El otro día, a cuenta de lo que decía Annie Dillard de que hay que escribir sin guardarse nada, vi en su discurso un aire de anarquía literaria incompatible con la ley y el orden y se me ocurrió esta frase: Una vida ordenada es veneno para la literatura. En ese momento me pareció una buena idea y la apunté en mi lista de aforismos. Antes utilizaba una libreta, ahora los escribo en el móvil, en un borrador del correo electrónico; es el signo de los tiempos.
Volviendo sobre ello, la verdad es que ese proyecto de aforismo, una vida ordenada es veneno para la literatura, no me acaba de convencer. Me pregunto para qué sería buena esa vida ordenada. Y me respondo que para la ansiedad. Sé que me disperso pero, casualmente, tengo un aforismo sobre la ansiedad: La ansiedad es para nosotros como la radiación cósmica de fondo para el universo, siempre está ahí. Cualquier paliativo que se nos ocurra viene bien para esta perenne zozobra y la tranquilidad es uno de ellos. Acicalado, el aforismo queda así: Una vida ordenada es el mejor antídoto contra la ansiedad crónica.
Dándole más vueltas, propongo otro más lírico, aunque en el fondo signifique prácticamente lo mismo: En temporada de huracanes, la rutina es un puerto seguro. De propina, nos sale un aforismo/calderilla: Rutina es el segundo nombre de la vida ordenada.
Pero volvamos de nuevo al principio —esto parece el mito del eterno retorno—, lo pienso y una vida ordenada no solo no es veneno para la literatura sino que incluso puede ser conveniente. ¿No fue Pessoa un oficinista que apenas salió de Lisboa? ¿No es también cierto que el mundo puede concentrarse en una manzana de casas?
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