martes, 9 de junio de 2026

Niño prodigio

    Han llegado pronto y el comedor está casi vacío. Son cinco, una pareja mayor —los abuelos—, otra joven —los padres— y un bebé dormido en su silla de paseo. La reserva se hizo a última hora y les acomodan cerca de la entrada, en una gran mesa redonda apta para ocho en la que los cuatro (más una trona a la espera) quedan un tanto alejados entre sí.
    El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
    De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
    A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
    El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
    La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.

sábado, 6 de junio de 2026

Accidentes

    Leer puede matar; está el caso del que encaramado en una escalera para alcanzar el estante superior de su librería se puso de puntillas y acabó cayendo de cabeza, eso sí con el libro bien sujeto en la mano. No transcendió ni título ni autor.
    Cuidado con las escaleras, las de mano, las portátiles quiero decir. Bueno, con todas porque una caída por las escaleras nunca es desdeñable. Siempre es buen momento para prevenir en lo posible los accidentes domésticos.
    Porque los accidentes suceden, como dicen en inglés, o más exactamente accidents will happen, los accidentes sucederán. Lo raro, lo imposible, es que no haya accidentes.
    La higuera, por ejemplo, la higuera es traicionera. Sus ramas pueden parecer robustas y fiables pero si te subes a una higuera, a coger higos se supone, cuidado; esas ramas resultan ser quebradizas, te puedes partir una pierna, o algo peor.
    Los tejados, máximo peligro. Pocas veces me he subido a un tejado y menos que lo pienso hacer en el futuro. Además tengo vértigo, creo; o solo miedo a las alturas, no sé.
    La bañera, ¿por qué las hacen con esa ligera curva? Tampoco hace falta que la haya; el jabón, el desgaste, lo que sea que las vuelve resbaladizas. Y un resbalón en la bañera, y hasta en la ducha, te pilla en circunstancias de especial indefensión, porque estás desnudo y sin gafas, y te puedes golpear con la grifería, con el borde de la bañera, con la pared.
    Los accidentes pasan y, extrapolando, también hay accidentes, o giros inesperados del guion, en las relaciones. En 1963, sobrada de voz, presencia y salero, Patsy Ann Noble grabó esta  “Accidents Will Happen”; producida por Norrie Paramor, uno de los magos del pop inglés.

miércoles, 3 de junio de 2026

Olas de calor y otros fenómenos atmosféricos

    Ya hemos pasado la primera ola de calor del año; en mayo, qué flores ni qué leches. Un factor agravante es verlo en las noticias. Bastante dura es la vida para encima leer sobre ello, le dijo una cuñada a Doris Lessing. Bastante calor se pasa para encima verlo en la tele, digo yo.
    Una ola de calor, unas lluvias persistentes con desbordamiento de algún río, ciclogénesis explosivas ; vamos, cualquier fenómeno atmosférico que se salga de lo cotidiano es suficiente para que las vueltas de tuerca a la “noticia” ocupen la mayor parte del informativo, digamos un ochenta por ciento (y no es más por los deportes, que es la única sección que se salva de la debacle).
    Ese día, no pasa nada más en el mundo, no hay guerras, ni inflación, ni polémica judicial, ni pateras. Tras los titulares en los que se destaca la truculencia del fenómeno vendrá la explicación de algún meteorólogo o asimilado. A continuación las declaraciones de un responsable de los servicios de emergencia para dar paso a las conexiones con los reporteros desplazados a distintos puntos del territorio que dan cuenta de la situación exacta del fenómeno en cada rincón del mapa (para mí que hay una tendencia a inflar el dato con la intención solapada de aumentar la audiencia).
    No faltan tampoco las declaraciones de un buen número de ciudadanos. Las respuestas no tienen desperdicio (o sea, son todo desperdicio). Ejemplos reales de esta última —por poco tiempo— ola de calor: Hace un calor que te mueres, no recuerdo algo así en mis noventa años de vida, hay que ventilar bien de noche y luego encerrarse en casa, aquí en la playa con la brisita no se está tan mal...

domingo, 31 de mayo de 2026

Critico, luego existo

    Me he ido dando cuenta de que viendo los informativos, y basándome en el desconocimiento —ya me vale—, no hago otra cosa que sacarles faltas. De dos tipos, principalmente.
    Por un lado, la locución; parece que no hay periodista que consiga dar las noticias pronunciando todas las sílabas. En cualquier momento se comerá alguna, o le saldrá una “e” donde iba una “a”.
    Punto y aparte es la pronunciación de nombres extranjeros, cada cual lo hará a su manera. Siempre me acuerdo del caso de Johan Cruyff el gran futbolista ya fallecido (cambió el tabaco por los Chupa Chups pero ya era tarde). Cuando le llegó la fama todo el mundo pronunciaba su apellido tal cual, “cruif”. Pasados algunos años un listo, no descarto que con buena intención, descubrió que la pronunciación original en neerlandés es “croif” (o algo así). La iniciativa tuvo éxito y con “croif” se quedó. Hasta que pasados los años, como aguas que vuelven al cauce, el mundo de habla hispana ha retornado al “cruif” del principio.
    Hay otro caso que me mantiene en vilo. Atañe al primer ministro israelí, el infausto Netanyahu. La gran mayoría de presentadores y corresponsales pronuncian la h como j “Netanyaju”; vale, estupendo; pero hete aquí que justo el corresponsal en Oriente Medio, el más próximo al personaje, pronuncia “Netanyau”, dejando la h muda. Los diálogos entre el periodista del estudio y el arrojado corresponsal resultan surrealistas. Uno dice que “Netanyaju” tal y cual y el otro contesta que en efecto “Netanyau” esto y lo otro. Un toma y daca sordo e incruento que dura y dura.
    Por otro lado, también me quejo —soy insoportable— del contenido; qué es lo que el director de informativos, el consejo de redacción, el jefe supremo o quien sea ha considerado que es noticia...

jueves, 28 de mayo de 2026

Los comodines

    “Nuestro Señor Jesucristo nació en un pesebre, donde menos se espera salta la liebre”. Como esa liebre de la rima, cuando menos lo esperaba, en una novela de Arturo Pérez-Reverte (La isla de la mujer dormida) me he encontrado con esta reflexión: La vida en sí no es una realidad objetiva, sino más bien un espacio parecido a una casa vacía. Nosotros introducimos la realidad en ella… Y hay cuatro medios para llenar ese vacío, o soportarlo: la religión, el patriotismo, el sexo y la ironía.
    Que somos nosotros los que hacemos posible la realidad, es un hecho; como escribió Julio Cortázar: un puente es un hombre cruzando un puente. Sin alguien que lo cruce, un puente no tiene sentido. Luego están esas cuatro formas que hay, según el personaje de la novela, de encarar la tarea de vivir. Nos lo pone fácil, llegas a la encrucijada del destino y tienes cuatro opciones, como en un concurso de la tele.
    Las cosas no suelen ser tan sencillas. Le dice una mujer a un hombre: se puede estar a favor y en contra de algo al mismo tiempo, se llama pensamiento complejo; no lo entenderías. Pero como resumen del tema propuesto (como chuleta para el examen) está muy bien. En mi caso me he identificado al instante: mi medio para llenar el vacío de la existencia es, o sería, la ironía; por descarte.
    El sexo como centro de mi existencia, no lo veo, o no doy el tipo. La religión o el patriotismo son dos males de muchos con un gran inconveniente, el de tener que estar de acuerdo con cosas con las que no estás de acuerdo. Solo me queda la ironía. Sin superioridades morales, sin sarcasmos, quitándole hierro a todo; solo la buena, vieja, divertida ironía. Como propósito, digo.

lunes, 25 de mayo de 2026

Remedio infalible

    Esta es una historia real, y si no lo es al menos confío en que esté bien contada. B es un escritor de prestigio, renovador en su momento de la narrativa en castellano. Ya al final de su carrera, pasados los setenta, trabaja en sus memorias, y de vez en cuando publica algún artículo. Aparte, sufre de cierto malestar psicológico, una difusa ansiedad, tal vez depresión. Empezó a tratar su mal en la consulta de A., un destacado psicoanalista, profesor universitario de renombre, miembro de academias y asiduo a congresos internacionales.
    Tampoco hace falta ser un lince para diagnosticar las causas: el paso de los años, la pérdida de protagonismo en la escena literaria, la renqueante vida afectiva; lo normal y corriente. Tras meses de terapia sin fruto, un día A., el psicoanalista le dice: Mira, estos encuentros contigo me han enriquecido como profesional y como persona, me siento en deuda y quiero pagarla. Llevo tiempo dándole vueltas y sé cual es el remedio a tus males. No es algo que se pueda conseguir de la noche a la mañana y te pido paciencia. Mientras tanto seguiremos con estas sesiones que, lo digo sinceramente, nos vienen bien a los dos.
    Pasa el tiempo, B. sigue más o menos sus rutinas, escribiendo, preguntando de vez en cuando a A. por el remedio prometido. Este, sin entrar en detalles, le dice que está en ello, que con suerte todo se andará. Así hasta que un día B., que dormita en su biblioteca, recibe la llamada de A. Tienes que ver el noticiario de la noche, sería bueno que antes tomaras un sobre de esos que te receté. Nervioso B avisa a su mujer y se sientan los dos ante el televisor. Comienza el informativo y en el tercer, o igual es el cuarto, titular el presentador, con una sonrisa de oreja a oreja, lee en el teleprónter: “La gran noticia del día en el mundo de la cultura nos llega desde Escandinavia; ya conocemos el nombre del nuevo premio Nobel de literatura”.

viernes, 22 de mayo de 2026

Comprar el pan

    El pan es un gran invento que ha perdido brillo en esta época hedonista de la abundancia (que lo es, a pesar de todo). Hace no tanto, “partir el pan” era la fórmula por excelencia de la hospitalidad. Hoy en día, si se me ocurriera invitaros a todos a pan pensaríais que estoy loco.
    “Iba yo a comprar el pan” era la frase con la que, hace ya más de medio siglo, comenzaba sus crónicas Francisco Umbral. Me he acordado de esto pensando en lo poco que hace falta para ponerse a escribir. Como idea colateral, añado la sospecha de que mi testimonio sobre tiempos pasados es cada vez más valioso y no debo de estar lejos de entrar en algún programa de testigos protegidos.
    Cualquier escrito incluye fondo y forma, y ambos son importantes; pero la forma un poco más. Centrarse en la sustancia, los hechos o los datos, sirve para escribir el manual de una lavadora o los estatutos de una sociedad deportiva, pero no para una obra literaria. Por el contrario, salir a comprar el pan y contarlo puede convertirse en una lectura subyugante.
    Iba yo a comprar el pan y en el portal me he cruzado con Luis, el vecino del tercero, que volvía del paseo matutino con su perro Tobi. Tobi es un prodigio de vida perruna, tiene más de veinte años. Luis lo compró, siendo un cachorro, a una familia romaní que pasaba de gira con su espectáculo de la cabra, la escalera y la trompeta.
    Es curioso que el hijo mayor, inductor de aquella compra cuando era niño, sea ahora calderero soldador; una profesión tan cercana a los quincalleros nómadas que recorrían antes los pueblos vendiendo y reparando pucheros. Tobi es un perro pacífico que nunca ladra; si coincidimos en el ascensor me dirige una mirada serena y desinteresada digna de la mejor tradición estoica.

