Si uno solo hablara de lo que sabe, nadie diría nunca nada. Exagero —en general— pero acierto —en particular— porque a mí me pasa. Escribo de lo que creo que sé, sabiendo que en el fondo no sé. No soy el único. Pongamos Freud, por ejemplo. Freud se pasó la vida estudiando y escribiendo libros de lo suyo; los traumas, el inconsciente, la interpretación de los sueños; todo eso. Pero ha pasado el tiempo y ya no es tan infalible como se creía. Lo sigue siendo en algunos aspectos, pero no en otros. Freud también se equivocaba.
De alguna manera, cosas similares nos pasan a todos. Estos últimos años ha habido una auténtica explosión en cuanto a las distintas formas de expresar la sexualidad. Nacido y (mal)educado en tiempos de intolerancia y ceguera colectiva tengo que confesar, algo avergonzado, que no tenía ni idea de la existencia de algunas de esas expresiones.
En concreto, del hecho de que alguien pueda nacer con unas características sexuales pero sentir que debería tener otras. Hasta hace poco hubiera dicho que algo así es absurdo, pero ahora sé que pasa. Mi respeto y solidaridad para todas esas personas.
La ya clásica pregunta de los partidarios de guardar las apariencias (¿para qué quieres ser feliz si puedes ser normal?) es una disyuntiva falsa, porque no se puede ser ni una cosa ni la otra. La felicidad es un estado inestable de la mente y la normalidad un mito.
“Normal” es una palabra que servía para entendernos pero ha perdido vigencia. Propongo sustituirla por “corriente”. Se puede ser corriente —o pasar por serlo— y además ser feliz o infeliz, según temporada (como en los restaurantes).
De alguna manera, ampliando la perspectiva, todos nacemos dentro de un armario. Me estoy refiriendo a cualquiera de esas pulsiones —ofensivas o inofensivas— que se tienen sin motivo aparente y que pueden afectar a cualquier campo de la existencia, no solo al sexual. Mi impresión, en este sentido, es que los armarios siguen llenos. No pongo ejemplos para no dar pistas.
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