Hacía tiempo que no sabía nada de Lisa. Y sigo sin saber, pero hoy alguien me ha hablado de ella. Hará unos veinte años que no tenía noticias suyas. Es curioso, en ese tiempo, no sé por qué, me he acordado más del resto de la familia siendo ella la más memorable. No digo la única porque Marge, la madre, era una santa, aguantando a Homer, su marido, de buen corazón pero un impresentable de marca mayor, y al hijo, Bart, un inconsciente camino de seguir la estela del padre.
Caigo ahora en la cuenta de esa diferencia notable entre personajes masculinos, cómicos y lamentables, y femeninos, abnegados y trabajadores. Estoy simplificando, se entiende. Marge era miembro de una generación de mujeres sacrificadas por la familia, sin liberar, no sé si prefeminista. Lisa era la promesa, la lista de la familia, la intelectual concienciada con su punto neurasténico. Esperaba grandes cosas de Lisa. Que fuera la primera mujer presidente de los Estados Unidos, que nos redimiera a todos.
“Los Simpson” se sigue emitiendo y los personajes no han envejecido ni un ápice, pero en mi cabeza, después de esos veinte años sin verles, sí que lo han hecho. Homer es muy posible que esté jubilado, a la fuerza seguramente, para evitar un desastre nuclear. Eso si sigue vivo, con su atroz dieta de donuts y perritos calientes. Marge lo seguirá cuidando y habrá emprendido una nueva vida retomando los estudios e implicándose en causas pacifistas y ecologistas. Bart será un fracasado más o menos divertido que vaga de empleo en empleo, probablemente divorciado y buscando novia por los bares.
Lisa no, Lisa se habrá doctorado en una buena universidad. Estará casada con alguien que comparta las tareas de la casa. Puede que tenga uno o dos hijos y los esté criando con amor y el grado de firmeza necesario. Será una activa participante en causas sociales y en la vida política. Todo ello conseguido con esfuerzo, la ayuda de su psicoanalista y la práctica del saxofón a ratos perdidos.
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