El cuerpo humano es una máquina maravillosa pero con fecha de caducidad. Han hecho falta cientos de miles de años (o millones) para ir afilando las prestaciones del modelo actual —el homo sapiens— que ha arrasado en el mercado. Por supuesto que muchos ejemplares arrastran alguna tara que acorta su vida útil (aunque toda vida es útil y lo que dure es anecdótico). Lo curioso es que tantos y tantos seres humanos vivan hasta edad avanzada a pesar de no cuidarse, de tener sobrepeso o padecer alguna enfermedad crónica, o beber o fumar como cosacos o carreteros. Ves por la calle la gente que nos rodea y te preguntas cómo es posible. Y es posible, la gente vive y solo el paso de los años puede con ella.
Es un caso de libro de obsolescencia programada. Queramos o no, nos quedamos obsoletos; los huesos se tornan quebradizos, los sentidos pierden agudeza, los órganos ralentizan su funcionamiento, los músculos se debilitan, perdemos neuronas y el funcionamiento del cerebro se resiente. Para más inri, y en un alarde de humor cósmico, nos crecen las orejas y la nariz, y nos salen pelos en lugares insospechados. “Baja una marchita” le decía un personaje en una serie a otro que se había venido arriba. Me he quedado con la frase, bajar una marchita, es lo que nos toca hacer según cumplimos décadas de vida. No queda otra; sonreír, aceptarlo y bajar una marchita.
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