Lo que mejor se le da al ser humano, en general, —y con diferencia— es ser querido. Mucho mejor que querer, me parece. Igual lo digo influido por el caso más cercano que conozco —el mío— y la gente es más generosa de lo que parece. Podía haber escrito, amar y ser amados, pero soy reacio a la palabra amor, me suena a ficción, a sucesos lejanos, a encuentros en la tercera fase que solo conozco por las películas.
Prefiero la no-ficción, la realidad de querer y ser querido. Lo que no sé es cuál es en la no-ficción la palabra correspondiente al “amor” de la ficción. Apego, afecto, estima; la que más me gusta, sin acabar de convencerme del todo, es cariño. El cariño, o el apego o el afecto, es la argamasa que cohesiona las pequeñas comunidades humanas. Falta por descubrir qué es lo que necesitaríamos para que las distintas sociedades, culturas, como queramos llamarlas, se encariñen entre sí y se acaben las guerras.
Por motivos misteriosos, o evidentes —según lo mires— los lazos más fuertes entre humanos son los familiares. Cuando toca odiarse también. En todo caso siempre se trata de corrientes alternas, de doble dirección; querer y ser querido (odiar y ser odiado).
Lo llevamos en el ADN, el afecto mutuo, la necesidad de los demás. Para que te quieran tienes que querer —se supone— y más de uno ha dicho que, en esta vida, haber amado es suficiente para morir tranquilo, satisfecho de haber cumplido. Es curioso que la frase que sepa decir en más idiomas sea “te quiero”: te quiero, I love you, je t’aime, t’estimo, ti amo, maite zaitut. Seis, no está mal; y sí, de acuerdo, seguramente debería haber escrito “te amo”, será una manía.
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