Tomarse un café y leer el periódico en una terraza no deja de ser un “retorno al pasado” (bonita película de 1947). Mientras estaba en ello ha salido Jaione, la camarera, a ordenar las mesas y otra clienta le ha preguntado, ¿ya has dejado a la niña en la escuela? Jaione ha respondido, ¡no!, estoy aquí desde las cinco y media; ¿a que tengo buena cara para el madrugón? Cinco y media, ahora me explico lo de tanto pincho en la barra.
¿A qué viene esto? A reivindicar la vida tranquila, antigua y desinformada. Con sus pros y sus contras, pero a salvo de la tormenta tecnológica que amenaza con llevarnos por delante. El problema es que la tecnología va mucho más rápido que la biología. Hace cien años, para ir a América se cogía pasaje en un paquebote y se tardaba un mes. Esas cuatro semanas daban tiempo para adaptarse, de paso se evitaba el jet lag.
A cuenta de la vertiginosa mejora en la generación de imágenes virtuales me he acordado de como, hace años, me sorprendió enterarme de que una grabación de audio no era admisible como prueba en un juicio (o solo lo era avalada por un perito). La cinta magnética, el soporte, era manipulable; se podía cortar y empalmar a voluntad.
En los últimos tiempos la misma pega es achacable a las grabaciones de imagen. ¿No se hacen ya películas sin actores reales? Cuando parecía cercano el día en que todo quedase registrado en alta definición, la realidad es que cada vez es más difícil distinguir lo auténtico de lo falso. La situación nos fuerza a una vuelta al pasado que tiene algo de cómico, como una película muda proyectada marcha atrás. Lo que se vea en un video no demuestra nada. Sin renunciar a las ventajas del presente habrá que leer las noticias a la antigua afilando el sentido común.
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