jueves, 30 de julio de 2026

Malos tiempos para hombrecillos cabezones

    Recuerdo como si fuera ayer (ja) la cola en el cine donde daban “Tiburón” (Jaws). No la vi en su momento, no me atraía la idea de un pez depredador que partía por la mitad a algún sorprendido bañista; pero desde luego guardo respeto y admiración para con Steven Spielberg, el director.
    Desde entonces he visto, si no todas, la mayoría de sus películas; casi siempre pensadas para el gran público. Me han gustado, en general; son como trajes de factura impecable confeccionados por un buen sastre, aunque no te convenza del todo el dibujo de la corbata.
    Así he seguido su carrera a lo largo de los años y ahora, cuando está cerca de cumplir los ochenta, acabo de ver su última obra, Disclosure Day (el día de la revelación). Confirmo que, aunque hay un goteo de elementos que no acaban de cuadrar, no ha perdido el pulso dirigiendo y la película mantiene la tensión de un buen thriller, con su misterio y sus persecuciones un tanto exageradas (lo digo en especial por la escena del cruce de trenes).
    Pero —spoiler—, no me ha gustado el final. Me ha dejado preocupado ese chaparrón de presuntas imágenes desveladas (reveladas) que confirmarían —suponiendo que se pueda confirmar algo en la ficción— como auténticas todas las falacias de avistamientos de naves extraterrestres y encuentros con hombrecillos cabezones.
    Spielberg ha estado siempre obsesionado con el tema, ha vuelto una y otra vez sobre él en sus películas, y a la gente le gusta, yo incluido; sentimos esa atracción de lo desconocido (they came from outer space, “vinieron del espacio exterior”, en la frase de los cincuenta), pero precisamente en estos tiempo de las conspiraciones me parece hasta peligroso ese final.
    Supongo que me falta información y no ha sido la intención de Spielberg alimentar las paranoias de esos tipos que, desafiando el sentido común y aupados por millones de congéneres, están ahí arriba, al mando, tomando (demenciales ) decisiones sobre nuestro futuro para consternación de la otra mitad de la humanidad, los que estamos medio cuerdos.

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