielberg ha estado siempre obsesionado con el tema, ha vuelto una y otra vez sobre él en sus películas, y a la gente le gusta, yo incluido; sentimos esa atracción de lo desconocido (they came from outer space, “vinieron del espacio exterior”, en la frase de los cincuenta), pero precisamente en estos tiempo de las conspiraciones me parece hasta peligroso ese final.
    Supongo que me falta información y no ha sido la intención de Spielberg alimentar las paranoias de esos tipos que, desafiando el sentido común y aupados por millones de congéneres, están ahí arriba, al mando, tomando (demenciales ) decisiones sobre nuestro futuro para consternación de la otra mitad de la humanidad, los que estamos medio cuerdos.

lunes, 27 de julio de 2026

El humo ciega tus ojos

    Anuncian un endurecimiento de las leyes anti-tabaco y coincide que veo —y oigo— una grabación (filmación) de los Beatles de 1965, parte de la película Help, interpretando en un estudio de grabación la canción “You’re gonna lose that girl” (“Vas a perder a esa chica”). Es uno de esos temas animados de los primeros Beatles que no se editaron en single y por tanto no alcanzaron como tal las listas de éxito. No sé si es por eso que me gustan más.
    Lo que sorprende es que al principio de la canción se ve a Ringo con un cigarro en la mano fumando tan tranquilo. Pronto se lo coloca entre los labios y con un pequeño redoble comienza a marcar el ritmo con la batería. Ya no suelta el cigarrillo hasta el final. La anécdota es conocida, aunque en su momento algo así no resultara tan chocante como ahora.
    Las imágenes tienen su mérito artístico; contraluces y siluetas, los micrófonos de estudio en primer plano, los rostros en la penumbra de un ambiente de semioscuridad azulada y a ratos infiltrada del humo procedente del mencionado y culpable Ringo (culpable, insisto, desde la perspectiva actual).
    También me ha llamado la atención el estilo capilar de los cuatro, en el apogeo de su característico corte de pelo. Las melenas cortas, con buen volumen, recién lavadas y peinadas, con algunas puntas que escapan electrizadas aquí y allá; los flequillos tijereteados en el último momento para que luzcan descuidadamente cuidados.
    Ringo, que es el único que no canta, sostiene su cigarro en los labios y en algún momento sonríe, enseñando unos dientes precarios, sin dejar de fumar en medio del hipnótico aguacero de guitarras y voces, resoplando y expeliendo humo por las fosas nasales como una auténtica locomotora de la Union Pacific.

viernes, 24 de julio de 2026

Las luces y las sombras (y2)

    Dentro de poco, cuestión de días, está previsto que la luna se suelte el pelo, se ponga delante del sol y lo tape a la vista de algunos terrícolas, entre los que nos podríamos encontrar (en función del interés de cada uno). Sean los que fueren, los testigos serán una minoría; como pasa con cualquier acontecimiento, incluida la final del mundial de fútbol; siempre hay más gente que está a otras cosas.
    Un eclipse solar como el anunciado sucede cada año y medio, lo que es raro es que se repita en el mismo sitio. Claro que para eclipse con oscuridad (casi) total es mucho mejor el que tiene lugar cada día (por eso no le damos importancia) y se conoce con los nombres de puesta del sol, ocaso, atardecer o crepúsculo; a su lado estos otros quedan como amagos de aficionado.
    El eclipse de sol es un recurso clásico de las novelas de aventuras para que el protagonista salve la vida en una situación comprometida. Así sucede en “Las minas del rey Salomón” (H. Rider Haggard) o en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (Mark Twain). Lo verdaderamente increíble, pero cierto, es que en 1504 Cristobal Colón, estando en una isla a merced de los indígenas cabreados, saliera del paso con su predicción de un eclipse, que tomó del almanaque astronómico de Johann Muller, alias Regiomontano. Aunque en esa ocasión fuese un eclipse lunar, cuando es la tierra la que se interpone entre el sol y la luna.
    Este eclipse solar de ahora no se podrá ver desde mi casa porque, aunque se encuentre en la zona cero, el edificio de enfrente lo impedirá. Lo que haré, salvo imprevisto, es asomarme al balcón para ver como se oscurece la tarde, que no será poco.

