miércoles, 26 de agosto de 2026

Lo que he aprendido del yidis

    El yidis nació en el siglo X en la cuenca del Rin. Judíos procedentes de Italia y Francia adoptaron los dialectos alto alemanes de la zona y los fusionaron con el hebreo, el arameo y los restos romances que traían consigo. Dos siglos más tarde, comenzó la emigración judía hacia el este y las aportaciones eslavas dieron lugar al yidis oriental, que es, más o menos, el vigente en la actualidad.
    El yidis fue durante siglos la humilde lengua franca de los judíos de Europa central. Se consideraba un dialecto, no lo es. Dijo un lingüista, por cierto, que el dialecto que se hace con un ejército se convierte en idioma. A lo más que ha llegado el yidis es a ser declarado lengua minoritaria en Israel y unos pocos países más (Suecia uno de ellos, sorpresa).
    A principio del siglo XX, el yidis llegó a tener doce millones de hablantes y una notable pujanza cultural. La emigración hizo que en el censo de 1920 en Estados Unidos se contasen dos millones de personas que tenían el yidis como lengua materna. Por aquella época, en Nueva York se vendían medio millón de ejemplares diarios de periódicos en ese idioma. Luego hubo un rápido proceso de asimilación. En Europa, tras la barbarie nazi, que mató a seis millones de judíos de los cuales cinco hablaban yidis, la presencia de la lengua pasó a ser residual.
    Se ha dado una paradoja. En los comienzos del sionismo, los nacionalistas judíos optaron por el hebreo en detrimento del yidis. Esta lengua quedó, de alguna manera, para los laicos. Hoy en día, por el contrario, lo hablan más de medio millón de judíos ultra-ortodoxos, repartidos entre Estados Unidos e Israel. Cada vez son más porque tienen muchos hijos. Queda, por otra parte, otro buen número de yidistas seculares, unos cincuenta mil, empeñados en la preservación, el estudio y el uso vivo del idioma.

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