lunes, 7 de septiembre de 2026

Librerías

    Una costumbre que tengo, un tanto narcisista, es contar los libros que he leído de los expuestos en el escaparate de una librería. Según el sitio, pueden ser ninguno o media docena. El origen de este pasatiempo fue la librería “Arturo”, cerrada hace muchos años. Era una librería seria, una tanto oscura, donde reinaba el silencio. Me daba apuro entrar y lo que hacía era repasar el escaparate. Lo bueno que tenía, para mi juego, era que los libros eran obras reconocidas, que iban rotando. Citaré algunos títulos: Opiniones de un payaso, Tiempo de silencio, Luz de agosto, La metamorfosis, Ficciones, Las inquietudes de Shanti Andía, Jane Eyre
    Sigo visitando librerías pero con una sensación nueva. Es entrar, echar un vistazo y comprobar que siempre hay un buen número de libros que despiertan mi interés. Mis malditos escritores preferidos no paran de publicar, jamás podré ponerme al día. Estoy condenado a dejar pasar la riada de literatura y a conformarme con pescar algún que otro ejemplar perdido.
    Como mínima consolación para la especie —no para mí— todos los libros se acabarán integrando, de alguna manera, en el conocimiento general por medio de la inteligencia artificial. Esa rueda lleva ya un tiempo girando, en parte a través de grandes pedidos a librerías de segunda mano cuyo destino es alimentar dicha inteligencia. Los libros así adquiridos van a centros especializados, una especie de mataderos donde cortan los lomos, escanean las hojas y trituran los residuos. Es inquietante la crudeza del procedimiento, pero tiene su parte positiva: la salvación de sus almas. Los cuerpos de papel desaparecen pero las palabras siguen ahí, en alguna parte de la nube.

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