sábado, 4 de abril de 2026

Conticinio

    El conticinio es la hora de la noche en la que todo está en silencio. Un silencio que siempre es el mismo, y es eterno, como la oscuridad. Silencio y oscuridad es lo que hubo en el principio, antes del verbo, y lo que puede que quede al final, cuando todo el pescado esté vendido.
    Esta palabra, conticinio, que ya conocía —lo juro—, y que me ha vuelto a salir al paso, tiene su misterio. Me suena a almuerzo, a sinónimo de colación pero no tiene nada que ver. Tal como aparenta, viene del latín. Por cierto que Julio César prohibió que los carros circularan de día por las callejuelas de Roma, por los atascos. Todo el movimiento de mercancías tuvo que hacerse de noche; estorbando, sobre todo, el descanso de los sufridos habitantes de la Subura, el populoso barrio de los romanos más pobres; y cargándose el conticinio, Julio, no sé si fuiste consciente.
    Difícil la supervivencia del conticinio, esa calma de la noche que solo tiene gracia en verano, cuando no hace frío. Sensu stricto, casi todo rompe el conticinio, más en nuestras sociedades urbanas. Pero la idea tranquiliza, la paz del mundo que duerme.
    Es mi deseo que un grillo, el rumor del agua, el aleteo de las hojas en la brisa o los latidos del corazón no deshagan el hechizo del conticinio. Decidido; no exageremos con el silencio, el silencio absoluto da miedo. El silencio relativo es más acogedor, este conticinio matizado se podría recetar para la ansiedad de fondo de la vida; mejor que la valeriana. Estoy masticando en exceso la palabra, pero el sabor no se va; conticinio, la gracia callada de la noche.

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