Me encontré con Luis y su mujer Elma (nombres ficticios). Él es experto en comunicación; profesor, publica artículos, da charlas, le entrevistan de vez en cuando. Físicamente es más bien feo, poca cosa, pero con las gafas, la barba y su saber estar ni importa ni se nota.
En lo personal se casó muy joven (error) y tuvieron dos hijos pero no se entendían y se separaron. En la treintena conoció a Elma, algo más joven y también separada, se enamoraron (así lo cuentan) y siguen juntos, con otro hijo en común. Siempre ponderado, atento con todos, expresando sus opiniones con mesura y respeto, contando anécdotas de sus viajes.
Esta vez fue diferente. No es que fuera una sorpresa, algunos detalles anteriores cobraban ahora sentido. Apenas me saludó, medio ido; fue Elma quien llevó la iniciativa. Resumiendo: estaba deprimido desde el confinamiento. Un día ella se lo encontró llorando en la cocina.
No es que falten motivos en la vida para llorar, pero aún así. Con Elma a su lado, una mujer con coraje, hijos cariñosos, éxito profesional... y deprimido, da qué pensar. Lo que tiene de azar, nuestra buena suerte inmerecida, los peligros de ser demasiado sensible, de estar expuesto a los haters (esa plaga moderna).
Desde entonces, cuenta Elma, su vida ha sido una montaña rusa. Aguanta a base de pastillas. En estos casos, siempre me acuerdo del litio; qué extraño que la falta de algo, de un elemento químico, pueda trastornar a una persona; claro que esto del litio lo he oído referido a la esquizofrenia. También va a un terapeuta; interpreto psiquiatra, no sé.
Curiosamente no ha dejado de trabajar. Él mismo lo aclara: me viene bien, dejo de pensar en mí; además casi todo lo hago online. ¿Qué le dices a alguien con depresión? “¡Anímate!” no vale, “tienes que reaccionar” menos. Quizá solo se pueda estar y decírselo: estoy aquí, para hablar si quieres, para acompañarte; porque me importas.
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