La vida es un viaje que hacemos a través del tiempo encerrados en una burbuja. Cuando digo “burbuja” me refiero tanto a una nave metafórica como a nuestra individualidad y al hecho de que, te pongas como te pongas, en el fondo todos estamos solos.
Escribe un experto que las universidades tienen que reciclarse, que la enseñanza presencial está en retroceso y las aulas se vacían. De estas vehementes palabras se deriva la posibilidad inquietante de que, sencillamente, las universidades desaparezcan; lo que, después de todo, es el destino final que aguarda a toda institución humana.
Los tiempos están cambiando, The Times They Are a-Changin’ —cómo me gusta ese a-changin’—, cantaba Bob Dylan en 1963. Y era cierto; pero, ¿cuándo han dejado de cambiar? Según avanzamos —o quizá, explicado más gráficamente, según aguantamos la furia del tiempo que nos da de frente, nos rodea y se pierde a nuestra espalda—, según pasan los años, vemos… Pausa.
Tengo que pasarme al singular; del nosotros al yo, con toda humildad. Tengo que hablar desde mi burbuja, desde esta individualidad mía que me viene aislando desde que nací. Según han pasado los años, he podido ver como ha cambiado el mundo; los hitos tecnológicos, los modelos familiares, las costumbres... tantas cosas; y he deducido que siempre ha sido así y así será en el futuro, —ese futuro que yo no viviré— hasta que se extinga la especie.
También me han convencido de que no se puede medir una época con los parámetros desarrollados (tal vez en una universidad) para otra . Esto veo desde mi burbuja; es decir, lo he entrevisto a través del cristal tirando a opaco que la recubre; porque así es, tirando a opaca, la burbuja que me ha tocado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario