martes, 1 de septiembre de 2026

Fulcro

    Fulcro (en el diccionario), punto de apoyo de la palanca.
    A los vagos como yo nos encantaría que fuera posible meter toda la sabiduría del mundo en una frase. La idea es absurda pero lo cierto es que se puede distraer al entendimiento a base de máximas brillantes. Es lo mismo, de alguna manera, que engañar al estómago con bocaditos y renunciar a los grandes platos. O —inciso— a los humildes, que son en realidad los que más me gustan: alubias con un poco de chorizo, unas anchoas albardadas, el arroz con leche.
    El caso es que, en cuestiones de sabiduría, es mucho más fácil alimentarse de píldoras que leerse la Ética de Spinoza. En esa línea de eludir el esfuerzo, traigo aquí dos aforismos extraídos de los cuentos de Isaac Bashevis Singer.
    Primero: Toda grandeza tiene también su parte de locura. Lo piensas y tiene que ser cierto. Por ejemplo, para un investigador el simple rigor científico ligado a la disciplina académica y una vida ordenada no puede dar como resultado un descubrimiento fascinante, sino más bien algo útil pero predecible. Para bordear el genio en cualquier campo hace falta algo más, un ingrediente secreto, cierta excentricidad, un espíritu soñador, capacidad de sorprender; algo equivalente a conocer por su nombre a todos los soldados del batallón.
    Segundo: Cualquier interés puede convertirse en pasión, incluso servir a Dios. Sí, estoy de acuerdo, sin entrar en otras consideraciones la pasión por algo te resuelve la vida (no te deja tiempo para aburrirte) y cada uno la encuentra en donde puede; coleccionando cajas de cerillas, diseñando puentes o, en casos extremos, sirviendo a Dios. En fin —me estoy animando—, parafraseando a Arquímedes: dame una frase y moveré la literatura.