domingo, 25 de enero de 2026

Callejón sin salida

    La mentira abriga más que la verdad. En general, digo. La mentira protege, mientras que atenerse a la verdad estricta es como salir de casa en invierno sin abrigo. Por otra parte, bien pensado, en términos absolutos, la verdad no existe (y la realidad, justo, justo). Por lógica, lo contrario, la mentira absoluta, tampoco existiría. La de andar por casa nos hace la vida más fácil, pero cuidado: tan difícil es sostener en el tiempo una verdad (desnuda) como una mentira (desesperada).
    Por uno de esos mecanismos extraños de la memoria he recordado estos días una confidencia que me hizo un amigo hace muchos años. Este amigo estudió una carrera técnica pero no pudo sobrellevar el estrés de la competencia en la empresa privada y acabó dando clases en la enseñanza pública.
    Nunca sacó plaza, cada septiembre le mandaban a un centro distinto. Un año, ya cuarentón, soltero y sin novia, al comienzo de curso, comentando las circunstancias personales de cada uno, la mayoría de sus compañeros casados o con pareja, muchos con hijos; cuando le preguntaron respondió que sí, que estaba casado, con dos niños. ¿Por qué hizo esto?
    Fue un instante de pánico. Nadie le conocía, no podían saber que era un buen tipo, culto, sociable, con sentido del humor. Se le pasó por la cabeza que ser mayor que casi todos ellos y soltero le dejaría al margen, que le convertiría en el raro. Sin pensarlo dos veces, en décimas de segundo, no supo calibrar las repercusiones de ese pequeño adorno en su biografía.
    Según avanzaba el curso iba fabulando nuevos detalles para salir del paso: los partidos de los hijos, las vacaciones en familia. La madeja se embrollaba y en su huida hacia adelante se fue volviendo huraño y encerrándose en sí mismo. La sala de profesores se convirtió para él en la antesala del infierno.
    Y un día me lo contó. Lo hizo con sencillez, necesitaba desahogarse, reconociendo que había sido una estupidez. Pero una vez hecho, ¿cómo salir? Lo lógico hubiera sido decir, cuanto antes, que había sido una broma tonta; o la verdad, que se había ofuscado entre gente que no conocía. Pero ese momento de rectificar ya había pasado, ya no había salida; se había convertido en un farsante.

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