martes, 21 de julio de 2026

Las luces y las sombras (1)

     Dos aforismos sobre la ficción surgidos del teclado del ordenador de Valeria Luiselli. Primero: La ficción es un recuerdo del futuro. Segundo: La ficción es el lugar en donde se encuentran la memoria y la imaginación. Dale unas vueltas. Y un tercero mío: La vida es una mezcla personalizada de realidad y ficción. Este principio se aplica también a nuestra percepción de los eclipses de sol.
    Alguna leyenda, o más de una, de distintas culturas, cuenta que la luna y el sol rondaban por los cielos, uno de día y la otra de noche, sin llegar nunca a encontrarse; hasta que se encontraron, claro. Hablo de memoria y me refiero a culturas antiguas, porque las modernas no generan leyendas, me parece; a no ser que consideremos las llamadas urbanas que no tienen nada que ver.
    Una cosa que importa en este caso es el género. He consultado a la señora AI y me dice que para latinos y griegos el sol era masculino y la luna femenino, mientras que para los egipcios y los celtas era al revés, el sol femenino y la luna masculino. Por otra parte, en inglés es habitual llamar “señor” tanto al sol como a la luna. Por ejemplo, en la energética Trouble in Paradise, de los Crests, 1960, el gran Johnny Maestro (nacido Mastrangelo) canta esta línea: Mr Moon, Mr Sun, tell her she’s the only one.
    A lo que iba, lo de que el sol y la luna no coincidían por sus distintos biorritmos —diurno o nocturno— era un bulo (fake news) y cualquier humano de aquella o cualquier época se daría cuenta con solo mirar para arriba de vez en cuando (pero igual entonces no tenían tiempo). Al amanecer es habitual ver la luna en distintos rincones del cielo, mientras el sol es totalmente predecible, un astro de costumbres que siempre aparece por el mismo lado y desaparece por el opuesto coincidiendo, curiosamente, con el caer de la tarde; qué aburrido, por dios. La luna es más espontánea y yo desde luego no he observado un patrón fijo en sus desplazamientos, aunque la lógica de las rotaciones y las traslaciones me dice que lo tiene que haber (tampoco es que me haya fijado mucho).

sábado, 18 de julio de 2026

Fraternidad

    Caigo en que el otro día escribí de la igualdad y no hace mucho de la libertad (con minúscula, nada trascendente) y se me ocurre que para juntar a las tres protagonistas del lema de la República Francesa me falta la fraternidad.
    Claro que no tengo mucho que decir sobre la fraternidad, aparte de que la idea está bien, en teoría: todos los hombres deberíamos tratarnos como hermanos y las mujeres como hermanas y los hombres y las mujeres como hermanos y hermanas (lo primero que se te viene a la cabeza es “consanguinidad”).
    En teoría, decía, porque en la práctica veo difícil evitar que haya gente que te caiga mejor y otra que te caiga peor, y no debe de ser fácil tratar como a un hermano a uno de los segundos; mi instinto natural es evitarlos y si no hay más remedio contemporizar (debería priorizar la presunción de inocencia, pero veo pocas o nulas posibilidades de que llegue a hacerlo algún día).
    Por otra parte, el lema, nacido durante la Revolución Francesa, es bonito, pero qué mal lo llevaron a la práctica: durante los dos años del llamado Reinado del Terror hubo unos 40.000 ejecutados o asesinados (la guillotina fue un invento muy práctico).
    Mirando ahora, leo que hubo una orden de pintar en las fachadas de las casas de París esta proclama: La República una e indivisible - Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte. El exabrupto del final lo explica todo; me recuerda una broma —igual no le ves la gracia— que suelo hacer de vez en cuando: Yo a los violentos es que los molía a palos.

