Jon Trollope baja del autobús y camina indeciso buscando con la mirada la entrada de Consultas Externas. Ve el letrero de lejos y se acerca con parsimonia. A unos metros de la puerta, hay una caseta —que le parece minúscula— de venta de lotería. No es jugador habitual, solo compra participaciones en Navidad; para compartir. Es lo que se ha hecho desde siempre en su familia.
Se ha quedado mirando el puesto, sorprendido. Qué paradoja, piensa, un vendedor de lotería a la entrada de un hospital. Todo es cuestión de suerte, parece sugerir; la lotería y la salud. Debe de haber un equilibrio cósmico, una regla estadística que impida que todo vaya bien o que todo vaya mal. Le puede ir mejor o peor en la consulta médica y para compensar le irá peor o mejor en la lotería; si compra un billete, claro. Y lo compra, como talismán.
No puede evitar frotarlo y besarlo, como un acto reflejo que repite lo que ha visto en alguna que otra película antigua de pícaros. Jon Trollope lleva un tiempo sintiéndose mal, o no del todo bien, y hoy tiene hora con el especialista. Recorre los pasillos hasta la consulta y antes de sentarse en la sala de espera pasa el boleto del bolsillo del pantalón al bolsillo interior de la chaqueta, para que no se arrugue.
Repasa con más atención el razonamiento que le ha llevado a comprarlo. En seguida se da cuenta de que se ha equivocado. Nada que objetar a que las molestias que siente acaben en nada y el número no salga premiado; pero, si apostamos a todo o nada, en el caso de que la dolencia resulte mortal y le toque el gordo de la lotería, ¿en qué saldría ganando? En nada. Puestos a elucubrar, y pese a todo, se le dibuja una sonrisa imaginando su cuerpo inerte en la funeraria, vestido con esta misma chaqueta, con el billete de lotería premiado perfectamente planchado junto al pecho.
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