jueves, 16 de abril de 2026

Incidente en OK Corral

    La buena literatura también es filosofía para dummies. En la película danesa “Ordet”, “La palabra”, de 1955 —el año en que nací— Johanes, el hijo mediano, se cree Jesucristo desde que enloquece estudiando a Kierkegaard. La filosofía pura y dura no es para cualquiera, cuidado con ella. Otra cosa es si la rebajamos con ficción.
    Fue Coleridge, el poeta inglés, el que habló de la suspensión de la incredulidad. Es el mecanismo psicológico que nos sirve para disfrutar de una novela a sabiendas de que lo narrado es falso o inverosímil. ¿Cómo leer, si no, “Alicia en el País de las Maravillas”? Ahora que han nombrado presidente al Sombrerero Loco y no hay forma de distinguir ficción y no-ficción, lo conveniente es suspender la incredulidad siempre.
    Un taller de escritura es como un refugio para animales heridos. Un sitio adonde llevar a una garza con un ala rota. Digo garza porque vi una el otro día en el río, rodeada de patos, con aire de estar preguntándose, ¿qué hago aquí? La garza podría escribir con una de sus propias plumas y un letraherido recurrir al taller como terapia o como bombona de oxígeno para respirar en la credibilidad viciada de nuestra época.
    En su último libro, Emmanuel Carrère recuerda una cita de Françoise Sagan, escritora que por cierto publicó su primera novela, “Buenos días, tristeza”, a los dieciocho años. Dice, la cita, que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que para la primera hay injusticias y es inevitable, y para la segunda hay injusticias y es insoportable.
    Entre esas injusticias está la discriminación inmemorial de la mujer y la insoportabilidad que se deriva es la que hace que, de vez en cuando, alguna valiente coja su AK-47 dialéctico y dispare contra todo ente masculino que se ponga a tiro; inocentes, o casi inocentes, incluidos.

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