viernes, 16 de enero de 2026

Éric Rohmer

    Lo digo en negativo: la astrología no es una ciencia, que más dará donde esté Marte en el momento del parto; ahora, como entretenimiento no tiene precio. La astrología asegura horas de diversión, incluso para sus no-adeptos. Aún a sabiendas de que no tiene ningún sentido, y siempre que no se pasen de egocéntricos, soy un admirador secreto de los nacidos bajo el signo de Leo. O más concretamente de aquellos, y más aquellas, que han tenido apariciones estelares en mi vida.
    En eso he pensado viendo la película de Éric Rohmer Le Signe du Lion (El signo de Leo). Se rodó en 1959 pero no fue estrenada hasta 1962. Transcurre en París. Me gusta ver esas imágenes, en blanco y negro, de hace ya 66 años: casas, bulevares, cafés, las riberas del Sena. Me llama la atención que, a pesar de todo, la habitación de una pensión parisina no era muy distinta de la de cualquier otro sitio; todo parece viejo, deslucido, más bien pobre.
    Éric Rohmer fue una de las figuras intelectuales de la Nouvelle Vague y un director peculiar, con una trayectoria al margen de las modas. Contaba sus historias a base de diálogos que querían explicar la vida sin aspavientos. De sus películas se decía que en ellas se veía crecer la hierba; queriendo decir que eran muy lentas y aburridas. No estar de acuerdo me hacía —y me hace— sentir bien.

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