La vida es un misterio sin aclarar. A falta de respuestas, lo más indicado sigue siendo que nos hagamos las mejores preguntas posibles. La pena, me voy dando cuenta, es que tampoco sé cuáles son exactamente esas preguntas.
Una evidente puede ser, ¿qué estoy haciendo aquí? Nadie lo sabe, pero el solo hecho de formularla es positivo. Es ir a lo práctico, poner los pies en el suelo, reconocer nuestra precaria condición mortal y la necesidad de hacer algo con nuestra vida aparte de transitar por ella con el piloto automático.
En esta búsqueda de algo a lo que agarrarnos el punto de partida innegociable es la humildad, ser conscientes de nuestra pequeñez, nuestra prescindibilidad; la de cada uno y la de toda la especie en su conjunto. En cada momento de la historia nos hemos creído el no va más en cuanto a ciencia y conocimiento. Luego el tiempo, inexorable, ha dictaminado que no, que aún quedaba —y queda— mucho por aprender, que todavía estamos en pañales.
Otra pregunta que se me ocurre, a sabiendas de que es más retórica que otra cosa es, ¿merece la pena vivir? Sí, no, a veces, mañana te digo...; un juez diría que la pregunta es irrelevante, no hay respuesta que aporte algo a la cuestión de fondo. El caso es que vivimos y no hay alternativa, no existen los seres no-concebidos. La vida es una lotería que nos ha tocado sin tener ningún boleto.
No nos ha sido concedida la inteligencia necesaria para entender todo esto, pero lo que sí está en nuestra mano, ya que estamos aquí, en la Tierra, es hacer lo posible para mantener el tipo, para preservar la dignidad. Esta sí podría ser una pregunta a nuestro alcance, ¿qué hay que hacer para llevar una vida digna?
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