viernes, 12 de junio de 2026

Historia de Peru

    Hola, me llamo Peru y soy un personaje. Sobre el papel, un personaje y una persona son la misma cosa; en este caso soy también la voz narradora. Si para una boda se contrata un fotógrafo, también habría que hacerlo para un funeral. Y recuperar la antigua tradición de comer y beber; hacer bueno el refrán, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Porque en la vida hay alegrías y hay penas y ambas van juntas a todas partes, bodas y funerales incluidos.
    La primera boda a la que asistí fue una pequeña tragedia, la chica de mis sueños se casaba con un primo mío. Más alto y más guapo que yo, para decirlo todo. Mi propia boda, unos años después, fue motivo de alegría, claro, pero no pude evitar cruzar los dedos mentalmente pensando en el futuro. Había madurado y bajado de la nube: mi primo ya se había separado y aquella chica no era para tanto.
    Mi suegra resultó inaguantable y lo que se dice pena no sentí en su funeral. Tuve que disimular con la familia, aunque el pequeño comentó que así la abuela no le reñiría más. Cuando se casó la niña de mis ojos, la sensación fue agridulce; mi yerno era un cretino, qué le vamos a hacer, pero si ella era feliz…
    Bodas y funerales, ceremonias y ritos que cumplimos educadamente dándoles, tal vez, más importancia de la que tienen. Bodas en las que dos personas se comprometen a no dejar tirada a la otra, eso está bien. Funerales en los que se rinde homenaje a alguien al que la mayoría de los asistentes hace años que ha perdido de vista.
    Así he llegado a este mi último funeral. En una especie de ensoñación, acunado por los cánticos del coro, estoy suspendido en la bóveda de la iglesia viéndolo todo como un dron espía. Es extraño; por dos razones: porque el ataúd está cerrado y porque el muerto soy yo.

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