martes, 19 de mayo de 2026

Wishful thinking

    La tentación de dar consejos. La voluntad de morderse la lengua. El término medio es una delgada línea roja, hay que ser funámbulo para caminar sobre ella; alcánzame esa pértiga. La aspereza de la vida. Las salidas de emergencia. A este estilo entrecortado lo llamaría escritura telegráfica, es como si me cobraran por palabra.
    La primera regla de los seres vivos es adaptarse al entorno. Cada uno lo hace a su manera, pero tampoco hay tantas. El día que nada cambie será porque el tiempo se habrá detenido, cosa que hasta ahora no ha pasado. A partir de cierta edad, y cuanto más temprana mejor, hay que interiorizar la idea y asumir que ayer fue otro día.
    Ante cada nueva circunstancia hay que poner a cero el contador, no darle más vueltas a lo que pudo ser —fuera lamentaciones— y concentrarse en lo que es. Hay que ser estoico, o simularlo, que es lo más parecido. Hay que hacerlo todo “con alegría y humildad”, como decía, medio en broma, un conocido que lo había aprendido en la catequesis; y lo gordo es que tenía razón.
    Se te cae un vaso y estalla en mil pedazos… pues hay que recogerlos. El vaso ha dejado de existir, no te quejes ni busques excusas y deja que tu gps recalcule la ruta. Piensa que la próxima vez tienes que agarrarlo mejor, asumiendo que te descuidarás y se te volverá a caer.
    Así con todo, con esa molestia en la rodilla, con el cambio climático, con la estupidez humana (la tuya y la mía incluidas). Lo bueno de la vida es vivir, lo malo todo lo demás. Lo importante, ahora y siempre, es estar cómodos, rehacerse y seguir adelante. Hay que adaptarse al paso del tiempo y, cuando llega el momento, a la muerte de los seres queridos. De la tuya no te preocupes; ya verás, ni te vas a enterar.

sábado, 16 de mayo de 2026

Algunos hombres buenos

    Esterno notte” (Exterior noche) es una buena serie italiana de seis capítulos que he visto un poco por casualidad. Trata del secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas en 1978. La política siempre ha sido convulsa en Italia,y no han faltado los episodios violentos, pero este de Moro es uno de los más dolorosos.
    Como se refleja en la serie, dirigida por Marco Bellocchio, Aldo Moro era un hombre sencillo, católico sincero, tolerante, que nunca levantaba la voz. Cuando lo asesinaron acababa de negociar, como presidente de la Democracia Cristiana, un acuerdo con el Partido Comunista.
    La víspera de su secuestro le vemos en un aula universitaria intentando dialogar con los que quieren boicotear su clase. Más tarde llega, ya de noche, a su casa, un piso de clase media sin lujo alguno. Su mujer está ya acostada y él mismo se prepara la cena, un par de huevos fritos que se come con pan.
    Días después, por razones incomprensibles, miembros de las Brigadas Rojas lo matan a tiros y lo abandonan en el maletero de un Reanult en una calle de Roma. El señalado como ejecutor principal, por cierto, aún vive; tiene 80 años y está en libertad condicional. Es de suponer que se acordará cada día del ser humano al que arrebató el futuro.
    Por desgracia, hechos como este se repiten periódicamente en uno u otro lugar del mundo. Hombres y mujeres buenos, con sus defectos y sus virtudes, que son abatidos a tiros por una causa que, si era justa, queda deslegitimada al instante. Viendo la serie me han venido a la cabeza los nombres de otros tres hombres buenos asesinados porque sí: Olof Palme, Fernando Buesa y Ernest Lluch. Pero ha habido tantos… Y también ha habido, y hay, quien justifica estas muertes y las hace aún más tristes. A mí me duelen.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Una imagen y 280 palabras


    Según el dicho, una imagen vale más que mil palabras. Este es un pequeño experimento que tal vez nos aclare algo al respecto. Es primavera y esta es la vista que tengo, a través del ventanal, desde el rincón de la cafetería donde leo el periódico de vez en cuando. No es nada fuera de lo común, pero, en su sencillez, me ha reconfortado la mezcla de paisaje urbano y naturaleza, el verde y el azul intensos.
    En primer plano, dos coches aparcados. A uno le he tachado la matrícula, por si las moscas. La calle es de dirección única y en ella paran, sobre todo, camiones y furgonetas de reparto. Al otro lado, lo que antes era una vía férrea está ahora invadida por una vegetación exuberante. Arriba, el cielo azul, con algunas nubes deshilachadas.
    Entre medias un skyline de bolsillo formado por las fachadas ciegas de las casas. Si te fijas, se ven las ventanas de un patio interior y un solitario mástil con un par de antenas y una parábola. Arriba del todo, un poco hacia la derecha, la sorpresa de un OVNI, un objeto volador no identificado (o como se llaman ahora un FANI). No, no lo es. Es el reflejo de una de las lámparas de techo de la cafetería.
    Serán la diez y la luz de la mañana incide desde la izquierda (estamos mirando al sur). En una hora, como mucho, el sol pegará en el ventanal (mío y nuestro a estas alturas) y el patrón —no había utilizado nunca la palabra en este sentido, pero suena bien— tendrá que bajar el toldo. Para entonces, lo más seguro es que ya me haya ido.



domingo, 10 de mayo de 2026

Jon Trollope

    Jon Trollope baja del autobús y camina indeciso buscando con la mirada la entrada de Consultas Externas. Ve el letrero de lejos y se acerca con parsimonia. A unos metros de la puerta, hay una caseta —que le parece minúscula— de venta de lotería. No es jugador habitual, solo compra participaciones en Navidad; para compartir. Es lo que se ha hecho desde siempre en su familia.
    Se ha quedado mirando el puesto, sorprendido. Qué paradoja, piensa, un vendedor de lotería a la entrada de un hospital. Todo es cuestión de suerte, parece sugerir; la lotería y la salud. Debe de haber un equilibrio cósmico, una regla estadística que impida que todo vaya bien o que todo vaya mal. Le puede ir mejor o peor en la consulta médica y para compensar le irá peor o mejor en la lotería; si compra un billete, claro. Y lo compra, como talismán.
    No puede evitar frotarlo y besarlo, como un acto reflejo que repite lo que ha visto en alguna que otra película antigua de pícaros. Jon Trollope lleva un tiempo sintiéndose mal, o no del todo bien, y hoy tiene hora con el especialista. Recorre los pasillos hasta la consulta y antes de sentarse en la sala de espera pasa el boleto del bolsillo del pantalón al bolsillo interior de la chaqueta, para que no se arrugue.
    Repasa con más atención el razonamiento que le ha llevado a comprarlo. En seguida se da cuenta de que se ha equivocado. Nada que objetar a que las molestias que siente acaben en nada y el número no salga premiado; pero, si apostamos a todo o nada, en el caso de que la dolencia resulte mortal y le toque el gordo de la lotería, ¿en qué saldría ganando? En nada. Puestos a elucubrar, y pese a todo, se le dibuja una sonrisa imaginando su cuerpo inerte en la funeraria, vestido con esta misma chaqueta, con el billete de lotería premiado perfectamente planchado junto al pecho.

jueves, 7 de mayo de 2026

Miedo a lo desconocido

    El miedo siempre está con nosotros, como seres mortales que somos. Tenemos miedo a la muerte y, mientras llega esta, también a la vida. ¿El miedo nace o se hace? Serán las dos cosas; por un lado, la aprensión por lo desconocido y por otro, las inseguridades de los adultos que son contagiosas.
    De pequeño me daban miedo la oscuridad y los cementerios (aparte de todo lo demás). Si lo pienso bien, me siguen dando, pero menos. Que un muerto se me aparezca sería, en el fondo, una buena noticia. Sería la prueba de que hay algo más allá, que no creo (qué le voy a hacer y que más quisiera yo).
    Algunos, entre los que quizá me encuentre, tienen miedo a todo lo que se salga de su pequeño mundo, a todo lo que les haga cambiar el paso. Luego casi siempre resulta que esos temores eran infundados.
    Pensando en esto del miedo, acabo de caer en la cuenta de que cuando aquello que temíamos se hace realidad —como suele suceder por simple estadística— lo habitual es que en ese mismo momento dejemos de tener miedo, porque ya no es algo desconocido, porque ya lo vemos y lo experimentamos y el sentimiento que nos genere será otro: alivio, dolor, pena, resignación, indiferencia, coraje... nómbralo tú mismo.
    Y una sospecha complementaria: cuando entiendo algo, lo más seguro, —y me hace gracia— es que en realidad no lo entienda; que solo sea una explicación que me fabrico a mi medida. Y es que todo lo referente al miedo, por ejemplo, está rumiado, razonado, filosofado y regurgitado mil veces antes y esto que escribo no es más que un poco de literatura para pasar el rato.

lunes, 4 de mayo de 2026

Borges y los vascos (y 3)

    Más anotaciones del libro "Borges" de Adolfo Bioy Casares.
    1960. Comparando las letras francesas, inglesas y alemanas, dice Borges: Es claro que la gente no da importancia a los méritos intelectuales, sólo cuentan los morales: por eso tienen prestigio los vascos. Esto no deja de ser un elogio en toda regla: los méritos morales de los vascos, casi nada.
    1966. Borges cuenta una anécdota de un uruguayo visitado por franceses: Fue aquél un momento incómodo para las señoritas de la casa y para el señor, que en épocas pretéritas había sido degollador en las tropas de Oribe… Los más temibles degolladores de Oribe eran vascos. Los vascos de Oribe: uno oía eso y echaba a temblar. Inquietante anécdota sobre una reprobable ferocidad.
    1969. DI GIOVANNI: «¿A quiénes quieren o admiran en la Argentina?». BORGES: «A nadie». BIOY: «Yo creo que a los vascos». Borges se ríe y dice que, increíblemente, así es. Bioy ya había expresado antes, en este libro, la idea de que los argentinos, y posiblemente también los chilenos, admiran a los vascos. Borges, aunque reconoce que es así, no acaba de encontrar un motivo.
    Y la última alusión, de 1970: sobre el conflicto entre los separatistas vascos y Franco, comenta: «Que los dos se jodan». Contundente.

viernes, 1 de mayo de 2026

Borges y los vascos (2)

    Del libro “Borges” de Adolfo Bioy Casares:
    1957. Martes, 18 de junio. Come en casa Borges. Hablando del idioma vasco, comenta: «Qué raro ese idioma, tan antiguo y con tan pocas palabras. Para decir “árbol” dicen “arbola”». Parece evidente que lo decía por el “Gernikako arbola” de Iparraguirre. Sin embargo, ya en el “Gero” de Axular, siglo XVII, aparecía la palabra zuhaitz para decir “árbol”.
    1957. De un tal Erro (seguramente Carlos Alberto Erro) dice: Cuando le conviene también es patriota vasco. Todos tenemos algo de sangre vasca, pero no somos tan profesionalmente vascos como Erro. Es curioso ese “todos”. La frase suena a cierto orgullo, sin pasarse, de tener esa procedencia.
    1960. BIOY: «¿Qué dieron los vascos a la civilización?». BORGES: «Baroja, Unamuno, algún mal pintor, algunos políticos, como Zumalacárregui. Qué raro que Góngora y Argote sea andaluz, que esos dos nombres no sean vascos. Qué lindo suena Pío Baroja: suave el primero, duro el segundo». Añade que él es de ascendencia portuguesa, inglesa y vasca. Algo dieron los vascos a la civilización después de todo. Y por cierto, esos dos apellidos, Góngora y Argote, sí que son de origen vasco.

