Pensaba estos días en insistir en que no sé nada (hablo de mí, por prudencia). No lo digo por decir, ni por quedar bien, ni con la boca pequeña; lo digo porque cada vez estoy más convencido. Una de las razones es la idea de que la mente es impredecible y las conexiones neuronales precarias. La mayor parte de la información que llega o pasa desapercibida o pronto se olvida. Mi conocimiento consiste en vagas impresiones e ideas mal comprendidas que se difuminan con el tiempo hasta desaparecer.
Estaba dando vueltas a esto cuando leo un artículo que critica a Javier Bardem por haber dicho en una entrevista que “cuando nos hacemos mayores creemos que lo sabemos todo pero no sabemos nada”. A cuenta de este inofensivo comentario, el articulista dice, entre otras cosas, que no le gusta la forma de envejecer de los que dan lecciones existenciales. También aprovecha, y esto me ha parecido feo, para meterse con su madre. Le cae mal la familia, parece.
Todo el mundo tiene su parte de razón, desde luego, pero me ha sorprendido el artículo. La frase en sí no es ninguna novedad y estoy más o menos de acuerdo con ella. Le diría al articulista que en esta cuestión no es aplicable lo de que la virtud está en el medio. Si bien es cierto que hay gente que sabe más y otra que sabe menos, en términos absolutos las diferencias son infinitesimales.
Dicen que si el Big Bang hubiera sido hace veinticuatro horas, el homo sapiens habría aparecido hace un segundo. De forma análoga, toda nuestra sabiduría cabe en ese segundo y el resto del día es lo que ignoramos. Con permiso de Sócrates, matizaría su famosa máxima, No sé si sé algo o no sé nada, pero tengo mis sospechas.
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