Caigo en que el otro día escribí de la igualdad y no hace mucho de la libertad (con minúscula, nada trascendente) y se me ocurre que para juntar a las tres protagonistas del lema de la República Francesa me falta la fraternidad.
Claro que no tengo mucho que decir sobre la fraternidad, aparte de que la idea está bien, en teoría: todos los hombres deberíamos tratarnos como hermanos y las mujeres como hermanas y los hombres y las mujeres como hermanos y hermanas (lo primero que se te viene a la cabeza es “consanguinidad”).
En teoría, decía, porque en la práctica veo difícil evitar que haya gente que te caiga mejor y otra que te caiga peor, y no debe de ser fácil tratar como a un hermano a uno de los segundos; mi instinto natural es evitarlos y si no hay más remedio contemporizar (debería priorizar la presunción de inocencia, pero veo pocas o nulas posibilidades de que llegue a hacerlo algún día).
Por otra parte, el lema, nacido durante la Revolución Francesa, es bonito, pero qué mal lo llevaron a la práctica: durante los dos años del llamado Reinado del Terror hubo unos 40.000 ejecutados o asesinados (la guillotina fue un invento muy práctico).
Mirando ahora, leo que hubo una orden de pintar en las fachadas de las casas de París esta proclama: La República una e indivisible - Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte. El exabrupto del final lo explica todo; me recuerda una broma —igual no le ves la gracia— que suelo hacer de vez en cuando: Yo a los violentos es que los molía a palos.
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