martes, 28 de abril de 2026

Borges y los vascos (1)

    Leyendo la crítica de una novela del argentino Martín Caparrós me salta a la vista esta frase: “el golpe del 30, cuando Uriburu derrocó a Yrigoyen”. No tenía ni idea de quienes eran estos dos, pero en cualquier caso ambos descendían de vascos.
    En Argentina, según Google, el 10 por ciento de la población tiene ascendencia vasca. También la tenía, lo mencionó él mismo varias veces, Jorge Luis Borges. Sin embargo, a lo largo de su vida echó pestes de los vascos. Pero no siempre, no hay que descartar que lo hiciera de cara a la galería, como parte del personaje que todos tenemos para relacionarnos con el mundo.
    Ese año de 1930 Borges, que estaba a punto de eclosionar como genio de la literatura, conoció a un escritor de solo 17 años con el que más tarde forjaría una gran amistad. Se llamaba, seguramente ya lo has adivinado, Adolfo Bioy Casares. Juntos publicaron muchos textos y, además, a partir de 1947, y hasta la muerte de Borges en 1986, Bioy llevó un diario en el que reflejaba lo que se decía en sus encuentros.
    De ahí salió el libro titulado “Borges”. Tiene su gracia que una y otra vez inicie las anotaciones con la frase “Come en casa Borges”. En sus muchas páginas se menciona varias veces a los vascos. Estos comentarios, hechos por Borges en su vida privada, pueden dar una idea más auténtica de lo que pensaba de los vascos, aunque está claro que tampoco era un tema que le obsesionase.

sábado, 25 de abril de 2026

Waterloo

    Otra canción de viejo aficionado a la música pop: My, my / at Waterloo / Napoleon did surrender; me aprendí este comienzo. La letra, según he ido sabiendo, se refiere en realidad a una relación amorosa, al fracaso o al triunfo, porque no sé si se trata de una cosa o de la otra; no sé si se está rindiendo al amor o es el amor el que está fracasando; en fin, la típica canción de amor o desamor, que parecido da.
    El acierto de esa letra es meter por medio la batalla de Waterloo y a Napoleón. La reminiscencia del encuentro entre miles de soldados que pugnaron por matar a los de enfrente hace más atractiva la canción debido a esa interpretación errónea de la guerra que nos hemos metido en la cabeza desde que Caín mató a Abel.
    Waterloo, donde la vieja guardia no se rindió, o eso dice la leyenda, pero Napoleón salió derrotado. Un brillo romántico incomprensible puestos a pensarlo. Pero no nos ponemos y lo que se nos pone un poco es la piel de gallina con el comienzo de la canción y el restallar de las voces y la base rítmica que nos recuerdan a los cañones en Waterloo, donde Napoleón (napolion) se tuvo que rendir (did surrender), qué emoción.
    Claro que todo esto de la letra es importante pero accesorio si lo comparamos con la fuerza de la música, la belleza de las voces y de las chicas; incluso de los chicos, supongo. Mi mejor canción de todos los tiempos de Eurovisión es Waterloo del grupo Abba. Pero bueno, no soy fiable, no soy fan del festival, no puedo con su presunto glamur ni escucho las canciones, puede que solo sea nostalgia.

miércoles, 22 de abril de 2026

Querer y ser querido

    Lo que mejor se le da al ser humano, en general, —y con diferencia— es ser querido. Mucho mejor que querer, me parece. Igual lo digo influido por el caso más cercano que conozco —el mío— y la gente es más generosa de lo que parece. Podía haber escrito, amar y ser amados, pero soy reacio a la palabra amor, me suena a ficción, a sucesos lejanos, a encuentros en la tercera fase que solo conozco por las películas.
    Prefiero la no-ficción, la realidad de querer y ser querido. Lo que no sé es cuál es en la no-ficción la palabra correspondiente al “amor” de la ficción. Apego, afecto, estima; la que más me gusta, sin acabar de convencerme del todo, es cariño. El cariño, o el apego o el afecto, es la argamasa que cohesiona las pequeñas comunidades humanas. Falta por descubrir qué es lo que necesitaríamos para que las distintas sociedades, culturas, como queramos llamarlas, se encariñen entre sí y se acaben las guerras.
    Por motivos misteriosos, o evidentes —según lo mires— los lazos más fuertes entre humanos son los familiares. Cuando toca odiarse también. En todo caso siempre se trata de corrientes alternas, de doble dirección; querer y ser querido (odiar y ser odiado).
    Lo llevamos en el ADN, el afecto mutuo, la necesidad de los demás. Para que te quieran tienes que querer —se supone— y más de uno ha dicho que, en esta vida, haber amado es suficiente para morir tranquilo, satisfecho de haber cumplido. Es curioso que la frase que sepa decir en más idiomas sea “te quiero”: te quiero, I love you, je t’aime, t’estimo, ti amo, maite zaitut. Seis, no está mal; y sí, de acuerdo, seguramente debería haber escrito “te amo”, será una manía.

domingo, 19 de abril de 2026

Calada

    Oído en una película: “Una relación auténtica es aquella en la que puedes ser también infeliz”. Tiene sentido, no se puede ser feliz todo el tiempo y cuando toca infelicidad que por lo menos no te abandone el desodorante, digo la persona que se queda a tu lado cuando se apagan los focos.
    En la misma película, está fumando el hombre en la cama y la mujer le dice: give me a drag. Explicaciones, se trata de la pareja protagonista, la que aspira a ser infelices juntos, o aspirará, porque esto pasa antes. Segunda explicación, give me a drag le dice, después de hacer lo que hicieran en la cama, porque estoy viendo la película en inglés y subtitulada en inglés (si no, no me entero bien).
    El traductor simultáneo en mi cerebro me apunta: “dame una calada”. ¿Hacía cuanto tiempo que no aparecía la palabra “calada” en mi vida? Años, lustros, décadas tal vez. En parte por la caída en desgracia del tabaco y porque no tengo trato cercano con gente fumadora. Tenía un amigo, no fumador, que se casó con una fumadora que ahora está viuda.... Me limito a los hechos.
    Dar una “calada” es aspirar el humo de un cigarro o puro. Del verbo calar, pero no recuerdo haber oído nunca “calar un cigarrillo”. Se me ocurren otras tres acepciones, calar por darse cuenta de algo, “le calé a la primera”, calar por empapar, “llegué calado hasta los huesos” o calar por encasquetar, “se caló la gorra”, o el sombrero.
    Conclusión, esta es mi lengua materna, el castellano (o español); ejemplo y demostración con calar, calado, calarse, calada. En cambio, de la palabra inglesa drag no estoy seguro de nada. Creo que significa “arrastrar”, “tirar de”, incluido este tirar del cigarrillo, “dame una tirada”, give me a drag. Podrá significar más cosas, seguro. Y luego, sí, claro, conozco el término drag queen, que viene (esto lo he mirado) de arrastrar por el suelo de un escenario un traje glamuroso.

jueves, 16 de abril de 2026

Incidente en OK Corral

    La buena literatura también es filosofía para dummies. En la película danesa “Ordet”, “La palabra”, de 1955 —el año en que nací— Johanes, el hijo mediano, se cree Jesucristo desde que enloquece estudiando a Kierkegaard. La filosofía pura y dura no es para cualquiera, cuidado con ella. Otra cosa es si la rebajamos con ficción.
    Fue Coleridge, el poeta inglés, el que habló de la suspensión de la incredulidad. Es el mecanismo psicológico que nos sirve para disfrutar de una novela a sabiendas de que lo narrado es falso o inverosímil. ¿Cómo leer, si no, “Alicia en el País de las Maravillas”? Ahora que han nombrado presidente al Sombrerero Loco y no hay forma de distinguir ficción y no-ficción, lo conveniente es suspender la incredulidad siempre.
    Un taller de escritura es como un refugio para animales heridos. Un sitio adonde llevar a una garza con un ala rota. Digo garza porque vi una el otro día en el río, rodeada de patos, con aire de estar preguntándose, ¿qué hago aquí? La garza podría escribir con una de sus propias plumas y un letraherido recurrir al taller como terapia o como bombona de oxígeno para respirar en la credibilidad viciada de nuestra época.
    En su último libro, Emmanuel Carrère recuerda una cita de Françoise Sagan, escritora que por cierto publicó su primera novela, “Buenos días, tristeza”, a los dieciocho años. Dice, la cita, que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que para la primera hay injusticias y es inevitable, y para la segunda hay injusticias y es insoportable.
    Entre esas injusticias está la discriminación inmemorial de la mujer y la insoportabilidad que se deriva es la que hace que, de vez en cuando, alguna valiente coja su AK-47 dialéctico y dispare contra todo ente masculino que se ponga a tiro; inocentes, o casi inocentes, incluidos.

lunes, 13 de abril de 2026

Dedicatorias (y 2)

    En 2008, por desgracia, murió Pat. Julian Barnes le dedicó, también, sus siguientes seis libros, entre 2011 y 2016; pero con un cambio, el “To Pat” se convirtió en “For Pat”. Lo que va de la vida a la muerte, según parece.
    Curioso fue también el caso de la novela, de 2018, The Only Love con la dedicatoria “To Hermione”. Se refiere a Hermione Lee, amiga y colaboradora de muchos años. Pero hay otro detalle a tener en cuenta, esta novela está inspirada en la historia de amor con una mujer mayor que vivió el propio Barnes en su juventud, aquella Laurien Wade.
    Ese mismo año de 2018 comenzó su relación con Rachel Cugnoni, aunque se conocían de mucho antes. Más curiosidades Pat le llevaba 6 años a Julian y Julian le lleva 18 a Rachel, así es la vida. Las dos siguiente obras, 2018 y 2022, van para Rachel, “To Rachel”. Y llegamos a Departure(s) el libro de despedida de Barnes, cumplidos los 80. Esta última dedicatoria es la que me ha empujado a “investigar” todo esto; dice, enigmáticamente, “Racheleli”.
    Al primer golpe de vista me pareció, cosa que parece imposible, que estaba escrita en euskera, “a Rachel”, su actual esposa, ya que se casaron en secreto el año pasado (aunque en el libro cuando escribe “esposa” se refiere siempre a Pat, la primera). Pero, en todo caso, en euskera ese “A Rachel” sería Racheli no Racheleli. No he conseguido averiguar el sentido de esta palabra, que puede ser un acrónimo. Parece que el propio Barnes no ha dicho nada específico al respecto; ni se lo han debido de preguntar, de momento.

viernes, 10 de abril de 2026

Dedicatorias (1)

