La vida es en sí una enfermedad mortal, aún no la ha superado nadie; luego están esos otros males que lo empeoran todo. Uno de ellos, del que no sé casi nada, es el Párkinson. Solo tenía la idea de que al enfermo le tiemblan las manos. En poco tiempo, he sabido de tres casos.
En la casa de verano, D., la vecina, nos regalaba de vez en cuando cosas de la huerta; tomates, acelgas, algún pimiento. Si no estábamos en casa nos dejaba una bolsa colgando de la verja. Se lo agradecíamos sonrientes y luego tirábamos las acelgas con disimulo. Hace un par años nos dijo que tenía Párkinson (el marido ya arrastraba sus propios achaques). Aún no se le aprecian síntomas evidentes, aunque vienen menos a la casa, el terreno que cultivan se ha reducido y —no sé si tiene que ver— siempre están, los dos, muy protegidos contra el sol (y ya no nos regalan ninguna hortaliza).
Hace unos meses vi la serie documental sobre Scorsese. Es, resumiendo, un interesante repaso de sus películas y su biografía. En el último de los cuatro capítulos me conmovieron unas imágenes en la cocina de su casa con su mujer —su tercer matrimonio—, que sufre de Párkinson avanzado. Aparece desvalida casi por completo, se te cae el alma a los pies.
Ahora, acabo de leer las memorias parciales de B., escritor y periodista. Digo parciales porque se ciñen a su vida pública y además dejan al margen cualquier pasaje espinoso, todo son parabienes. Resulta increíble, en todo caso, el número de sus amigos, muchos de ellos figuras de la literatura, y la frenética actividad que ha desarrollado a lo largo de su carrera. Tras un par de insinuaciones, en el último capítulo confiesa, sin especificar, que padece una “enfermedad neurológica incurable”. Más tarde ha confirmado que se trata de Párkinson. Ojalá se encuentre pronto una cura.
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