Han llegado pronto y el comedor está casi vacío. Son cinco, una pareja mayor —los abuelos—, otra joven —los padres— y un bebé dormido en su silla de paseo. La reserva se hizo a última hora y les acomodan cerca de la entrada, en una gran mesa redonda apta para ocho en la que los cuatro (más una trona a la espera) quedan un tanto alejados entre sí.
El local era, hace años, un negocio familiar que hacía de bar y casa de comidas de la pequeña localidad. Hace un tiempo ampliaron el comedor, lo dotaron de grandes ventanales y dieron el salto a restaurante de calidad; con jefa de sala, encargado de vinos, manteles de tela y amplia carta con buena oferta de pescados (hoy ofrecen besugo, no digo más).
De primero piden varios entrantes para compartir. El abuelo se inclina ligeramente hacia adelante cuando la chica —su hija o su nuera— habla en un tono algo apagado desde el otro lado de la mesa. Puede que no llegue a entender lo dicho, pero lo disimula por no añadir disonancia al ambiente tan plácido.
A una de estas, los pies del chiquillo, que asoman bajo la capota de la silla enfundados en calcetines marrones, cobran vida y se agitan en el aire. El joven padre se levanta presto y lo coge en brazos, sonriente, alzándolo como quien exhibe un trofeo. Tras un breve intercambio de palabras y gestos jubilosos de los cuatro adultos, lo deposita con cuidado en la trona.
El niño, en torno al año, parpadea somnoliento y se hace, tranquilo, con el trozo de pan que le ofrece su madre. Están ya con el plato principal e intercambian comentarios elogiosos sobre la calidad y la cantidad de las raciones. La abuela apunta que está comiendo demasiado.
La madre avisa risueña de los gestos compungidos que, de pronto, ha comenzado a hacer el pequeño. El niño achica los ojos, que se le humedecen. Parece a punto de hacer un puchero. La madre aclara el misterio: está a punto de hacer sus necesidades. "¿Es o no es un niño prodigio?", pregunta retórico el abuelo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario