Leo porque no sirvo para otra cosa. Esta es la razón última y determinante. Otras serían que leo para olvidarme de mí mismo o que leo para mejorarme a mí mismo, lo que constituye una bonita contradicción. La verdad es que esas tres razones y otras —que seguro que hay— coexisten pacíficamente.
Nadie escapa de esa paradoja, todo el que lee lo hace por huir del ominoso presente y, a la vez, por afán de aprender, aunque no lo sepa. Con la idea en la cabeza, me salen al paso alguna que otra expresión acuñada que ahonda en la herida. Qué bobada, herida, me he dejado llevar; digamos, mejor, que percute sobre la misma idea.
En psicología, por ejemplo, se habla de “indefensión aprendida”, es la indefensión que siente una persona basándose en experiencias previas. Le ha pasado otras veces, la cosa no ha ido bien y ha concluido que no hay defensa posible. La indefensión puede ser real o no; ese “aprendida” la pone en duda, la desarma.
En el ámbito artístico, especialmente en el jazz, es habitual la “improvisación dirigida”. Tres cuartos de lo mismo, ¿qué improvisación es esa si alguien la está dirigiendo? Es una media improvisación, de alguna manera. Además, quien improvisa siempre está condicionado por múltiples factores, desde su infancia y educación hasta la temperatura ambiente y los oyentes que tiene delante.
Un último ejemplo: “libertad condicional”. Es también una libertad a medias y nos da pábulo a extender la noción al concepto mismo de libertad. Nadie es libre por completo, toda libertad está condicionada; no solo esa típica libertad de las sentencias judiciales sino la del ciudadano que circula peripatético por la calle. Las razones son evidentes; son las mismas, o parecidas, a las que guían la improvisación de un saxofonista: todos llevamos a cuestas un bagaje vital que restringe nuestra libertad, ¿o no?
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