viernes, 16 de octubre de 2026

Cine y literatura (y 2)

    Sin embargo, lo otro, lo específico del cine, nos lo dan en código base, diríamos. Esto es un elefante, se le dice al niño en un libro infantil o al adulto que ve “¡Hatari!” (peligro en suajili y película de 1962). Y eso está bien, así no hace falta describirlo: animal grande, cuatro patas poderosas, trompa prensil, orejas como hojas de lechuga gigantes, colmillos, ojillos legañosos, cola corta puntiaguda, corpachón; un elefante, vaya.
    Si no tengo las palabras, ¿qué me queda? Me queda mucho, me queda, según los expertos, un impacto psicológico y emocional directo que no siempre necesita (ni busca) ser traducido a palabras para ser "entendido". Las comillas no son mías. Lo que queda son sensaciones que a menudo no sé interpretar o que traduzco con torpeza: hombre blanco hablar lengua de serpiente.
    El cine es capaz de sugerir ideas o conceptos profundos, de acuerdo. Si no lo entiendo, pues no lo entiendo; pero cuando sí, es porque las palabras vienen en mi ayuda y me cuento a mí mismo lo que veo y oigo, traduzco el hipotético mensaje visual y sonoro a mi lengua materna. Me digo: es la luz tamizada de la tarde, son los ojos huidizos de quien oculta algo; veo la belleza interior que se refleja en un rostro, distingo una mirada de amor incondicional. Cuando esto es así, a igualdad de contenido, la película suele ser más divertida que la novela, lo reconozco; pero, en mi experiencia, para que esto suceda al cine es mejor ir leído.

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