domingo, 25 de octubre de 2026

Diario de otra semana (y2)

    Sábado 17.
    Una vez ya escribí un diario como este. Fue al comienzo de la pandemia y el triste objetivo era el mismo, durar una semana. Hacerlo más largo hubiera sido problemático, estresante, innecesario. Coincidió que acababa de leer La peste de Albert Camus (camí, he apostado por esta pronunciación) y, como era previsible, lo titulé Diario de la peste.

    Domingo 18.
    El suicidio, la epidemia silenciosa. El tema es muy incómodo y además tabú. Pero la gente se suicida. Entre los escritores, Virginia Woolf, Cesare Pavese, Sylvia Plath, David Foster Wallace. Siempre he pensado que ando corto de sensibilidad y una feliz compensación es mi incapacidad para el suicidio.
    Por otra parte, banalizando, perdón, suicidarse no es necesario, solo se adelanta en el tiempo algo que llegará igual. Una frase de humor negro que me hizo gracia: la madre le dice al hijo, ¡pero hijo mío, te vas a suicidar con esa ropa!

    Lunes 19.
    Burla, burlando, ya he llegado al sexto día.
    He bajado el poema Oda marítima de Pessoa. Intenso como el mar. Supongo que es de lectura obligatoria en todas las escuelas de Náutica.
    Pessoa también se suicidó, aunque de forma indirecta (en diferido). Se valió de un método muy popular, el de beber hasta morir. Demasiadas personalidades en su interior, demasiada sensibilidad, demasiado alcohol; una combinación de factores que le llevaron a la muerte a los 47 años.
    Pessoa hablaba inglés a la perfección y francés casi. Las últimas palabras que escribió, en el hospital, la víspera de su muerte, fueron estas: I know not what tomorrow will bring (No sé lo que traerá el mañana).

    Martes 20.
    Última entrada de este diario, que muere aquí como moriremos todos. Nadie ha contado su muerte todavía, por cierto.
    Hoy he leído esta frase como epígrafe en un libro: Mientras viva, uno es inmortal. Adivinad quién lo dijo. Pista: llevo toda la semana masticando la última clase del taller. Lo dijo, en una entrevista, el que faltaba, Philip Roth.

jueves, 22 de octubre de 2026

Diario de otra semana (1)

    Miércoles 14.
    Escribir un poco cada día, sin pretensiones, es un lujo al alcance de cualquiera. También es dar señales de uno mismo, aunque haya que leerlas entre líneas. Hay muchas clases de diarios, en general los dividiría en anodinos y divertidos. A efectos literarios, los anodinos no sirven para nada.
    Si en el mundo hay dos tipos de personas, extrovertidas e introvertidas, tengo la sospecha de que los diarios los escriben las últimas.

    Jueves 15.
    Para ponerse a escribir no hace falta esperar a tener algo que expresar; si fuera así, mi obra completa sería una página en blanco.
    Decía Arantxa Urretabizkaia, escritora, que con el paso del tiempo se tiende a centrarlo todo en los primeros veinte años de la vida y que ella se niega, que ella quiere vivir en la fecha que diga el calendario.
    Estando de acuerdo, una de las cosas que, inevitablemente, se hacen con la edad es recordar. Recuerdo en el colegio, en las clases de lengua y literatura, los remoquetes que les ponían a algunos escritores.
    Remoquete por apodo; la palabra me ha venido de golpe desde la noche de los tiempos. Un día os pasará a vosotros, si no os pasa ya.
    Apodos, decía, como el impío don Pío, por Pío Baroja; don Benito el garbancero, por Benito Pérez Galdós o el de las barbas de chivo, por Valle-Inclán. Puede que estos autores no fueran del gusto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

    Viernes 16.
    La vaca literaria, parezco a veces por lo que rumio.
    A propósito de Tom Ripley, el personaje cínico y amoral de Patricia Highsmith, la primera adaptación al cine es de 1960, con Alain Delon (le dolía la cara de ser tan guapo). Hace no tanto, 2024, se ha hecho una miniserie, Ripley, en blanco y negro que me atrevo a recomendar. Son muy buenas la fotografía, a base de claroscuros, y la ambientación de edificios, calles e interiores, pura Italia de los años 50.

