martes, 22 de septiembre de 2026

Todas las almas

    En el catolicismo convive una corriente nihilista que asegura que el cielo y el infierno existen, pero están vacíos. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe (cuando lo presidía Ratzinger, por cierto) desautorizó en su día semejante idea; porque, si no hay nadie en el cielo, ¿dónde está todo el mundo? En el limbo, decían aquellos, a la espera del Juicio Final.
    Profundizando en la idea, digo yo que, en previsión de cualquier eventualidad, aunque estén vacíos, alguien tendrá que encargarse de su limpieza y mantenimiento (sobre todo del infierno, si hubiera calderas). Todo esto me lo estoy inventando; menos lo de que el infierno esté vacío, que lo leí hace poco.
    Lo que quería decir es otra cosa: ¿Por qué solo pueden ir al cielo los humanos?, ¿quién ha dicho que los animales o las plantas no tengan alma? Si toda la vida en la tierra proviene de un único ancestro común unicelular, ¿a qué viene esa discriminación?
    Un protozoo (primer animal, en griego) dio el pistoletazo de salida a la evolución cuando, mitosis mediante, se dividió en dos. Aquella ameba, o lo que fuera, todavía debe de estar entre nosotros. No me extrañaría que acabara siendo también el último organismo vivo en el planeta y que poco antes de extinguirse tenga la sensación de que todo había sido un sueño.
    Mientras tanto, la vida es una, pero se manifiesta de múltiples formas: un manzano, una araña, un ciprínido, los elefantes, los rosales, los seres humanos. La creencia generalizada de que somos especiales y, según la doctrina católica, los únicos con un alma destinada a la eternidad, aparte de imaginativa, es una traición al ADN que compartimos con todas las variantes biológicas y una fatuidad por nuestra parte. Suponiendo que haya otra existencia después de esta, ¿por qué no iban a tenerla un perro, un gato o un sauce llorón?

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