Esta es una pequeña anécdota que esperaba paciente su excusa para aparecer en este blog. La he encontrado en el desenlace, de duda psicológica similar, de un cuento de Jabier Muguruza, músico y escritor en euskera. Es la historia de un músico, ya veterano, que se autoedita un disco y reparte algunas copias a colaboradores y amigos antes de darse cuenta de que la tercera pista del CD está defectuosa…
En mi historia también hay un disco, pero de vinilo. El escenario es el colegio mayor en el que estuve en Madrid. Un curso, ya cerca de los exámenes, un compañero me pidió los apuntes de una asignatura. J. J., mi amigo, era un estudiante brillante, de los que cogen las ideas al vuelo, con un toque de excentricidad, amante del chocolate y del ping-pong. Aquella fue la única vez que me pidió apunte alguno, y se los dejé de buen grado.
Llegó el examen y ambos aprobamos, él seguramente con mejor nota. Para mi sorpresa, como muestra de agradecimiento me regaló un disco de su grupo favorito, Genesis. Aunque el tipo de música no me atraía demasiado, el gesto despertó mi curiosidad. En el colegio mayor había una sala denominada “la fonoteca” con un tocadiscos a nuestra disposición. Alguna vez pedí la llave e hice uso de ella, pero no para oír aquel disco. Tampoco más adelante pasé de escuchar algún fragmento.
Han pasado los años, mi afecto por J.J. sigue intacto y el disco lo sigo teniendo, metido en un mueble. Pero me ha quedado una espinita porque, al igual que los amigos del músico en el cuento de Muguruza, —¿por dejadez?, ¿por un fondo de egoísmo?— nunca he llegado a escucharlo entero.
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