lunes, 23 de marzo de 2026

Rachel

    “Estoy con los buenos”, la agente Rachel (Reichel) Rodríguez tiene la idea metida en la cabeza mientras baja del coche, desenfunda la pistola y avanza agachada hacia la caseta de la gasolinera. Ha sido la primera en llegar tras el aviso de asalto armado. La sirena policial aúlla, está diciendo “dispárame” o “ríndete” o “huye”, qué es lo que entenderá el desarrapado que todavía está dentro, encañonando y gritando al empleado tumbado boca abajo.
    La agente Rodríguez tiene cuarenta y cinco años y ha pedido el traslado a tareas administrativas. “Estoy con los buenos” se repite a sí misma y dice en voz alta “Policía, suelte el arma y salga con las manos en alto”. El chico saca el brazo armado por la puerta y dispara.
    El fogonazo —es de noche— desata una tormenta cognitiva en el cerebro de Rachel. “Si ahora veo pasar toda mi vida es que me estoy muriendo”. Pero no, y le viene la idea loca de que la bala seguirá su trayectoria, dará la vuelta a la Tierra y acabará impactando en su pecho; qué estupidez, es imposible, las Montañas Rocosas, a unas cien millas, pararán la bala.
    “Estoy con los buenos”, piensa, parapetada tras el surtidor. No estuvo muy brillante el que les puso el nombre a las montañas. Su padre —Pedro Rodríguez, nacido en El Paso— también fue policía; llegó a constable (cónstabol) del condado. “Constabulador, m’hijita”, decía él riendo.
    La agente Rachel se ha sentado en el suelo, a cubierto, y le surge la duda de si se ha tomado hoy la pastilla blanca y rosa de las vitaminas. Exclama en alto: “Tira el arma, estás rodeado” y luego añade en voz baja: “Estoy con los buenos; pero, what the fuck (guat de foc), ¿dónde están ahora?”.

No hay comentarios: