No tenía ni idea de que la compañía que lidera el ranking mundial —sí, he escrito mundial—de gestión de aeropuertos es Aena. Y Aena (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) es una empresa pública española. En más de un país no están poniendo el interés suficiente, o es que en realidad ese ranking no importa demasiado.
Y va Aena y convoca un premio literario de un millón de euros. ¿Dónde está la lógica? En que es publicidad (de la empresa, no de la literatura, o solo de rebote). En tres de las cinco obras nominadas este año he encontrado sendos ejemplos de esas palabras no tan comunes que mencionaba el otro día.
En la novela de Nona Fernández “Marciano” la palabra “claroscuro” aparece doce veces. No se puede negar que es una palabra bonita, poética; una contradicción en sí misma, casi un oxímoron. Refrescante, también, con esa luz y esa sombra. Pero doce veces..., se ha pasado Nona. En cualquier caso, la novela me ha gustado.
En “La hija” de Sergio del Molino la palabra que me ha llamado la atención ha sido “tristura”. Aparece seis veces, no llega al umbral de fatiga. Tristura es otra bella palabra. Se trata de un sinónimo culto o arcaico de tristeza (tristeza aparece catorce veces, veo una lógica en el reparto de oportunidades). Tristura es también, por cierto, la forma más común para decir “tristeza” en euskera.
En “Canon de cámara oscura” de Enrique Vila-Matas nos tropezamos hasta ocho veces con la palabra “sobreviviente”. El caso tiene su miga porque en España es más común el uso de “superviviente” (de hecho, en “La hija” salen cinco supervivientes y un solo sobreviviente). Sobreviviente, vista desde este lado del Atlántico, chirría un poco, no es una palabra agraciada; y entre una cosa y otra diría que, en este libro, supera el umbral.
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