lunes, 28 de septiembre de 2026

El obispo (y 2)

    No ha sido fácil, en general. Ha cometido sus pecados, confía que veniales. Ha pesado, sobre todo, la sombra de la sexualidad. Ha tenido sus tentaciones; recién salido del seminario una chica, en confesión, se declaró enamorada de él. Su fe se tambaleó, vio que al fin y al cabo era un ser humano como cualquier otro. No sabe muy bien cómo, perseveró; en la duda, se apoyó en sus dos referencias.
    Ahora es obispo y no acaba de asimilarlo. ¿Por qué él? Puede que, simplemente, se deba al hecho de que cada vez hay menos curas. Pasó vergüenza cuando le vistieron con aquella mitra y aquel báculo en la ceremonia en Roma. Se sintió en el siglo dieciocho.
    La angustia que siempre le ha rondado, es ahora mayor. No sabe si sabrá estar a la altura de las nuevas responsabilidades. Un cura, y más un obispo, tiene que saber templar gaitas, decían en el seminario. Se pregunta qué le dirían ellos; su maestro, desde la sabiduría, y su madre, desde el corazón.
    Es curioso que ambos coincidieran en un consejo, la humildad. Se lo decía su madre con un beso en cada despedida. Su profesor añadía: La humildad es lo que hará perdonables los errores que puedas cometer. Hoy, a punto de comenzar su jornada, se ajusta el alzacuello frente al espejo y se atusa el cabello, disimulando en lo posible una incipiente calvicie. Respira hondo, esboza una sonrisa y se pregunta: ¿Habrá alguien que me siga encontrando guapo?

viernes, 25 de septiembre de 2026

El obispo (1)

    Tiene dos personas en mente, su madre y su tutor —y confesor— del seminario. Ambos han muerto, no hace demasiado pero antes de su nombramiento. Se le ha quedado dentro una pregunta que le hubiese gustado hacerles a los dos: Ahora soy obispo, ¿qué te parece?
    Para la madre hubiera sido la felicidad en la tierra, y eso que cuando dijo que quería ser cura su hermano mayor estaba ya en el seminario y le pidió que se lo pensará, que un hijo sacerdote era suficiente. Pero luego, aparte de que el hermano lo dejó, fue su preferido; el más bueno y el más guapo, le decía.
    Para su maestro, verle de obispo hubiese sido una pequeña sorpresa. Una de sus frases, de las muchas que guarda con toda su devoción, era esta: Los curas somos como los ratones, los hay de biblioteca y los hay de campo. Yo soy un ratón de biblioteca; tú, uno de campo.
    Así lo ha sentido él mismo, un sacerdote que se dedica a cuidar de su rebaño; sin más aspiraciones. Ha ido de parroquia en parroquia empeñado en no defraudar a su madre ni a su maestro ni a sí mismo. Cuidándose con frugalidad, haciéndose la cama, huyendo de la vanidad, desplazándose en bicicleta.
    Ha sido fiel, también, a otra de las máximas del profesor: El buen cristiano, siguiendo el ejemplo de su creador, tiene seis partes de hormiga y una de cigarra. Por eso, en parte, aprendió cuatro acordes con la guitarra y los ha practicado en la catequesis y en cuanta celebración se ha presentado.

martes, 22 de septiembre de 2026

Todas las almas

    En el catolicismo convive una corriente nihilista que asegura que el cielo y el infierno existen, pero están vacíos. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe (cuando lo presidía Ratzinger, por cierto) desautorizó en su día semejante idea; porque, si no hay nadie en el cielo, ¿dónde está todo el mundo? En el limbo, decían aquellos, a la espera del Juicio Final.
    Profundizando en la idea, digo yo que, en previsión de cualquier eventualidad, aunque estén vacíos, alguien tendrá que encargarse de su limpieza y mantenimiento (sobre todo del infierno, si hubiera calderas). Todo esto me lo estoy inventando; menos lo de que el infierno esté vacío, que lo leí hace poco.
    Lo que quería decir es otra cosa: ¿Por qué solo pueden ir al cielo los humanos?, ¿quién ha dicho que los animales o las plantas no tengan alma? Si toda la vida en la tierra proviene de un único ancestro común unicelular, ¿a qué viene esa discriminación?
    Un protozoo (primer animal, en griego) dio el pistoletazo de salida a la evolución cuando, mitosis mediante, se dividió en dos. Aquella ameba, o lo que fuera, todavía debe de estar entre nosotros. No me extrañaría que acabara siendo también el último organismo vivo en el planeta y que poco antes de extinguirse tenga la sensación de que todo había sido un sueño.
    Mientras tanto, la vida es una, pero se manifiesta de múltiples formas: un manzano, una araña, un ciprínido, los elefantes, los rosales, los seres humanos. La creencia generalizada de que somos especiales y, según la doctrina católica, los únicos con un alma destinada a la eternidad, aparte de imaginativa, es una traición al ADN que compartimos con todas las variantes biológicas y una fatuidad por nuestra parte. Suponiendo que haya otra existencia después de esta, ¿por qué no iban a tenerla un perro, un gato o un sauce llorón?