lunes, 19 de octubre de 2026

Música urbana

    Esta mañana he pisado una tapa de alcantarilla que no estaba bien asentada. Es un suceso trivial al que no se le presta mayor atención. Cuántas veces estas tapas no ajustan bien y al pisarlas producen algún tipo de sonido. Algo que varía desde un mínimo golpeteo apagado hasta el amplificado y escandaloso klan-klon, en dos tiempos; klan al pisar la tapa y klon al levantar el pie y volver esta a su posición original.
    En estos casos, suele darse la respuesta refleja de encoger ligeramente los hombros, por el pequeño susto, y echar una mirada de reojo para ver si alguien más se ha sobresaltado con el ruido. Si es así, hay que decidir en una fracción de segundo si procede hacer algo, un gesto de disculpa, de complicidad o de queja al ayuntamiento.
    En general el resultante sonoro es más comedido; unas veces más próximo al simple sonido inarticulado —zamp, dump—, otras a sonidos más eufónicos que recuerdan algún instrumento de percusión, como el de los platillos en días de lluvia —chas—, o los de la batería —tum, bum, pum—.
    Sin embargo, esta vez, y no me había pasado nunca, el sonido que ha producido esta humilde tapa de alcantarilla ha sido dan. Un dan totalmente musical, de campana bien afinada, a medio camino entre el ligero din y el expeditivo don. Un sorprendente dan que me ha hecho sonreír y ha reverberado durante unas décimas de segundo, manteniéndose en el aire como la nota pura de un diapasón.

viernes, 16 de octubre de 2026

Cine y literatura (y 2)

    Sin embargo, lo otro, lo específico del cine, nos lo dan en código base, diríamos. Esto es un elefante, se le dice al niño en un libro infantil o al adulto que ve “¡Hatari!” (peligro en suajili y película de 1962). Y eso está bien, así no hace falta describirlo: animal grande, cuatro patas poderosas, trompa prensil, orejas como hojas de lechuga gigantes, colmillos, ojillos legañosos, cola corta puntiaguda, corpachón; un elefante, vaya.
    Si no tengo las palabras, ¿qué me queda? Me queda mucho, me queda, según los expertos, un impacto psicológico y emocional directo que no siempre necesita (ni busca) ser traducido a palabras para ser "entendido". Las comillas no son mías. Lo que queda son sensaciones que a menudo no sé interpretar o que traduzco con torpeza: hombre blanco hablar lengua de serpiente.
    El cine es capaz de sugerir ideas o conceptos profundos, de acuerdo. Si no lo entiendo, pues no lo entiendo; pero cuando sí, es porque las palabras vienen en mi ayuda y me cuento a mí mismo lo que veo y oigo, traduzco el hipotético mensaje visual y sonoro a mi lengua materna. Me digo: es la luz tamizada de la tarde, son los ojos huidizos de quien oculta algo; veo la belleza interior que se refleja en un rostro, distingo una mirada de amor incondicional. Cuando esto es así, a igualdad de contenido, la película suele ser más divertida que la novela, lo reconozco; pero, en mi experiencia, para que esto suceda al cine es mejor ir leído.

martes, 13 de octubre de 2026

Cine y literatura (1)

    El cine es, por edad, el hermano pequeño de la literatura. Su vocación es la misma: contar historias. Los cimientos también son los mismos: el lenguaje, las palabras; en una película, el guion. La aportación novedosa del cine son —es obvio— las imágenes y el sonido.
    A partir de esa combinación de voces con imágenes y sonido se genera otra forma de comunicarse comparable al caso de las canciones (música más letra) y que podríamos situar en un punto intermedio entre la literatura (solo palabras) y la pintura o la música clásica (solo sensaciones).
    Comprendo que hay gente, con más habilidades que las mías, que entiende por completo ese idioma cinematográfico; pero en mi caso, cuando veo una escena compleja, para captarlo todo, para entenderlo de verdad, me hace falta literatura, me hacen falta palabras.
    Los diálogos de la película ya están codificados en una lengua hablada, no necesito estrujarme el cerebro para entenderlos. Además, al pasar de la asepsia del papel al sentimiento de la palabra hablada ganan sin duda en emoción más de lo que puedan perder en ortografía (al César lo que es del César).

sábado, 10 de octubre de 2026

Aviones

    Lo mejor que le puede pasar a un recuerdo es que lo escriban. Por suerte, salvo memorias excepcionales, casi todo lo que nos sucede lo acabamos olvidando. Solo pasan el filtro los hechos que nos impresionan, nos interpelan o nos enseñan algo.
    Esos recuerdos que perduran se convierten en carne de nuestra carne y están vivos, y como están vivos cambian. No nos podemos fiar de ellos, por los cambios y también porque ya en origen no eran sino apreciaciones subjetivas. Con el tiempo experimentan una especie de ambarización y van adquiriendo una textura similar a la de los sueños.
    Este es uno de esos recuerdos, una mínima historia que no creo haber contado a nadie, hasta ahora, pero que he guardado como algo significativo. Tendría siete u ocho años. Detrás de nuestra casa había un cine y los chavales del barrio jugábamos por los descampados inspirados en las películas. Un día, nos metimos en un terreno en cuesta con hierba algo crecida y donde había plantadas unas hileras de árboles. De inmediato surgió la idea, aquellos árboles eran aviones de combate, solo había que subirse. No sin trabajo, conseguí encaramarme a uno de ellos. La altura sobre el suelo sería de apenas metro y medio, pero mirando cuesta abajo bien podía estar en la cabina de un avión, pilotando o apuntando con la ametralladora.
    Absorto en el juego, no me di cuenta de que las voces infantiles se habían ido apagando. Levanté la cabeza y mis compañeros ya no estaban. Al darme la vuelta y mirar cuesta arriba me encontré cara cara con un hombre desconocido que me miraba con expresión serena. Nada me dijo, se limitó a tenderme la mano para ayudarme a bajar del árbol. Ya en el suelo volví a mirar de abajo a arriba su rostro impasible y me fui alejando en silencio.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Lisa

    Hacía tiempo que no sabía nada de Lisa. Y sigo sin saber, pero hoy alguien me ha hablado de ella. Hará unos veinte años que no tenía noticias suyas. Es curioso, en ese tiempo, no sé por qué, me he acordado más del resto de la familia siendo ella la más memorable. No digo la única porque Marge, la madre, era una santa, aguantando a Homer, su marido, de buen corazón pero un impresentable de marca mayor, y al hijo, Bart, un inconsciente camino de seguir la estela del padre.
    Caigo ahora en la cuenta de esa diferencia notable entre personajes masculinos, cómicos y lamentables, y femeninos, abnegados y trabajadores. Estoy simplificando, se entiende. Marge era miembro de una generación de mujeres sacrificadas por la familia, sin liberar, no sé si prefeminista. Lisa era la promesa, la lista de la familia, la intelectual concienciada con su punto neurasténico. Esperaba grandes cosas de Lisa. Que fuera la primera mujer presidente de los Estados Unidos, que nos redimiera a todos.
    “Los Simpson” se sigue emitiendo y los personajes no han envejecido ni un ápice, pero en mi cabeza, después de esos veinte años sin verles, sí que lo han hecho. Homer es muy posible que esté jubilado, a la fuerza seguramente, para evitar un desastre nuclear. Eso si sigue vivo, con su atroz dieta de donuts y perritos calientes. Marge lo seguirá cuidando y habrá emprendido una nueva vida retomando los estudios e implicándose en causas pacifistas y ecologistas. Bart será un fracasado más o menos divertido que vaga de empleo en empleo, probablemente divorciado y buscando novia por los bares.
    Lisa no, Lisa se habrá doctorado en una buena universidad. Estará casada con alguien que comparta las tareas de la casa. Puede que tenga uno o dos hijos y los esté criando con amor y el grado de firmeza necesario. Será una activa participante en causas sociales y en la vida política. Todo ello conseguido con esfuerzo, la ayuda de su psicoanalista y la práctica del saxofón a ratos perdidos.