miércoles, 15 de julio de 2026

Igualdad

    Todos los seres humanos somos iguales. No estoy diciendo que tengamos los mismos derechos —que no los tenemos—, ni que deberíamos tenerlos —que sí que deberíamos—, lo que digo es que todos los seres humanos somos iguales.
    Somos iguales como las unidades de un modelo de coche que salen de la cadena de producción, idénticas unas a otras y solo distinguibles por el número de identificación del motor. Los humanos somos semejantes en lo físico —mismos órganos, mismos huesos, mismos sistemas digestivo, sanguíneo, respiratorio; mismo todo— pero sobre todo en lo psíquico —mismos sentimientos, mismos pensamientos, mismos miedos, mismas ansiedades, mismos sueños, mismas ínfulas—.
    Lo que, en apariencia, nos distingue, como en los automóviles la calidad del tapizado o las llantas de aleación, son los detalles secundarios: el género, el color de la piel, la altura, el peso, los rasgos faciales. El resto de presuntas diferencias son circunstanciales y es por la suma de esas circunstancias por la que nos comportamos de una u otra manera.
    Somos capaces de lo mejor y de lo peor, de ser santos o asesinos; solo hace falta que nos pongan en la situación adecuada. Esta verdad es difícil de llevar, lo entiendo. Lo habitual es creerse diferente, especial, único; y de alguna forma lo somos, por esos detalles y esas circunstancias; y, sobre todo, porque, aún idénticos, siempre seremos otro, siempre estaremos enjaulados en nuestra individualidad.
    Hay ocho mil millones de individuos en el planeta, todos iguales (no solo los chinos), solo distinguibles, como los coches, por su número de identificación del motor, por su ADN. Si reuniéramos a los habitantes de la Tierra en una gran llanura, asignando un metro cuadrado a cada uno, ocuparían un espacio de 80 x 100 kilómetros. Imagina verlos desde lo alto y piensa que uno de esos individuos eres tú, y otro yo, perdidos ambos en el anonimato de la especie de la que, sin embargo —y esta es la clave—, cada uno de nosotros tiene el privilegio y el honor de ser embajador plenipotenciario.

domingo, 12 de julio de 2026

La adrenalina

    Por los datos que han dado, esta mujer debe de andar por los noventa y dos años, cumplidos o a punto de hacerlo. Está sentada, sonriente, delante de un ventanal en una humilde pero luminosa sala de estar. La noticia es que ha sobrevivido al trágico terremoto de hace unos días. Su edificio no sufrió grandes daños, pero el susto, ¡qué susto!
    Para su edad, su aspecto general es estupendo, un rostro sin grandes arrugas y, sobre todo, una fluida expresión verbal llena de vitalidad. Cuenta su experiencia: estaba con otra mujer, menciona el nombre y se deduce que es la persona que la acompaña a diario, y al sentir los primeros temblores, lo dice con una chispa de diversión, ella, que lleva un tiempo postrada en su silla, incapaz de andar, ¡se levantó, bajó las escaleras y se sentó en un banco frente a la casa!
    Luego sin dejar de sonreír dice que ahora lo peor es la soledad, todo el mundo está muy ocupado y ella se encuentra sola; sola y atrapada en su silla. Me ha impresionado, la he admirado y compartido su sentir. También he envidiado su lucidez mental y su sonrisa.
    En cuanto a lo de bajar las escaleras, lo he entendido. Me pasó algo del estilo, a otro nivel, hace no mucho. Recibí un fuerte golpe en el muslo izquierdo y tumbado en la cama no podía levantar la pierna. El médico me dice, levanta la pierna derecha, y la levanto, sin problemas, claro. A continuación, añade, levanta la otra pierna y voy y también la levanto; no mucho, diez centímetros, pero la levanto. La presencia del médico fue suficiente para forzar la pierna, desafiando al posible dolor, que no sentí. Cuando se fue el doctor de nuevo era incapaz de levantarla.

jueves, 9 de julio de 2026

La otra lengua (y 2)