sábado, 19 de septiembre de 2026

Inaudito

    Esta es una pequeña anécdota que esperaba paciente su excusa para aparecer en este blog. La he encontrado en el desenlace, de duda psicológica similar, de un cuento de Jabier Muguruza, músico y escritor en euskera. Es la historia de un músico, ya veterano, que se autoedita un disco y reparte algunas copias a colaboradores y amigos antes de darse cuenta de que la tercera pista del CD está defectuosa…
    En mi historia también hay un disco, pero de vinilo. El escenario es el colegio mayor en el que estuve en Madrid. Un curso, ya cerca de los exámenes, un compañero me pidió los apuntes de una asignatura. J. J., mi amigo, era un estudiante brillante, de los que cogen las ideas al vuelo, con un toque de excentricidad, amante del chocolate y del ping-pong. Aquella fue la única vez que me pidió apunte alguno, y se los dejé de buen grado.
    Llegó el examen y ambos aprobamos, él seguramente con mejor nota. Para mi sorpresa, como muestra de agradecimiento me regaló un disco de su grupo favorito, Genesis. Aunque el tipo de música no me atraía demasiado, el gesto despertó mi curiosidad. En el colegio mayor había una sala denominada “la fonoteca” con un tocadiscos a nuestra disposición. Alguna vez pedí la llave e hice uso de ella, pero no para oír aquel disco. Tampoco más adelante pasé de escuchar algún fragmento.
    Han pasado los años, mi afecto por J.J. sigue intacto y el disco lo sigo teniendo, metido en un mueble. Pero me ha quedado una espinita porque, al igual que los amigos del músico en el cuento de Muguruza, —¿por dejadez?, ¿por un fondo de egoísmo?— nunca he llegado a escucharlo entero.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Vuelta atrás

    Tomarse un café y leer el periódico en una terraza no deja de ser un “retorno al pasado” (bonita película de 1947). Mientras estaba en ello ha salido Jaione, la camarera, a ordenar las mesas y otra clienta le ha preguntado, ¿ya has dejado a la niña en la escuela? Jaione ha respondido, ¡no!, estoy aquí desde las cinco y media; ¿a que tengo buena cara para el madrugón? Cinco y media, ahora me explico lo de tanto pincho en la barra.
    ¿A qué viene esto? A reivindicar la vida tranquila, antigua y desinformada. Con sus pros y sus contras, pero a salvo de la tormenta tecnológica que amenaza con llevarnos por delante. El problema es que la tecnología va mucho más rápido que la biología. Hace cien años, para ir a América se cogía pasaje en un paquebote y se tardaba un mes. Esas cuatro semanas daban tiempo para adaptarse, de paso se evitaba el jet lag.
    A cuenta de la vertiginosa mejora en la generación de imágenes virtuales me he acordado de como, hace años, me sorprendió enterarme de que una grabación de audio no era admisible como prueba en un juicio (o solo lo era avalada por un perito). La cinta magnética, el soporte, era manipulable; se podía cortar y empalmar a voluntad.
    En los últimos tiempos la misma pega es achacable a las grabaciones de imagen. ¿No se hacen ya películas sin actores reales? Cuando parecía cercano el día en que todo quedase registrado en alta definición, la realidad es que cada vez es más difícil distinguir lo auténtico de lo falso. La situación nos fuerza a una vuelta al pasado que tiene algo de cómico, como una película muda proyectada marcha atrás. Lo que se vea en un video no demuestra nada. Sin renunciar a las ventajas del presente habrá que leer las noticias a la antigua afilando el sentido común.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Últimas veces

