Esto que escribo son un poco como artículos de prensa, ¿no? Así me lo van pareciendo, “artículos” que no trascienden y que escribo para demostrarme a mí mismo que sigo vivo. Hay dos tipos —entre los que sí se publican— que tiendo a saltarme cuando los detecto.
Uno es el “artículo de un libro que me he leído”. No niego su legitimidad; pero pienso, vaya, no se le ocurría nada y va y nos cuenta las ideas de otro (aunque, en verdad os digo, todas las ideas son de otro). Entonces, si el libro inspirador del artículo me atrae, lo apunto para una futura hipotética lectura (que rara vez se concreta) y si no, paso página.
El otro tipo de artículo saltable es el “artículo de buenas intenciones”. Sea cual sea el tema, el autor, que por lo general es un profesor universitario, expresará su presunta solución al problema elevándose sobre los dimes y diretes de las disputas en el barro de la cotidianidad. Sin dar hacer ninguna referencia directa ni nombre alguno de persona o entidad, soltará un rollo de generalidades un tanto crípticas en un lenguaje académico trufado de alusiones a la solidaridad, la cogobernación, la justicia, la tolerancia, la convivencia o la igualdad.
Es, en resumen, un discurso tendente al paternalismo que una vez desbrozado viene a decir que con un poco de buena voluntad y sentido común el problema se podría solucionar de manera conveniente para todos. De estos artículos, que ni siquiera dan la pista de un posible libro apetecible, huyo como de la peste.
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