El miedo siempre está con nosotros, como seres mortales que somos. Tenemos miedo a la muerte y, mientras llega esta, también a la vida. ¿El miedo nace o se hace? Serán las dos cosas; por un lado, la aprensión por lo desconocido y por otro, las inseguridades de los adultos que son contagiosas.
De pequeño me daban miedo la oscuridad y los cementerios (aparte de todo lo demás). Si lo pienso bien, me siguen dando, pero menos. Que un muerto se me aparezca sería, en el fondo, una buena noticia. Sería la prueba de que hay algo más allá, que no creo (qué le voy a hacer y que más quisiera yo).
Algunos, entre los que quizá me encuentre, tienen miedo a todo lo que se salga de su pequeño mundo, a todo lo que les haga cambiar el paso. Luego casi siempre resulta que esos temores eran infundados.
Pensando en esto del miedo, acabo de caer en la cuenta de que cuando aquello que temíamos se hace realidad —como suele suceder por simple estadística— lo habitual es que en ese mismo momento dejemos de tener miedo, porque ya no es algo desconocido, porque ya lo vemos y lo experimentamos y el sentimiento que nos genere será otro: alivio, dolor, pena, resignación, indiferencia, coraje... nómbralo tú mismo.
Y una sospecha complementaria: cuando entiendo algo, lo más seguro, —y me hace gracia— es que en realidad no lo entienda; que solo sea una explicación que me fabrico a mi medida. Y es que todo lo referente al miedo, por ejemplo, está rumiado, razonado, filosofado y regurgitado mil veces antes y esto que escribo no es más que un poco de literatura para pasar el rato.
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