lunes, 15 de junio de 2026

Umbral de fatiga

    Hay palabras que se repiten a cada rato en cualquier texto. Son las más comunes, las cotidianas; palabras de andar por casa, como las zapatillas. Ejemplos: calle, lluvia, cara, azul, bicicleta, bolígrafo, comer, reír, dormir, etcétera. Son miles, son los ladrillos del idioma, las hormiguitas de la prosa. Con estas palabras se da la gran paradoja de que siendo imprescindibles, pasan desapercibidas.
    Hay otras que solo admiten aparecer una vez. Una única aparición está permitida para cualquier palabra; incluso la más larga, la más obscena, la más aburrida o la más fea. Pero tenemos tantas palabras que muchas de ellas se han vuelto ariscas y no se acostumbran a comparecer por escrito. Son palabras de fuerte personalidad que llaman la atención y cuyo eco resuena a lo largo y ancho de todo un libro.
    Cuanto más sorprendente y exitosa resulte esa palabra más rechinará que aparezca otra vez y aún cantará más si lo hace, dios no lo quiera, una tercera vez. Ahí ya comenzarán los murmullos: por favor, ¿en serio?, no me lo puedo creer (y los amagos de dejar la lectura). Ejemplo: estrambótico. Un estrambótico bien colocado está muy bien, sorprende, lo disfrutas; la segunda vez lo sobrellevas, la tercera ya te ríes, o lloras directamente.
    En un término medio se quedan otro buen número de palabras, que no son tan raras o especiales pero tampoco son de las esenciales y cuasiinvisibles. Con esas hay que andar con cuidado. No importa repetirlas, hasta cierto punto, pero cada una tiene un límite, un umbral que si se sobrepasa hace saltar la alarma. También depende en parte de la sensibilidad del lector (o depende mucho). Vaya desde aquí mi propuesta a los académicos de un término para designar ese número límite de repeticiones: “Umbral de fatiga”.

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