    Es muy raro ser original, lo habitual es repetir lo que otros han escrito antes (aunque no se haya leído). Después, en una segunda fase, uno se repite a sí mismo. Casi siempre, lo novedoso no es el tema sino el autor. Es, me parece, el caso de este escrito mío de hoy.
    Una vida siempre es completa (no digo plena). Lo que no son todas las vidas es iguales. Aunque haya muchas experiencias que no lleguemos a conocer, nadie vive media vida, dure lo que dure.
    Un buen número de acontecimientos, o simples anécdotas sin importancia, solo se dan una vez. Puede ser un viaje, un encuentro, una celebración —por el lado de los hitos que recordaremos como momentos claves— o cualquier nimiedad de la que no quedará el menor vestigio.
    Pero lo que quiero comentar concierne a esos otros sucesos que se repiten más o menos regularmente a lo largo de una vida. Estos hechos, cuya primera vez puede que recordemos o no, conllevan un misterio: el de que cuando menos te lo esperas, resulte que lo has vivido por última vez.
    Me gusta la idea de tenerlo en cuenta y ser consciente de la posibilidad de estar viviendo esas últimas veces que son parte del epílogo de la vida. Tener la sensación de que llevas el timón de la nave. La última vez que subes a un monte, que escuchas una canción, que ves a un amigo. La última vez que vas al cine, que tomas chocolate con churros. La última vez, en el plano más íntimo, que te acuerdas de un ser querido.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Sah

    Monolingüe, se dice del que queda atrapado en su idioma natal. No es un insulto, sino una condición; aunque algunos digan que también es una carencia. Serlo no tiene nada de malo, pero tampoco de bueno. Si eres monolingüe no es culpa de nadie, o en todo caso, si se dan circunstancias oportunas, solo es culpa de uno. En la práctica, por cierto, una buena motivación para aprender una lengua es el hambre, como se ha demostrado históricamente.
    “El lengua”, le llamaban al traductor en tiempos de la aventura de América. Esta profesión, de traductor, peligra en el futuro que ya asoma de la traducción simultánea automática y artificial. El fenómeno es inquietante, entre otras cosas por el impulso que recibirá el monolingüismo; para qué esforzarse en aprender otro idioma si el smartphone va a ser tu “lengua” particular.
    En un reportaje en el periódico hablan del “sah” de Persia. Mi primera impresión es que se trata de un error. Aunque hace mucho que no hay “sah” en Persia, nunca había visto la palabra escrita así. Lo que siempre había conocido era “sha”, con su pronunciación específica, la ese sibilante. Pero resulta que el periodista lo ha escrito bien; “sah” es, según la RAE, la forma correcta de designar al “rey de Persia o del Irán”. La palabra entró en el diccionario hace unos treinta años, procede del inglés shah, y esta, a su vez, del persa šāh.
    Conclusión, las lenguas, y la ortografía están vivas, no paran quietas. Evolucionan sin descanso e interactúan entre sí. En ese ecosistema nació y se sigue desarrollando el pensamiento humano. Las combinaciones de todos los alfabetos y todos los signos de puntuación de la historia pasada, presente y por venir, no son infinitas pero desde luego sí suficientes para que sigamos elaborando ese pensamiento (hasta que la muerte nos separe).

lunes, 7 de septiembre de 2026

Librerías

    Una costumbre que tengo, un tanto narcisista, es contar los libros que he leído de los expuestos en el escaparate de una librería. Según el sitio, pueden ser ninguno o media docena. El origen de este pasatiempo fue la librería “Arturo”, cerrada hace muchos años. Era una librería seria, una tanto oscura, donde reinaba el silencio. Me daba apuro entrar y lo que hacía era repasar el escaparate. Lo bueno que tenía, para mi juego, era que los libros eran obras reconocidas, que iban rotando. Citaré algunos títulos: Opiniones de un payaso, Tiempo de silencio, Luz de agosto, La metamorfosis, Ficciones, Las inquietudes de Shanti Andía, Jane Eyre…
    Sigo visitando librerías pero con una sensación nueva. Es entrar, echar un vistazo y comprobar que siempre hay un buen número de libros que despiertan mi interés. Mis malditos escritores preferidos no paran de publicar, jamás podré ponerme al día. Estoy condenado a dejar pasar la riada de literatura y a conformarme con pescar algún que otro ejemplar perdido.
    Como mínima consolación para la especie —no para mí— todos los libros se acabarán integrando, de alguna manera, en el conocimiento general por medio de la inteligencia artificial. Esa rueda lleva ya un tiempo girando, en parte a través de grandes pedidos a librerías de segunda mano cuyo destino es alimentar dicha inteligencia. Los libros así adquiridos van a centros especializados, una especie de mataderos donde cortan los lomos, escanean las hojas y trituran los residuos. Es inquietante la crudeza del procedimiento, pero tiene su parte positiva: la salvación de sus almas. Los cuerpos de papel desaparecen pero las palabras siguen ahí, en alguna parte de la nube.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Saber o no saber

