viernes, 22 de mayo de 2026

Comprar el pan

    El pan es un gran invento que ha perdido brillo en esta época hedonista de la abundancia (que lo es, a pesar de todo). Hace no tanto, “partir el pan” era la fórmula por excelencia de la hospitalidad. Hoy en día, si se me ocurriera invitaros a todos a pan pensaríais que estoy loco.
    “Iba yo a comprar el pan” era la frase con la que, hace ya más de medio siglo, comenzaba sus crónicas Francisco Umbral. Me he acordado de esto pensando en lo poco que hace falta para ponerse a escribir. Como idea colateral, añado la sospecha de que mi testimonio sobre tiempos pasados es cada vez más valioso y no debo de estar lejos de entrar en algún programa de testigos protegidos.
    Cualquier escrito incluye fondo y forma, y ambos son importantes; pero la forma un poco más. Centrarse en la sustancia, los hechos o los datos, sirve para escribir el manual de una lavadora o los estatutos de una sociedad deportiva, pero no para una obra literaria. Por el contrario, salir a comprar el pan y contarlo puede convertirse en una lectura subyugante.
    Iba yo a comprar el pan y en el portal me he cruzado con Luis, el vecino del tercero, que volvía del paseo matutino con su perro Tobi. Tobi es un prodigio de vida perruna, tiene más de veinte años. Luis lo compró, siendo un cachorro, a una familia romaní que pasaba de gira con su espectáculo de la cabra, la escalera y la trompeta.
    Es curioso que el hijo mayor, inductor de aquella compra cuando era niño, sea ahora calderero soldador; una profesión tan cercana a los quincalleros nómadas que recorrían antes los pueblos vendiendo y reparando pucheros. Tobi es un perro pacífico que nunca ladra; si coincidimos en el ascensor me dirige una mirada serena y desinteresada digna de la mejor tradición estoica.

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