    Si no me equivoco, el escritor inglés Julian Barnes conoció a Pat Kavanagh en 1978, en un encuentro literario en la agencia en la que ella trabajaba. El día siguiente le mandó una nota para quedar y un año más tarde se casaron. Sin embargo, su primera novela, Metroland, publicada en 1980, está dedicada a Laurien Wade, una mujer mucho mayor que él con la que había tenido una relación amorosa años atrás.
    Barnes ha publicado 27 libros con su nombre y otros 4 con el pseudónimo de Dan Kavanagh (precisamente). La primera de estas cuatro novelas policiacas se la dedicó ya a su esposa y agente literaria, “to Pat Kavanagh”, las otras a tres matrimonios amigos, entre ellos el del escritor Martin Amis, con el que más tarde se enfadaría.
    Los siguientes 15 libros, publicados a lo largo de 26 años, se los dedicó casi todos a su mujer, con un escueto “To Pat”, menos The Pedant in the Kitchen que luce la curiosa dedicatoria “For She Whom”, o sea, for she whom the pedant cooks (para la que cocina el perfeccionista), que era Pat, como es lógico. Caso especial es el de Staring at the sun, que del inicial “to Pat” pasó, a la muerte de su editora americana, a “To the memory of Frances Lindley 1911 – 1987”.
    Hay otras tres excepciones: el libro recopilatorio de artículos periodísticos Letters from London, dedicado al novelista Jay McInerney y su mujer; la novela The Porcupine (parábola sobre el paso del comunismo a la democracia), a su traductora búlgara, “To Dimitrina”, y el libro de ensayos sobre Francia Something to declare, que dedicó a sus padres, ya fallecidos, que habían sido profesores de francés.

martes, 7 de abril de 2026

Para la más bonita

    He pasado por las huertas que alquila el ayuntamiento a los vecinos para que puedan dedicarse a cultivar sus propias verduras y, de paso, a sí mismos, en el sentido de crecer como personas. Cuidar una huerta es una de las mejores cosas que se puedan hacer como ocio, e incluso como negocio, aunque en este segundo caso tiene la desventaja de que no suele dar para vivir. Lo digo a nivel teórico porque nunca me he dedicado a ello.
    En toda mi vida, las huertas solo las he mirado desde fuera; por varias razones: no se ha dado el caso, mi falta de pericia para las tareas manuales, el hecho conocido de que las semillas hay que plantarlas en la cota cero, agachándose, y también, lo confieso, por vagancia o pereza.
    Solo había una persona deambulando entre los surcos, por la hora y porque no debe de ser época de muchas labores. Pero al otro lado de la carretera en un trozo de pared, entre una casa y una puerta metálica, he visto encajada, en dos renglones, esta pintada: Pa la más bonita de la huerta / mutxos muxus y ke no se akabe. Así, en este estilo desenfadado y coloquial. Muxu, para quien no lo sepa, es “beso” en euskera, o más exactamente una forma cariñosa de decirlo, algo así como “besito”.
    La pintada me ha gustado, me ha parecido un soplo de aire fresco en este tiempo del teléfono móvil que todo lo contamina. He imaginado a la chica, la más bonita, plantando, regando, abonando, podando y recogiendo; y al chico que le escribe una declaración de amor con besos y ese deseo melancólico de que no se acabe, porque en su fuero interno es consciente de que tarde o temprano se acabará.

sábado, 4 de abril de 2026

Conticinio

    El conticinio es la hora de la noche en la que todo está en silencio. Un silencio que siempre es el mismo, y es eterno, como la oscuridad. Silencio y oscuridad es lo que hubo en el principio, antes del verbo, y lo que puede que quede al final, cuando todo el pescado esté vendido.
    Esta palabra, conticinio, que ya conocía —lo juro—, y que me ha vuelto a salir al paso, tiene su misterio. Me suena a almuerzo, a sinónimo de colación pero no tiene nada que ver. Tal como aparenta, viene del latín. Por cierto que Julio César prohibió que los carros circularan de día por las callejuelas de Roma, por los atascos. Todo el movimiento de mercancías tuvo que hacerse de noche; estorbando, sobre todo, el descanso de los sufridos habitantes de la Subura, el populoso barrio de los romanos más pobres; y cargándose el conticinio, Julio, no sé si fuiste consciente.
    Difícil la supervivencia del conticinio, esa calma de la noche que solo tiene gracia en verano, cuando no hace frío. Sensu stricto, casi todo rompe el conticinio, más en nuestras sociedades urbanas. Pero la idea tranquiliza, la paz del mundo que duerme.
    Es mi deseo que un grillo, el rumor del agua, el aleteo de las hojas en la brisa o los latidos del corazón no deshagan el hechizo del conticinio. Decidido; no exageremos con el silencio, el silencio absoluto da miedo. El silencio relativo es más acogedor, este conticinio matizado se podría recetar para la ansiedad de fondo de la vida; mejor que la valeriana. Estoy masticando en exceso la palabra, pero el sabor no se va; conticinio, la gracia callada de la noche.

miércoles, 1 de abril de 2026

Otredad

    Rimbaud escribió: yo es otro. Años después Virginia Woolf hizo esta aguda observación: “Yo” es solo un término práctico para alguien que no tiene existencia real. Más tarde, Sartre afirmó que el infierno son los otros y Bergamín contestó que el infierno soy yo si no están los demás. Así se inventó el tenis.
    Por cierto que Virginia dijo aquello en su ensayo “Una habitación propia”. Hay que leer a Virginia Woolf, el problema es que escribió muchísimo, si es que eso es un problema. Pero hay que leerla y meditarla. O si no quieres no la leas, también puedes ver la película (alguna habrá).
    Todo es relativo e inconexo. No soy yo; son el mundo, la vida, la literatura y el cine. Sartre y Bergamín, Rimbaud y Woolf, no es que les entienda, más bien lo que me imagino. La otredad del yo, la idea no es nueva, ninguna lo es. Parece que el budismo ya decía cosas parecidas. Cualquiera que se haya parado a pensar estará de acuerdo (nota para mí: pensar un poco más). Lo práctico es asegurar que esto lo estoy escribiendo yo y lo estás leyendo tú. Pero ese tú y ese yo son dos eufemismos que utilizamos para entendernos.
    Ni tú ni yo tenemos existencia sostenida en el tiempo. No somos eternos y tampoco somos lo mismo a lo largo de nuestra vida. Cada yo, y cada tú, es volátil y ya no está y ya es otro. Yo soy otro y tú eres otro; otros distintos, únicos y caducos a la espera de la próxima primavera.

domingo, 29 de marzo de 2026

Dies irae

    En 1943, durante la ocupación alemana de Dinamarca, Carl Theodor Dreyer estrenó una película titulada, en danés, Vedrens dag. Cuenta un episodio de caza de brujas fechado en 1623. El título alude al poema latino del siglo XIII Dies irae, día de ira, que trata del fin del mundo y el Juicio Final (que no decaiga). En inglés la película se llamó Day of Wrath. En español prefirieron el latín del poema original en lugar de la traducción (y por una vez acertaron).
    Dreyer negó cualquier intención política en su obra, pero lo habitual ha sido que su retrato de la intolerancia religiosa se interprete como una denuncia encubierta del régimen nazi. Sin embargo, estos, los nazis no se dieron por aludidos, en principio. Por si acaso, Dreyer huyó a Suecia poco después del estreno.
    La película, en su austeridad, pasa por ser una obra maestra del cine, aunque se le achaca su lentitud. Y sí, lo confirmo, es lenta, muy lenta. Aún así, a poco gusto que se tenga la película interesa: diálogos medidos, planos que son cuadros, cuidada fotografía de luces y sombras y el tic tac de un reloj que no se ve.
    Casi toda la película transcurre en una habitación de la casa del anciano pastor luterano y tiene su mérito que con apenas mobiliario a la vista se les colara un llamativo desliz. Después de asegurar en la introducción que la acción transcurre, como decía antes, en el año 1623, al fondo de la escena aparece reiteradamente un arcón con una inscripción bien visible que dice ANNO 1639.

jueves, 26 de marzo de 2026

Sí, pero no

    Hay tristezas secretas en las bodas y secretas alegrías en los funerales, escribió Ramón Eder (nótese esa acertada inversión del orden; tristezas secretas, secretas alegrías). Obviamente, le contesto, a Ramón, con descaro pero sin ánimo de ofender; quien dice en la salud y en la enfermedad, dice en la tristeza y en la alegría.
    El otro día estuve pensando en eso mismo. No en bodas y funerales sino en la idea que asoma por detrás. Esta sería mi formulación: El más inteligente de los seres humanos puede ser también el más tonto y, a su vez, el más tonto resultar un genio. Para según qué cosas, habría que añadir, pero no lo hago para que la frase no pierda contundencia.
    La idea no es mía; ideas, lo que se dice ideas, no he tenido nunca ninguna. Durante mucho tiempo he considerado que sí, que las tenía de vez en cuando; pero ya lo he descartado por completo. Lo que hago, como casi todo el mundo, es ver, escuchar, absorber lo que se pueda y luego escurrirlo en forma de ideas.
    Ya lo dijo Kant, y traigo la cita de pura casualidad: no existe duda alguna sobre el hecho de que todo nuestro conocimiento proceda de la experiencia. Otro filósofo, Emilio Lledó, que por cierto vive aún, con noventa y ocho años, y que conozco de un documental que vi hace unos años, expresaba esa misma idea de esta forma: Dentro de todo sí hay un pequeño no, dentro de todo no hay un pequeño sí.
    Volviendo a la frase de las bodas y funerales, reconozco que es un bonito ejemplo práctico. Bien podrían haber escrito un cuento a partir de ella Alice Munro, Jorge Luis Borges o el mismísimo Anton Chéjov. Incluso yo podría intentarlo, pero el caso es que ya se me ha acabado el espacio.

lunes, 23 de marzo de 2026

Rachel

    “Estoy con los buenos”, la agente Rachel (Reichel) Rodríguez tiene la idea metida en la cabeza mientras baja del coche, desenfunda la pistola y avanza agachada hacia la caseta de la gasolinera. Ha sido la primera en llegar tras el aviso de asalto armado. La sirena policial aúlla, está diciendo “dispárame” o “ríndete” o “huye”, qué es lo que entenderá el desarrapado que todavía está dentro, encañonando y gritando al empleado tumbado boca abajo.
    La agente Rodríguez tiene cuarenta y cinco años y ha pedido el traslado a tareas administrativas. “Estoy con los buenos” se repite a sí misma y dice en voz alta “Policía, suelte el arma y salga con las manos en alto”. El chico saca el brazo armado por la puerta y dispara.
    El fogonazo —es de noche— desata una tormenta cognitiva en el cerebro de Rachel. “Si ahora veo pasar toda mi vida es que me estoy muriendo”. Pero no, y le viene la idea loca de que la bala seguirá su trayectoria, dará la vuelta a la Tierra y acabará impactando en su pecho; qué estupidez, es imposible, las Montañas Rocosas, a unas cien millas, pararán la bala.
    “Estoy con los buenos”, piensa, parapetada tras el surtidor. No estuvo muy brillante el que les puso el nombre a las montañas. Su padre —Pedro Rodríguez, nacido en El Paso— también fue policía; llegó a constable (cónstabol) del condado. “Constabulador, m’hijita”, decía él riendo.
    La agente Rachel se ha sentado en el suelo, a cubierto, y le surge la duda de si se ha tomado hoy la pastilla blanca y rosa de las vitaminas. Exclama en alto: “Tira el arma, estás rodeado” y luego añade en voz baja: “Estoy con los buenos; pero, what the fuck (guat de foc), ¿dónde están ahora?”.

viernes, 20 de marzo de 2026

Diez instantáneas sobre la escritura

    Esto no es un decálogo, solo son algunas impresiones sobre qué es escribir. Una vez reveladas me he dado cuenta de que la mayoría son también aplicables a la lectura. Leer y escribir son las dos caras de la misma moneda, no existen la una sin la otra y a menudo son lo mismo.
    Primera instantánea; escribir es vestir tu ignorancia con palabras.
    Segunda; escribir afila la mente, aclara los pensamientos y ayuda a fijarlos en la memoria.
    Tercera; escribir es explicar el mundo, ceder al deseo de entenderlo todo; la vida, el ser, el tiempo, el amor, el sexo y la muerte; es una tarea imposible pero siempre queda algo.
    Cuarta; escribir es poner en palabras lo que has visto y aprendido de los demás.
    Quinta instantánea; escribir es hablar con conocidos, con desconocidos, con fantasmas y con la pared; porque esos son tus interlocutores, la gente cercana, otros que no te conocen, el recuerdo de los que te faltan y, a veces, nadie en absoluto.
    Sexta; escribir es repetirse, decir lo mismo o algo parecido; porque nadie es infinito
    Séptima; escribir es zambullirse en el mar de las palabras, con sus mareas, su sintaxis, sus corrientes; es negociar las olas e improvisar una canción.
    Octava; escribir es vivir dos veces, gozar de una segunda oportunidad para enmendar viejos errores y cometer algunos nuevos.
    Novena; escribir es despertar a ese otro yo que se esconde en nuestro interior y que de otra forma quedaría inédito.
    Décima y última instantánea; escribir es dejar huella, lanzar una sonda al futuro con un mensaje que dice: aquí estoy, aquí estuve, no me olvidéis.

martes, 17 de marzo de 2026

Tirando a bizarro

    En cuanto al dogma de la Inmaculada Concepción es curioso que pasados dos mil años, gracias a la ciencia, cualquier mujer pueda ser virgen y madre. Educados en la religión católica, tendemos a dar por buenos algunos aspectos de ella que, bien pensado, no son ni medio normales. Así, la terrible imaginería del infierno, los mártires y, en particular, el Cristo crucificado: un hombre torturado, clavado en unos maderos, y prácticamente desnudo, por cierto.
    Ligado al tema de la pureza hay una gran paradoja en la religión católica, es el hecho de que se recurra al lenguaje del amor carnal para expresar el amor espiritual. Así las monjas que toman a Cristo por esposo y que a veces se autodenominan Esclavas del Sagrado Corazón o Esclavas del Amor Misericordioso y, más crudamente, algunos textos de la Biblia, el Cantar de los Cantares, y de los místicos. Desde un punto de vista objetivo, todo es extraño, insólito, diríamos que bizarro. Santa Teresa de Jesús en su “Libro de la vida” describe su encuentro con un ángel en una visión en estos términos:
    Veíale en las manos un dardo de oro largo. Éste me parecía meter por el corazón, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan ecesiva (sic) la suavidad, que no hay desear que se quite. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento. Por mucho menos mandó la Inquisición gente a la hoguera.


sábado, 14 de marzo de 2026

La pureza

    La pureza, qué locura. Lo puro, en general, tiene connotaciones positivas; un objeto de oro puro, el agua pura (y cristalina), los colores puros o, ya en el terreno moral, la pura bondad, los puros sentimientos. Pero por otra parte, por la mejor parte, lo natural y lo humano es lo impuro, la mezcla, el crisol de todo, de ideas, culturas, religiones.
    Ahora, si estamos hablando de esa pureza en particular, de la pureza de María, de la pureza referida a la sexualidad, a la falta o, mejor dicho, la represión del deseo sexual, esa pureza es una locura. Sin entrar en las múltiples circunstancias y complicaciones que se pueden dar en torno al tema, en las que ni entro ni salgo ni entiendo, una cosa es segura: el sexo es inherente a la naturaleza humana, una negación absoluta del mismo está más cerca de lo aberrante que de lo sublime.
    En teoría la finalidad del celibato, en los religiosos, es facilitar una mayor entrega a la vida espiritual, vale; y la abstinencia sexual libremente elegida es legítima y respetable, por supuesto, pero también es una forma de boicotear el futuro de la especie.
    Luis Landero lo dice indirectamente en una entrevista. Le preguntan por un supuesto fin de la novela y lo desmiente con este argumento: ¿Qué ha hecho la gente desde la más remota antigüedad? Trabajar, comer, follar y contar. Esas serían las cuatro actividades básicas.; ni qué decir que nos referimos al trabajo en condiciones, la comida sana, el sexo responsable y la buena literatura.

miércoles, 11 de marzo de 2026

A propósito de Unamuno

    A propósito de Unamuno, me entero ahora de que leía en doce idiomas; empezando por el griego y el latín, mas todos los peninsulares, los grandes idiomas vecinos y de propina el danés, que aprendió para leer a Kierkegaard (le disculparemos por no leer en ruso). Era un fiera y cada vez nos es más lejano; si no fuera de Bilbao ni nos acordaríamos de él, me temo. He leído pocos libros suyos, dos, no sé si tres. Me da para dos anécdotas.
    En “Recuerdos de niñez y mocedad” cuenta que un día, sobre 1870, tenía seis años, se coló en la sala de su casa, un lugar prohibido para los niños, y se encontró a su padre hablando en francés con un monsieur Legorgeu (ignoro la pronunciación correcta). Al niño Unamuno le asombró ver que dos personas se podían comunicar en un idioma desconocido (entonces) para él. Un siglo más tarde, 1972, conocí en la escuela de ingenieros, e hice amistad, con E. Legorgeu (un saludo desde aquí). Según la página web del Instituto Nacional de Estadística, en España hay ocho personas apellidadas así. Estuve varias veces en la casa de mi amigo y recuerdo el comentario de su padre sobre alguna novela del momento: mucha farfolla, decía. Según mis cálculos el bisabuelo de E. bien pudo ser el francés que impresionó a Unamuno. El mundo sigue siendo un pañuelo.
    Segunda historia. En el prólogo de su nivola (él llamaba así a sus novelas) “San Manuel Bueno, mártir” Unamuno recuerda una anécdota en la que “un abate francés” aseguraba que el infierno existe, por supuesto; la Iglesia así lo dice (o lo decía) y no hay que ponerlo en duda. Ahora lo que pasa es que está vacío. El infierno existe pero está vacío, bien pensado (muchos años después el Papa Francisco dijo en una entrevista que confiaba en que así fuera). La duda que nos queda es si el limbo, el purgatorio y el mismo paraíso también lo estarán.

domingo, 8 de marzo de 2026

La fugacidad del pasado

    Las casualidades nunca vienen solas, o igual es que no existen, solo son un trampantojo de la estadística. Sea como sea, lo que suele pasar es que cuando vas por la calle y ves a alguien con el que hacía años que no coincidías no es extraño que al día siguiente te lo vuelvas a encontrar.
    Parecido me ha sucedido, una vez más, con algo que dijo Milan Kundera, y que me ha gustado: El gran problema del hombre es la muerte como pérdida del ser. Pero, ¿qué es este ser? Es la suma de todo lo que recordamos. Por tanto, lo que nos aterroriza de la muerte no es la pérdida del futuro sino la pérdida del pasado. Y luego remata con esta inquietante aseveración: El olvido es una forma de muerte siempre presente en la misma vida.
    ¿No es terrible?, ir olvidando es morir poco a poco. Es terrible y también una gran verdad. A eso se reduce todo, somos nuestros recuerdos, pocos o muchos, trascendentes o intrascendentes, inteligentes o estúpidos, estimulantes o aburridos.
    Pues mira, esto lo leí ayer en un libro en el que Philip Roth habla de sus encuentros con otros escritores y hoy en el periódico aparece una cita de Miguel de Unamuno en la que veo reflejada la misma idea, solo que con más carga poética: ¿No has buscado en tu corazón la eternidad del dulce pasado? Porque lo eterno no es el porvenir, lo eterno es el pasado. Solamente lo que pasa, queda. El ser es lo que recordamos, Kundera; lo eterno es el pasado, Unamuno; no sé, a mí me parece que hablan de lo mismo.

jueves, 5 de marzo de 2026

Las palabras

    Si me preguntaran qué tal me llevo con las palabras tendría que contestar como aquel inglés sobre los franceses: no sé, no las conozco todas. Nadie conoce todas las palabras y con las que me han tocado me llevo bien, o eso creo.
    Hay bastantes que se me resisten, suele ser entre las llamadas cultas, miro su significado y se me vuelve a olvidar. Por ejemplo, esta que me he encontrado hoy mismo, “retruécano”. La miro una vez más: figura retórica que consiste en invertir los términos. Ah, sí, como este por ejemplo: Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable.
    No tengo una palabra favorita, me gustan todas, aunque alguna que otra se me atraganta, como “frustrar”, siendo como es tan necesaria. Otra que me da problemas y a la que sin embargo tengo un cariño que viene de mi niñez, es “pedestre”. En unas fiestas del barrio, se organizó una gran carrera pedestre para los chavales. Me llevé una sorpresa cuando en la línea de salida vi que aquellos chavales eramos nosotros. Pedestre, ¿no cuesta pronunciarla? Aunque me parece que está en desuso.
    Me gustan las palabras y me ha pasado alguna vez eso de que a alguien no le sale una y por ese mecanismo automático que tenemos se me ha ocurrido a mí. Hubo un amigo que me elogió por esto, alimentando mi vanidad. No sé si para compensar otro día me soltó que mi hermano era más noble que yo. Un bajón. Podía haber matizado que yo era noble pero mi hermano lo era aún más, pero no.
    Pensando en las palabras doy un salto al pasado, al 11 de julio de 2007. Ese día escribí una “Oración por las palabras” que traigo aquí retocada para la ocasión:

    Oración por las palabras.

