Hay tristezas secretas en las bodas y secretas alegrías en los funerales, escribió Ramón Eder (nótese esa acertada inversión del orden; tristezas secretas, secretas alegrías). Obviamente, le contesto, a Ramón, con descaro pero sin ánimo de ofender; quien dice en la salud y en la enfermedad, dice en la tristeza y en la alegría.
El otro día estuve pensando en eso mismo. No en bodas y funerales sino en la idea que asoma por detrás. Esta sería mi formulación: El más inteligente de los seres humanos puede ser también el más tonto y, a su vez, el más tonto resultar un genio. Para según qué cosas, habría que añadir, pero no lo hago para que la frase no pierda contundencia.
La idea no es mía; ideas, lo que se dice ideas, no he tenido nunca ninguna. Durante mucho tiempo he considerado que sí, que las tenía de vez en cuando; pero ya lo he descartado por completo. Lo que hago, como casi todo el mundo, es ver, escuchar, absorber lo que se pueda y luego escurrirlo en forma de ideas.
Ya lo dijo Kant, y traigo la cita de pura casualidad: no existe duda alguna sobre el hecho de que todo nuestro conocimiento proceda de la experiencia. Otro filósofo, Emilio Lledó, que por cierto vive aún, con noventa y ocho años, y que conozco de un documental que vi hace unos años, expresaba esa misma idea de esta forma: Dentro de todo sí hay un pequeño no, dentro de todo no hay un pequeño sí.
Volviendo a la frase de las bodas y funerales, reconozco que es un bonito ejemplo práctico. Bien podrían haber escrito un cuento a partir de ella Alice Munro, Jorge Luis Borges o el mismísimo Anton Chéjov. Incluso yo podría intentarlo, pero el caso es que ya se me ha acabado el espacio.
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