Sin embargo, lo otro, lo específico del cine, nos lo dan en código base, diríamos. Esto es un elefante, se le dice al niño en un libro infantil o al adulto que ve “¡Hatari!” (peligro en suajili y película de 1962). Y eso está bien, así no hace falta describirlo: animal grande, cuatro patas poderosas, trompa prensil, orejas como hojas de lechuga gigantes, colmillos, ojillos legañosos, cola corta puntiaguda, corpachón; un elefante, vaya.
Si no tengo las palabras, ¿qué me queda? Me queda mucho, me queda, según los expertos, un impacto psicológico y emocional directo que no siempre necesita (ni busca) ser traducido a palabras para ser "entendido". Las comillas no son mías. Lo que queda son sensaciones que a menudo no sé interpretar o que traduzco con torpeza: hombre blanco hablar lengua de serpiente.
El cine es capaz de sugerir ideas o conceptos profundos, de acuerdo. Si no lo entiendo, pues no lo entiendo; pero cuando sí, es porque las palabras vienen en mi ayuda y me cuento a mí mismo lo que veo y oigo, traduzco el hipotético mensaje visual y sonoro a mi lengua materna. Me digo: es la luz tamizada de la tarde, son los ojos huidizos de quien oculta algo; veo la belleza interior que se refleja en un rostro, distingo una mirada de amor incondicional. Cuando esto es así, a igualdad de contenido, la película suele ser más divertida que la novela, lo reconozco; pero, en mi experiencia, para que esto suceda al cine es mejor ir leído.
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