Monolingüe, se dice del que queda atrapado en su idioma natal. No es un insulto, sino una condición; aunque algunos digan que también es una carencia. Serlo no tiene nada de malo, pero tampoco de bueno. Si eres monolingüe no es culpa de nadie, o en todo caso, si se dan circunstancias oportunas, solo es culpa de uno. En la práctica, por cierto, una buena motivación para aprender una lengua es el hambre, como se ha demostrado históricamente.
“El lengua”, le llamaban al traductor en tiempos de la aventura de América. Esta profesión, de traductor, peligra en el futuro que ya asoma de la traducción simultánea automática y artificial. El fenómeno es inquietante, entre otras cosas por el impulso que recibirá el monolingüismo; para qué esforzarse en aprender otro idioma si el smartphone va a ser tu “lengua” particular.
En un reportaje en el periódico hablan del “sah” de Persia. Mi primera impresión es que se trata de un error. Aunque hace mucho que no hay “sah” en Persia, nunca había visto la palabra escrita así. Lo que siempre había conocido era “sha”, con su pronunciación específica, la ese sibilante. Pero resulta que el periodista lo ha escrito bien; “sah” es, según la RAE, la forma correcta de designar al “rey de Persia o del Irán”. La palabra entró en el diccionario hace unos treinta años, procede del inglés shah, y esta, a su vez, del persa šāh.
Conclusión, las lenguas, y la ortografía están vivas, no paran quietas. Evolucionan sin descanso e interactúan entre sí. En ese ecosistema nació y se sigue desarrollando el pensamiento humano. Las combinaciones de todos los alfabetos y todos los signos de puntuación de la historia pasada, presente y por venir, no son infinitas pero desde luego sí suficientes para que sigamos elaborando ese pensamiento (hasta que la muerte nos separe).
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