Dentro de poco, cuestión de días, está previsto que la luna se suelte el pelo, se ponga delante del sol y lo tape a la vista de algunos terrícolas, entre los que nos podríamos encontrar (en función del interés de cada uno). Sean los que fueren, los testigos serán una minoría; como pasa con cualquier acontecimiento, incluida la final del mundial de fútbol; siempre hay más gente que está a otras cosas.
Un eclipse solar como el anunciado sucede cada año y medio, lo que es raro es que se repita en el mismo sitio. Claro que para eclipse con oscuridad (casi) total es mucho mejor el que tiene lugar cada día (por eso no le damos importancia) y se conoce con los nombres de puesta del sol, ocaso, atardecer o crepúsculo; a su lado estos otros quedan como amagos de aficionado.
El eclipse de sol es un recurso clásico de las novelas de aventuras para que el protagonista salve la vida en una situación comprometida. Así sucede en “Las minas del rey Salomón” (H. Rider Haggard) o en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (Mark Twain). Lo verdaderamente increíble, pero cierto, es que en 1504 Cristobal Colón, estando en una isla a merced de los indígenas cabreados, saliera del paso con su predicción de un eclipse, que tomó del almanaque astronómico de Johann Muller, alias Regiomontano. Aunque en esa ocasión fuese un eclipse lunar, cuando es la tierra la que se interpone entre el sol y la luna.
Este eclipse solar de ahora no se podrá ver desde mi casa porque, aunque se encuentre en la zona cero, el edificio de enfrente lo impedirá. Lo que haré, salvo imprevisto, es asomarme al balcón para ver como se oscurece la tarde, que no será poco.
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