viernes, 14 de agosto de 2026

Rezar

    “Yo le rezo a San Antonio y no falla, siempre encuentro lo perdido”. Esto le oí decir a una mujer, y lo decía en serio. Más lógica veo en el refrán: Lo que no se comen los ratones, aparece en los rincones. En un cuento de Alice Munro, por dar una referencia de más nivel, uno de los personajes habla de un grupo de gente, autodenominado “Círculo de oración” —que es también el título del cuento—, que reza por los intereses que les van surgiendo. Concluye asegurando que ese truco de aunar esfuerzos funciona.
    Rezar es reconocer, indirectamente, nuestra condición de seres desvalidos. Pedir algo a cuenta del fútbol, la lotería o cualquier otra banalidad a Dios, la Virgen o cualquier Santo o antepasado no me ha entrado nunca en la cabeza. Por cierto, no veo la lógica que distingue entre la Virgen o el Cristo de tal o cual lugar. No por ello dejo de creer en los milagros, ¿qué otra cosa es, si no, la vida?; y, ojo, también la muerte, que va en el mismo paquete.
    Por otra parte, hay una razón sencilla que explica por qué un hipotético Dios, la naturaleza o el azar no se prodigan en milagros cotidianos: no pueden contravenir las leyes naturales que ellos mismos (Dios, naturaleza o azar) han dictado. No tendría sentido crear el juego del mundo y luego saltarse las normas (o jugamos todos o se rompe la baraja).
    De este modo había pasado los años resignado a lo que me tocara hasta que de pronto —cuando me ha tocado— he sentido el impulso de pedir a alguien, quien sea, real o imaginado, mortal o inmortal, carnal o espiritual, que me eche una mano, que me evite dificultades, que haga que los años sean leves conmigo y con los que me importan. Me resisto, por supuesto; la razón me dice que no, que es absurdo rezar a un ser invisible, que no hay nadie a quien recurrir, pero la herencia sentimental que he recibido —supongo— me empuja a ceder y a elevar una oración laica por mi y por mis compañeros.

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