sábado, 10 de octubre de 2026

Aviones

    Lo mejor que le puede pasar a un recuerdo es que lo escriban. Por suerte, salvo memorias excepcionales, casi todo lo que nos sucede lo acabamos olvidando. Solo pasan el filtro los hechos que nos impresionan, nos interpelan o nos enseñan algo.
    Esos recuerdos que perduran se convierten en carne de nuestra carne y están vivos, y como están vivos cambian. No nos podemos fiar de ellos, por los cambios y también porque ya en origen no eran sino apreciaciones subjetivas. Con el tiempo experimentan una especie de ambarización y van adquiriendo una textura similar a la de los sueños.
    Este es uno de esos recuerdos, una mínima historia que no creo haber contado a nadie, hasta ahora, pero que he guardado como algo significativo. Tendría siete u ocho años. Detrás de nuestra casa había un cine y los chavales del barrio jugábamos por los descampados inspirados en las películas. Un día, nos metimos en un terreno en cuesta con hierba algo crecida y donde había plantadas unas hileras de árboles. De inmediato surgió la idea, aquellos árboles eran aviones de combate, solo había que subirse. No sin trabajo, conseguí encaramarme a uno de ellos. La altura sobre el suelo sería de apenas metro y medio, pero mirando cuesta abajo bien podía estar en la cabina de un avión, pilotando o apuntando con la ametralladora.
    Absorto en el juego, no me di cuenta de que las voces infantiles se habían ido apagando. Levanté la cabeza y mis compañeros ya no estaban. Al darme la vuelta y mirar cuesta arriba me encontré cara cara con un hombre desconocido que me miraba con expresión serena. Nada me dijo, se limitó a tenderme la mano para ayudarme a bajar del árbol. Ya en el suelo volví a mirar de abajo a arriba su rostro impasible y me fui alejando en silencio.

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