Para la madre hubiera sido la felicidad en la tierra, y eso que cuando dijo que quería ser cura su hermano mayor estaba ya en el seminario y le pidió que se lo pensará, que un hijo sacerdote era suficiente. Pero luego, aparte de que el hermano lo dejó, fue su preferido; el más bueno y el más guapo, le decía.
Para su maestro, verle de obispo hubiese sido una pequeña sorpresa. Una de sus frases, de las muchas que guarda con toda su devoción, era esta: Los curas somos como los ratones, los hay de biblioteca y los hay de campo. Yo soy un ratón de biblioteca; tú, uno de campo.
Así lo ha sentido él mismo, un sacerdote que se dedica a cuidar de su rebaño; sin más aspiraciones. Ha ido de parroquia en parroquia empeñado en no defraudar a su madre ni a su maestro ni a sí mismo. Cuidándose con frugalidad, haciéndose la cama, huyendo de la vanidad, desplazándose en bicicleta.
Ha sido fiel, también, a otra de las máximas del profesor: El buen cristiano, siguiendo el ejemplo de su creador, tiene seis partes de hormiga y una de cigarra. Por eso, en parte, aprendió cuatro acordes con la guitarra y los ha practicado en la catequesis y en cuanta celebración se ha presentado.
(Continuará)
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