    Que no me falten las palabras.
    Que recuerde las antiguas y vaya aprendiendo alguna nueva.
    Que me vengan como por arte de magia y no se queden en la punta de la lengua.
    Que las sepa pronunciar para dar cariño.
    Que las sepa utilizar para dar forma a mis pensamientos.
    Que las reconozca al escucharlas.
    Que recuerde los nombres y no sólo las caras.
    Que sepa callarme las palabras hirientes.
    Que pueda llamar por su nombre a la muerte cuando venga a buscarme.
    Que las palabras siempre me acompañen, amén.

lunes, 2 de marzo de 2026

Del equilibrio químico

    Me encontré con Luis y su mujer Elma (nombres ficticios). Él es experto en comunicación; profesor, publica artículos, da charlas, le entrevistan de vez en cuando. Físicamente es más bien feo, poca cosa, pero con las gafas, la barba y su saber estar ni importa ni se nota.
    En lo personal se casó muy joven (error) y tuvieron dos hijos pero no se entendían y se separaron. En la treintena conoció a Elma, algo más joven y también separada, se enamoraron (así lo cuentan) y siguen juntos, con otro hijo en común. Siempre ponderado, atento con todos, expresando sus opiniones con mesura y respeto, contando anécdotas de sus viajes.
    Esta vez fue diferente. No es que fuera una sorpresa, algunos detalles anteriores cobraban ahora sentido. Apenas me saludó, medio ido; fue Elma quien llevó la iniciativa. Resumiendo: estaba deprimido desde el confinamiento. Un día ella se lo encontró llorando en la cocina.
    No es que falten motivos en la vida para llorar, pero aún así. Con Elma a su lado, una mujer con coraje, hijos cariñosos, éxito profesional... y deprimido, da qué pensar. Lo que tiene de azar, nuestra buena suerte inmerecida, los peligros de ser demasiado sensible, de estar expuesto a los haters (esa plaga moderna).
    Desde entonces, cuenta Elma, su vida ha sido una montaña rusa. Aguanta a base de pastillas. En estos casos, siempre me acuerdo del litio; qué extraño que la falta de algo, de un elemento químico, pueda trastornar a una persona; claro que esto del litio lo he oído referido a la esquizofrenia. También va a un terapeuta; interpreto psiquiatra, no sé.
    Curiosamente no ha dejado de trabajar. Él mismo lo aclara: me viene bien, dejo de pensar en mí; además casi todo lo hago online. ¿Qué le dices a alguien con depresión? “¡Anímate!” no vale, “tienes que reaccionar” menos. Quizá solo se pueda estar y decírselo: estoy aquí, para hablar si quieres, para acompañarte; porque me importas.

viernes, 27 de febrero de 2026

Haugerud

    Haugerud, cómo se pronunciará. Es un apellido noruego. No he estado nunca en Noruega, aunque hay un barrio en Bilbao que lo llamaban así, Noruega, por los marinos de los barcos que hacían escala. Lo más cerca que he estado es Dinamarca, ya lo he contado alguna vez.
    No sé noruego, supongo que no es una sorpresa para nadie. Conozco una sola palabra, que podría venirme bien en caso de emergencia, digo si voy a Noruega y las cosas se complican y tengo que pedirlos, nunca se sabe; la palabra es, me da un poco de vergüenza decirla, calzoncillos. En noruego sería “escondinabo”. Creo que en sueco se dice igual. Es broma.
    Dag Johan Haugerud, se diga como se diga, es director de cine y escritor en noruego. Ningún libro suyo se ha traducido ni al inglés ni, mucho menos, al español. Lástima. Como director de cine, sin embargo, ha pegado un pelotazo con tres películas (la trilogía de Oslo) hechas en 2024 (ya no sé si se dice rodadas, filmadas, grabadas o qué) tituladas Sex, Love y Dreams.
    Pelotazo relativo, claro; con “Sueños” ganó el Oso de oro del festival de Berlín del año pasado. Las he visto, me han gustado, las recomiendo. Muy luminosas, cosa que siempre me hace pensar que eso será en verano, vete a Oslo en invierno. Y muy literarias, por algo es también escritor; sobre todo esa última.
    Alejadas de las producciones americanas candidatas a los Óscar. Las que he visto este año, de estas, me han parecido sobre todo, y casi solo, espectáculo; coloridos cómics hechos película, con sus efectos especiales. Las de Haugerud son lo contrario; personas que conversan sobre la vida, que expresan sus sentimientos, que dicen cosas que te conciernen.

martes, 24 de febrero de 2026

Bocado exquisito

    En el universo observable, según cálculos, puede haber ciento cincuental mil millones de galaxias, y en cada una de ellas miles de millones de estrellas (y planetas). Esta es la primera prueba que presento para defender mi tesis, tesis que atañe al conocimiento del mundo que puede tener una persona. Es cierto que hay gente muy culta, que sabe mucho de muchas cosas; un Borges, por ejemplo. Tienen mi admiración, siendo mi caso un ejemplo de lo contrario, de ignorancia generalizada.
    Hubo un tiempo, cuando despertábamos al mundo, en el que nos hicimos la ilusión de estar al tanto de todo, del mejor cine independiente, el último grupo de la costa oeste, las novedades literarias. No se nos escapaba ni una. Aquello fue un sarpullido pasajero, y además era falso, solo conocíamos las cuatro cosas de las que se hablaba en un círculo reducido. Ahora, ya descolgado de los gustos en boga, mi visión del mundo ha mejorado pero soy consciente de mi precaria insuficiencia.
    Igual lo has leído, según los libreros, la mitad de los libros publicados en España no venden ni un solo ejemplar. Que conste el dato como prueba número dos. Es de suponer que algunos de estos libros serán buenos, y alguno que otro muy bueno. En general, teniendo en cuenta todas las facetas de la cultura, todos los idiomas, todos los tiempos, todos los habitantes de la Tierra; por fuerza, por simple estadística —ten en cuenta también lo de las galaxias— tiene que haber miles de obras que han pasado desapercibidas sin merecerlo, miles de pensamientos filosóficos, de canciones, de poemas, de ideas geniales de las que no tenemos noticia, de las que Borges no pudo enterarse.
    No niego el mérito de creadores, investigadores y estudiosos infatigables. Son sabios, al menos comparados conmigo, lo sé, pero el bocado de erudición que tienen entre los dientes, por muy exquisito que sea, no brilla más, en realidad, que cualquier estrella diminuta perdida en el espacio exterior.

sábado, 21 de febrero de 2026

Indiscernibles

    Escribía uno el otro día (leer el periódico es, o era, la oración matutina del hombre pragmático, Hegel) sobre unas ruinas en la cima de un monte. Sería un castro o una torre romana, pensé, pero luego apuntaba que no se sabía pero que, probablemente, eran los restos de una fortificación de las guerras carlistas. Hace siglo y medio —anteayer— y ya se ha olvidado.
    Según la Biblia Caín mató a Abel y ese fue el primer homicidio. La opinión más extendida es que esos dos son figuras simbólicas, se podría decir que en el tema “homicidios” fue antes la ficción que la realidad.
    En la noche de los tiempos se contaban historias a la luz de la hoguera y esas historias ya eran ficción, porque la realidad es tan delicada que apenas te das la vuelta desaparece para dejar su lugar a la leyenda, que es lo que se imprime (como decían en “El hombre que mató a Liberty Valance”).
    La ficción lo contamina todo. La ficción copia a la realidad porque el ser humano es incapaz de crear nada que no exista con antelación. La realidad copia a la ficción porque todo ha sido ya contado antes. Ficción y realidad se retroalimentan. Una novela disecciona un asesinato y un lector se inspira en ella para intentar el crimen perfecto. Ambas, con el tiempo, se vuelven indiscernibles.
    Veía una serie reciente y me decía a mí mismo, está exagerado, esa crueldad, esa violencia. Al cabo de dos días, lo mismo que en la serie, en Madrid, pasa, en Francia, en la realidad. A veces, ficción y realidad son dos sibilantes serpientes enroscadas.

miércoles, 18 de febrero de 2026

No dejes de mirar

    Hay un sitio al que tengo pensado seguir yendo de vacaciones: los libros de Julian Barnes. Me gusta sentir la brisa de sus palabras. Ha sido una sorpresa la publicación de Departure(s) cuando no hacía un año del anterior, Changing My Mind. Pero lo he mirado bien y lo que había en este último eran cinco ensayos difundidos por la BBC en 2016.
    La traducción de Departure sería “Salida”, evocando un aeropuerto o una estación, pero el título que han elegido para la edición en español ha sido “Despedidas”. Barnes acaba de cumplir ochenta años y el libro es, en efecto, una despedida; y lo más parecido a una confesión que se puede pedir. Cada vida tiene su comienzo y su final, y hay una sencilla explicación: It’s just the universe doing its stuff (es solo el universo haciendo su trabajo).
    El anuncio de que será su último libro me ha entristecido. Aunque también cuenta algo que si yo fuera perro me habría puesto las orejas de punta: lleva cincuenta años escribiendo un diario. No sería extraño que le pase como a Kafka con su amigo Brod y esos diarios acaben publicados.
    En las últimas páginas me dice (a mí y al resto de sus lectores) que nos imagina a los dos sentados en un café viendo pasar a la gente, charlando despreocupados sobre lo que vemos. Y nos hace una última sugerencia: “...espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años. Yo desde luego lo he hecho. Tu presencia me ha encantado; es más, no sería nada sin ti. Así que voy a apoyar un momento la mano en tu antebrazo –no, no dejes de mirar– y después me esfumaré. No, no dejes de mirar”.

domingo, 15 de febrero de 2026

Conocerte mejor

    Hablando de adverbios acabados en mente, este es el comienzo de la última novela de Chimamanda Ngozi Adichie: “Siempre he deseado ser conocida, conocida verdaderamente, por otro ser humano”. Esta traducción tiene dos problemas. Además del peso exagerado de “verdaderamente” está la forma pasiva inglesa, veo más natural e incluso más exacto decir: “Siempre he deseado que otro ser humano me conozca de verdad”.
    Pero lo que quería comentar es lo buena que me parece la idea para comenzar una historia. Las primeras frases, y las últimas, son importantes, actúan de gancho. Una primera frase debe también resumir un poco todo el libro y en este caso es así; la protagonista se pasa la novela buscando esa persona que la conozca “de verdad”. El sexo es un elemento importante, puede que imprescindible.
    La frase es tan concisa que pide una ampliación, nos pone a pensar y origina una reacción en cadena ¿Y yo?, ¿quiero que alguien me conozca del todo?, ¿es conveniente, en realidad?, ¿no habría que empezar por conocerse uno mismo? Igual lo que sucede es que quieres que te conozcan para tener un espejo en el que mirarte.
    Algunas conclusiones provisionales: una, ante cualquier declaración siempre hay que considerar como quedaría vuelta del revés; dos, ese conocimiento no tiene sentido si no es mutuo; tres, casi siempre es preferible la actividad, conocer, a la pasividad, que te conozcan.
    Me pregunto entonces por mi propio interés y hasta qué punto he conseguido conocer a las personas importantes en mi vida. Hasta un punto insuficiente, me temo, y, además, tampoco tengo claro en qué consiste conocer a otro ser humano; si conocer equivale a entender, si para entender hay que perdonar y si perdonar es una condición necesaria para querer. Y no digo nada de amar por si eso de amar fuera solo una forma de lenguaje poético.

jueves, 12 de febrero de 2026

La euforia del hombre

    La llamada “guerra de sexos” era un género cinematográfico basado en los roles del hombre y la mujer, que eran opuestos en casi todo. Aunque el tema es eterno, los papeles ya no están tan definidos, por fortuna, y, de hecho, ni las mismos categorías, masculina y femenina son tan exclusivas. Lo digo por una frase que he escuchado y que encajaría en cualquiera de aquellas películas; por ejemplo, en “El hombre tranquilo” de John Ford.
    Puedo imaginar una escena en la taberna en la que, a cuenta del interés del protagonista por la pelirroja Maureen O’Hara, el típico secundario achispado se quita con la mano derecha la pipa de la boca al tiempo que coge el brazo de John Wayne con la izquierda e inclinándose hacia él le dice, muy serio: “La mujer pronto le quita la euforia al hombre”.
    Esta sentencia, literal, la he oído hace poco atribuida a un tercero que solía decirla. La mujer pronto le quita la euforia al hombre. Me gustan, y sobre todo me divierten, por un lado, la sintaxis dislocada; por otro, el uso de la palabra “euforia” y la especie de superioridad que se otorga a esa mujer, de otra época, que sabe ver las cosas como son y baja de la nube al iluso.
    Al hilo de esto me he acordado de dos pequeñas anécdotas. Una de mi abuela que decía que después de casarse, cuando se enfadaba, se iba a la cama sin cenar, pero luego espabiló y no volvió a acostarse en ayunas. La otra un incidente en un bar viendo un partido del Athletic. Llegó una mujer y se sentó al lado de su marido que ya llevaba unos tragos. En seguida le empezó a decir en voz baja, pero no tanto, y tono despectivo: ¡borracho!, estás borracho… , el hombre agachaba la cabeza, avergonzado, y ella seguía, marcando mucho las erres, ¡borracho!, más que borracho...

