Siempre es ahora y nunca es tarde. Vivimos en el momento justo, no nos queda más remedio; acudimos puntuales a la cita de cada instante, por efímero que sea; y así es todos los días de nuestra vida, desde el primero hasta el último. Se me ocurre un buen título para un libro: “Mi último día en la Tierra”; aunque sería difícil de escribir, por la premura de tiempo.
Tiempos recios llamó Vargas Llosa, en una novela, a los años 50 del siglo pasado en Guatemala. A qué dudarlo, pero cuándo han sido los tiempos suaves en ninguna parte. Estos de ahora no creo que sean diferentes. Tanta casualidad sería que el presente fuera el peor momento de la historia como que fuese el mejor.
Este “ahora” en el que estamos incluidos será pronto un tiempo más, como otro cualquiera, y yacerá, etiquetado y archivado, en los libros de historia sin que, seguramente, nadie le dé mayor importancia (se recordará más como “otro día en la oficina” que como un “momento estelar de la humanidad”).
Toda esta palabrería que me gasto es para decir algo que ya he dicho antes y que ya se ha dicho antes: nuestra anunciada debacle de cada día no es para tanto, esto no es el fin del mundo y las cosas no están peor que nunca. Cuando sales de Guatemala a veces vas a Guatepeor y otras a Guatemejor. Ni deberíamos abandonar toda esperanza ni nos estamos adentrando en el infierno de Dante; aunque la temperatura sí que está subiendo, eso hay que reconocerlo.
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