Por los datos que han dado, esta mujer debe de andar por los noventa y dos años, cumplidos o a punto de hacerlo. Está sentada, sonriente, delante de un ventanal en una humilde pero luminosa sala de estar. La noticia es que ha sobrevivido al trágico terremoto de hace unos días. Su edificio no sufrió grandes daños, pero el susto, ¡qué susto!
Para su edad, su aspecto general es estupendo, un rostro sin grandes arrugas y, sobre todo, una fluida expresión verbal llena de vitalidad. Cuenta su experiencia: estaba con otra mujer, menciona el nombre y se deduce que es la persona que la acompaña a diario, y al sentir los primeros temblores, lo dice con una chispa de diversión, ella, que lleva un tiempo postrada en su silla, incapaz de andar, ¡se levantó, bajó las escaleras y se sentó en un banco frente a la casa!
Luego sin dejar de sonreír dice que ahora lo peor es la soledad, todo el mundo está muy ocupado y ella se encuentra sola; sola y atrapada en su silla. Me ha impresionado, la he admirado y compartido su sentir. También he envidiado su lucidez mental y su sonrisa.
En cuanto a lo de bajar las escaleras, lo he entendido. Me pasó algo del estilo, a otro nivel, hace no mucho. Recibí un fuerte golpe en el muslo izquierdo y tumbado en la cama no podía levantar la pierna. El médico me dice, levanta la pierna derecha, y la levanto, sin problemas, claro. A continuación, añade, levanta la otra pierna y voy y también la levanto; no mucho, diez centímetros, pero la levanto. La presencia del médico fue suficiente para forzar la pierna, desafiando al posible dolor, que no sentí. Cuando se fue el doctor de nuevo era incapaz de levantarla.
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