    Sociolingüística, al final lo he mirado; J. S. es un experto en sociolingüística (ciencia de la que, por mi parte, lo ignoro casi todo). Ha escrito el artículo en un castellano de nivel profesoral, a ratos enigmático. Me he quedado con una palabra: dirimir, ¿cómo se dice en euskera dirimir?, ni idea.
    Me ha recordado lo que hace Jabier Muguruza en su novela “Café Mokka”: incluye dos textos escritos en español comentando que son difíciles o imposibles de traducir al euskera. Entiendo que a lo que apunta Muguruza es a que una lengua poderosa como el castellano, cultivada por miles de escritores durante siglos, ha llegado a un nivel de expresión altísimo en todos los ámbitos; administrativo, científico, literario, el que se te ocurra.
    El euskera juega, inevitablemente, tres categorías más abajo, con toda la dignidad de los equipos modestos. J. S. es perfectamente capaz de escribir su artículo en el mejor euskera posible (lo que es mucho, muchísimo); pero, por razones que no he visto reflejadas en su artículo, lo ha escrito y publicado en castellano. Tiene todo el derecho, claro; habrá querido que llegue a más gente, a los desconocedores del euskera en particular.
    Este hecho, tan común, de discurrir sobre el idioma vasco en castellano, me causa cierto desasosiego (también cuando, como ahora, lo hago yo mismo). Sean cuales sean los motivos, siempre es un desaire a la lengua de Axular (Cervantes, Axular, cada uno paradigma en su idioma). Me hubiera encantado que el dichoso artículo hubiese estado escrito en euskera, incluso me lo hubiera leído entero, por la novedad; aunque igual entonces no se lo hubiesen publicado en un medio de tanta difusión. Lo que es impepinable, y en esto creo que estamos todos de acuerdo (todos los que apreciamos la lengua vasca) es que los problemas del euskera solo tienen una solución: que la gente lo hable y lo escriba.

lunes, 6 de julio de 2026

La otra lengua (1)

    ¿De qué conozco yo a J. S.?; de nada, de vista, de los periódicos, de los campeonatos de bertsolaris de hace… ¿cuántos años? Treinta o cuarenta. Fue una figura puntera sin llegar a campeón, sin llegar a Egaña. Luego ha escrito varios, no sé cuantos, bastantes libros de ensayo. Tampoco sé sobre qué, uno de ellos tras un viaje o una estancia en América Latina relacionado con lo que vio por allí.
    Lleva años en la Universidad ejerciendo la docencia y la investigación en temas sociales, sigo suponiendo. Vayan, por tanto, por delante mis disculpas a J. S. por escribir sin saber; de oídas, de leídas. Hace unos días ha publicado —le han publicado— un artículo en la prensa, en dos partes. El título “Sentarse sobre el euskera”, o algo así; hoy no voy a comprobar datos (viva la madre que me parió).
    Ese largo artículo entra de lleno en la categoría de “artículos de buenas intenciones”. No se mencionan los conflictos específicos, ni aparece ningún nombre de persona, localidad o institución alguna. ¿Qué dice el artículo? No sé; no lo he leído entero, no he podido con él, mea culpa.
    Pero por lo que he percibido entre líneas me ha parecido eso, que es un artículo de buenas intenciones que se podía haber resumido en una frase: En relación a los problemas que conciernen al idioma vasco, las partes afectadas deberían sentarse y buscar un acuerdo de forma civilizada. También es muy probable que en realidad no me haya enterado de nada.
    No ha sido eso lo que me ha movido a hacer este comentario no solicitado, sino el hecho de que S. haya escrito su artículo en la lengua de Cervantes, cuando su lengua materna, su idioma cotidiano y de trabajo, hasta donde yo sé, es el euskera.

viernes, 3 de julio de 2026

Dos tipos de artículos

    Esto que escribo son un poco como artículos de prensa, ¿no? Así me lo van pareciendo, “artículos” que no trascienden y que escribo para demostrarme a mí mismo que sigo vivo. Hay dos tipos —entre los que sí se publican— que tiendo a saltarme cuando los detecto.
    Uno es el “artículo de un libro que me he leído”. No niego su legitimidad; pero pienso, vaya, no se le ocurría nada y va y nos cuenta las ideas de otro (aunque, en verdad os digo, todas las ideas son de otro). Entonces, si el libro inspirador del artículo me atrae, lo apunto para una futura hipotética lectura (que rara vez se concreta) y si no, paso página.
    El otro tipo de artículo saltable es el “artículo de buenas intenciones”. Sea cual sea el tema, el autor, que por lo general es un profesor universitario, expresará su presunta solución al problema elevándose sobre los dimes y diretes de las disputas en el barro de la cotidianidad. Sin dar ninguna referencia directa ni nombre alguno de persona o entidad, soltará un rollo de generalidades un tanto crípticas en un lenguaje académico trufado de alusiones a la solidaridad, la cogobernanza, la justicia, la tolerancia, la convivencia o la igualdad.
    Es, en resumen, un discurso tendente al paternalismo que una vez desbrozado viene a decir que con un poco de buena voluntad y sentido común el problema se podría solucionar de manera conveniente para todos. De estos artículos, que ni siquiera dan la pista de un posible libro apetecible, huyo como de la peste.

