La tentación de dar consejos. La voluntad de morderse la lengua. El término medio es una delgada línea roja, hay que ser funámbulo para caminar sobre ella; alcánzame esa pértiga. La aspereza de la vida. Las salidas de emergencia. A este estilo entrecortado lo llamaría escritura telegráfica, es como si me cobraran por palabra.
La primera regla de los seres vivos es adaptarse al entorno. Cada uno lo hace a su manera, pero tampoco hay tantas. El día que nada cambie será porque el tiempo se habrá detenido, cosa que hasta ahora no ha pasado. A partir de cierta edad, y cuanto más temprana mejor, hay que interiorizar la idea y asumir que ayer fue otro día.
Ante cada nueva circunstancia hay que poner a cero el contador, no darle más vueltas a lo que pudo ser —fuera lamentaciones— y concentrarse en lo que es. Hay que ser estoico, o simularlo, que es lo más parecido. Hay que hacerlo todo “con alegría y humildad”, como decía, medio en broma, un conocido que lo había aprendido en la catequesis; y lo gordo es que tenía razón.
Se te cae un vaso y estalla en mil pedazos… pues hay que recogerlos. El vaso ha dejado de existir, no te quejes ni busques excusas y deja que tu gps recalcule la ruta. Piensa que la próxima vez tienes que agarrarlo mejor, asumiendo que te descuidarás y se te volverá a caer.
Así con todo, con esa molestia en la rodilla, con el cambio climático, con la estupidez humana (la tuya y la mía incluidas). Lo bueno de la vida es vivir, lo malo todo lo demás. Lo importante, ahora y siempre, es estar cómodos, rehacerse y seguir adelante. Hay que adaptarse al paso del tiempo y, cuando llega el momento, a la muerte de los seres queridos. De la tuya no te preocupes; ya verás, ni te vas a enterar.
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