miércoles, 15 de julio de 2026

Igualdad

    Todos los seres humanos somos iguales. No estoy diciendo que tengamos los mismos derechos —que no los tenemos—, ni que deberíamos tenerlos —que sí que deberíamos—, lo que digo es que todos los seres humanos somos iguales.
    Somos iguales como las unidades de un modelo de coche que salen de la cadena de producción, idénticas unas a otras y solo distinguibles por el número de identificación del motor. Los humanos somos semejantes en lo físico —mismos órganos, mismos huesos, mismos sistemas digestivo, sanguíneo, respiratorio; mismo todo— pero sobre todo en lo psíquico —mismos sentimientos, mismos pensamientos, mismos miedos, mismas ansiedades, mismos sueños, mismas ínfulas—.
    Lo que, en apariencia, nos distingue, como en los automóviles la calidad del tapizado o las llantas de aleación, son los detalles secundarios: el género, el color de la piel, la altura, el peso, los rasgos faciales. El resto de presuntas diferencias son circunstanciales y es por la suma de esas circunstancias por la que nos comportamos de una u otra manera.
    Somos capaces de lo mejor y de lo peor, de ser santos o asesinos; solo hace falta que nos pongan en la situación adecuada. Esta verdad es difícil de llevar, lo entiendo. Lo habitual es creerse diferente, especial, único; y de alguna forma lo somos, por esos detalles y esas circunstancias; y, sobre todo, porque, aún idénticos, siempre seremos otro, siempre estaremos enjaulados en nuestra individualidad.
    Hay ocho mil millones de individuos en el planeta, todos iguales (no solo los chinos), solo distinguibles, como los coches, por su número de identificación del motor, por su ADN. Si reuniéramos a los habitantes de la Tierra en una gran llanura, asignando un metro cuadrado a cada uno, ocuparían un espacio de 80 x 100 kilómetros. Imagina verlos desde lo alto y piensa que uno de esos individuos eres tú, y otro yo, perdidos ambos en el anonimato de la especie de la que, sin embargo —y esta es la clave—, cada uno de nosotros tiene el privilegio y el honor de ser embajador plenipotenciario.

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