martes, 30 de junio de 2026

Condicionados

    Leo porque no sirvo para otra cosa. Esta es la razón última y determinante. Otras serían que leo para olvidarme de mí mismo o que leo para mejorarme a mí mismo, lo que constituye una bonita contradicción. La verdad es que esas tres razones y otras —que seguro que hay— coexisten pacíficamente.
    Nadie escapa de esa paradoja, todo el que lee lo hace por huir del ominoso presente y, a la vez, por afán de aprender, aunque no lo sepa. Con la idea en la cabeza, me salen al paso alguna que otra expresión acuñada que ahonda en la herida. Qué bobada, herida, me he dejado llevar; digamos, mejor, que percute sobre la misma idea.
    En psicología, por ejemplo, se habla de “indefensión aprendida”, es la indefensión que siente una persona basándose en experiencias previas. Le ha pasado otras veces, la cosa no ha ido bien y ha concluido que no hay defensa posible. La indefensión puede ser real o no; ese “aprendida” la pone en duda, la desarma.
    En el ámbito artístico, especialmente en el jazz, es habitual la “improvisación dirigida”. Tres cuartos de lo mismo, ¿qué improvisación es esa si alguien la está dirigiendo? Es una media improvisación, de alguna manera. Además, quien improvisa siempre está condicionado por múltiples factores, desde su infancia y educación hasta la temperatura ambiente y los oyentes que tiene delante.
    Un último ejemplo: “libertad condicional”. Es también una libertad a medias y nos da pábulo a extender la noción al concepto mismo de libertad. Nadie es libre por completo, toda libertad está condicionada; no solo esa típica libertad de las sentencias judiciales sino la del ciudadano que circula peripatético por la calle. Las razones son evidentes; son las mismas, o parecidas, a las que guían la improvisación de un saxofonista: todos llevamos a cuestas un bagaje vital que restringe nuestra libertad, ¿o no?

sábado, 27 de junio de 2026

Old movie

    Me puse a ver la película de 1947 Gentleman’s Agreement (acuerdo de caballeros), que en España se tituló “La barrera invisible” (¿por qué?). Me puse a ver la película y en seguida me di cuenta de que ya la había visto. La he vuelto a ver y me ha vuelto a gustar; por la hechura en sí y por la sutileza del guion, entre otras cosas (Gregory Peck una de ellas).
    La novela original fue un best seller y la película ganó el Oscar. Todo esto pasó hace casi ochenta años y me lo había perdido hasta hace poco; hasta que vi la película por primera vez y la olvidé, y hasta ahora que la he vuelto a ver. No es una película de la que se acuerde mucha gente, me parece.
    El tema es el antisemitismo en Estados Unidos. Lo había, a pesar de que hacía bien poco que las democracias occidentales habían derrotado a los nazis. La autora de aquella novela, Laura Zametkin, era judía y el guionista, Moss Hart, también.
    Hay un dato, que ronda lo paranormal, en relación a los judíos y los Premios Nobel. Siendo el 0,2 por ciento de la población mundial, personas de esa procedencia han ganado un 22 por ciento de esos premios. En literatura el porcentaje se queda en un 12 por ciento (incluido el último, el húngaro de apellido impronunciable que, por desgracia, no conoce el punto y aparte).
    La sutileza a la que me refería es la utilizada para explicar las diferencias de sentimientos entre una víctima y un testigo que cree estar completamente en contra de ese odio injustificado pero en la práctica apenas hace nada para erradicarlo. Sí, exactamente lo mismo que en ese caso en el que estás pensando.
    Y para que quede claro reproduzco el sencillo diálogo entre el niño, Tommy, y su padre, Gregory Peck en la película, sobre el tema. Pregunta el inocente chaval sobre la causa de esa inquina en contra de los judíos:
    —Why? Are they bad? (¿Por qué? ¿Son malos?).
    —Some are, sure. Some aren't. It's like everybody else.(Algunos sí, claro. Otros no. Como pasa con todos).
    Coincido; entre los judíos, como entre los cristianos o entre los musulmanes, hay de todo. También pasa entre los ricos y entre los pobres, e incluso entre los miembros de las distintas nacionalidades (que no son eternas, por cierto).