    Pensaba estos días en insistir en que no sé nada (hablo de mí, por prudencia). No lo digo por decir, ni por quedar bien, ni con la boca pequeña; lo digo porque cada vez estoy más convencido. Una de las razones es la idea de que la mente es impredecible y las conexiones neuronales precarias. La mayor parte de la información que llega o pasa desapercibida o pronto se olvida. Mi conocimiento consiste en vagas impresiones e ideas mal comprendidas que se difuminan con el tiempo hasta desaparecer.
    Estaba dando vueltas a esto cuando leo un artículo que critica a Javier Bardem por haber dicho en una entrevista que “cuando nos hacemos mayores creemos que lo sabemos todo pero no sabemos nada”. A cuenta de este inofensivo comentario, el articulista dice, entre otras cosas, que no le gusta la forma de envejecer de los que dan lecciones existenciales. También aprovecha, y esto me ha parecido feo, para meterse con su madre. Le cae mal la familia, parece.
    Todo el mundo tiene su parte de razón, desde luego, pero me ha sorprendido el artículo. La frase en sí no es ninguna novedad y estoy más o menos de acuerdo con ella. Le diría al articulista que en esta cuestión no es aplicable lo de que la virtud está en el medio. Si bien es cierto que hay gente que sabe más y otra que sabe menos, en términos absolutos las diferencias son infinitesimales. 
    Dicen que si el Big Bang hubiera sido hace veinticuatro horas, el homo sapiens habría aparecido hace un segundo. De forma análoga, toda nuestra sabiduría cabe en ese segundo y el resto del día es lo que ignoramos. Con permiso de Sócrates, matizaría su famosa máxima, No sé si sé algo o no sé nada, pero tengo mis sospechas.

martes, 1 de septiembre de 2026

Fulcro

    Fulcro (en el diccionario), punto de apoyo de la palanca.
    A los vagos como yo nos encantaría que fuera posible meter toda la sabiduría del mundo en una frase. La idea es absurda pero lo cierto es que se puede distraer al entendimiento a base de máximas brillantes. Es lo mismo, de alguna manera, que engañar al estómago con bocaditos y renunciar a los grandes platos. O —inciso— a los humildes, que son en realidad los que más me gustan: alubias con un poco de chorizo, unas anchoas albardadas, el arroz con leche.
    El caso es que, en cuestiones de sabiduría, es mucho más fácil alimentarse de píldoras que leerse la Ética de Spinoza. En esa línea de eludir el esfuerzo, traigo aquí dos aforismos extraídos de los cuentos de Isaac Bashevis Singer.
    Primero: Toda grandeza tiene también su parte de locura. Lo piensas y tiene que ser cierto. Por ejemplo, para un investigador el simple rigor científico ligado a la disciplina académica y una vida ordenada no puede dar como resultado un descubrimiento fascinante, sino más bien algo útil pero predecible. Para bordear el genio en cualquier campo hace falta algo más, un ingrediente secreto, cierta excentricidad, un espíritu soñador, capacidad de sorprender; algo equivalente a conocer por su nombre a todos los soldados del batallón.
    Segundo: Cualquier interés puede convertirse en pasión, incluso servir a Dios. Sí, estoy de acuerdo, sin entrar en otras consideraciones la pasión por algo te resuelve la vida (no te deja tiempo para aburrirte) y cada uno la encuentra en donde puede; coleccionando cajas de cerillas, diseñando puentes o, en casos extremos, sirviendo a Dios. En fin —me estoy animando—, parafraseando a Arquímedes: dame una frase y moveré la literatura.