Todo en la vida es variable, voluble, volátil; cíclico también, como las obras en una carretera, que para cuando acaban en una punta tienen que empezar de nuevo por la otra. “Llegas” al mundo (a la vida) y te vas adaptando y nunca acabas de adaptarte. Hablo de ti queriendo hablar de mí; y acierto, porque no es que seamos iguales pero tampoco somos tan diferentes.
Las circunstancias cambian todo el rato y tú también cambias con ellas o contra ellas. Si llega un momento en el que, por lo que sea, por la educación, la experiencia, piensas, bueno, ya está, lo comprendo, más o menos, esto es la vida. Si llegas a ese punto que dices, he encontrado un equilibrio; si no perfecto —que es imposible— sí plausible, aceptable; aquí me puedo aposentar, como quien dice. Pues no, te equivocarás; el cambio no cesa, ni en el mundo exterior ni en tu mundo interior, no hay paz y equilibrio que dure, hay que seguir bregando.
Por la edad, para empezar, porque los años de vida lo condicionan todo; es así, sin más, lo mires como lo mires nunca serás más joven que ahora mismo. Serás menos joven o más viejo, como quieras verlo. Y hay que adaptarse, día a día, mientras vivas. ¿Cuál es el objetivo entonces? Ninguno; no desanimarse, saber que todo ahí, fuera, seguirá cambiando y todo aquí, dentro, también y tú, en tu canoa, con tu remito (remo pequeño), seguirás sorteando remolinos en el río de la vida mientras buenamente puedas. Amén.
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