miércoles, 24 de junio de 2026

Exceso de velocidad

    La lista de ansiedades es infinita. La última de la que he tenido noticia es la denominada FOMO, las iniciales de Fear of Missing Out, el miedo de perderse algo. Es la preocupación porque, sin saberlo tú, otros se estén divirtiendo o teniendo experiencias o ganando dinero fácil (ilusos). Un síntoma es el uso compulsivo del móvil.
    Primo hermano es el miedo de (que existan) mejores opciones, FOBO. Fear of better Options, temor de no estar haciendo lo más indicado. Estar atento a todo es imposible, y no darse cuenta una forma de autoengaño. Para contrarrestar también existe la saludable JOMO, Joy of Missing Out. la satisfacción de vivir al margen (de las redes sociales).
    Justo ayer, J., músico y poeta, avisaba de lo nada fiables que son esas redes, e internet en general, a la hora de evaluar el trabajo artístico (un tema musical, por ejemplo). Todo es fake y manipulación. Intereses turbios inflan audiencias y número de likes e ignoran obras mejores. No hay que hacer caso.
    En otros aspectos de la vida también pasa, con algunas excepciones —espacio publicitario— como la de este blog de la línea clara que quiere ser un lugar sombreado de descanso, en medio de tanta contaminación, con su manantial de agua fresca y la hierba verde recién cortada —fin del anuncio.
    Pensando en estos tiempos frenéticos, imagino la vida en cualquier pueblo de hace un par de siglos (no hace tanto): las noticias de la capital llegaban con retraso y desvaídas; las noticias del extranjero no llegaban. Para hablar con un semejante había que tenerlo delante. Allí cada uno se enfrentaba con la naturaleza y consigo mismo. No les quedaba tiempo para angustiarse.

domingo, 21 de junio de 2026

De alguna manera

    Si uno solo hablara de lo que sabe, nadie diría nunca nada. Exagero —en general— pero acierto —en particular— porque a mí me pasa. Escribo de lo que creo que sé, sabiendo que en el fondo no sé. No soy el único. Pongamos Freud, por ejemplo. Freud se pasó la vida estudiando y escribiendo libros de lo suyo; los traumas, el inconsciente, la interpretación de los sueños; todo eso. Pero ha pasado el tiempo y ya no es tan infalible como se creía. Lo sigue siendo en algunos aspectos, pero no en otros. Freud también se equivocaba.
    De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
    En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
    La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
    “Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
    De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.

jueves, 18 de junio de 2026

Umbral de fatiga (2)

    No tenía ni idea de que la compañía que lidera el ranking mundial —sí, he escrito mundial—de gestión de aeropuertos es Aena. Y Aena (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) es una empresa pública española. En más de un país no están poniendo el interés suficiente, o es que en realidad ese ranking no importa demasiado.
    Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
    En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
    En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
    En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.

lunes, 15 de junio de 2026

Umbral de fatiga (1)

    Hay palabras que se repiten a cada rato en cualquier texto. Son las más comunes, las cotidianas; palabras de andar por casa, como las zapatillas. Ejemplos: calle, lluvia, cara, azul, bicicleta, bolígrafo, comer, reír, dormir, etcétera. Son miles, son los ladrillos del idioma, las hormiguitas de la prosa. Con estas palabras se da la gran paradoja de que siendo imprescindibles, pasan desapercibidas.
    Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
    Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
    En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.