lunes, 9 de febrero de 2026

Corrientes

    A mediados del siglo pasado mi padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela. Se lo oí comentar varias veces, no conozco los detalles. Eran los duros años de la posguerra y América seguía siendo la tierra prometida. Pero ha pasado el tiempo, los vientos soplan distinto, y son otras las corrientes migratorias.
    Hace poco hemos cambiado una habitación. Nos costó deshacernos de los muebles viejos, nadie los quería y al final hubo que pagar para que se los llevaran. Vino un hombre delgado, de mediana edad, con una camioneta vieja y su caja de herramientas para desmontarlos. Algunas partes no cabían en el ascensor y las bajó a pulso por las escaleras, desde un quinto piso. Me contó un poco su vida; marroquí, casado con dos hijos, quince años aquí.
    Una vez vaciada la habitación, había que repintarla. El encargado, peruano, nos propuso venir un domingo. Le acompañaba su mujer, que hizo de ayudante. Empapelaron todo para no manchar, dieron la primera mano, fueron a picar algo y al cabo de hora y media volvieron para dar la segunda. El color que elegimos fue el llamado blanco roto (ni idea de que existía).
    Elegimos un armario blanco y quedamos en que lo traerían el jueves. El miércoles llamaron, que estaban por la zona y que si nos venía bien adelantarlo. Al rato, ya estaban llamando al timbre de abajo. Eran dos, no sé precisar su nacionalidad de origen, uno era de rasgos achinados. Se veía que habían montado muchos armarios como aquel. Verlos trabajar, bien compenetrados, fue todo un espectáculo.
    La cama la tuve que montar yo, me costó lo mío fijar el cabecero a la pared. El resultado final nos ha dejado contentos. Hemos bautizado el nuevo cuarto como “la habitación blanca” y, la verdad, ahora es mucho más luminosa.

viernes, 6 de febrero de 2026

Llorar

    Llorar en público no está bien visto, no sé por qué. Habrá alguna cultura en la que sí, porque llorar no tiene nada de malo. Es, sobre todo, un desahogo. “La necesidad crea la función y la función crea el órgano”, propugnaba Lamarck; se puede deducir que llorar es una necesidad.
    Tiene sus mecanismos. A menudo, es una inofensiva forma de autocompasión; en ocasiones, un lamentable intento de manipulación. Recuerdo con rubor una vez, que me hice el incomprendido con mi madre; me estaba dando vergüenza de mí mismo, consciente de que no estaba siendo justo.
    No creo haber vuelto a hacerlo. Lo de medio fingir, digo; llorar sí que he llorado, pero de pura emoción, no siempre acertando. Quiero decir que las grandes desgracias del mundo no me hacen llorar. Las lamento, estoico, y no sé si hago bien, mal o regular. Somos imperfectos, para llorar y para cualquier cosa. Por ejemplo, no se entiende del todo por qué existe el amor incondicional. Tal vez nos queramos por necesidad, por egoísmo indirecto; queremos para que nos quieran.
    Para llorar no es mala idea hacerlo sin testigos. ¿Quién no ha llorado alguna vez por la noche, antes de dormirse? Pero creces, maduras (un poco) y la vida te da motivos más que suficientes (para llorar), de eso no hay duda. Hay que aprender a hacerlo con naturalidad. Luego está la emoción que te traiciona y, en ciertas ocasiones, se apodera de ti por sorpresa, y está bien que sea así.
    Está una chica, en el autobús, llorando, educada y comedidamente, con la mirada perdida en el paisaje y la amiga le pregunta: “¿Por qué lloras?” Tras inspirar por la nariz, se gira la otra y contesta: “Lloro para sentirme viva”.

martes, 3 de febrero de 2026

La velocidad del tiempo

    Me he pasado la vida con la sensación, tan común, de que el tiempo va cada vez más rápido. En pocas cosas estaremos todos tan de acuerdo como en que una hora era mucho más larga en la infancia. Aquí tengo que hacer una observación: en la infancia no tenía reloj, no medía el tiempo; otros lo medían por mí: mi madre llamándonos a comer, el timbre que señalaba el fin del recreo. El concepto “una hora” no era algo en lo que me pusiera a pensar.
    Esta aparente aceleración del tiempo puede ser fruto, en parte, de nuestro miedo a la muerte: la vemos acercase y nos parece que el tiempo vuela. También puede que sea la mente humana la que va más lenta, con la edad. Pero tiene que haber algo más, cómo, si no, es posible que ya haya pasado medio invierno, que la primavera esté a la vuelta de la esquina; explícamelo, si hace nada todavía era verano.
    Esto es algo más que una sensación, no me extrañaría que fuera también un hecho científico y que el universo no solo se expanda cada vez más rápido sino que la velocidad del tiempo también aumente. Alguien alegará que el reloj atómico que tienen en Ginebra (lo digo a bulto) sigue midiendo el paso del tiempo a la misma exacta velocidad de siempre. Pues no, igual que las estrellas se alejan cada vez más rápido, puede que también las partículas subatómicas se agiten más deprisa, y el segundo que mida ese, o cualquier otro, reloj atómico sea cada vez más breve. Para mí que el tiempo acelera y hay un premio Nobel esperando al científico que lo demuestre.

sábado, 31 de enero de 2026

Bañarse dos veces en el mismo libro

    Aunque leamos para dentro, sin abrir la boca, en la imaginación oímos a alguien declamando, interpretando el texto. Esa voz a veces es la tuya (solipsistas como somos) y otras la de la mismísima persona que ha escrito el libro (y a quien en realidad no has escuchado nunca).
    El lenguaje se desarrolló para pronunciarlo, no para escribirlo. La escritura que se aleja de la forma hablada tendrá sus cosas buenas, pero pierde en humanidad, en naturalidad; pierde emoción. Esa interpretación imaginada de un escrito varía en función del estado anímico y también varía con el tiempo. El tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez, dice un personaje de (un tal) Ray Cummings.
    Mañana leeré esto de nuevo y me parecerá distinto. Serán las mismas palabras pero las entenderé de otro modo. Y será por esas dos razones anunciadas, porque mi estado de ánimo será otro y porque yo mismo seré otro (factor tiempo). Por eso no deberíamos decir nunca, “ya he leído ese libro” (o visto tal película); más exacto sería aclarar: “lo leí hace años cuando era otra persona”.
    Un libro es como un gato de Schrödinger testarudo, nunca sabes si te gustará o no la próxima vez que lo leas. El libro será el mismo pero tú habrás cambiado, como cambia todo. En un ser humano el cambio físico, el envejecimiento, es evidente; el psíquico no se ve a primera vista pero es igual de real.
    Hay un corolario: si ya de por sí es dudoso que alguien pueda llegar a conocerse a sí mismo, esta es la confirmación de que de hecho es imposible. Para cuando empiezas a cogerte el pulso, a intuirte, ya no eres así. Sin darte ni cuenta, todo lo sutilmente que quieras, siempre estás cambiando. Eres tú, vale, sí; pero ya eres otro.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ese tipo de chica

    Hace un par de años me enteré de la existencia del término manic pixie dream girl, acuñado hace unos veinte por un crítico de cine (Nathan Rabin) para referirse al personaje de la chica efervescente, alocada, independiente y divertida que enamora irremediablemente al protagonista masculino.“Duende chiflada de ensueño” sería un intento de traducción. Claro que hay que añadir que gran parte del encanto de ese personaje tipo está en realidad en la imaginación del antagonista masculino.
    Curiosamente la primera vez que oí la expresión fue en boca de una chica que encajaba ella misma en el modelo. El término es nuevo (relativamente) pero el concepto antiguo, qué otra cosa sino manic pixie dream girls eran Katharine Hepburn en “La fiera de mi niña” (1938) o Barbara Stanwyck en “Las tres noches de Eva” (1941).
    Fuera del cine las flappers de los años veinte también se pueden considerar un precedente. Con este conocimiento en mente me llevé una sorpresa al encontrar otro anterior, este literario y de finales del siglo XIX, que tal vez sea la primera aparición del estereotipo en la edad moderna. Me refiero a las jeunes filles en fleurs, las muchachas en flor de Marcel Proust en "En busca del tiempo perdido".
    En su fulgurante aparición, el protagonista, y narrador, las ve acercarse por el malecón de Balbec: son cinco o seis, dice, y llegan desenvueltas, con cierta mezcla de encanto, flexibilidad y elegancia física, como bailarinas de vals; una empuja una bicicleta, otras dos portan palos de golf... sin atreverme a mirarlas fijamente, veía asomar un óvalo blanco, unos ojos negros, unos ojos verdes la traslación continua de una belleza fluida, colectiva y móvil... carácter atrevido, frívolo y duro y sigue en tonos parecidos hasta el momento culminante de la escena, cuando al ver a un anciano sentado en una silla plegable la mas alta echó a correr sin titubear y, para júbilo y admiración de sus compañeras, saltó por encima rozando con los pies la gorra marinera del anciano espantado...

domingo, 25 de enero de 2026

Callejón sin salida

    La mentira abriga más que la verdad. En general, digo. La mentira protege, mientras que atenerse a la verdad estricta es como salir de casa en invierno sin abrigo. Por otra parte, bien pensado, en términos absolutos, la verdad no existe (y la realidad, justo, justo). Por lógica, lo contrario, la mentira absoluta, tampoco existiría. La de andar por casa nos hace la vida más fácil, pero cuidado: tan difícil es sostener en el tiempo una verdad (desnuda) como una mentira (desesperada).
    Por uno de esos mecanismos extraños de la memoria he recordado estos días una confidencia que me hizo un amigo hace muchos años. Este amigo estudió una carrera técnica pero no pudo sobrellevar el estrés de la competencia en la empresa privada y acabó dando clases en la enseñanza pública.
    Nunca sacó plaza, cada septiembre le mandaban a un centro distinto. Un año, ya cuarentón, soltero y sin novia, al comienzo de curso, comentando las circunstancias personales de cada uno, la mayoría de sus compañeros casados o con pareja, muchos con hijos; cuando le preguntaron respondió que sí, que estaba casado, con dos niños. ¿Por qué hizo esto?
    Fue un instante de pánico. Nadie le conocía, no podían saber que era un buen tipo, culto, sociable, con sentido del humor. Se le pasó por la cabeza que ser mayor que casi todos ellos y soltero le dejaría al margen, que le convertiría en el raro. Sin pensarlo dos veces, en décimas de segundo, no supo calibrar las repercusiones de ese pequeño adorno en su biografía.
    Según avanzaba el curso iba fabulando nuevos detalles para salir del paso: los partidos de los hijos, las vacaciones en familia. La madeja se embrollaba y en su huida hacia adelante se fue volviendo huraño y encerrándose en sí mismo. La sala de profesores se convirtió para él en la antesala del infierno.
    Y un día me lo contó. Lo hizo con sencillez, necesitaba desahogarse, reconociendo que había sido una estupidez. Pero una vez hecho, ¿cómo salir? Lo lógico hubiera sido decir, cuanto antes, que había sido una broma tonta; o la verdad, que se había ofuscado entre gente que no conocía. Pero ese momento de rectificar ya había pasado, ya no había salida; se había convertido en un farsante.

jueves, 22 de enero de 2026

La explicación

    Más de tres horas dura la película “Espartaco” (1960), tantas veces repuesta en la televisión, algunas de ellas en Semana Santa por ser “una de romanos” aunque no tenga nada que ver con Jesucristo. Ya no me acuerdo de si la he visto entera alguna vez, supongo que sí, pero lo que perdura en mi memoria son distintos fragmentos vistos a lo largo de los años. En algún momento aprendí que detrás de la superproducción de aventuras estaba el mensaje político de opresores y oprimidos.
    Hasta hoy, creía que la película de Stanley Kubrick estaba basada en la novela del escritor (más que novelista) Arthur Koestler del mismo título. Pues bien, estaba equivocado, vaya novedad. La novela de Koestler no se llamaba así, sino “Los gladiadores” (originalmente escrita en alemán, por cierto) y la película no se basaba en esa novela sino en otra titulada, esta sí, “Spartacus” (como se dice en inglés y también en latín) escrita por Howard Fast, un prolífico novelista estadounidense.
    Una coincidencia y una divergencia: Por una parte, ambos, Koestler y Fast, eran de ascendencia judía (al igual que Stanley Kubrick y Kirk Douglas, el actor protagonista) y por otra, Koestler escribió su novela, en 1939, desilusionado del comunismo mientras Fast tuvo que publicar la suya por su cuenta, en 1950, por su condición de comunista represaliado. Para liarlo un poco más, la adaptación para la pantalla, el guion, la hizo Dalton Trumbo (de origen suizo protestante, qué raro), también represaliado pero que, curiosamente, se alejó del enfoque de Fast por su rancio marxismo.
    Cosas del siglo pasado, que fue revuelto como pocos; o, mejor dicho, como todos, porque este de ahora, el siglo XXI, se las trae. Buscando explicaciones para la pertinaz estupidez humana he encontrado esta cita de Arthur Koestler (acabáramos): El cerebro humano consta de una pequeña parte, ética y racional (todavía muy pequeña) y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos. Harían falta millones de años para que la evolución moral acabara con la brutal trastienda. Esto lo explicaría todo...

lunes, 19 de enero de 2026

Pobres instituciones

    Las instituciones nos choznan. No lo digo yo, es una frase que he escuchado en un sueño; sueño o ensoñación, incluso puede que alucinación. Ha sido uno de esos momentos en que estás pensando, es decir dejando vagar la mente, te vas quedando medio dormido y “ves” y “oyes” cosas que se mezclan con lo que de verdad están captando tus sentidos. Si vuelves a estos, a estar despierto (todo lo despierto que eres capaz), te das cuenta de que estabas soñando.
    Si no vuelves en ti, y acabas durmiéndote del todo, estos medio sueños se hunden en la mente y se ahogan; se pierden, se olvidan; hasta tal punto que no sabrás nunca que los soñaste o los medio soñaste; o solo lo sabrás sin saberlo, porque estos sueños se quedan en algún rincón ignoto de las conexiones neuronales, donde permanecerán hasta que se apague la luz en el cerebro. Es lógico pensar que esa gran masa de sueños, que no afloran nunca a la conciencia, debe de tener alguna influencia en el ser de cada uno.
    En este caso, he vuelto de la duermevela con el sueño todavía flotando en mi mente y me lo he contado a mí mismo para no olvidarlo. Las instituciones nos choznan, ha dicho alguien que estaba a mi derecha pero no he llegado a ver. Choznar..., no existe el verbo; o no existía hasta ahora. Me ha dado la impresión de que lo ha dicho solo para desahogarse; como quien constata algo que es evidente, sabiendo que no tiene remedio, resignado. Las instituciones (¿qué instituciones?) nos choznan. Sonaba a protesta; choznar por jorobar, molestar, complicar la vida.

viernes, 16 de enero de 2026

Éric Rohmer

    Lo digo en negativo: la astrología no es una ciencia, que más dará donde esté Marte en el momento del parto; ahora, como entretenimiento no tiene precio. La astrología asegura horas de diversión, incluso para sus no-adeptos. Aún a sabiendas de que no tiene ningún sentido, y siempre que no se pasen de egocéntricos, soy un admirador secreto de los nacidos bajo el signo de Leo. O más concretamente de aquellos, y más aquellas, que han tenido apariciones estelares en mi vida.
    En eso he pensado viendo la película de Éric Rohmer Le Signe du Lion (El signo de Leo). Se rodó en 1959 pero no fue estrenada hasta 1962. Transcurre en París. Me gusta ver esas imágenes, en blanco y negro, de hace ya 66 años: casas, bulevares, cafés, las riberas del Sena. Me llama la atención que, a pesar de todo, la habitación de una pensión parisina no era muy distinta de la de cualquier otro sitio; todo parece viejo, deslucido, más bien pobre.
    Éric Rohmer fue una de las figuras intelectuales de la Nouvelle Vague y un director peculiar, con una trayectoria al margen de las modas. Contaba sus historias a base de diálogos que querían explicar la vida sin aspavientos. De sus películas se decía que en ellas se veía crecer la hierba; queriendo decir que eran muy lentas y aburridas. No estar de acuerdo me hacía —y me hace— sentir bien.

martes, 13 de enero de 2026

Escasa participación

    Hay cosas que no se te van nunca de la cabeza. No sé si llegan a preocupaciones; bueno, sí que llegan, por eso no se te van. Una de ellas, o la única, la más importante, aquella en la que se resumen todas las demás es la pregunta, la duda, la inquietud de saber qué es lo que haces en el mundo; aparte de consumir recursos que, seguramente, estarían mejor empleados en otra cosa.
    La actividad básica de los humanos es la misma que la de cualquier otro animal: sobrevivir. A partir de ahí, todo es extra, plusvalía. Inciso; hay una empresa pública que en las esquelas que dedica a sus empleados, o antiguos empleados, se refiere a estos como "personas trabajadoras" de dicha empresa (inciso dentro del inciso: las esquelas también son propaganda).
    Vuelvo a la pregunta sin respuesta: qué hago aquí; o, en otra variante, cómo estoy en el mundo. Soy inextricable del torbellino de acontecimientos de mi época. Era una pregunta, ¿lo soy? Más o menos; somos inseparables del contexto, de lo que pasa a nuestro alrededor, de nuestros semejantes y lo que hagan o dejen de hacer (se dice así, semejantes, porque nos asemejamos, incluso los special ones).
    Pero el caso es que casi todos somos personajes secundarios, sin frase; figurantes que no aparecen en el montaje final, que se comen el bocadillo y cobran los cincuenta euros pero no salen en la versión oficial de la película. Puede que sí en la extended version o en el “corte del director”. Otra pregunta; ¿quién es el director?, ¿hay director? (vale, eran dos preguntas).
    Estoy en este mundo pero como si no estuviera, veo la película pero apenas me afecta; me conmuevo por conveniencia. La cruda realidad es que solo me impresionan las cosas que me atañen directamente, las que me quitan el pan de la boca, las que me tocan el corazón.

sábado, 10 de enero de 2026

Asuntos terrenales

    En el siglo XVII un papa —Urbano VIII, for the record— prohibió el uso del tabaco en las iglesias de la diócesis de Sevilla. Digo “uso” porque se refería tanto a fumar como a mascar o aspirar. Había habido quejas. Por otro lado, poco después otro papa —Alejandro VII, for the second record— estableció el monopolio del tabaco en los Estados Pontificios; lo que se puede entender como una aplicación interesada del dicho “a Dios rogando y con el mazo dando”.
    Me pregunto si es que en Sevilla, o en cualquier otro sitio, algún cura habrá llegado a fumarse un puro mientras daba misa, algo que hoy parece un disparate. Las costumbres cambian. Por ejemplo, es sabido que ha habido muchos curas cazadores, y más chocante es lo que dice Chateaubriand en sus “Memorias de ultratumba” sobre el papa León XII. Cuenta que era un gran trabajador, de costumbres austeras, y que como distracción, recordando su antigua afición a la caza, pegaba algunos tiros de escopeta en los jardines del Vaticano.
    Volviendo al tabaco, tuve un compañero en el colegio que más tarde se hizo cura. Después de pasar tiempo en las misiones —bien por él— le destinaron a una parroquia de aquí cerca. Desde entonces le he visto en el autobús viniendo de San Mamés y un par de veces en un bar junto a su parroquia tomando un café y fumándose un purito. Esto lo he metido como nota de color local.
    En lo que he caído, después de saber lo de la prohibición de Urbano VIII, es en que fumar no, pero beber alcohol no solo está permitido para el cura que da la misa, sino que es obligatorio, ya que el oficiante comulga en las dos especies, pan y vino. Vino que, según mi corta experiencia, suele ser dulce (y posiblemente cabezón).
    Como en la viña del Señor —nunca mejor dicho— hay de todo, seguro que se han dado casos de sacerdotes abstemios que han pedido una dispensa papal para no tener que consumir alcohol en el ejercicio de su ministerio; aunque supongo que ha sido mucho mayor el número de curas aficionados a acompañar las comidas con un vasito de vino.

miércoles, 7 de enero de 2026

Introducción al cierrapuertas

    La puerta del portal de casa no cierra bien. Tenemos instalado ese artilugio que se coloca, mediante un brazo articulado, entre el marco y la misma puerta e incorpora, dentro de una carcasa, el mecanismo que hace que se cierre sola. Este consiste en un muelle o resorte que al abrir la puerta se comprime y al soltarla —una vez que la persona ha entrado o salido— tiende a recuperar su estado original, tira de la puerta y la cierra.
    Este aparato se llama, adivina, cierrapuertas. En realidad, es más complicado. Lleva un aceite hidráulico que se desplaza a merced del resorte. Un par de válvulas controlan el paso del líquido y permiten ajustar la velocidad del movimiento para que la puerta ni se cierre con excesiva fuerza —dando un (desagradable) portazo— ni lo haga con tan poca que acabe apoyada en el marco pero sin cerrarse.
    Una vez bien ajustadas estas válvulas, el pestillo de la puerta, de tipo resbalón, al apoyarse en el marco se retraerá con suavidad y acabará encajando, con el característico clic, en el cerradero, que es la pieza metálica del marco en la que se aloja.
    ¿Se ha entendido algo? Pues, ahora mismo, el cierrapuertas que tenemos instalado en el portal de casa se debe de haber desajustado y la puerta queda vuelta, apoyada en el marco pero abierta. No hace clic.