viernes, 12 de junio de 2026

Historia de Peru

    Hola, me llamo Peru y soy un personaje. Sobre el papel, un personaje y una persona son la misma cosa; en este caso soy también la voz narradora. Si para una boda se contrata un fotógrafo, también habría que hacerlo para un funeral. Y recuperar la antigua tradición de comer y beber; hacer bueno el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Porque en la vida hay alegrías y hay penas y ambas van juntas a todas partes, bodas y funerales incluidos.
    La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
    Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
    Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
    Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.

martes, 9 de junio de 2026

Niño prodigio

    Han llegado pronto y el comedor está casi vacío. Son cinco, una pareja mayor —los abuelos—, otra joven —los padres— y un bebé dormido en su silla de paseo. La reserva se hizo a última hora y les acomodan cerca de la entrada, en una gran mesa redonda apta para ocho en la que los cuatro (más una trona a la espera) quedan un tanto alejados entre sí.
    El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
    De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
    A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
    El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
    La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.

sábado, 6 de junio de 2026

Accidentes

    Leer puede matar; está el caso del que encaramado en una escalera para alcanzar el estante superior de su librería se puso de puntillas y acabó cayendo de cabeza, eso sí con el libro bien sujeto en la mano. No transcendió ni título ni autor.
    Cuidado con las escaleras, las de mano, las portátiles quiero decir. Bueno, con todas porque una caída por las escaleras nunca es desdeñable. Siempre es buen momento para prevenir en lo posible los accidentes domésticos.
    Porque los accidentes suceden, como dicen en inglés, o más exactamente accidents will happen, los accidentes sucederán. Lo raro, lo imposible, es que no haya accidentes.
    La higuera, por ejemplo, la higuera es traicionera. Sus ramas pueden parecer robustas y fiables pero si te subes a una higuera, a coger higos se supone, cuidado; esas ramas resultan ser quebradizas, te puedes partir una pierna, o algo peor.
    Los tejados, máximo peligro. Pocas veces me he subido a un tejado y menos que lo pienso hacer en el futuro. Además tengo vértigo, creo; o solo miedo a las alturas, no sé.
    La bañera, ¿por qué las hacen con esa ligera curva? Tampoco hace falta que la haya; el jabón, el desgaste, lo que sea que las vuelve resbaladizas. Y un resbalón en la bañera, y hasta en la ducha, te pilla en circunstancias de especial indefensión, porque estás desnudo y sin gafas, y te puedes golpear con la grifería, con el borde de la bañera, con la pared.
    Los accidentes pasan y, extrapolando, también hay accidentes, o giros inesperados del guion, en las relaciones. En 1963, sobrada de voz, presencia y salero, Patsy Ann Noble grabó esta  “Accidents Will Happen”; producida por Norrie Paramor, uno de los magos del pop inglés.

miércoles, 3 de junio de 2026

Olas de calor y otros fenómenos atmosféricos

    Ya hemos pasado la primera ola de calor del año; en mayo, qué flores ni qué leches. Un factor agravante es verlo en las noticias. Bastante dura es la vida para encima leer sobre ello, le dijo una cuñada a Doris Lessing. Bastante calor se pasa para encima verlo en la tele, digo yo.
    Una ola de calor, unas lluvias persistentes con desbordamiento de algún río, ciclogénesis explosivas ; vamos, cualquier fenómeno atmosférico que se salga de lo cotidiano es suficiente para que las vueltas de tuerca a la “noticia” ocupen la mayor parte del informativo, digamos un ochenta por ciento (y no es más por los deportes, que es la única sección que se salva de la debacle).
    Ese día, no pasa nada más en el mundo, no hay guerras, ni inflación, ni polémica judicial, ni pateras. Tras los titulares en los que se destaca la truculencia del fenómeno vendrá la explicación de algún meteorólogo o asimilado. A continuación las declaraciones de un responsable de los servicios de emergencia para dar paso a las conexiones con los reporteros desplazados a distintos puntos del territorio que dan cuenta de la situación exacta del fenómeno en cada rincón del mapa (para mí que hay una tendencia a inflar el dato con la intención solapada de aumentar la audiencia).
    No faltan tampoco las declaraciones de un buen número de ciudadanos. Las respuestas no tienen desperdicio (o sea, son todo desperdicio). Ejemplos reales de esta última —por poco tiempo— ola de calor: Hace un calor que te mueres, no recuerdo algo así en mis noventa años de vida, hay que ventilar bien de noche y luego encerrarse en casa, aquí en la playa con la brisita no se está tan mal...

domingo, 31 de mayo de 2026

Critico, luego existo

    Me he ido dando cuenta de que viendo los informativos, y basándome en el desconocimiento —ya me vale—, no hago otra cosa que sacarles faltas. De dos tipos, principalmente.
    Por un lado, la locución; parece que no hay periodista que consiga dar las noticias pronunciando todas las sílabas. En cualquier momento se comerá alguna, o le saldrá una “e” donde iba una “a”.
    Punto y aparte es la pronunciación de nombres extranjeros, cada cual lo hará a su manera. Siempre me acuerdo del caso de Johan Cruyff el gran futbolista ya fallecido (cambió el tabaco por los Chupa Chups pero ya era tarde). Cuando le llegó la fama todo el mundo pronunciaba su apellido tal cual, “cruif”. Pasados algunos años un listo, no descarto que con buena intención, descubrió que la pronunciación original en neerlandés es “croif” (o algo así). La iniciativa tuvo éxito y con “croif” se quedó. Hasta que pasados los años, como aguas que vuelven al cauce, el mundo de habla hispana ha retornado al “cruif” del principio.
    Hay otro caso que me mantiene en vilo. Atañe al primer ministro israelí, el infausto Netanyahu. La gran mayoría de presentadores y corresponsales pronuncian la h como j “Netanyaju”; vale, estupendo; pero hete aquí que justo el corresponsal en Oriente Medio, el más próximo al personaje, pronuncia “Netanyau”, dejando la h muda. Los diálogos entre el periodista del estudio y el arrojado corresponsal resultan surrealistas. Uno dice que “Netanyaju” tal y cual y el otro contesta que en efecto “Netanyau” esto y lo otro. Un toma y daca sordo e incruento que dura y dura.
    Por otro lado, también me quejo —soy insoportable— del contenido; qué es lo que el director de informativos, el consejo de redacción, el jefe supremo o quien sea ha considerado que es noticia...

jueves, 28 de mayo de 2026

Los comodines

    “Nuestro Señor Jesucristo nació en un pesebre, donde menos se espera salta la liebre”. Como esa liebre de la rima, cuando menos lo esperaba, en una novela de Arturo Pérez-Reverte (La isla de la mujer dormida) me he encontrado con esta reflexión: La vida en sí no es una realidad objetiva, sino más bien un espacio parecido a una casa vacía. Nosotros introducimos la realidad en ella… Y hay cuatro medios para llenar ese vacío, o soportarlo: la religión, el patriotismo, el sexo y la ironía.
    Que somos nosotros los que hacemos posible la realidad, es un hecho; como escribió Julio Cortázar: un puente es un hombre cruzando un puente. Sin alguien que lo cruce, un puente no tiene sentido. Luego están esas cuatro formas que hay, según el personaje de la novela, de encarar la tarea de vivir. Nos lo pone fácil, llegas a la encrucijada del destino y tienes cuatro opciones, como en un concurso de la tele.
    Las cosas no suelen ser tan sencillas. Le dice una mujer a un hombre: se puede estar a favor y en contra de algo al mismo tiempo, se llama pensamiento complejo; no lo entenderías. Pero como resumen del tema propuesto (como chuleta para el examen) está muy bien. En mi caso me he identificado al instante: mi medio para llenar el vacío de la existencia es, o sería, la ironía; por descarte.
    El sexo como centro de mi existencia, no lo veo, o no doy el tipo. La religión o el patriotismo son dos males de muchos con un gran inconveniente, el de tener que estar de acuerdo con cosas con las que no estás de acuerdo. Solo me queda la ironía. Sin superioridades morales, sin sarcasmos, quitándole hierro a todo; solo la buena, vieja, divertida ironía. Como propósito, digo.